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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 30 de junio de 2013

UN CUENTO DE INICIACIÓN

     El abrasador sol del verano cae, a plomo, sobre la pequeña caseta de madera, convirtiéndola en una agobiante sauna. Los tres sudorosos adolescentes observan con el aliento pegado al cristal, de la pequeña ventana,  el cuerpo desnudo de la mujer, bañándose al sol de la terraza. La larga y brillante cabellera pelirroja cubre la piel de su espalda como una sábana de seda cayendo lujuriosa sobre sus nalgas. Sus ojos de un increíble color violeta parecen, de vez en cuando, mirar divertidos a la caseta, como si supiera lo que hay escondido en su interior, y disfrutara enormemente con ese momento, excitada por mostrar toda su carnal belleza a unos jovencitos que nada saben del mundo, ni de la belleza de una mujer, ni de casi nada, en realidad, aparte de sus juegos infantiles, pero que desean hambrientamente saber, conocer todas esas cosas prohíbas que les hacen hervir la sangre. Hipnotizados por una mezcla de deseo por lo desconocido, curiosidad y naciente lujuria, no pueden apartar la mirada del cuerpo de curvas perfectas, anhelan con locura sobar los pesados pechos, de pezones sonrosados hechos para ser besados. Necesitan descubrir en ese cuerpo de mujer todos los, hasta el momento, para ellos, velados misterios del placer y la lujuria. Maravillados y un poco asustados, sueñan con los secretos ocultos bajo la espesa  sombra cobriza del vello púbico, entre las esbeltas piernas sin fin. Sus ojos,  abiertos como platos, se han olvidado de pestañear y graban cada centímetro de pálida piel, para ser capaces de hacer esa imagen regresar a sus recuerdos cuando se encuentren solos en sus camas, paraísos silenciosos de poluciones nocturnas.
Un gato pardo tumbado junto a la mujer, duerme tranquilamente sueños de gato, de los que es bruscamente despertado por una nueva presencia en la terraza. El gato bufa molesto, el pelaje de su lomo se eriza y se aleja perdiéndose de la vista de los muchachos.
La sombra de un hombre de anchas espaldas cubre a la hembra desnuda, diosa de su deseo, ocultándola de la vista de los tres imberbes mocosos, que muerden sus labios decepcionados ante la interrupción de sus cálidas fantasías.
Pero pronto sus más prohibidos sueños se hacen realidad. El hombre,  sin mediar palabra, se desnuda, dejando a los niños la asombrosa visión de un miembro adulto en erección. La mujer toma la polla del hombre acariciándola entre sus suaves manos, para después introducirla en su húmeda boca, los muchachos desde su escondite escuchan fascinados los gemidos de placer del hombre, mientras la mujer devora, lame, succiona, chupa y disfruta. Los maravillosos pechos que se agitan turgentes entre jadeos de placer y de pasión, son estrujados entre las fuertes manos del hombre, alterando los rosados pezones hasta ponerlos tan duros como piedras.
En la pequeña caseta: silencio, deseo, expectación, excitación, rubor, ansiedad, extrañeza, maravilla, excitación, incredulidad, nerviosismo, fascinación, excitación…
El hombre embiste una y otra vez dentro de la mujer. Ella, tras cada embestida, araña su espalda dejando surcos con sus afiladas uñas, recuerdos del rojo de la pasión en la piel del hombre.
 El orgasmo llega, sin avisar, como una enorme ola que arrasa con todo. El hombre se derrama dentro de la mujer, mientras su cuerpo, ya sin vida, se vacía de sangre. Pues en el mismo momento en el que el hombre ha llegado al clímax, la mujer ha clavado sus afiladas uñas en el cuello de su amante seccionando la yugular. La sangre se vierte a borbotones salpicando como una fuente los pechos de la mujer que juguetea con ella esparciéndola por su piel y lamiendo sus dedos con una larga lengua rosada.
Los jóvenes ocultos, no dan crédito a lo que acaban de presenciar. El gato, que ha regresado a la escena, pasea sus patitas por el charco de sangre y se frota lujuriosamente contra las piernas de la mujer. Ella acaricia su lomo, relamiéndose la sangre de los labios, se vuelve hacia la caseta de madera y con una helada sonrisa burlona en la sensual boca,  dice:
- ¡Niños es la hora del postre! Tras un buen trago de sangre, adoro la carne de adolescente sazonada con deseo, lujuria y miedo. Y creo que, sin duda, he conseguido que vuestra sangre hierva de esas tres cosas. ¡Vais a ser unas golosinas deliciosas! Uhm, me muero por probar vuestra dulce carne.

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