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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 30 de julio de 2013

EL ÚLTIMO RAYO DE SOL DEL ATARDECER

El sol del atardecer bañaba el estanque de los patos, con una dorada y soñolienta capa de tristeza, mientras las palomas se acercaban hambrientas y melosas, entre arrullos y murmullos, a la viejecita que vaciaba metódicamente una bolsita de migas de pan duro, a la  vez que sonreía, como la niñita que un lejano día fue. Una niña  peinada con coletas de lazos rosas y vestida con un bonito  vestido de encaje que saboreaba un dulce helado una tarde de un olvidado y caluroso verano, tanto tiempo atrás. La brillante sonrisa de la niña se perdía, ahora, en una mueca desdentada, pero la infinita alegría que desprendía su rostro era la misma.
 Los nublados ojos del anciano observaban la escena, con la dificultad producida por la casi total pérdida de visión que los acosaba en un viaje sin retorno hacia la absoluta oscuridad. Los claros ojos azules del viejo que en otro tiempo, habían sido ojos capaces de ver lo oculto, lo que se esconde en el borde mismo de la mirada, entre las sombras, lo que otros no pueden percibir, la belleza del mundo en un reflejo, la oscuridad disfrazada bajo la belleza, y el brillo del oro oculto entre la mugre. Ojos que habían visto cosas más allá de cualquier sueño, que habían viajado por mundos con los que otros no se atrevían ni a soñar.
Como cada día, al atardecer, se sentó junto a la anciana y con afecto cubrió sus hombros con un delicado manto de lana bordada para protegerla del fresco aire del norte, que comenzaba a despuntar, ganando su eterna batalla contra el calor del sol, hasta la llegada del nuevo día. El  anciano tomó con infinito amor la mano arrugada de la mujer entre sus temblorosos dedos, que, también, perdían la lucha contra la enfermedad de Parkinson.  Dedos que en otra época habían sido fuertes y firmes, pertenecientes a unas manos hábiles, como pocas en este mundo, en cualquier mundo. Manos bendecidas con el don de crear.
La anciana apoyó la cabeza en el enjuto y huesudo pecho del anciano, y se recostó a dormitar, cerrando suavemente los ojos, con la confiada expresión de quien se sabe absolutamente seguro en la compañía de otro ser humano. Por lo menos, eso no se lo había arrebatado todavía el maldito Alzheimer, ella que ya apenas recordaba nada, todavía sentía el calor de la seguridad que producía su presencia. El anciano contuvo las lágrimas, que amenazaban crueles con desbordar sus ojos en un inconsolable llanto. Si dejaba que la lágrimas quebraran el dique, con el que contenía el dolor y la tristeza, romperían sin piedad el debilitado corazón del anciano, que desde siempre había latido con el poderoso latido del amor, al ritmo que marcaba la maravillosa muchacha, que había sido la arrugada viejecita que se marchitaba ahora junto a él, bañada por los rayos del sol del atardecer, que daban su último estertor, ocultándose soñolientos entre las rocosas montañas. Por el amor de aquella mujer había derrotado dragones, conquistado reinos y luchado en una interminable guerra entre la luz y las tinieblas, entre el orden y el caos, una sangrienta guerra perdida antes de comenzar. Todo lo que había hecho en su vida, sus grandes logros, los incontables premios, todo había sido gracias a la luz de la mirada de aquella niña pelirroja de sonrisa radiante, que le había robado el corazón, con una simple mirada. Él, por su parte, antes de partir a la cruenta guerra, había robado  de esos mismos labios un beso, corto como un parpadeo, y dulce, como una bola de algodón de azúcar, una tarde como aquella, mucho tiempo atrás,  tras relatar a la muchacha en ese mismo lugar, junto al estanque de los patos, frente a la gran mansión que pertenecía a los nobles padres de la muchacha, una de sus historias plagadas de fantasía, de valor y de amor.
Tras el cruel paso del tiempo que termina robando todo lo que los hombres creen poseer, en la actualidad, cada atardecer acudía junto a su mujer, la mujer a la que amaba con toda su alma, viéndola, impotente,  presa de la cárcel de su memoria. Una cárcel de frágiles paredes, de la que los recuerdos escapan fugaces como estrellas pérdidas en el abismo, hasta que la cruel Nada, termine por tomar, injusta posesión de todos sus recuerdos, recuerdos que tantas alegrías y tristezas le costaron acumular. El viejo, viendo el cruel avance de la enfermedad que ya no  permitía a su mujer reconocer las risas de sus nietos, ni las voces de sus hijos, sabía que le quedaba poco tiempo, que pronto llegaría el día en  que, al sentarse junto al cuerpo amado por más de setenta años, viera en sus ojos el horrible vacío que deja el recuerdo perdido tras desaparecer; el miedo que produce ver acercarse a una persona desconocida a la que crees conocer, pero tu mente no recuerda. Sabía que ese momento lo mataría, ver los ojos amados mirar su rostro sin reconocerlo, no podría soportar semejante dolor.
A partir de la llegada de la maldita enfermedad, como siempre había hecho, desde que sus corazones se cruzaron en un maravilloso  e improbable quiebro del destino, que unió en un nudo que no se pudo volver a desatar, las vidas de  la noble heredera y del torpe hijo de los criados, se sentaba junto a ella y le contaba una historia al atardecer. Pero conocedor del escaso tiempo que le quedaba, durante  todo ese día había estado escribiendo con todo su talento, con todo su arte y todo su corazón. Había escrito, enajenado, su historia, la historia de ellos dos, de él y de ella, de la anciana que daba de comer a las palomas y el hombre de manos temblorosas, que se sentaba a su lado cada atardecer; la historia de la niña  de coletas que tomaba helado saboreándolo como si no hubiera nada mejor en el mundo y la del niño que soñaba despierto con conquistar a aquella niña desde su ventana, tan cercana en distancia, pero tan lejana como sí se encontraran en distintos mundos en la realidad; la historia del muchacho que consiguió enamorar a la muchacha con historias furtivas contadas al atardecer, historias de dragones y princesas, de duendes y trasgos; el  cuento que hablaba del muchacho que  acudió a una guerra que le separó de su amor y de las cartas que enviaba desde el frente a la joven pelirroja, que anhelaba la llegada de esas cartas, como sí nada más hubiera en el mundo que una nueva carta que demostrara que él seguía vivo; la historia del niño que regreso transformado en hombre del campo de batalla con el corazón herido y la mente nublada con tenebrosas sombras, y de cómo el amor hizo desaparecer  las nubes de su mente y sanó su herido corazón; la historia del joven escritor que deslumbro a la crítica con su primera novela y de su joven prometida, perteneciente a una de las familias de más abolengo del país; la historia de la bella mujer pelirroja casada con el mejor autor de su época.
El famoso escritor, que siempre había sabido que con las palabras se podía dar vida a cualquier sueño, puso todo su infinito talento,  su don, para moldear con letras y palabras, plasmadas sobre una hoja en blanco, bañada con sus lágrimas y toda su esencia vital.

Una vez terminada la historia, el hombre se despidió con amor de sus hijos y sus nietos y se encamino  al estanque, donde, como cada atardecer, ella daba de comer a las palomas. Cubrió sus hombros con el manto, tomó su arrugada mano entre las suyas y comenzó a relatar lo que había escrito. No necesitó leerlo con sus ojos casi ciegos, pues las palabras ardían envueltas en fuego dentro de su cabeza, brillaban luminosas, bañadas en poder. La historia definitiva creada por el mejor contador de historias de su época, su propia historia y, de verdad,  que tenía el don de crear mundos y creó un nuevo final para ellos. Un nuevo final que, en realidad, era un nuevo comienzo. Juntos de la mano, con el último rayo de sol del atardecer, abandonaron este mundo y se internaron en su nueva y maravillosa historia, riendo a carcajadas, saltando y bailando entre risas y besos. Una nueva vida esperaba a ser escrita.

2 comentarios:

  1. Me va a encantar esta historia! Lo sé! Gracias por escribir así! Un abrazo!

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