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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 30 de junio de 2013

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Dedicado a Neil Gaiman, gracias  por hacerme soñar.
Las agujas del reloj marcaron las doce y el reloj de cuco cantó musicalmente las horas. La muchacha alzó la vista del libro, ansiosa, preocupada de que esta noche no acudiera, pero la queda llamada de unos nudillos en la puerta la hizo respirar con tremendo alivio. Con cuidado dejó el libro en la mesilla y acudió a abrir la puerta.
El Contador de Historias se encontraba ante su puerta, venía envuelto en niebla y oscuridad, la lluvia empapaba su negra gabardina y sus ensortijados cabellos rubios se pegaban a su pálida frente. Ella lo invitó a entrar, con un gesto amable, como había hecho la primera noche, hace ya tanto tiempo, y seguía haciendo cada noche. Él se quitó la húmeda gabardina, tomó una copa de buen vino tinto que la muchacha le tendió y fue a sentarse junto a la chimenea para calentar sus huesos, no dejó de mirarla, ni un momento, con sus intensos ojos grises. Ella se recostó a su lado, tomando su mano de largos y esbeltos dedos entre las suyas, acariciándola. La cercanía de su cuerpo erizaba el vello en la nuca de la mujer y agitaba su corazón, que latía raudo como un caballo desbocado.
El hombre acarició sus cabellos, la suave piel de sus mejillas, besó sus labios, mordió suavemente su cuello, desabrochó su blusa, lamió sus pechos; cada caricia hacía que se retorciera, en una promesa de placer anticipado. Hicieron el amor, dulcemente acunados por las temblorosas llamas de la chimenea y las gotas de lluvia que repiqueteaban en el tejado sobre sus cuerpos desnudos.
Una vez hubieron terminado, en ese íntimo instante de paz, que se comparte sólo con un amante tras la llegada del clímax, los ojos de ella se quedaron fijos en los de él, expectantes. Como cada noche, ella, apoyó su cabeza en el pecho de él y dijo, susurrando sus dulces palabras, en el oído del hombre:
-          Cuéntame una historia.
Y él, sonriendo suavemente como siempre hacía, buscó en el desordenado baúl de su mente y sin dejar de mirar su cara, como si sacara la inspiración de su bello rostro, comenzó a narrar, y ella, cerrando los ojos,  se dejó llevar, transportada por la mágica cadencia de su voz.
“Esta es una historia con final  trágico. Es una historia que habla de Sueño, Morfeo, de los Eternos, el hombre de la arena, el Señor de los  Sueños. Es una de las miles de historias, cuentos, leyendas y canciones que mencionan la figura de Morfeo y de sus siete hermanos y hermanas. Una peculiar familia los Eternos como pronto descubrirás. Es la historia de un amor fugaz, que perduró en la eterna vida de Sueño, como una astilla clavada en su corazón. Esta historia  trata de como Morfeo perdió un pulso con su hermana Delirio y ni siquiera su querida hermana Muerte, pudo ayudarle a evitar el trágico fin, ya anunciado para este cuento.
Nuestra historia comienza así:
Delirio de los Eternos paseaba por el laberinto de espejos de su desquiciado Palacio de la Mente, un castillo de locura e irrealidad, y charlaba animadamente consigo misma, mientras esperaba a su hermana más afín, Desespero. Delirio, que antaño fuera Delicia, estaba muy enfadada con su hermano Sueño, aunque no recordaba el motivo de su furia y tampoco le importaba demasiado. Esa mañana se había levantado juguetona y cruel. Y Morfeo era tan buen destinatario de su mal talante como cualquier otro. El perfecto Sueño, su hermano del alma, su odiado hermano. Una lección. Ella sabía que necesitaba una lección.
Los espejos devolvían la desquiciada mirada a Delirio. Una mirada tan cambiante como los colores de  un caleidoscopio. Su expresión cambia del odio  a la ternura en apenas un parpadeo de sus ojos dispares (Verde y negro). Cambia de nuevo al odio y del odio al amor, para dar lugar, después, a una risa histérica seguida de un llanto desesperado. Y con el sentimiento de la desesperación, a flor de piel, en el corazón de Delirio, la puerta se abrió en uno de los espejos y Desespero entró en el Palacio de la Mente de Delirio.
Juntas las dos hermanas, una por pura locura, por puro delirio y la otra simplemente porque era Desespero, la desesperación más absoluta, tramaron un plan para hacer que Morfeo, sufriera tanto delirio y sintiera  tanta desesperación como jamás antes hubiera conocido.
 Para conseguir sus propósitos las dos hermanas, engañaron a Deseo (su hermana/hermano, pues su género variaba dependiendo de su estado de ánimo) para que las ayudara y se dispusieron a poner en marcha su extraño plan.
Morfeo caminaba por su reino, saltando de un sueño a otro, de una cama a otra, dando forma a sueños y pesadillas a su paso, moldeando a su antojo los sueños de la gente. Un sueño romántico por aquí, un pizca de erotismo por allí, una terrible pesadilla por allá. Era su trabajo y lo hacía muy bien, llevaba  toda la eternidad haciéndolo.
De pronto se detuvo, extrañado, en el sueño de una muchacha. Allí había algo. Algo fuera de lo común, un deseo enterrado, un tesoro oculto, un olor maravilloso, una luz especial.
 La muchacha, llena de vida y alegría, correteaba por el verde campo, en un bonito día soleado; los pájaros acudían prestos a su llamada y volaban según sus órdenes y sus antojos, formando bellos dibujos en el aire, haciendo que la muchacha estallara en limpias carcajadas llenas de felicidad, que hicieron que el corazón de Sueño, plagado de preocupaciones y sombras, se agitara en su pecho, como si con la risa de la muchacha, las cortinas que taparan la cristalera de un salón abandonado durante mucho tiempo, hubieran caído al suelo, dejando entrar la luz, hace tiempo olvidada.
La amó al instante, como hacía siglos que no amaba, con toda la fuerza de su eterno corazón. Y deseó fervientemente que ella le amara también. Hubiera cambiado todo su poder, todo su reino, por pasear eternamente con ella por aquel campo sin cuita, ni preocupaciones, pero era Sueño de los Eternos y bien sabía que no podía renunciar a sus responsabilidades y labores. Bien lo sabía, sin él y su labor, sin sueños, el mundo de los humanos desaparecería.
La muchacha  con un simple gesto de su grácil mano, hizo salir un cervatillo desde el bosque, para que acudiera a su llamada, pero el animal que se acercaba a ella sin preocupación alguna, saltó y se escabulló asustado, cuando vio a Morfeo.
La joven lo miró. Alto, delgado en extremo, todo vestido de negro, muy pálido con cabellos, oscuros, encrespados. A su vista parecía como un rey de antiguas leyendas. Un sabio y poderoso rey. Y como no podía ser de otra manera, pues Deseo estaba de por medio, lo amó nada más verlo.
Delirio que veía la bucólica escena reflejada en uno de sus múltiples espejos reía, con  lo que parecían ebrias carcajadas. Desespero lloraba, nadie sabe si de alegría o de tristeza. La engañada (en ese momento era una mujer) Deseo, que pensaba que le estaba haciendo un regalo a su querido hermano, sonreía, entusiasmada viendo la hermosa escena de amor que se empezaba a desarrollar ante sus ojos.
    
      Morfeo se acercó, sonriendo, a la muchacha. Largas eras del tiempo  habían transcurrido desde que Sueño, de los Eternos, no sonreía como un niño. La muchacha sonrió a su vez y tendió su mano hacia él, pero justo cuando iban a rozar sus dedos, una nueva figura apareció, de la nada, junto a ellos.
-          ¿Qué haces aquí?- preguntó Sueño sorprendido.
-          Hola hermanito- dijo la recién llegada con infinita tristeza.
En el palacio de la mente de Delirio. Deseo, mirando con sospecha a sus hermanas, dijo:
-          ¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre aquí?
-          Ya sabes lo que hago aquí- dijo Muerte, de los Eternos.- Es su hora.
 
-          ¡No!-  protestó Morfeo.- ¡No puedes llevártela, está en la flor de la vida!
La muchacha los miraba sin comprender nada, perdida en un extraño sueño.
-          Ven conmigo, hermanito- dijo Muerte, tomando su mano con afecto y ternura.- Salgamos de tu reino.
Los dos hermanos, tomados de la mano, se encontraban junto a la cama de un hospital. En el lecho una anciana vivía los últimos instantes de su larga vida, soñando con sus tiempos de juventud y alegría. Morfeo, sobrecogido, se arrodilló y acarició su arrugada faz. Bajo la piel marchita se adivinaba el bello rostro que una vez tuvo y que el paso del tiempo había robado. Una lágrima se deslizó por la pálida mejilla de Morfeo. Nunca jamás el mundo, en todas sus eras, había visto llorar a Sueño, de los Eternos.
-          Es su hora- dijo Muerte.- Tuvo una vida plena y feliz. Es su hora. A todos les llega su hora. Y yo estoy allí para acompañarlos, para que no estén solos en la oscuridad. Solos ante lo desconocido.
En ese mismo momento, la anciana expiró. La muchacha se alejó de la mano de Muerte, para desaparecer en el inalcanzable reino de su hermana. Muerte se volvió un segundo antes de desaparecer, observando a su hermano con pena y preocupación.
Sueño, de los Eternos, se quedó sollozando, acurrucado en un rincón de aquel lúgubre cuarto de hospital, en nada diferente de cualquier mortal al que le es arrebatado un ser querido.
 Cuentan que aquella noche en el mundo de los hombres, los durmientes sufrieron las más terribles pesadillas y los sueños más tristes que cabe imaginar. Se dice, también, que el viejo Destino, que escribe las líneas de todo lo que ocurre, lo ocurrido y lo que está por ocurrir en el Libro del Destino, se detuvo un momento al sentir el profundo dolor que padecía su hermano y alzó sus ojos ciegos del libro, a pesar de saber, desde siempre, que ese momento llegaría e incluso después de todo lo que sus ojos ciegos habían visto, veían y verían, no pudo evitar la pena y la compasión. Fue sólo un momento. El mundo no se detendría por el dolor de Sueño. Destino siguió escribiendo, alguien debía hacerlo, para dejar constancia de todo lo que ocurre, ha ocurrido y está por ocurrir, desde el principio de los tiempos hasta el final, cuando Destino escriba la última línea que ya conoce, cierre el libro y apague las luces antes de abandonar el escenario.
 
     En el Palacio de la Mente de Delirio, Desespero observaba fijamente el dolor de su hermano, alimentándose de lo que sus ojos veían, pero no había felicidad en su rostro. Deseo (ahora un hombre) muy enfadado, pidió  explicaciones con furia, agitando los brazos y alzando la voz, pero fue ignorado. Delirio, en silencio, lloraba quedamente viendo a su hermano rotó por dentro. Y su llanto por primera vez era real y no fruto de su locura, pero era Delirio, de los Eternos, pronto esas lágrimas darían paso a la risa y no recordaría siquiera el mal hecho a su hermano y así debía de ser, pues era Delirio y esa era su naturaleza. Y era tan necesaria, a su manera, para el mundo como Sueño o el resto de sus amados-odiados hermanitos. Los Eternos. (Muerte, Delirio, Desespero, Destrucción, Destino, Deseo y Sueño)”
El contador de historias, terminado su relato, se quedo en silencio. La muchacha suspiro y acaricio el rostro de él como si temiera que desapareciera de pronto. Estuvieron un buen rato en silencio asimilando la historia. Después ella lo beso y lo atrajo hacia sí, iluminados por la tenue luz de las ascuas de la chimenea. Él volvió a hacerle el amor, fue dulce, tierno y cálido en un principio y embravecido como un mar bajo una tormenta al final. Le hizo el amor con Deseo, llevándola al Delirio, como si fuera su Destino, disfrutar juntos en aquel mundo de Sueños, antes de la Desesperación, la Destrucción y la Muerte que nos esperan a todos.
Como cada día, al despertar con el sol de la mañana, el Contador de Historias había desaparecido, pero estaba  segura de que, como cada noche, cuando el reloj de cuco marcara las doce, acudiría de nuevo a ella, con su gabardina negra, sus rubios cabellos ensortijados, sus penetrantes ojos grises y el calor de su cuerpo. Acudiría a ella, para contarle una nueva historia a la luz de la cálida lumbre. Anhelaba que llegara de nuevo ese momento, pasaba el día nerviosa y agitada como una tierna chiquilla, esperando la queda llamada de sus nudillos en la puerta. Sus pensamientos volaban, una y otra vez, hacia aquel hombre, del que ni siquiera conocía su nombre, por lo que sabía, o creía saber, bien pudiera ser que no poseyera nombre alguno, que fuera simplemente  el Contador de Historias, nada más. Asombrada se dio cuenta de que no le importaba. Sólo quería estar con él. Un poco asustada, admitió, ante sí misma, que estaba completamente enamorada de su voz y de sus palabras, del suave tacto de sus caricias, de su esquiva sonrisa apenas atisbada, completamente enamorada de la figura errante del Contador de Historias, que vaga a través de los mundos narrando lo que no ha de caer en la oscuridad del olvido. Por eso, para no dejarlas perderse en el tiempo, ella anotaba en su libro, cada día, esas historias, que otros creadores de historias en otros tiempos, en otros mundos, crearon para ser escuchadas, leídas y transmitidas de generación en generación.





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