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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

lunes, 27 de enero de 2014

EL BOSQUE


Desde el cielo plomizo, llueve abundantemente sobre el bosque. Las hojas de los árboles, se agitan con las gotas de lluvia y el viento, parecen comunicarse extraños secretos entre ellas, el sol amenaza con aparecer, perezoso, entre las nubes preñadas de agua, un  brillante rayo de luz se escapa triunfante dando vida a un hermoso arcoíris que se extiende sobre toda la foresta, bajo el arcoíris un joven trol observa un saco de brillantes monedas  de oro con gesto fiero y protector, dispuesto a defenderlas con su vida;  un poco más allá un hada baila bajo la lluvia, danzando sobre un estanque de cristalina agua, la superficie del estanque  sufre  una gran agitación bajo el poder del chaparrón; en lo más profundo del estanque una ondina de cabellos plateados, aguarda a un joven enamoradizo al que atraer al fondo de su laguna para compartir un beso eterno con él;  ignorando el baile del hada y los amorosos deseos de la ondina, un duende travieso  sentado en una piedra al borde del camino prepara sus maldades para el próximo peregrino despistado que pase por la senda que cruza el bosque, silba, mientras espera, una vieja melodía que escuchó en una concurrida posada a un estúpido juglar hace centenares de años, aunque la maldita melodía es tan pegadiza que el duende todavía no ha podido sacarla de su cabeza. Por el momento ningún peregrino parece dispuesto a atravesar el bosque, por lo tanto el duende se mantiene enfurruñado bajo la lluvia, aguantando estoicamente, con los calzones de vivos colores empapados y el sedoso cabello rojo como el fuego pegado húmedo a la frente.

 Cerca del estanque de la ondina, en una fea cabaña de adobe y techo de paja habita una bruja de manto negro, pelo grasiento, nariz aguileña, barbilla puntiaguda llena de pelos duros como cerdas de jabalí, y una enorme verruga sobre el espeso entrecejo, que se prepara para echar a volar con su escoba en cuanto cese le lluvia y llegue la noche. Un aburrido gato negro se limpia las patas manchadas de barro con grandes lametones de su áspera lengua sin prestar la menor atención, a la bruja, ni al niño regordete que la bruja quiere cenarse esa noche.

En el exterior de la mugrienta cabaña deja de llover, por fin, devolviendo la tranquilidad al bosque, los gnomos surgen, entonces, de sus casitas entre las fuertes raíces de los árboles y continúan con sus labores diarias que la lluvia interrumpió, los gnomos siempre están muy, pero que muy  atareados.

Un cervatillo que ha salido a un claro entre la espesura para disfrutar de la belleza del fresco ambiente, que siempre deja tras de sí la lluvia recién caída, ventea el aire, olisqueando la manada de lobos feroces que intenta rodearlo. Avispado y ágil se interna en la espesura a gran velocidad, por suerte, escapando por un pelo de una muerte segura y sangrienta.

En el claro, al que llegan  los enfurruñados lobos en busca de un sanguinolento pedazo de carne que ha escapado dejándoles con la miel en los labios y la saliva goteando de sus afiladas fauces, hay un enorme roble milenario, en cuya copa canta la más bella melodía  un ruiseñor plateado, dentro del sauce milenario vive un  pueblo de pequeños  hombrecitos de serrín que bailan juguetones al ritmo  que marca el trino de la melodía del ruiseñor.

En la parte más profunda y antigua del bosque, también la más tenebrosa, donde los viejos y anquilosados árboles poseen vida propia, habita el viejo Hahsbai. Un sabio fauno  al que según la leyenda se le puede hacer cualquier pregunta, pues el conocerá la respuesta, pero lo cierto es que Hahsbai no conoce la respuesta a todas las preguntas. Le falta una por conocer y eso le atormenta hasta la locura. No le deja dormir, ni pensar en otra cosa, la única respuesta, el último enigma. Pasa las noches con la vista fija en el techo de la cueva, haciéndose una y otra vez la maldita pregunta, como si esperará ver la añorada respuesta escrita en el techo. Esa obsesión por conocer la última respuesta ha afectado su mente tornándola a la locura y ha olvidado que conocía todas las respuestas a todas las preguntas. Por lo que ahora ya sólo queda en su cabeza una pregunta sin respuesta.

Al llegar la noche, la Santa Compaña cruza el bosque con paso cadencioso y lento, una estela de ánimas pálidas que portan pequeños cirios en su tenebroso caminar, si un hombre como tú o como yo se cruzara con ellos en medio de la oscura noche, ten por seguro que en esa misma fecha del calendario, justo al cumplirse un año, la Vieja Muerte le aguardará en su caminar y se unirá a la fila de pálidos espectros, un alma en pena más, vagando en la noche con una pequeña llama en la mano.

Por el viejo camino que atraviesa el bosque circula una furgoneta desvencijada pintada de vivos colores por toda su parte lateral, donde se puede ver un dragón y una guerrera semidesnuda con una guitarra eléctrica tapando sus generosos pechos, en letras grandes se puede leer  DAMADRAGÓN.

En el asiento delantero de la furgoneta conduciendo, pegado al volante con la soñolienta mirada atenta a la carretera, un  hombre orondo de frente despejada, pelo largo grisáceo hasta media espalda y un espeso bigote sobre los gordezuelos labios, lleva puesta una ajustada camiseta negra sin mangas, con un descolorido dibujo en el pecho que podría ser el mismo que adorna la furgoneta,  aunque está tan desgastado que es difícil de saber. A su lado  se sienta una mujer  que viste un elegante  traje chaqueta negro, con blusa blanca,  tiene el pelo corto engominado, piel pálida y expresión fría en sus ojos claros, como si le disgustara sobremanera todo lo que hay a su alrededor: el conductor, la furgoneta desvencijada, el oscuro bosque que atraviesan, la noche, la carretera mojada, absolutamente todo, pero sobre todo le molestan los dos niños que cantan con su padre a voz en grito, viejos clásicos de la banda.

En la segunda fila de asientos de la furgoneta están los dos niños, desgañitando sus gargantas para seguir el ritmo que marca la voz de su padre. Estrella de rock que pasó por mejores momentos, vestido de cuero y largo pelo rubio en su momento, ahora por el paso del tiempo casi plateado, extravagantes joyas adornan sus dedos, sus orejas y su cuello. Autor, años atrás, de una balada tan famosa que eclipsó todas sus demás creaciones.

A su lado una adolescente de gesto serio finge dormir, ignorando a sus hermanos y a su padre. Y sobre todo ignorando a la nueva esposa de su padre.  Que parece que odia ese viaje incluso más que ella, si eso fuera posible.

Por último, sentados detrás, el calvo bajista que añora la larga melena oscura que el tiempo se llevó y  el siniestro nuevo manager de la banda, un hombrecillo delgado y pálido  que no habla a no ser que le pregunten.

Esta gira improvisada para reflotar  el famoso grupo de rock, veinte años después de la disolución está siendo un bochornoso fracaso, pero parece que su padre no se diera cuenta de nada, como siempre instalado en su lejana nube de fantasía y sueños perdidos.

Ella y sus dos hermanos pequeños  hacen la gira junto a su padre, porque éste pensó que tras la muerte de su ex mujer, los tristes niños, destrozados por la ausencia de su madre, necesitaban un tiempo de nuevas emociones que les hicieran vencer el dolor. Lo cierto es que con los pequeños parece funcionar, pero con ella esa idea, que su padre consideró brillante, está  siendo tan funesta como la gira.

Sobre todo por la presencia de su estirada madrastra y el siniestro hombrecillo que ocupa silencioso el asiento trasero, junto al amargado bajista, pero a pesar de su silencio ella siente la viscosa mirada del hombrecillo clavada en su nuca, recorrer su cuerpo tan fría y repugnante como un gusano, sucio de fango, arrastrándose por su piel.  Cuando él posa la vista en ella siente nauseas. Nauseas y temor.

De pronto, cuando los niños y su padre atacaban los versos más famosos de la famosa canción que llevó a la banda a la cumbre, por un breve periodo de tiempo,  la rueda de la furgoneta estalla, como agujereada por un balazo. No diré que el duendecillo que esperaba nuevos visitantes para trastear con ellos no tenga nada que ver, pues estaría mintiendo, como delata la sonrisa de oreja a oreja que adorna su enorme y desdentada boca, en el momento en que ve como la destartalada furgoneta queda detenida a un lado del camino, con la rueda reventada. Aprovecha el momento de confusión para destrozar la rueda de repuesto con excepcional diligencia.

Tirados en la cuneta, en una carretera secundaria que atraviesa un bosque perdido de la mano de Dios, el humor de la jovencita no mejora en absoluto. Su ceño esta tan arrugado que parece el de una anciana bruja, con muy malas intenciones, se muerde los labios para contener la ira que la embarga.

Su padre, por el contrario, sonríe despreocupado y hace bromas continuas para rebajar la tensión del momento. Los tres miembros del grupo deciden retroceder caminando por la carretera en busca de una estación de servicio que han dejado atrás, algunos kilómetros antes de llegar hasta el bosque.  La muchacha quiere protestar al ver que van a dejarlos solos con la madrastra y el hombre siniestro, pero no sabe como protestar sin ofenderlos, así que coge a sus hermanos cuando su padre y sus dos viejos compañeros de fatigas se alejan por la carretera y se aparta un poco de la furgoneta, dejando a la mujer y al hombrecillo charlando de las cosas sobre las que charlan los adultos, sean las que sean. Incluso desde la distancia puede apreciar como los ojos del manager se desvían de vez en cuando buscándola, tanteando su cuerpo como desagradables tentáculos.

Un par de horas más tarde sus hermanos pequeños duermen en la parte trasera de la furgoneta, su madrastra dormita en el interior del vehículo  apoyando su cabeza en el cristal, mientras el hombre repulsivo se sienta en el capot del coche con los ojos fijos en la joven, sin ningún rubor. Bebe una cerveza tras otra de la nevera portátil. La mirada de sus ojos oscuros bañada por el alcohol quema la piel de la joven provocándole vergüenza y asco.

Entonces la joven ve una extraña luz entre las ramas, es una luz dorada y brillante y parece revolotear como una mariposa. Intrigada se acerca al lugar donde ha visto la luz introduciéndose en la espesura y en la oscuridad. Pero la luz  desaparece en cuanto ella se acerca, para volver a aparecer un poco más allá. En lo profundo del Bosque. Es una luz maravillosa. Hermosa. Una promesa brillante, que atrae a la muchacha con un lazo irresistible. Cuando se da cuenta, la luz se ha apagado, dejándola sola en la oscuridad, perdida en la espesura, muy lejos de la furgoneta y de sus hermanos. El duendecillo sonríe satisfecho desde las sombras alegre como un niño el día de reyes, le encanta hacer perderse a los niños en el boque. Pero entonces se percata con sorpresa de que la muchacha no ha venido sola. Alguien ha seguido sus pasos, atraído con un lazo irresistible, igual que ella  ha seguido su luz. La viscosa oscuridad que habita bajo los ojos de aquel hombre hace que al duende se le corte la sonrisa y desaparezca su embriagadora alegría, de un plumazo, como si le hubieran golpeado con un mazo en el estómago dejándole sin respiración.
 

La madrastra se despierta sobresaltada volviendo a la realidad, desde la profundidad de una extraña pesadilla, que le ha dejado el sabor amargo de la bilis en la boca y el corazón agitado latiendo palpitante en su pecho, provocándole un profundo dolor de cabeza. Una espesa niebla cubre el exterior del coche con su húmeda capa de sombras.  Todas las puertas de la  furgoneta están abiertas, un búho ulula en el exterior y el aullido de un lobo retumba como un tambor en la noche. No demasiado lejos, poniéndole cada vello de su cuerpo tan en punta como una aguja. Aterrada, se percata de que está sola en la furgoneta. Los tres niños han desaparecido y el manager también. Pide ayuda pero sólo la contesta un nuevo aullido entre la niebla. Otro aullido responde al anterior y otro más hace lo propio con éste. Los lobos se acercan. Cierra todas las puertas, aterrada. Se queda paralizada, cuando los fríos ojos de un enorme lobo negro la miran desde el exterior, a un palmo del cristal. A su espalda un cuerpo pesado golpea la puerta trasera que acaba de cerrar, la furgoneta se mueve como si la balancearan. No es más que un pajarito  encerrado en una jaula rodeada de gatos.
 

Los tres músicos caminan por la carretera durante un par de horas, sin abandonar el  bosque, ni dar con la carretera principal, sin encontrar ningún rastro de la gasolinera,  de ningún  otro vehículo, ni nada parecido  a vida humana. Cuando están a punto de darse por vencidos y regresar a la furgoneta, la espesa niebla cae sobre ellos con su mágico manto y los separa,  con un encantamiento de confusión y desorientación, mandándolos  por tres caminos opuestos, hacia las oscuras profundidades del bosque.
 

En el interior de la cabaña de la bruja, desde dentro de una jaula de gruesos barrotes de hierro, los dos niños observaban, con los ojos como platos bañados de lágrimas, el fuego de la chimenea donde se asa otro niño, a fuego lento, con una preciosa manzana de  un rojo brillante en la boca. Lo peor no es ver la piel crepitar, ni los sollozos desesperados del pobre niño abrasado entre las llamas. Lo peor son los rugidos de sus estómagos hambrientos, que sólo han comido chocolatinas desde la tarde, ante el apetitoso olor de la carne asada.

Un gato negro los vigila con ojos feroces, desde la mesa donde se encuentra sentado, entre un montón de apestosas pócimas e ingredientes más apestosos todavía. La bruja ha salido volando en su escoba de brezo unos momentos antes. La misma escoba en la que la bruja descendió sobre la furgoneta, junto a la niebla y después de insuflar negras pesadillas con un beso de sus arrugados labios,  en el interior de la madrastra de los niños, los secuestró amparada en la niebla, llevándolos a su cabaña y al fuego de su hoguera, que parece esperarlos con ardientes deseos.
 

La muchacha siente la presencia  a su espalda, entre las  sombras, y el corazón le desfallece, el miedo recorre todo su cuerpo como un millar de desagradables insectos enfurecidos correteando sobre su suave piel.

- ¿Qué haces aquí?- pregunta con sequedad intentando ocultar su temor, disfrazado en un tono de desprecio, pero no lo consigue,  su voz tiembla como las hojas de los árboles que la rodean, cuando son agitadas por el viento de la mañana.

- Te he seguido- dice él.- Me preocupaba que te perdieras en la espesura. No es seguro andar en esta oscuridad, puede haber alimañas en los alrededores.

- Tienes razón- dice la muchacha comenzando a caminar.- Deberíamos regresar.

Justo cuando pasa a su lado intentando regresar sobre sus pasos, él la sujeta con fuerza por el brazo. El contacto de sus dedos la quema como el fuego.

- Ya que estamos aquí podríamos dar un paseo y charlar un poco, ¿no te parece? Desde que hemos comenzado este viaje, apenas nos hemos dirigido la palabra. Creo que es un buen momento para que tú y yo nos conozcamos mejor, ¿no crees?

- Prefiero regresar junto a mis hermanos. Seguro que mi padre habrá regresado ya. Estarán buscándonos.

Ella intenta avanzar, pero la presa de su mano se afianza en su brazo reteniéndola. El hombre está muy cerca, rozándola con su cuerpo, puede olor su aliento a cerveza y a dientes cariados. Su otra mano posada  en la cintura de la muchacha como con descuido. Ella intenta escapar, pero la sujeta firmemente, es mucho más fuerte que ella. Forcejean. La lanza al suelo y se tumba con todo su peso sobre ella.

Sus gritos de rabia e ira se pierden entre las oscuras ramas del bosque. Las manos del hombre tantean torpemente su cuerpo, apretando sus pequeños pechos sobre la ropa. Los labios secos besan su boca, ella muerde sus labios provocándole un grito de dolor y sorpresa. Él sonríe con una sonrisa roja, plagada de dientes manchados de sangre y la golpea fuerte con el revés de la mano. Su cabeza golpea contra una piedra y está a punto de perder la consciencia. Pero no tiene esa suerte, nota la dura erección del hombre contra su cadera, siente arcadas y ganas de vomitar,  él desabrocha sus pantalones… Entonces el peso sobre su cuerpo desaparece de pronto, escucha un agudo grito de dolor y algo caliente salpica su rostro. Es sangre. Mucha sangre. Un trueno y un relámpago cegador iluminan la noche del bosque, una corriente de aire similar a un pequeño  tornado, se lleva el cuerpo, con los calzones ensangrentados, del hombre lanzándolo por encima de la copa de los árboles. Cuando la muchacha alza la cabeza y se limpia la viscosa sangre de los ojos. Se encuentra mirando de frente dos extraños ojos almendrados de un intenso color azul, bajo una espesa mata de  pelo rojizo,  sobre una enorme nariz y junto a unas orejas puntiagudas. Los ojos del pequeño ser la observan preocupados. En sus pequeñas manos brilla un diminuto, pero afilado cuchillo, bañado de sangre.
 

La madrastra arranca la furgoneta asediada por los enormes lobos. Pisa el acelerador a fondo y la furgoneta se lanza por la carretera en una huida desesperada. La rueda pinchada pierde rápidamente los últimos restos de goma y lanza infinidad de chispas al rozar el asfalto. La furgoneta es imposible de controlar, da varios bandazos antes de acabar en un claro del bosque estrellada contra un enorme sauce milenario. Desde el interior del sauce se escuchan las furiosas vocecillas de los inquilinos del árbol, quejándose de semejante atropello, el ruiseñor plateado asustado emprende el vuelo alejándose del lugar, pero la mujer no tiene tiempo para escuchar las protestas ni para atisbar la fugaz belleza del pájaro que ningún ser humano ha visto jamás, corre ya entre los árboles,  alejándose del accidente y de los crueles perseguidores, que se lanzan a la carrera en pos de ella.
 

El padre de los niños se percata de que sus pasos ya no le guían por la carretera, cuando siente las botas resbalar en el lodo de un camino mal cuidado. Tras la curva del camino escucha risas, vocerío, aplausos y canciones, el olor de la leña ardiendo y del vino fuerte y oscuro, y de un guiso puesto al fuego invade su nariz. Avanza en la noche hasta que llega a una enorme posada, que parece recién sacada de un extraño cuento, de la canción de un juglar. Esperanzado, abre la puerta de la posada y la luz del interior baña su rostro con un resplandor dorado. Se queda sin palabras ante lo que ve.
 

El orondo batería se encuentra con el viejo fauno. Hashbai lo mira con los ojos enfebrecidos de un eremita loco. Está furioso por la interrupción. Piensa en su locura, que estaba a punto de encontrar la respuesta a la pregunta que lo atormenta durante siglos, justo cuando ese gordo lo ha interrumpido con su aparición. Con sus nudosas manos similares a las ramas de un árbol lo toma por el cuello de la degastada camisa, que parece tener más años y menos lavados que el propio fauno. Pone su cabeza de cuernocabra frente a los asustados ojillos del gordo del bigote y ridícula calva con larga melena, patea el suelo con sus pezuñas hendidas y hace su pregunta, con un grito furioso que retumba en el bosque como un trueno en un profundo valle.
 

El bajista sale de la niebla junto a un estanque, la luna brilla en el cielo sobre el estanque, inundándolo todo con un precioso reflejo plateado. El músico observa sobrecogido tanta belleza. Ve su reflejo en la superficie del agua, su larga melena ha regresado a su cabeza y  con ella toda la juventud y vitalidad que poseía hace veinte años, cuando su vida estaba montada en la escoba del éxito. Pero no es sólo un reflejo, pues se toca incrédulo el pelo en la cabeza y la suave piel de la cara, sin arrugas. Es joven de nuevo. Entonces distingue una hermosa figura en el fondo del estanque, observándole bajo el agua con ojos enamorados llenos de coquetería y promesas de amor. Es una hermosa muchacha de plateados cabellos que retoza desnuda en el fondo. La muchacha le hace claros y tentadores gestos con la mano para que se acerque, para que entre en el estanque, a retozar junto a ella.
 

La madrastra corre  desesperara, desgarrando sus elegantes ropas y arañando su cuerpo con las ramas. Los zapatos, de precio desorbitado, perdidos entre las raíces de los árboles, nada más abandonar la furgoneta. Los lobos se acercan a su espalda. Ve las paredes de madera de una cabaña en el bosque. Corre. Tropieza. Cae de bruces. Se levanta. Corre cojeando. Trastabillando. Arrastrándose. Llega a la cabaña. Siente el calor del aliento de una bestia en la nuca. Cierra la puerta. Los lobos se alejan, pues les disgusta el lugar al que ha huido su presa. La segunda presa que se escapa entre sus garras esa noche. Pero, por lo menos, se consuelan sabiendo que aunque la mujer ha escapado de ellos, no podrá evitar lo que le aguarda en el interior de aquella cabaña.

 La bruja  mira a la mujer con una fea sonrisa en la boca. Esta sentada a la mesa degustando un plato de suculenta carne de un cuenco de madera. Roe un huesecito hasta sacarle el tuétano. Tras ella, en la jaula, sus hijastros se encuentran aterrorizados. El gato negro se frota,  meloso y juguetón, contra las piernas de la madrastra, ronronea con placer.  Las piernas están llenas de arañazos, sangre y  barro, las medias negras desgarradas, hechas jirones de seda.



El interior de la posada es cálido como el corazón de una madre. Las gentes, que allí se encuentran reunidas, son bulliciosas y amigas de la dorada cerveza y del buen vino, y sobre todo adoran la música y las canciones por encima de todas las cosas, pero no son lo que se dice humanos, por lo menos no del todo.  Ojos extraños, lo miraban con curiosidad, pieles pálidas, casi translucidas, cabellos de plata y oro, criaturas deformes, orejas puntiagudas, seres con varios brazos o con tentáculos, con colmillos afilados o lenguas viperinas. Un variopinto grupo de seres recién salidos de las páginas de un cuento de hadas, le observaban ahora sentados junto a la chimenea. Su voz  y un pequeño laúd, como únicos escudos de protección ante lo desconocido. Nada más entrar en la posada lo han arrastrado al escenario entre gritos, vítores y palmas.

- ¡Qué cante! ¡Qué cante!- gritaban, joviales, aquellos seres que parecían haberse escapado de una desquiciada feria del horror.- ¡Una canción para salvar su corazón!- aullaban entre risas, bromas y  amistosas palmadas en la espalda del humano.

Le tendieron una jarra de cerveza y le pusieron el laúd en la mano.

El posadero hizo callar al ansioso público, alzando las manos en un gesto inequívoco que ordenaba guardar silencio.

- Forastero has llegado a la Posada del Crepúsculo- dijo observando al humano con ojo experto. Nunca mejor dicho lo de ojo, pues un solo ojo enorme relucía, anaranjado como una piedra de ámbar, en el centro de su frente.- Y en esta posada adoramos las canciones. Has de complacernos. Una buena canción o devoraremos tu corazón.  Bueno tu corazón y el resto de tus órganos y tu jugosa carne de humano. Además beberemos tu sangre, pero si nos complaces con una canción decente, podrás regresar  tu mundo gris. Pero si consigues hacernos llorar de emoción con tu canción, te nombraremos nuestro rey y señor y te colmaremos de dones y de oro. Pero, ay de ti, pobre infeliz, si una nota escapa a la cuerda o desafinas con la voz, pues tenemos mucha hambre y nos encanta la carne humana. Adelante, canta para nosotros, hombrecito. Demuéstranos que los de tu especie tienen algún tipo de magia dentro. No te engañó si te digo que tenemos la despensa llena de pequeños humanos como tú. Canta o muere.

Mira al extraño público al que se enfrenta tratando de tranquilizar sus nervios y el miedo que hace temblar sus manos. Pero él es una estrella del rock, ese es su lugar, ese es su momento. Rasga el laúd con dedos hábiles. Canta su canción. La canción que una vez le hizo tocar el cielo.



La bruja indica a la madrastra que tome asiento en la mesa. La mujer lo hace.

- Así lo veo yo- dice la bruja sin dejar de comer la carne asada.- Estos niños no son más que un estorbo para ti. Son molestos, ruidosos, lloran, gritan, todo el día revoloteando a tu alrededor como dos molestas moscas, no son nada más que una fuente de mocos y suciedad. Al entrar en el bosque, cuando berreaban en la furgoneta esas canciones de su padre estabas deseando deshacerte de ellos. Y yo te voy a conceder semejante deseo, incluso más que eso. Te ofrezco la oportunidad de matarlos tú misma y compartir mi cena. Te aseguro que su carne será deliciosa. Un manjar como jamás habrás probado otro igual, en esos lujosos restaurantes que  tanto adoras. Aquí no hay moral, ni conciencia, ni consecuencia para tus actos, te encuentras muy lejos de tu mundo, has cruzado una puerta al crepúsculo. Confiesa que has deseado mil veces cortar sus lenguas para conseguir un poco de silencio, sin interminables preguntas. Arrancar sus ojos que todo lo miran con ojos curiosos para que dejen de curiosear. Confiésalo.

- Lo confieso- admite la madrastra. Los niños se ponen a llorar aterrorizados en la jaula.

- Adelante entonces- dice la bruja, relamiéndose los labios. La grasa gotea por su barbilla, cayendo en su pechera, dejando amplias manchas de aceite, sin importarle.- Son todo tuyos.

La madrastra toma el afilado cuchillo que le tiende la bruja y se dirige hacia la jaula. Sus ojos brillan.
 

El duende guía los pasos de la muchacha por el bosque.

- Tus hermanos se encuentran en peligro. Debemos ayudarlos- dice con su voz chillona llevando de la mano a la joven a través de la espesura.

- ¿Por qué me has ayudado?- pregunta la muchacha sujetando la tela de su desgarrado vestido.

- Me gustan las bromas y provocar entuertos, es mi naturaleza, no puedo evitarlo. Pero lo que había dentro de ese hombre cuando he mirado en su interior. Lo que iba a hacerte, no tenía nada de divertido. No podía permitirlo

- ¿Qué había en su interior? ¿Qué has visto al mirarle?

- Oscuridad. Una profunda oscuridad más peligrosa que ninguna de las cosas aterradoras que habitan en el bosque. Hemos de darnos prisa, la bruja tiene a tus hermanos. ¡Los devorara!



La ondina besa los labios del bajista bajo el agua. Los cuerpos desnudos de los dos se entrelazan en una bella danza de amor y deseo. Una danza eterna más allá del tiempo y del espacio bajo el estanque. Por fin ha encontrado al elegido de su corazón. Su beso eterno bajo las aguas.



El gordo batería sale del bosque arrastrando el saco cargado monedas de oro que el pequeño Trol vigilaba con tesón. El viejo fauno, profundamente agradecido al humano por contestar a la pregunta que ha torturado su mente durante eras del tiempo, le ha explicado que cada noche cuando el amanecer da paso al nuevo día, el abnegado Trol abandona por unos instantes su ardua vigilancia, ocultándose bajo su puente para hacer sus necesidades. Aprovechando el único instante en que las monedas quedaban sin protección el humano ha robado el saco de oro y ha escapado del bosque por los caminos secretos que le ha mostrado el viejo Hashbai.



La madrastra abre la jaula, mientras escucha las lujuriosas carcajadas de placer que lanza la bruja, a su espalda. Los niños intentan encogerse dentro de la jaula para que no los atrape, pero eso no es posible, no hay lugar donde esconderse. La mujer acaricia, casi con dulzura, las mejillas de los niños y los arrastra fuera de la jaula. Entonces grita:

- ¡Corred!

Se vuelve e incrusta el cuchillo en el pecho de la bruja clavándola en la silla.

- ¡Corred!- ordena de nuevo y vuelve a clavar el cuchillo una y otra vez en la carne de la bruja. La sangre de la bruja, negra  y espesa como la brea, mancha el cuchillo y la mesa, salpica por todas partes. Los niños corren, abren la puerta y se encuentran  de frente con su hermana, cayendo en sus brazos.

La mirada de la muchacha y de la mujer se cruzan un instante.

- ¡Sácalos de aquí, hija!- grita la madrastra, con lagrimas en los ojos, clavando una y otra vez el cuchillo en el inmóvil cuerpo de la bruja.- Recuerda que siempre quise ser una buena madre para vosotros, ese fue mi mayor deseo, pero no he sabido cómo hacerlo. Lo siento. Os quiero. Ojalá hubiera podido compartir más tiempo con vosotros. ¡Corred!

La muchacha asiente con una mirada cargada de tristeza. La bruja alza una mano y toma la muñeca de la mujer con sus dedos de largas uñas negras. La piel del brazo de la madrastra se cuartea como ceniza seca, resquebrajándose, pronto todo su cuerpo se desvanece en polvo, ante la horrorizada mirada de la muchacha.

- ¡Seguirme!- grita el duende con su voz aflautada.- Os devolveré a vuestro mundo. Buscaré un camino que os lleve fuera del crepúsculo. ¡Deprisa!

La muchacha, con un hermanito agarrado de cada mano, corre en pos del duende. La bruja los persigue de cerca.
 

Silencio. Nada más que un profundo silencio, inunda la Posada del Crepúsculo. Las lágrimas, emocionadas, bañan los ojos de múltiples formas y colores que observan al cantante en el escenario. De pronto un estruendo abrumador rompe el silencio. El estruendo está cargado de vítores y  fanfarrias.

- ¡Serás nuestro rey!- grita el emocionado posadero, cuyo único ojo brilla arrasado por lágrimas rojas como la sangre.- Te colmaremos de dones y tesoros. Pide y te será concedido.

- No quiero ser rey- responde el cantante.- Ni dones, ni tesoros. Simplemente quiero regresar con mis hijas y mi pequeño.

- A estas alturas tus hijos ya estarán en el estómago de la bruja. Allí terminan todos los niños que son atraídos al bosque por ese duendecillo sin vergüenza. Él muy bobo no lo sabe, pero la bruja utiliza su naturaleza traviesa para atraer niños a su cabaña, a su fuego y a su cuenco.

- ¡Debemos salvarlos!- grita el humano, implorando ayuda.

- Si fueras nuestro rey. Podrías ordenarnos que los salváramos, pero si no admites tus responsabilidades para con tu pueblo no podremos ayudarte. Llevamos esperándote siglos. Acepta tu destino.

- ¿No tengo otra opción?

- No. No, si quieres salvar a la sangre de tu sangre.

- Está bien. Acepto. Seré vuestro rey. Pero tenéis que salvarlos.

- Tus deseos son órdenes, pues eres aquel que cantó la  Gran Canción. Nuestro rey y señor. Salvaremos a tus hijos, si aún estamos a tiempo

La bruja volando sobre su escoba ve a sus presas muy cerca. Ese maldito duende las está ayudando lo pagará con un dolor eterno. Entonces es abatida en el aire, golpeada y acuchillada, su cabeza es cercenada con un hacha y su cuerpo abrasado en una hoguera rápidamente improvisada. Más tarde sus cenizas frías serán guardadas en una tumba, en lo más profundo del bosque, permanentemente vigiladas para que no regrese jamás a su cabaña.

El hombrecillo con los calzones ensangrentados se arrastra por el bosque, buscando una salida, el dolor en su entrepierna es insoportable, ha perdido mucha sangre. La Santa Compaña pasa lentamente junto a él, un aviso del funesto destino que le aguarda. Los pálidos espectros apenas lo miran mientras pasan a su lado, saben que un año más tarde será uno más en la eterna fila de ánimas que conforman la Santa Compaña.



El nuevo rey del Crepúsculo preside su Corte. Sus tres hijos se encuentran sentados junto a él. El sol brilla sobre el bosque. Un arcoíris se corona por encima de la espesura, pero no hay ningún saco de monedas de oro bajo el arcoíris, pues un ladrón las ha robado, su guardián ha partido al mundo de los humanos en busca de su tesoro, pero ese es otro cuento de hadas que poco tiene que ver con este, pues el verdadero terror y la oscura realidad se encuentran en el mundo de los humanos como el joven trol pronto averiguará, para su desgracia y sufrimiento.

5 comentarios:

  1. Genial tu cuento de hadas, como siempre. Me ha gustado especialmente el guiño a tu " canción del Juglar" y al clásico Hansel y Grettel. Y como en todo cuento de hadas que se precie... la moraleja, claro. Efectivamente, la oscuridad está en nuestra propia naturaleza pero tu "oscura realidad" contribuye con acierto a exorcizarla. Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!!

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    1. Muchas gracias, Lucía. Me ha costado mucho hacerlo pero me alegro del resultado.

      PD. Es que hoy estoy "grasioso", jajajajaja...
      Voy a leerlo.

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  2. Me gustó mucho, por lo original, por lo diferente, por lo que cuenta y cómo lo cuenta. Especialmente, la reacción de la madrastra que resulta esperanzadora. Pobres madrastras, qué mala fama arrastran :) No, no es un cuento de hadas al uso. :)

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  3. Me ha gustado mucho. Tiene una trama tan bien montada como la de una novela. Podría ser perfectamente una, si la quieres desarrollar. Vaya oscuridad.

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Gracias Ricardo. Tienes razón en que se podría ampliar... Quizás algún día lo haga, pues creo que quedan muchas cosas que contar sobre ese bosque. Un abrazo

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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MONTAJE POR LORENA GARCÍA @lalunaticadtv

EL PUENTE DE LA BRUMA

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LA CARTA

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El sueño de una noche en llamas

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LA ISLA DE LA PENUMBRA

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LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

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Celebración de las 10000 visitas del blog

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EL HAMBRE ETERNA

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Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás