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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 19 de noviembre de 2013

LA CASA DEL ENTERRADOR


Con el desbocado corazón en un puño, ahogado por la malas sensaciones que me embargaban, y la cabeza llena de funestos pensamientos y oscuros presagios, que volaban dentro de mi mente como murciélagos, de negras alas, me dirigí  en una desesperada carrera a los lindes de la pequeña ciudad enclaustrada en el valle que me vio nacer, hacia la casa sobre la colina,  que se erigía junto al funesto lugar plagado de las lápidas de mármol blanco, que recordaban a los perdidos difuntos que en otra época fueron amigos y vecinos de aquella villa. La tétrica casa junto al cementerio, la casa que pertenecía al hombre dedicado a dar sepultura a los pálidos cuerpos inertes y fríos que morían en la pequeña ciudad, la casa del  enterrador.

En mi apresurado caminar, en aquella maldita noche  de invierno, mis pasos se cruzaron con los felinos ojos de un animal que observó mi carrera con malévola intención. Un desagradable bufido de advertencia surgió de su hocico de dientes puntiagudos y áspera lengua rosada, que contrastaba con su negro pelaje erizado, saltó con grácil movimiento, sobre una caja de verduras podridas, que exudaban su fétido aliento apestando el callejón, para después perderse entre las sombras, como una sombra más, oculto por la penumbra del anochecer, que cubría con su pesado manto la solitaria ciudad entre montañas. Y a pesar de que mi firme cabeza, de soldado veterano de los tercios del rey Felipe IV, nunca fue pusilánime, para dar crédito a las supersticiones de las viejas comadres, ni a los cuentos de taberna, en aquel momento en el que todo parecía torcido, en aquella hora aciaga tan cercana a la caída de la noche y con los extraños pensamientos que me acosaban con crueldad, no dude ni por un instante de la señal fatal de un aciago destino, que representaba aquel ser maldito por los siglo de los siglos. Mis temores se acrecentaron todavía más, en mi enjuto pecho, si esto podía ocurrir, como si quisieran escapar por mi boca hacia el exterior en forma de grito desgarrado. Y, no pude por menos, que preguntarme una vez más como era posible que yo estuviera allí dirigiéndome a aquel lugar tenebroso,  a tan alta hora de la tarde, que el cielo se oscurecía ya sobre mi cabeza.


El día, cuando el sol me encontró a la mañana, estaba predestinado a ser una de las fechas más felices de mi vida. Cuando nos pusimos en camino casi con el amanecer, jamás pensé que con la llegada de la noche debería enfrentarme a la oscuridad y al terror a lo desconocido. Esa misma tarde había regresado, por fin, a mi ciudad natal. Yo y mis compañeros de armas, habíamos descendido por el sinuoso camino, cantando entre brincos y cabriolas, observando con el corazón henchido de felicidad al reconocer las familiares formas de las casas, las fuentes y jardines que nos habían acompañado nuestros juegos desde la más tierna infancia.  Éramos felices. Felices por la alegría que llevan los hombres en su corazón una vez que se saben vivos y se sienten libres del tormento. Nos abrazamos unos a otros sintiéndonos vivos,  no pocos derramaron lágrimas de felicidad. Todas esas muestras de alborozo se debían a que mis camaradas y yo regresábamos al hogar con vida, y además victoriosos, de una de las numerosas guerras, que el rey nuestro señor tenía a bien disputar  con reinos extranjeros de lenguajes y costumbres extrañas. ¿Y que puede haber más feliz que un hombre que retorna triunfante al hogar, siendo joven después de atisbar demasiado cerca el oscuro y sangriento manto de la muerte?

Y entre todos los rostros felices. El mío era el que resplandecía con más alborozo, pues era a mí, y no a ningún otro mortal, al que esperaba ansiosa la muchacha más bella y maravillosa del mundo.  Mi Ana, mi vida ni amada, la señora de mi corazón, con sus largos cabellos castaños y sus verdes ojos del tono del agua de un profundo estanque.

Rebosantes de felicidad, mis camaradas y yo, llegamos por fin tras largos meses de viaje al profundo valle entre montañas al que llamábamos hogar. Y suspiramos de alivio y de felicidad, y de tristeza y de dolor por los amigos dejados atrás, caídos en el barro, manchados de sangre, sus cuerpos mutilados.

 Los rostros de los viejos y las mujeres de la ciudad nos seguían con las miradas cansadas, como tratando de hallar un rostro conocido y esperado, pero cuando no era así se echaban a llorar. Otros, por su parte, nos observaban atentos, no muy seguros de conocer en los curtidos hombres que regresaban, a los inexpertos niños que partieron hace la guerra, el sufrimiento y la muerte.

Mis compañeros, pronto me abandonaron para correr a sus hogares y  reunirse con sus familias, con la promesa de acudir, al finalizar la corta tarde de invierno, a la taberna de la pequeña ciudad,  para mojar con licor nuestras secas gargantas y celebrar, hasta que nos encontrara el amanecer, nuestra buena fortuna y brindar por los compañeros a los que el azar abandonó y encontraron trágico final entre pólvora, barro, dolor y sangre; demasiada sangre. Si habíamos visto demasiada sangre. Yo no deseaba ver  más sangre en el resto de mis días. Días que en ese estúpido momento imaginaba felices, llenos de amor, paz, pasión y niños; muchos hermosos y bulliciosos niños correteando por mi gran mansión familiar.

Yo no tenía ninguna familia a la que acudir, pues mis padres habían muerto en una epidemia, cuando yo no era más que un niño; yo había quedado huérfano al cuidado de una vieja tía, hermana de mi madre, en la gran mansión de mi familia, e  incluso la vieja bruja, que me había cuidado, había muerto antes de que yo emprendiera con valor la nueva campaña en Europa del rey nuestro señor. Aunque si que había alguien esperándome decidí pasar un poco más tarde a ver a esa persona que mi corazón anhelaba tanto ver, pues deseaba asearme y estar presentable, como un correcto caballero, cuando sus ojos verdes se posaran en mi figura. Por ese motivo me dirigí a la taberna para acicalarme y ya de paso volver a ver a mi viejo y querido amigo, Juan.

Cuando entre en la taberna todos los parroquianos volvieron  sus miradas curiosas sobre mi persona. Yo reconocí a muchos de los que allí se encontraban, pues hacía años cuando partí ya eran clientes habituales de la botella. Pero ninguno de esos hombres de ojos turbios me reconoció a mí. Ni siquiera los ojos amables del viejo tabernero con el que mi relación era más estrecha se dieron cuenta de que el hombre que tenía ante él era el mejor amigo de su hijo, hasta que yo mismo así se lo comunique.

- ¡Antonio!- exclamó maravillado sirviéndome una jarra con rapidez, tras propinarme un fuerte abrazo, con lágrimas en los ojos, y preguntarme por mis peripecias en la guerra.

A lo que yo respondí sin excederme en demasía, pues la guerra a la que yo acudí con el corazón henchido de orgullo, por luchar con valor por mi patria, por mi tierra y por mi rey, me había horrorizado. Descubrí, cuando el caos de la guerra me absorbió, que era algo carente de sentido y que sólo la estúpida y malvada voluntad del ser humano podía permitir.

Así que tras un somero repaso a los hechos de la guerra cambié de tema y pregunté al tabernero por su hijo, mi más querido amigo. Juan fue más inteligente que yo, pues me advirtió de la crueldad de la guerra, pero mi alma juvenil deseosa de aventuras se negó a escuchar su sabio consejo. Él opinaba que la guerra era un invento de los gobernantes  para que los nobles se hicieran ricos y para que el pueblo muriera insensatamente en tierras lejanas, que no le importaban nada. Mientras aquí en nuestra tierra la miseria se nos llevaba a todos.

- Juan ha partido a realizar unos recados, pero volverá en un par de horas, como muy tarde.- Me comunicó, mientras volvía a llenar mi vaso del buen vino tinto de la taberna.

Viendo que mi amigo no estaba en la taberna decidí, dirigirme a mi mansión para ponerme ropas limpias y tomar el ansiado baño. Me despedí pues del tabernero comentándole que tras cenar con mi prometida regresaría a la taberna acompañado por mis camaradas. Pero cuando mencioné a mi prometida el rostro de mi contertulio cambio por completo y su expresión me hizo estremecerme. La sonrisa agradable se trocó en una terrible mueca de espanto y sus ojos  amistosos se cerraron con preocupación y nerviosismo.

- ¿Ocurre algo malo?- pregunté con el corazón asustado. Supe al instante el cruel destino se burlaba de mí una vez más. Un gran mal había ocurrido.

- No estoy seguro- contestó aquel hombre, obeso y bonachón, al que yo siempre había considerado como un padre.

- ¿Qué es lo qué sabe?- pregunté bruscamente alzando la voz. Todos los ocupantes de la taberna me observaron atentamente.

- Hace meses que no sabemos nada de la muchacha, ni de su madre. Algunos piensan que abandonaron la ciudad. Lo cierto es que no siguen aquí.

- ¿Y su hermano?

- El retrasado sigue viviendo en la casa del cementerio. Sigue desempeñando la labor de enterrador. Pero nadie habla con él y apenas se deja ver a la luz del día, salvo los días de entierro. Quizá él sepa algo, no lo sé.  Juan ha ido en numerosas ocasiones a hablar con él. Pero apenas pudo sacar de esa cabeza vacía dos palabras con sentido.

- ¡A mí ha de darme explicaciones!- exclamé nervioso y preocupado. Solté el vaso de bebida y abandoné la vieja taberna para dirigirme a la pequeña casa donde residían mi amada y su madre.

Vacía y destartalada encontré la casa. El jardín que tanto amara y cuidara mi amor estaba salvaje y abandonado. Nada crecía allí salvo las malas hierbas, que lo devoraban todo.

No había ninguna duda de que nadie había vivido en aquella casa durante largo, largo tiempo. Me invadió una sensación funesta.


La noche me iba a alcanzar antes de llegar al cementerio, pues desde el centro de la ciudad había un buen paseo hasta la casa del enterrador. Un camino largo y sinuoso hacia el lugar de la ciudad que más poblaba las pesadillas de los niños que habitaban el lugar. Y muchos eran los adultos que evitaban acudir a aquel sitio; nadie osaba acercarse una vez, que la noche hubiera desplegado sus alas de ébano sobre la ciudad.

La casa del cementerio era una construcción extraña y oscura situada junto a la valla del cementerio, como una torre de guardia que evitara la salida de los muertos de su lugar de descanso y protegía la paz del lugar de las amenazas del mundo exterior con su tétrico aspecto y su atmósfera opresiva.

El progenitor de mi amada había sido enterrador y guardián durante muchos años de soledad junto a las tumbas, pero cuando el amor interrumpió su vida, haciéndole contraer matrimonio, abandonó la soledad del lugar maldito para comprar con sus escasos ahorros la acogedora casita que yo acababa de visitar, encontrándomela abandonada en un estado lamentable.

En aquella bonita casa el viejo enterrador y su amada esposa vivieron durante muchos años felices y la casa del cementerio quedó vacía y adquirió todavía un aspecto más terrible. Justamente en esa época comenzaron a circular historias y leyendas sobre muertos vivientes que noche tras noche poblaban la casa y hacían macabros rituales de sangre, que sólo los muertos conocían.

Yo por mi parte jamás creí aquellos cuentos que las abuelas contaban a sus nietos, aunque he de reconocer que jamás me acerque demasiado a aquel lugar, una vez que el sol se escondía. Ahora lo estaba haciendo y la noche invernal había caído sobre mí., no pude evitar estremecerme.

Como he contado ya, el viejo enterrador fue muy feliz y su gran dicha aumento con el nacimiento de dos hijos, nacidos del vientre de su madre con escasos momentos de diferencia. El primero era un niño y el segundo bebe era una niña. Y aunque muchos hablaban también, de manera supersticiosa, sobre estos alumbramientos extraños los padres fueron absolutamente dichosos, por lo menos al principio; pues, después, con el paso de los años los hermanos comenzaron a diferenciarse y todo lo bella y encantadora que sé volvía la niña, parecía ir a la inversa en su hermano.

Tengo ahora que describir a aquel hombre con el que yo esperaba encontrarme, en breves instantes, cuando el angosto camino que ascendía la colina, me dejara en el mismo umbral del cementerio y de la casa allí construida.

Lo describiré tal como lo vi por primera vez en mi niñez, hace ya bastantes años, el día en que me lo presentó su hermana con la que yo y mi amigo Juan compartíamos juegos infantiles. Tendríamos unos ocho años cuando le conocimos, y he de reconocer que nos impresionó mucho su aspecto: era pequeño de estatura, pero enormemente grueso, las capas de grasa flácida  colgaban de su cuerpo, su espalda estaba curvada en una joroba de grandes dimensiones que le hacia caminar como un simio, agachado casi arrastrando los brazos largos y desgarbados; su rostro no era agradable de ver, si no más bien deforme con una irregular nariz porcina y unos ojos excesivamente grandes saltones y bizcos.

Sólo éramos unos niños, y aun aunque jamás en nuestra corta existencia habíamos visto nada tan horrible y repugnante a la vista lo aceptamos por amor a nuestra maravillosa amiga. Y una vez que asimilamos sus deformidades encontramos un buen compañero de juegos y un amigo alegre y leal.

Pero con la llegada de la adolescencia su aspecto exterior varió aún más, pues granos llenos de pus cubrieron su rostro y comenzó a no poder hablar con la gente sin tartamudear.

Los demás niños de la ciudad le escupían y le tiraban piedras. Insultándole por la calle, llamándole retrasado, ogro, monstruo y mil horrores parecidos. La gente mayor lo evitaba con repugnancia, e incluso nosotros, sus únicos amigos, lamento reconocerlo en este papel, lo abandonamos por otros camaradas con el egoísmo propio de esa edad juvenil en la que lo primero es aparentar. Pero creo que lo peor para él fue cuando su hermana, ya una hermosa muchacha pretendida por todos los varones del burgo, entre los que por supuesto me contaba yo, abandonó poco a poco su compañía sin darse cuenta, para rodearse de apuestos muchachos y coquetas chiquillas de pensamientos estúpidos. .

Así fue como se encontró solo y odiado por la gente, y se fue encerrando más y más en sí mismo. Por eso cuando su padre murió el año anterior a mi partida, hacia el campo de batalla, el muchacho tomó su trabajo; el trabajo de enterrador y se recluyó fuera del mundo en la casa del cementerio. Mejor lugar no podía haber encontrado. Nadie lo molestaría allí.

 Salvo yo, pues allí me encontraba con un nudo en el corazón ante la enorme puerta de la casa. La oscuridad lo envolvía todo a mí alrededor. Un murciélago despistado sobrevoló mi cabeza con su ruidoso aleteo y se perdió entre las sombras sobre las tumbas. Me insulte a mí mismo por no haber parado por el camino a tomar una fuente de luz, pues las sombras de la noche parecían cobrar vida y moverse como amenazas por todo el lugar. Sentí escalofríos y percibí peligros y fantasmas a mi espalda, pero una segunda mirada más calmada me indicó que sólo eran las ramas secas de unos viejos árboles muertos balanceadas por el fresco aire nocturno. Con sumo esfuerzo evite que mis ojos tomaran la dirección donde se encontraba  el cementerio, pues en mi estado de agitación es muy posible que hubiera imaginado a los muertos saliendo de la tierra sedientos de mi sangre. Tomé  el aliento que me faltaba y me dirigí hacia la puerta de la casa.

La falta de luz  y mis nervios, que hacían mis movimientos lentos y torpes me hicieron tropezar con un escalón de piedra y caí cuan largo era, sintiendo un profundo dolor en la palma de mi mano diestra.

Noté el cálido fluido de mi sangre que resbalaba por mi brazo y goteaba con matemática lentitud sobre el suelo. Había caído sobre el borde mellado de una pala vieja y oxidada y me había producido una herida bastante considerable en la mano.

Farfullé, maldiciendo, un quejido desagradable y tapé la herida con un pañuelo blanco que se tiñó de ocre con pasmosa celeridad. Hice un fuerte torniquete y olvidándome de mi dolor, y, sobre todo, de mi temor, levanté la enorme aldaba de bronce de la puerta y la dejé caer con fuerza varias veces. La llamada resonó amplificada en el vacío silencio de la noche y mi corazón pareció estar a punto de pararse con cada siniestro golpe.

Esperé un rato; quieto, expectante, muerto de miedo y de inquietud. Deseando huir de aquel maléfico lugar para regresar  cuando la luz del sol hiciera que los fantasmas de la noche, que poblaban mi alma desaparecieran bajo su brillo abrasador, siendo tan inofensivos como niños recién nacidos del vientre de sus madres.

Nadie contestó a mi llamada. Medité mucho mi paso siguiente hasta que aprecie en la oscuridad en el piso de arriba de la casa una ventana entreabierta a la que podía acceder trepando por la reja y las irregulares piedras grises y gastadas de la fachada. Me quité la capa, que me protegía del aliento helado de la noche, arrojándola al suelo junto a la pala manchada de sangre: de mi sangre.

Trepé y no sin dificultad llegué a mi meta, introduciéndome en el interior de la casa jadeando. A tientas, sobre un viejo arcón, encontré un candelabro de hierro, rojo de orín  que antaño debió de haber sido negro. Junto al candelabro había instrumentos para prender las velas.

Y se hizo la luz. Una luz sólo tranquilizadora a medias,  pues las sombras que producía en las paredes me hacían saltar el corazón del pecho.

Examiné la habitación en la que me había colado. Olía a viejo, a polvo y a humedad y eso es lo que allí había junto a enormes telarañas que caían como macabras cortinas alrededor de la cama. Multitud de arañas, gordas de patas peludas y color negro, se escondieron en los confines más sombríos de sus telas ante mi presencia y la amenazadora luz del candelabro.

Recorrí la planta de un lado a otro y nada descubrí, por lo que tomando aire, para ganar algo de valor, descendí las escaleras bajando al primer piso y cuando comenzaba a pensar que allí no había ningún ser vivo, salvo las arañas, y ningún espíritu del cementerio excepto los que yo imaginaba, oí un extraño ruido en el suelo a mi lado que me pilló con la guardia bajada. El sobresalto me hizo soltar el candelabro y una sombra enorme de un ser monstruoso lo abarcó todo, cubriéndolo con su oscuridad. Nada pasó. Tomé el candelabro de nuevo, temblando de pies a cabeza sin poder controlar mi aterrado cuerpo y miré con los restos del escaso valor que me quedaba, hacia el rincón donde había desaparecido la sombra. Me entró una risa histérica rayana en la locura, por lo visto me había equivocado al pensar que sólo había arañas en esa casa: había también ratas y una me observaba a mí tan asustada, como yo le miraba a ella. La luz me había jugado una mala pasada, haciendo aumentar la silueta del roedor convirtiéndolo en un monstruo devorador de hombres a mis confusos y asustados ojos.

La absoluta soledad de aquella casa me hizo albergar esperanzas y pensar que mi amada había abandonado la ciudad por algún motivo extraño, que escapaba a mi comprensión y que su hermano le había seguido finalmente hacia su destino.  Pensé que pronto iba a recibir una carta de amor en la que se me facilitarían sus nuevas señas y se me explicaría la razón por la cual habían abandonado la ciudad. Entonces recordaríamos mi noche de terror con risas junto a la hoguera y se la contaríamos a nuestros hijos y mucho después a todos nuestros nietos, que nos mirarían embelesados como sólo un nieto puede mirar a sus viejos abuelitos cuando cuentan una historia a la cálida luz del hogar, en una gélida noche de invierno. Pero sobre todo respiré tranquilo porque por fin iba a poder abandonar aquel tétrico lugar sabiendo que ningún ente, fantasma, espíritu o monstruo habitaba en su interior.

No fue tan fácil. Una puerta se abrió, con un estruendoso chirrido de bisagras oxidadas que quebró el silenció, dejándome ver luz y unas escaleras descendentes, que bajaban hacia el sótano; hacia las profundidades del terror.

 Desde donde me encontraba, observé las profundas escaleras sintiendo una extraña sensación de vértigo en la boca del estómago.

La tranquilidad y lucidez que habían colmado mi mente unos segundos antes desaparecieron borrados por la inquietante luminosidad del sótano, más aterradora, si cabe, que la oscuridad del resto de la casa.

Se me daba una oportunidad de escapar de aquel lugar. Forzar la puerta y huir, o enfrentarme a mis temores y descender la escalera hacia la luz.

Toda mi mente me ordenaba imperiosamente salir de allí, pero mi cuerpo gobernado por un impulso de mi corazón comenzó a andar a pequeños pasos, con suma lentitud, hacia el sótano. Necesitaba saber, conocer qué es lo qué estaba ocurriendo en aquel lugar. Si abandonaba la casa no me lo perdonaría jamás a mí mismo; el falso recuerdo de aquel sótano me perseguiría en forma de aberrantes pesadillas, noche tras noche,  a cualquier lugar al que yo intentara huir, pero aun así algo me decía en mi interior, que iba a lamentar eternamente el descender aquellas escaleras.

No me equivocaba, pues allí se mostró ante mis ojos, una escena  tan increíble, macabra y terrorífica que me costó unos instantes de perplejidad parecida a un sueño antes de percatarme de lo que había en aquel sótano, maldito por siempre en mi memoria.

Esto es lo que por desgracia y desesperación, no puede evitar ver, y lo que todavía, hoy, tanto tiempo después, veo en mis recuerdos: la titilante luz anaranjada de cientos de velas iluminaba el sótano. En el centro de la estancia había una mesa de madera  repleta de comida y bebida en abundancia. A la mesa se sentaban varios comensales, entre los que reconocí, lleno de espanto y dolor,  entre las lágrimas que poblaban mis ojos, el rostro bello, perfecto y sereno de mi amada, mirándome sin verme tras unos ojos de cristal, que no igualaban la belleza de matices verdes y de pequeños puntos rojizos que tenía en vida.

Me derrumbe de rodillas sollozando percibí un movimiento a mi espalda, pero el dolor, el pánico y la tristeza que se habían apoderado de mi razonamiento debilitaron los reflejos del soldado que había en mí, pues cuando intente reaccionar sentí un terrible dolor en la sien y la sangre bañó mi rostro como un riachuelo rojizo sobre mi cabeza. El sótano se nubló ante mis ojos y perdí el conocimiento. Recuerdo que mi último pensamiento fugaz fue un rezó destinado al todopoderoso para que  el golpe acabará con mi dolor y con mi vida. Pero no tuve tanta suerte. Dios no se apiadó de mí.

Tiempo después, no podría decir cuanto, desperté mareado y dolorido. Terribles nauseas me acuciaban  y no sabía donde me encontraba. Comencé a pensar que algo estaba funcionando mal cuando no pude mover la mano para palpar el escozor terrible que sentía detrás de mi oreja izquierda. En ese momento sentí la sangre resbalando de la sien por el cuello y colándose por el pecho de mi camisa y me contente por unos segundos con mantener mi debilitada atención en el cosquilleo que producía la gota de sangre sobre la piel de mi cuello. Recuerdo que en esos instantes de semiconsciencia me sentí estúpidamente orgulloso de poder mantener mi mente concentrada en algo. Poco a poco, comenzó a abrirse camino en mis abotargados sentidos un nuevo fenómeno: un terrible sonido, un burbujeo como si alguien estuviera a punto de preparar una sopa gigante  apunto de hervir sobre mi cabeza. En ese momento, como un torrente, llegó a mí el resto de mi conciencia perdida y me llené de pavor al darme cuenta de la complicada situación en la que me encontraba y apreciar todo lo que había a mí alrededor: estaba encadenado a la pared del sótano frente a la mesa a la que se sentaban a cenar los cadáveres. Allí se encontraba por fin, sentado a la cabecera de la mesa, aquel al que había venido a buscar. Estaba sentado junto a su madre y su hermana y le oí hablar:

- Por fin ha llegado el día más feliz de tu vida, querida. Tu amado ha venido a reunirse con nosotros. Seremos felices para siempre. ¿No es verdad?

Me sorprendió, si es que algo podía sorprenderme en aquella situación patética, que mi viejo amigo no tartamudeara al hablar.

No esperé escuchar la  respuesta de mi amada, aunque él si pareció escuchar su voz inaudible para mí y continuó la charla hablando con su madre sin dejar de sonreír con la misma sonrisa que tenía cuando jugábamos siendo niños y fue feliz. Se había vuelto a rodear de su familia, para volver a reír como cuando era sólo un niño.

- ¡Volveremos a jugar en los campos los tres juntos!- exclamo frotándose las manos como el niño que espera un regalo, impaciente y no puede contener los nervios.- Todo será como antes.

Nadie respondió, aunque él pareció escuchar una gracia de su hermana... mi amada, y soltó varias carcajadas revolcándose en la silla de risa.

Yo estaba petrificado ante la escena que se representaba ante mis ojos. Bajé la vista hacia el suelo intentando apartar la mirada de los blasfemos ojos de cristal y las mejillas pálidas de mi prometida, pero lo que había en el suelo aumento todavía más mi espanto.

Junto a mis pies encadenados  había ciertos utensilios de cirujano que brillaban  rojizos por la sangre reseca que cubría sus filos. Todos eran terroríficos en mi situación, pero sobre todo unos en forma circular para extraer ojos a los cadáveres me helaron la sangre.

Intenté soltarme desesperadamente, con brazos y piernas, pero mis fuerzas eran escasas y fue inútil. Empuje la mordaza con la lengua, pues sentía el poderoso impulso de gritar con todo mi aliento, pero la mordaza que cubría mi boca permaneció firme.

Sabía lo que me iba a ocurrir. Ahora sabía de donde provenía el burbujeante sonido que en mi delirio había atribuido a una marmita de agua hirviendo. Iba a ser embalsamado para que mi captor pudiera recobrar aquellos momentos de su infancia en los que había vívido feliz. Sería un nuevo plato, un nuevo comensal en la mesa de la muerte. Embalsamado y sentado junto a mi amor. Por un momento deseé que fuera verdad y estar para siempre junto a ella en un sueño eterno.

Tratando de buscar una salida a mis problemas, busque con la vista cualquier cosa que pudiera ayudarme en aquella apurada situación. Desolado aprecié algo que antes con toda mi atención puesta en el cuerpo muerto de mi amada no había percibido: todas las paredes de la sala estaban cubiertas de cadáveres momificados y viejos esqueletos. Pero hubo algo: un pequeño y doloroso detalle, que llamó mí desvirtuada atención. En el dedo del esqueleto más cercano mis ojos se fijaron en un bonito anillo con el signo de mi familia, el anillo que mis padres intercambiaron en sus esponsales. Volví la cabeza a la izquierda para ver otro esqueleto que lucía un anillo idéntico al otro. La calavera del esqueleto parecía sonreírme, pensé en mi delirio, con una mueca de cariño.

Lo tenía todo pensado. Había desenterrado a mis padres, para que me acompañaran en mi viaje y me recibieran al otro lado.

Mi atención abandonó, con horror, los restos de mis progenitores y se fijo en mi anfitrión que acababa de levantarse de su silla, moviendo su grueso cuerpo con agilidad mientras tarareaba una alegre canción infantil, que yo le había enseñado hacía ya muchos años. Se acercó a mí haciendo cabriolas y piruetas.

Tomó del suelo, sin dejar de tararear, el instrumento para extirpar ojos y lo utilizó sin dejar de sonreírme.

Sentí un dolor frío, pero lo que más me impresionó fue el sonido que hizo mi globo ocular al abandonar la cuenca donde se encontraba. La sangre chorreó por mi cara y salpicó la suya, pero no dejó de sonreír, como si todo fuera parte de un juego infantil en que los niños se matan con espadas de madera, para después levantarse sonriendo y continuar el juego una y otra vez.

Yo le veía a través de la cortina de lágrimas, de dolor y de desesperación, que inundaban mi ojo sano.

Dejó caer el órgano extirpado al suelo y  yo en la locura que me provocaba el dolor y el sufrimiento imagine mi ojo rodando por el suelo para terminar de festín de alguna rata o quizá del maldito gato negro. Perdí el conocimiento de nuevo y volví a rezar para no recuperarlo antes de mi muerte.

Cuando regresé del abismo oscuro en el que había caído mi mente, a la pequeña luz de la consciencia continué oyendo su horrible tarareo acompañado de la música producida por el líquido hirviendo de la marmita. Aquel monstruo que se encontraba ante mí no quería jugar mientras su compañero de juego dormía, así que había esperado afilando un bisturí con el que iba hacer una amplia incisión en mi piel para extraer todos los órganos para que no se pudrieran y estropear su perfecta obra y su felicidad. No quería que me perdiera el final del juego, por lo que no me extirpo el otro ojo. Antes de empezar a abrir mi estómago  me practicó una incisión profunda en cada muñeca por las que mi flujo vital comenzó a abandonar mi cuerpo desangrándome.

Quise morir, pero no para reunirme con mi amada en aquella cena macabra y eterna, si no en otro lugar más lejano donde no recordáramos nada y fuéramos felices para siempre. Me imagine aquel lugar: tenía un verdor exquisito, era un valle entre montañas, junto a un lago había una pequeña cabaña de madera llena de paz y amor, sin que ningún sufrimiento pudiera traspasar las barreras que ella y yo habíamos marcado a nuestra felicidad. Allí, junto al lago estaba ella. Se acercó a mí sonriendo y me abrazó acariciándome el pelo; nuestros labios se unieron en un beso que pareció eterno. Ya no sentía ningún dolor. Ante mí se abrió como una flor  el destello una luz, hermosa y cálida, que parecía llamarme y atraerme, envolverme. Sentí como mi alma abandonaba mi cuerpo en aquel sótano y la tortura a la que estaba siendo sometido mi cuerpo estaba muy lejos del lugar al que había huido mi alma. Y aunque aún veía como mi torturador bailoteaba delante de mí haciendo pequeños cortes con el bisturí por todo mi cuerpo, sólo era una imagen lejana de un lugar muy lejano. Un lugar al que no quería regresar.

Entonces un ruido sordo resonó con fuerza en el paisaje de mi visión y escuché como la canción se paraba en  los labios torcidos de mi anfitrión. La sangre le salía por la boca a borbotones y se desplomó. Su cuerpo fofo se estrelló de una manera antinatural contra el suelo del sótano.

En mi mundo imaginario la luz se extinguió, mi amor separó sus labios de los míos y me dijo con dulzura tres palabras que aún resuenan en mis oídos:

- Te esperare siempre.- La visión desapareció y con ella mi mundo soñado. El dolor regresó a mi cuerpo como una cascada y antes de perder una vez más el conocimiento oí la voz conocida de mi amigo Juan, el hijo del tabernero.

- ¡Santo Dios! Aún está vivo. Taponar esas heridas con un torniquete. Hay que sacarle de aquí.- Suspiré, no recuerdo si aliviado o apenado. Volví a soñar.


Estuve entre la vida y la muerte durante varias semanas y ni los matasanos  más optimistas hubieran apostado una moneda chica por mi recuperación, pero mi alma de soldado y luchador, que había ganado una guerra, me trajo de nuevo al mundo de los vivos.

Aunque mi corazón no deseaba conocer los hechos me enteré de los detalles que habían llevado a mis amigos en mi busca en tan oportuno momento.

Fue Juan el principal instigador de mi salvación, pues llevaba meses preocupado por la desaparición de mi prometida y  también su más querida amiga. Yo le había encomendado su cuidado y su desaparición sin dejar rastro le tenía muy preocupado. Así que mantuvo vigilado a su hermano a sabiendas de que algo extraño y obscuro se traía entre manos. Cuando aquella noche maldita regresó a la taberna y su padre le contó hacia donde me dirigía yo. Temiendo por mí, se hizo acompañar de mis camaradas de guerra, que también eran en su mayoría viejos amigos suyos y a pesar del terror que les inspiraba a todos la casa del cementerio. Por amor y amistad a mi persona, no dudaron ni un instante en acercarse hacia allí para comprobar, que nada malo me había ocurrido. Pero cuando las antorchas iluminaron la capa que mis camaradas reconocieron como  mía, y vieron la sangre que me había producido el corte en la mano, temieron por mi vida y forzaron la puerta y viendo la luz del sótano se dirigieron prestos a las escaleras para llegar justo en el momento en que mi torturador iba a practicar con su bisturí un profundo corte en mi pecho para extraer mis preciados órganos vitales. Uno de mis camaradas despacho al enterrador con un  certero disparo acabando con su miserable vida y me sacaron de allí a gran velocidad.

Los cadáveres, embalsamados o esqueletos, fueron enterrados y la casa junto al cementerio fue incinerada y demolida hasta los cimientos.

Ahora las abuelas cuentan a sus nietos en las noches de invierno, cuando el sol desaparece demasiado pronto y las noches son excesivamente largas,  mi historia. Y les dicen que ya no hay ninguna barrera que impida que los muertos salgan de su encierro sin la casa del cementerio.

Nuevos cuentos, de monstruos imaginarios y terribles, de fantasmas y de espíritus que vagan por la ciudad a su antojo circulan por las calles de boca en boca, pero yo el único monstruo que he conocido era un ser humano y no siempre había sido  un monstruo. Fue la gente la que le convirtió en aquel ser con sus insultos y con sus burlas, con sus pedradas y con sus risas. Le forzaron a abandonar la compañía de los vivos y prefirió la compañía de los muertos. No le echo la culpa.

Tras la muerte de su padre lo desenterró y lo mismo hizo con los demás muertos recientes. Hablaba con ellos e imaginaba sus respuestas; jugaba con ellos y ellos jamás se rieron de él.

No sé. Y nunca conoceré la respuesta sobre sí mató a su madre y a su hermana para que fueran participes de su mucha felicidad o si murieron en alguna epidemia o por cualquier otra causa y él las mantuvo vivas en su corazón.

Lo que sí sé: es que no he conocido la paz y no he visto los hijos que debían corretear por mi mansión. Los nietos que debían escuchar mis historias jamás las escucharan.

Me he convertido en un monstruo solitario como él. Renegando de una ciudad que fue capaz de empujar a aquel muchacho inocente  hacia el abismo de la locura más terrorífica, sólo por su aspecto externo. Pasó mis días esperando el final, solo, en mi mansión. No he vuelto a pisar la calle y recibo escasas visitas; salvo mis camaradas de guerra que vienen a visitarme de vez en cuando y mi amigo Juan el tabernero que me honra con su amistad todos los días.

Cuando cae la noche y el sueño se apodera de mí, las pesadillas me persiguen: veo la extraña y agorera silueta  de la casa del cementerio,  veo un gato negro devorando un ojo humano y oigo una dulce tonada infantil susurrada junto a mi oído; despierto empapado en sudor ahogando un grito que si algún día dejo escapar de mi garganta, creo que no tendrá final y retumbará para siempre en un eco infinito en el valle entre montañas. Pero siempre oigo tres palabras pronunciadas por la más dulce voz, que jamás he escuchado que son un bálsamo para mi corazón.

- Te esperaré siempre.

Ya me queda poco para reunirme con ella.

1 comentario:

  1. Como siempre, amigo Esteban, un relato fabuloso. Terrorífico y extrañamente "estético". Un placer leerte. Gracias por compartir tus relatos a pesar de andar escaso de tiempo. Por favor, no dejes de hacerlo. Un abrazo.

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