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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

viernes, 20 de septiembre de 2013

LA CANCIÓN DEL JUGLAR


“Y así se apagan las notas dando paso al silencio y a los aplausos… gracias…. muchas gracias… Bien, ha sido una bonita canción, ¿verdad? de esas que aligeran los corazones de los hombres y hacen a las mujeres estar predispuestas a los besos y a las caricias, si mi canción tiene ese efecto en vuestros lechos esta noche, acordaos de agradecérmelo con una buena jarra de cerveza la próxima vez que nuestros caminos se crucen.  Bueno, para terminar, una vez finalizada la música que surge, como una corriente de agua en la montaña, de mi laúd hacia mi público, suelo acabar mis representaciones con una pequeña historia, antes de regresar al polvo del camino, si al distinguido público aquí presente le parece bien, concluiremos así esta bonita noche en la que hemos compartido fuego, cerveza, amistad, canciones, leyendas y viejas historias. Os contaré toda la verdad sobre el más famoso juglar que anduvo, no hace mucho, por estas tierras. Una historia de venganza y amor, de música y palabras, notas afinadas y sentimientos de pesar, que dieron forma a una canción tal  como jamás hubo otra igual que saliera de las cuerdas del laúd de un juglar. Todo comenzó, o quizá, debería decir  mejor, terminó, en una posada muy similar a ésta, en la que nos encontramos, una noche también parecida a ésta, ósea una brumosa noche de otoño de las que hablan los cuentos de las abuelas, en las que cuentan que los árboles parecen susurrar palabras secretas entre la niebla. La posada de la que os hablo, amigos, estaba bastante vacía como era habitual, pues se encontraba en un pequeño pueblo muy alejado de cualquier ruta principal.  En eso no se parece a la maravillosa posada en la que nos encontramos, con tan buen y gentil público, entres sus clientes.


 El posadero, detrás de la vieja barra de aquella posada de la que os hablo, silbaba sin mucho entusiasmo una  entrecortada e insulsa melodía,  mientras restregaba, con minuciosa diligencia, una jarra sucia, de la blanca espuma que deja la cerveza tras ser bebida, hasta dejarla brillante como los chorros del oro. A la barra se sentaban dos granjeros fatigados que buscaban un poco de cálido alcohol que desentumeciera sus cansados huesos, tras una dura jornada de trabajo, antes de regresar a casa con sus familia. Sin duda una triste taberna que estaría cubierta de silencio, si no fuera por la mesa del fondo donde se jugaba a los dados. Alrededor de la redonda mesa de madera se sentaban cuatro parroquianos y un forastero, que había comenzado el juego, un muchacho mal encarado con una fea cicatriz rosada, que surcaba su cara de la ceja izquierda hasta la barbilla. Este muchacho parecía aliado con la diosa fortuna, pues ganaba casi todas las tiradas, desplumando a los parroquianos cada vez que rodaban los dados de nácar sobre el tapete tejido en una basta tela oscura. El juego es un mal vicio, si señor, sobre todo si unos pobres idiotas se enfrentan a un experto fullero, como así ocurría en aquella taberna. Pues aquellos pueblerinos no eran gentes astutas como las aquí presentes, quienes jamás se dejarían engañar por un tramposo semejante.


De esa mesa surgían todas las voces que había en la posada, pues aunque había un cliente más en la taberna, este último cliente se mantenía en absoluto silencio, tan ajeno al ruido de la mesa, como al resto de la posada. Era una vieja, todo hueso y oscuras ropas amplias, que se había bajado de un carro de comercio de textiles,  había pedido una habitación para pasar la noche, la única habitación con huésped esa noche, y una cena caliente. La anciana comerciante tomaba su caldo en una mesa junto a la chimenea, como si no hubiera nada más en el mundo que su tazón humeante.


Fue entonces cuando una volada de aire abrió la puerta de la posada de un golpe, sobresaltando a la escasa concurrencia. Ocurrió como os lo cuento, se abrió como por arte de magia, todos alzaron la vista y vieron que como surgido de ninguna parte aparecía un hombre pequeño y delgado, bastante guapo, de rizos rubios y ojos tan azules como el cielo, lucía una brillante sonrisa en su rostro. Vestía ropas de vivos colores y un laúd de bella factura colgaba de su espalda. Como habréis adivinado era un miembro de mi gremio. Aparentaba ser un  juntaversos cualquiera, nada más lejos de la realidad.


Estuvo un rato hablando con el posadero y finalmente éste, aunque a regañadientes,  le puso una jarra de cerveza en una mano y un trozo de pan con manteca  en la otra, a cambio de una representación. No como nuestro buen amigo el posadero, aquí presente, que siempre suelta algo de cobre, además del sustento para mi panza y para mi alma, buena carne y  espumosa cerveza. Que todos los dioses bendigan su buen corazón, por apiadarse de este pobre juglar vagabundo y dejarle dormitar en el establo entre el asno y la vaca, lejos del cerdo.


Los parroquianos de aquella posada, sobre la que os estoy hablando, no parecían muy duchos en música, ni en poesía, más bien eran un público hostil,  como ya he dicho, nada que ver con vuestras mercedes, pero el joven juglar ya se había enfrentado antes a un  público hostil y salido triunfante, por lo tanto no se dejó intimidar por los gestos hoscos que le observaban con desidia.


Comenzó con una balada de amor y humor que todo el mundo conoce, la misma sencilla tonada con la que yo he comenzado hace rato mi representación, pero he de admitirlo él era mucho mejor juglar que yo, el mejor que vi nunca, en realidad, y como siempre  cuando cantaba, la atención de todos, poco a poco, quedó fija en sus ojos azules y en sus largos dedos que rasgaban el laúd con maestría envidiable. Tras varias canciones regadas con cerveza, la taberna se había llenado, pues los buenos juglares son un bien escaso, tanto en aquel perdido rincón del mundo, como en cualquier otro lugar, un poco de  música y una buena historia siempre son necesarias, alegran el alma y hacen menores los males; por lo tanto la noticia de su actuación corrió de boca en boca por la pequeña villa y pronto tenía al atento público comiendo de su mano, pues era un mago de la palabra y de la música sin igual.


Fue entonces, una vez captada la atención de todos los presentes, cuando el juglar cantó una preciosa canción de belleza incomparable, ejecutada con tal sentimiento que dejó a la concurrencia boquiabierta, pues ningún oído humano escuchó jamás tan bella canción interpretada con semejante sentimiento, nunca antes se había plasmado tan bien la pérdida, la tristeza y la añoranza, unidas al deseo de recuperar lo perdido a cualquier precio, y no creo que nunca después se vuelva a conseguir. Yo la escuché una vez  cuando no era más que un niño, cantada de sus propios labios y aún mi corazón se agita, como una mariposa, al recordar las notas magistralmente rasgadas y después se encoge al recordar el sentimiento profundo que acompañaba a la música y a las palabras. Es la canción más bella que jamás tuve la buena fortuna de escuchar. Ojala tuviera yo una décima parte de su talento para poder presentarla hoy ante vosotros, pero por desgracia no lo tengo y no quiero estropear tal obra de arte con una burda imitación. Ninguno de los juglares, que conozco, la representa en sus actuaciones por respeto y reverencia. Basta deciros que la envidia que siento de tal canción y tal artista es tan grande que hubiera dado gustoso mi brazo izquierdo para tener una ínfima parte de su talento. Os cuento esto avergonzado para que podáis entender el profundo efecto que  aquella canción causó en aquellas gentes.


Cuando el juglar terminó, hubo un silencio profundo y espeso en la posada, una vez la música cesó, mientras todos recuperaban el aliento arrebatado, robado por la canción y por el juglar.


Al ver  a todos los espectadores, incluidos los más curtidos campesinos, con los ojos humedecidos en lágrimas, volvió a representar canciones burlescas que alzaron de nuevo los corazones.


Cuando su representación se acercó al final, había conseguido del arisco posadero una decena de jarras de espumosa cerveza, un guiso de cordero asado con patatas y una  buena cama, sin chinches, para pasar la noche. Entonces dejó el laúd apoyado en la pared de la posada y comenzó a contar una historia real como ésta que yo os cuento, mientras paseaba entre la gente, la historia  que relató hablaba de como un grupo de mercenarios había roto su contrato sagrado con una hermosa e inocente muchacha que les había contratado para viajar por el yermo. Los mercenarios desearon su belleza y en medio de las tierras baldías la violaron y la mataron, dejando su cadáver abandonado como festín  para los cuervos.


El tiempo pasó y cuando los malhechores pensaban que habían burlado a la justicia, ocurrió algo inesperado. Como si una mano negra se hubiera fijado en el grupo de mercenarios, uno a uno fueron muriendo de extrañas muertes, a cada cual más horrible.


- Todos muertos hasta sólo quedar uno- concluyó el  joven y talentoso juglar su historia. Sus ojos azules brillaban de furia y resentimiento.- El peor de todos ellos, aquél que primero la deseó y rompió su vestido. Aquél que comenzó la blasfemia contra la pureza y la belleza. Un hombre al que ella  defendiéndose del horror que la acosaba, en su aciaga última hora, rasgó la cara con un crucifijo de plata que colgaba de su  grácil cuello, dejándolo marcado de por vida, desde la ceja izquierda hasta la barbilla.


El jugador de dados se puso en  pie de un salto, ante la mirada acusadora del juglar, que había terminado la historia deteniéndose justo delante de él.  Sacó su espada de matarife y la puso a la altura del cuello del pequeño juglar.


El juglar sonrió con su encantadora sonrisa, sin mostrar ni una pizca de temor en sus claros ojos azules.


- Llevamos mucho tiempo buscándote, amigo. La Vieja Muerte y yo. Pueblo a pueblo, camino tras camino, hasta llegar a este lugar en el culo del mundo. En las veredas de esos caminos han quedado los cuerpos de tus camaradas muertos, pagando su culpa. ¡La muchacha era mi amada, maldito desgraciado!


Los ojos del joven juglar se preñaron de lágrimas, pero el mercenario rió con secas carcajadas, burlándose de su profunda pena.


- ¿Crees que puedes hacerme daño?- preguntó el malencarado sin dejar de reír, su espada cada vez más cerca del cuello del juglar. - Eres un pequeño idiota. Has venido hasta aquí para morir.


Con facilidad y sin remordimientos, sin que el juglar opusiera ninguna resistencia, el asesino clavó su espada, ante la mirada atónita de los pueblerinos, en el estomago del amante ultrajado. El juglar cayó de rodillas con el jubón de vivos colores empapado del color ocre de la sangre.


Sí, amigos míos, compañeros en este lugar de reunión,  escuchó vuestras exclamaciones de rabia, veo vuestros rostros consternados ante mí y son reflejo de mi propio rostro. El asesino dio muerte al más grande entre los juglares y sonrió encarándose al gentío. ¡Maldito canalla! Pero entonces algo del todo increíble sucedió: la puerta  de la posada se volvió  a abrir de golpe y una tremenda ráfaga de viento se introdujo en la sala común, tirando todo a su paso, apagando las velas  y dejando completamente a oscuras la posada.


Cuando el posadero consiguió imponer la calma y prender de nuevo las velas, que dieron luz a aquella sala, en el lugar donde debería estar el cadáver del juglar, se encontraba, para sorpresa de todos, el cadáver del mercenario. Le habían arrancado los ojos,  cortado los dedos y el miembro viril, tenía una segunda sonrisa roja en su cuello. Un cruel fin, para un hombre cruel. Bien merecido se lo tenía el maldito bastardo… Se me ha quedado la boca seca al contar tan terribles males. Necesito tomar aliento para continuar hasta la playa donde desemboca el río de esta triste historia... puede que una buena cerveza dorada me ayude a soltar mi pobre lengua… Mmm. Una cerveza excelente, de verdad, amigo posadero. Seguro que la de aquella posada de la que os hablo no era ni la mitad de buena. Así da gusto contar una buena historia, un lugar agradable, una cálida  lumbre en el fuego y un montón de amigos atentos a mis palabras… ah, y una deliciosa jarra de cerveza en la mano, que más puede pedir un viejo juglar como yo. Vamos a dejarnos llevar por la corriente hacia los últimos versos de este relato. Versos que quizá aclaren los hechos allí acaecidos… Salgamos ahora de la posada dejando estupefactos a los allí presentes, encaminémonos un par de millas por el camino del norte, para encontrar el carro de textiles y en su pescante dos figuras silenciosas. El carro se detuvo.


- ¿Por qué aceptaste mi trato?- preguntó el juglar a la vieja, una vez que bajó del carro. El jubón perforado bañado de sangre.


- Era justo. Ella era inocente, joven y hermosa, no merecía morir. Su hora no se encontraba en aquel lugar, debería haber vivido mucho más y dar alegría al mundo con su risa.


- Me dijeron que no tenias conciencia, que no aceptarías mis suplicas. Que nada te importaba excepto tu trabajo.


- Así es- respondió la vieja.


- ¿Entonces?


- Me gustó la canción que compusiste para ella.


- ¿Nada más? ¿Simplemente por una canción?


- Es una canción muy buena- respondió la Vieja Muerte azuzando las yeguas negras que tiraban de su carro, dejando al juglar atrás, confuso y pensativo. El carro desapareció de pronto, entre la niebla, como sí nunca hubiera estado allí.


El juglar, concluida su larga senda hacia la justa venganza, se sentó en una roca, a un lado del camino, y se puso a tocar su laúd, llorando como un niño, la maravillosa canción que había compuesto para ella. Tocó sin descanso hasta que le sangraron los dedos y se le secaron las lágrimas.




Y todos los juglares recorremos caminos, posadas, plazas de pueblos y mercados  cantando su historia, como advertencia  para aquellos que osen quebrar sus juramentos sagrados y mancillar a muchachas inocentes, pero sobre todo como homenaje al más grande entre los nuestros, que consiguió llegar con su música a las ancestrales salas que adornan los palacios de la Vieja Muerte.




Una vez terminado su relato el viejo juglar abandona la posada entre vítores,  aplausos  y emocionados brindis por su persona, dirigiéndose al establo donde ha conseguido un lecho de paja caliente entre los animales para pasar la noche. Pero nunca llegará al establo.


La vieja está sentada en el mismo destartalado carromato que usó tantos años atrás.


- ¿Por qué ya no cantas tu canción?- pregunta la anciana observando con curiosidad al viejo juglar.


- Porque, como ya he dicho, no tengo el talento de aquel joven bardo. Se perdió en el camino de la vida. Mis dedos no son los de antes y mi voz apenas es un susurró comparados con los hábiles dedos y la hermosa voz de aquel entonces. Ya no soy aquel juglar de cabellos dorados.  El tiempo me ha arrebatado todo menos su recuerdo y prefiero recordar su canción tal cual era entonces y no mancillarla con mi torpeza.


- Es una lástima, me hubiera gustado escuchar otra vez la canción.


- ¿Es la hora?- preguntó el juglar sin que le temblara la voz.


La Vieja Muerte asintió.


El anciano sintió de manera repentina un fuerte dolor en su brazo izquierdo y en su pecho, cayó de  rodillas en el fango. El aire abandonó sus pulmones y su corazón dejó de latir, sus intensos ojos azules se cerraron para siempre.




Desde entonces, en la ancestral morada de la Vieja Muerte, cuando la Vieja está de un humor extraño, hace llamar a un joven juglar de cabellos rubios y manos hábiles. El juglar canta para ella una canción de belleza tal, que incluso las parcas cuchichean en susurros entre ellas, que la vieja se emociona cada vez que escucha la canción. Cuentan que después el juglar pasea de la mano de su amada por las infinitas salas que constituyen los palacios de la Muerte.

3 comentarios:

  1. La muerte puede ser piadosa... porque incluso a ella le gustan los buenos relatos. Guárdate de sus zarpas amigo Esteban, puesto que juglares como tú ya quedan pocos. Un abrazo, me ha gustado mucho la historia, el ambiente y el personaje del juglar, que siempre me ha parecido muy interesante.

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  2. Buena manera de abordar a la Zancajos. Ya que antes o después habrá que reunirse con ella, estaría bien hacerlo con una canción. Un abrazo.

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  3. Gracias José. Siempre me ha fascinado el personaje de la muerte creo que da mucho juego. Lo encontrarás en muchos de mis relatos. Saludos.

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