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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 2 de julio de 2013

CANTOS DE SIRENA



Desde la puerta, al posar la mirada en el atestado interior, uno se percata de que el ambiente en el bar es opresivo, sucio y desagradable; huele  a alcohol barato y a sudor rancio, producido por la masa de gente acumulada. En otras palabras es un bar de mierda, pero hay algo hipnótico en este antro. Una especie de lazo que te atrapa por el cuello y te lleva hasta allí, como poseído por una fuerza superior. Por eso cada noche está lleno a rebosar de una marea humana, que baila y se agita, como las olas, a un ritmo frenético, arrastradas por la música.

Es el lugar donde las almas cambian de mano, y los corazones se pierden en la oscuridad, donde se realizan apuestas a vida o muerte, con el destino de todos los hombres en juego. Allí los demonios del otro lado acarician tu cuerpo con lujuria. No hay vicio oculto que no sea satisfecho con creces en ese lugar. No hay maldad humana que no tenga cabida en las habitaciones más ocultas del profundo y sombrío  sótano.

La muchacha pasea descalza por la playa, olvidando las penas de un corazón desgarrado, por una ruptura dolorosa, provocada por un tipo especializado en sembrar su camino de corazones rotos y de lágrimas de mujer. Pero ella es más fuerte que todo eso, o eso se repite una y otra vez a sí misma, dejando vagar su vista en la profunda paz que  dan a su mente la tranquila inmensidad del mar y la noche. Acunada por el suave murmullo de las olas.

Y estando sus pensamientos muy lejos de aquel lugar y de aquella hora, siente el tirón de la llamada. Alza la vista del mar. El bar se encuentra de repente ante sus ojos, como si hubiera surgido de pronto de la nada. Desde un lugar olvidado fuera del tiempo. Algo cambia dentro de ella. Sus pensamientos tristes desaparecen y se deja llevar por la música. Es su canción preferida la que sale por la desvencijada puerta de aquel antro. La entrada es como la boca de un túnel oscuro, como un callejón de un barrio conflictivo, donde si entras no sabes si vas a salir o que oscuro monstruo te aguarda entre las sombras.

No recuerda haber visto aquel lugar en la vida, a pesar, de pasear cada noche a la orilla de ese mar y de esas olas. Su mar y sus olas. Es algo que no debería estar allí, como un barco en medio de una ciudad o una niña inocente en un burdel. Una mancha oscura en una habitación iluminada. A su alrededor locales de lujo, plagados de brillantes luces de neón, invaden la zona; nadie jamás entraría en aquel lugar, que prometía estar infestado de cucarachas, mugre y whisky barato. Pero aquella música que surge de su interior es un poderoso canto de sirena.

Es su canción y jamás la ha oído sonar tan bien, cada nota produce un desgarro en su interior y le acelera el corazón con un ritmo desbocado. Sus pensamientos amargos vuelan de su mente como nubes dispersas en el viento, como si nunca hubieran estado allí. Sólo hay espacio para esa música en su cabeza. Como un títere bajo los hilos de un titiritero perverso, ha comenzado a andar y entra en la oscuridad de aquel lugar, guiada por las notas de una guitarra desgarrada. Se adentra en la oscuridad del túnel, ajena a los monstruos, que pueden aguardarla ocultos entre las sombras.

El bar está lleno de gente y todos bailan como hipnotizados al son de la música, pero hay algo arrítmico allí, como si cada uno bailara una música diferente, como si escucharan notas distintas en su cabeza. Cada uno escuchando una canción propia, que atrapa su corazón en una tela de araña de la que no se puede escapar.

La camarera detrás de la barra es la mujer más hermosa que la muchacha ha visto en su vida, y desentona tanto allí como un diamante en un establo rodeado de estiércol. Es pálida, alta, muy alta, una larga melena rubia, casi dorada, cubre su espalda y sus hombros desnudos. Sus ojos azules relucen como zafiros y parece que de ellos proviene toda la luz que ilumina ese lugar oscuro.

Nada mas entrar los ojos de la camarera se posan en ella. La muchacha siente como la traspasan y la calibran. Nota algo removerse en sus entrañas, un hormigueo conocido, un calor dulce en su vientre. Una sensación de vértigo que jamás le había provocado mujer alguna.  Ni nunca imaginó que fuera a sentir similar sensación, tal fascinación,  por alguien de su mismo sexo. La joven se acerca a la barra, pide un Vodka con naranja. La camarera sirve la bebida sin dejar de sonreír. Al entregarle la copa, sus dedos se tocan, se rozan suavemente. La muchacha ahoga un jadeo al sentir la descarga de sexualidad, que invade su cuerpo con ese roce: como el destello de un ardiente orgasmo.

Bebe deprisa un trago de vodka helado para ocultar su rubor, pero la camarera sonríe como si pudiera leer su mente y su cuerpo mejor de lo que nadie lo hubiera leído jamás.

La camarera no aparta aquellos enigmáticos ojos azules de ella ni un instante como si la devorara con la mirada, de hecho, la chica cree atisbar un hambre eterna en esos ojos. Un hambre, que no se puede saciar. Un vacío, que no se puede llenar. Un pozo de oscuridad insondable. Un lugar viciado lleno de podredumbre y de gusanos. Pero es solo un pensamiento, que vuela de su mente, tan rápido como ha llegado, en el mismo momento en que la camarera  toma su muñeca y arrastra  a la joven hasta el baño del bar. Se deja llevar en volandas devorada por el deseo. Un deseo ajeno, prohibido, algo que nunca ha experimentado. Siente que pertenece a aquella mujer. Que su destino es estar allí. Ahora. En ese preciso momento para proporcionarle a esa mujer, placer, para alimentar su deseo infinito. Su infinita hambre.

Pero cuando la muchacha esta a punto de entrar en aquel baño, para dar rienda suelta a la pasión que es dueña de su cuerpo, una figura se interpone ante la puerta.

Es igual, como una gota de agua, a la camarera. Sin duda su hermano gemelo: rubio, pálido, ojos azules como zafiros. Muy alto y muy fuerte. Cuando la muchacha posa sus ojos en él queda prendada al instante. El deseo, que embarga su mente, por la camarera desaparece, como si le hubieran echado un jarro de agua fría sobre la cabeza. Siente la mano de la camarera, cuyos dedos eran hace solo un segundo una cálida promesa de placer, como una garra helada, que atenaza su muñeca.

- Ella no- dice aquel hombre con voz profunda y embriagadora, como sacada de antiguas tumbas, de antiguas leyendas.- Ella es para mí. Es mía.

La camarera lo mira con furia. La joven siente su rabia como algo físico. Un odio como no ha sentido jamás. Odio y obscuridad es lo que alberga en el interior de esa criatura.

Las dos miradas se cruzan. La joven se da cuenta de que los ojos de ambos son  manchas negras en sus perfectos rostros y siente un escalofrío recorrer su cuerpo. Desea correr, huir de allí; gritar hasta quedarse sin aliento, pero no puede apartar la vista del rostro de aquel hombre. Se queda quieta, sin alma. Observando el duelo entre aquellos dos seres que se disputan una presa. Como dos lobos de fauces sangrientas disputándose la vida de un cervatillo indefenso. Pues ahora está segura de que eso es lo que es para esos dos seres. Una presa. Alimento. Carne. Sangre. No le importa en absoluto. Es más, desea ser devorada por aquel hombre, como jamás ha deseado nada en toda su vida.

La camarera gruñe como un animal y saca los dientes, demasiado afilados piensa la muchacha como en un sueño. Después la camarera sonríe con desprecio infinito. Suelta la muñeca de la chica y se separa de ella. Agarra la muñeca de otra muchacha que pasa por su lado. Una jovencita pelirroja, de espesa melena rizada, con la cara llena de pecas y  boca en forma de corazón. La mujer rubia se aleja de allí de la mano de aquella muchacha, que al instante cae bajo su hechizo, bajo su canto de sirena.

Aquel  hombre, aquel extraño, conduce suavemente, con delicadeza, a la muchacha hasta el baño del bar. Comienza a besarla con fuerza mordiendo sus labios hasta hacerlos sangrar,  apoya a la excitada muchacha contra la pared y levanta su cuerpo en volandas, como si no pesara más que una pluma. La muchacha siente como sus bragas se rasgan y son arrojadas al suelo, a sus pies. El hombre posa su mano bajo la minifalda. Ella tiene que morder sus labios para no gritar de placer, saboreando su propia sangre que empapa sus labios. Se siente tan húmeda, tan caliente, como si una fiebre devorara su cuerpo. No desea nada más; solamente, que aquel hombre la penetre, la posea allí mismo.

El hombre deja los pequeños y puntiagudos pechos de la muchacha al aire y los mete en su ardiente boca mordisqueando los duros pezones. Ella siente que se derrite por dentro como si una lava liquida bajara por sus venas, inundándola. El hombre la folla contra la pared como una bestia salvaje. Una y otra vez hasta llevarla al éxtasis. Una y otra vez. Durante un tiempo sin límites. Una y otra vez, con un hambre infinita. Los orgasmos llegan por oleadas. Como las olas de su amado mar. Una y otra vez…

Los ojos azules brillan con vida renovada, casi cegadores, como si aquel ser se alimentara de su placer y de su deseo. Finalmente, envuelta en fuego abrasador, la lava hirviente de sus venas baña por completo el cuerpo de la muchacha y pierde el sentido, arrastrada más allá del placer. Hacia la oscuridad.

La brisa del mar, que agita sus rizos negros, la despierta con el primer rayo de sol sobre la costa. Está exhausta, vacía de fuerzas y de energía. Dormida en la playa entre la arena, en el lugar donde la noche anterior se alzaba un bar imposible, en un lugar imposible.

No podía creerse que se hubiera quedado dormida en medio de la playa como una idiota, aun recuerda retazos del extraño sueño erótico. Sobre todo los ojos azules de aquel hombre y el  calor de su piel. Su piel ardía como el infierno.

Agita la cabeza apartando los sueños de su mente, se levanta y comienza a caminar de regreso a casa, paseando por la playa como tanto le gusta, cuando el mar trae algo a la orilla, algo grande, pesado inerte, muerto. Y deposita a sus pies el cuerpo desnudo y mutilado de una mujer. Una cabellera pelirroja de espesos rizos y una boca en forma de corazón. Un rostro manchado de pecas y sangre. Los ojos ciegos miran sin ver, perdidos, escuchando cantos de sirena en el rumor de las olas.


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