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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

viernes, 24 de enero de 2014

EL VELATORIO DE JUAN PACHECO


Desde los tiempos del trueque, los tiempos del cobre, o puede que antes, en tiempos del hueso o la piedra, la familia Pacheco había sido siempre pobre como las ratas, e incluso más que las ratas; por eso sorprendía a todas las buenas gentes de la comarca que el velorio de Juan Pacheco fuera en la gran mansión que había mandado construir, en la inmensa finca que había comprado, sobre la colina verde, justo encima de la pequeña ciudad, vigilando la vida de sus habitantes, como un atento halcón sobre una bandada de lustrosas palomas.

El destino del niño Juan, al que todos en la barriada de chabolas llamaban el esmirriado, tenía toda la pinta de ser el mismo destino de todos sus ancestros: miserias, penurias, hambre, frío y una mujer delgada como un hueso y no muy agraciada, con un carácter, seco como un desierto y agrio como el vinagre, pues todos los Pacheco desde el principio de los tiempos, están cortados por el mismo patrón como si el destino, la vida, la historia, Dios, el mundo o vaya usted a saber quien se burlara, con crueles carcajadas, de aquellos hombres menudos, delgados, cetrinos y de escaso pelo en la cabeza, pero de pelambrera muy abundante, como cerdas de jabalí, por el resto de su escuálida anatomía, enviando contra ellos, uno tras otro, males, obstáculos o enfermedades. Como si alguien disfrutara con sus cuitas y sus penalidades.

Por esos mismos motivos los hombres Pacheco eran hombres cansados, tristes, pesimistas y hoscos, poco dados a las palabras y nada a las bromas. Pero, a su vez, debido también a su mísera historia familiar, eran hombres duros como la roca gris sobre la que se construía la pequeña ciudad, de la que por un motivo u otro, ningún Pacheco pudo salir jamás en busca de fortuna, pues un insólito maleficio parecía perseguir a los hombres Pacheco, atados a aquellas inhóspitas tierras, como lo están las mismas montañas  en  las que se sustentan.

Hago continua mención a los hombres Pacheco, pues las crónicas no dejan constancia, hasta donde llega la memoria, de que hubiera jamás una hembra en la familia. No digo que no naciera alguna niña, de vez en cuando, pero nacían muertas indefectiblemente.

Por todo esto, no es extraño, que en la comarca corriera una cierta leyenda negra sobre los Pacheco, como sí una sombría maldición, un aciago destino, los hubiera acompañado siempre en su caminar a lo largo de siglos y siglos sin dejarles levantar cabeza, encorvando sus enjutas espaldas, como si una enorme piedra se apoyara en sus huesudos hombros, con tanto peso que les hundía, sin remedio, en el fango o, en el caso particular de Juan Pacheco, en la mierda, pues el Esmirriao había trabajado, desde niño, cuidando cerdos, rodeado de mierda, y rodeado de mierda siguió hasta cumplir los veinte años, como un Pacheco más. Nada había en él, por aquella época, que hiciera pensar que a su velatorio y a su funeral acudieran políticos, empresarios, banqueros y afamadas estrellas del cinematógrafo.

Lo único que se sabe a ciencia cierta es que al cumplir los veinte años el último de los Pacheco, fue también el primero de la familia en abandonar la comarca.

Regresó un año después. Cuando sus vecinos lo vieron de nuevo, tras doce meses sin tener noticias suyas, parecía más alto, menos cetrino, con más carne en los huesos e incluso, por lo que dicen, con más pelo en la cabeza y menos en el cuerpo. Iba vestido con un impecable traje de un blanco impoluto, tejido con una tela de alta calidad. Sonreía sin parar con una sonrisa inimaginable en ningún Pacheco hasta ese día y sus ojos brillaban. Pero la mayor sorpresa, para sus convecinos, fue su billetera llena a rebosar de dinero contante y sonante, portaba, despreocupadamente,  más dinero del que todos sus antepasados pudieron juntar en todas sus miserables vidas de duro y penoso trabajo.

  Pronto los vecinos de la pequeña ciudad se dieron cuenta de que lo que había en aquella billetera no era el único dinero que tenía el señorito Juan Pacheco, al que nunca nadie, jamás, volvió a llamar el Esmirriao. Durante años el lujo le acompañó, como una dulce sombra de oro, pegada siemprea sus pies. Se casó con la dama más bella y de más rancio abolengo de la comarca, pero además, según se rumoreaba en las tabernas y en los corros de las comadres, las señoritas más bellas  y voluptuosas pasaban por su lecho, dándole incuestionable fama de mujeriego y crápula. Quizá lo hiciera en compensación, por sus pobres antepasados, en honor a aquellos hombres atados siempre a mujeres avinagradas de piel áspera al tacto, dudoso olor al olfato y rostro desagradable a la vista. O quizá simplemente lo hiciera porque podía hacerlo, y se reía de sus antepasados, apoyado en los mullidos pechos, de pezones sonrosados, de una preciosa muchacha, con la piel cálida y suave y larga melena rubia, mientras otra muchacha pelirroja le daba placer con su boca, ¿quién sabe?

Los años pasaron sin prisa, pero sin pausa, tal cual han pasado, pasan y pasarán siempre los años y con ellos llegó el futuro que se convirtió en presente y más tarde en pasado, mientras los negocios de Juan Pacheco seguían creciendo y creciendo sin límite, ni freno. Se convirtió en el cacique de aquella región y nada sucedía en aquella tierra que no estuviera controlado por él. Actuaba como un señor feudal con derecho sobre las tierras, el ganado, el vino e incluso las mujeres. Se convirtió en un déspota y un tirano. Todos en la comarca susurraban con desprecio su nombre, escupiéndolo con odio.

Cuando la vida de Juan Pacheco comenzó a prolongarse más de lo común, pues había alcanzado los noventa años, y no aparentaba más de sesenta, encontrándose sano y fuerte como un roble, empezaron a circular los rumores y las maledicencias.

No era normal. Riquezas sin fin y una larga vida para disfrutarlas. No era normal para ningún hombre, pero mucho menos para un Pacheco.

De todas las historias la que tenía más  aceptación entre la concurrencia, y con los años se dio  como real y absolutamente cierta, fue, por supuesto, la de el pacto con el diablo.

Incluso hubo algún  que otro viejo testigo que juró y perjuró, que había presenciado tal pacto con sus mismos ojitos.

Cuentan las leyendas que una noche sin luna, un vagabundo de aspecto extraño y oscuro pasó por la pequeña ciudad de provincias. Cuentan que preguntó por el hijo pequeño de los Pacheco. Cuentan que lo encontró y charló largo rato con él, alguno de esos testigos habla de que se encontraron en un cruce de caminos, otros dicen que el encuentro sucedió en las puertas del cementerio, e incluso, he oído por ahí, que fue en el burdel de la Señora María, rodeados de muchachas desnudas,  pero en lo que todas las historias coinciden es que el hombrecillo, al que todos por aquel entonces llamaban el Esmirriao y el siniestro vagabundo llegaron a un acuerdo, que sellaron, dependiendo de quién cuente la historia, con un apretón de manos, un beso en los labios o un corte en las palmas de las manos, mezclando su sangre.

Nadie volvió a ver al vagabundo desde entonces en la pequeña ciudad y Juan Pacheco desapareció, poco después, para regresar un año más tarde, como ya se ha contado.

Los rumores se tornan más oscuros todavía, según avanzaron los años y el odio por el cacique creció en aquellas tierras. Escabrosas historias que hablaban de  niñas desaparecidas, luces extrañas sobre la casa, ritos diabólicos aderezados con sangre de vírgenes. Algunos dan por cierto que las noches de luna llena, Juan Pacheco se transformaba en Lobizón y perseguía a las muchachas perdidas bajo los umbríos bosques.  

Se pueden o no creer las historias, las leyendas, los rumores y las maledicencias, eso va en el gusto que tenga cada uno por semejantes cosas, pero lo que es absolutamente cierto y contrastado es lo que sucedió el día de la muerte del cacique. Pues finalmente murió en el día, señalado y exacto, en que cumplía cien años. Algunos dicen que un año antes de su muerte, la Santa Compaña cruzó la ciudad con sus cirios y sus pálidas almas y se detuvo justo en la puerta de su casa.

La noche del velorio de Juan Pacheco fue una noche de perros, con viento helado que cortaba como una navaja de afeitar bien afilada, los animales se agitaban, inquietos, en sus corrales o cuadras y los bebes lloraban y se revolvían en sus cunas. Un oscuro carro, de caballos negros como la noche, recorrió la ciudad hasta la mansión erigida sobre la colina verde. Todo aquel que aquella noche paseaba por las calles de la pequeña ciudad, vio el siniestro carruaje, y todos aquellos que lo vieron sintieron un terror profundo y un frío tan intenso, como el corazón del invierno, invadió sus cuerpos y sus huesos.  Y ninguno de los testigos fue capaz de entrar en calor, ni siquiera cubiertos de mantas, ante el fuego de una chimenea,  bien cargada de leña o carbón, hasta  bien entrado el día siguiente.

Los asistentes al velatorio coinciden con escrupulosa exactitud en lo que sucedió, justo a las doce de la noche, mientras el reloj de la plaza daba la hora, con el metálico resonar de las pesadas campanas de bronce.

Cundo la última campanada sonó todas las luces de la casa se apagaron, de repente, la puerta de madera se abrió de par en par, con un agudo chirrido, frente a la puerta principal había detenido un oscuro carro de caballos negros. Se escucharon unas pisadas, alguien acercándose al féretro del difunto, una figura sombría, que parecía vestida con un elegante traje negro y un alto sombrero de copa. Cuando las luces volvieron. La puerta se cerró y no había rastro de ninguna figura.

La mañana siguiente amaneció, clara y despejada, ni una gota de viento quebraba la soñolienta calma. Cuando el cortejo fúnebre partió hacia el cementerio, un viento huracanado pareció surgir de la nada para recibir al muerto y acompañarlo hasta su lugar de descanso. Una vez enterrado el cadáver el viento cesó, al instante, a la vez que el sepulturero echaba la última palada de tierra.

Cuando todos los vecinos, la familia, allegados y amigos abandonaron el camposanto, sólo un extraño vagabundo quedaba junto a la tumba, parecía sonreír como el usurero que cierra un buen trato a costa de un hombre caído en desgracia. Se frotaba las manos, ufano y feliz. Silbaba sin cesar, con sus finos labios, una inquietante tonada, mientras se alejaba de la tumba. Un alma en pena seguía sus pasos, tal cual un perrillo faldero sigue a su amo.

4 comentarios:

  1. Esta tarde, fría como el día del velatorio de Juan Pacheco, me trato de calentar al cobijo de La oscura Realidad.
    Cuando el esmirriado volvió al pueblo con la depilación láser y los injertos de pelo ya se veía venir... si es que no se puede vender el alma al diablo ;-) Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!

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  2. Muy bueno Lucia. Me gusta tu forma de escribir y el relato està muy bien. Un abrazucu desde Donosti, donde hace un tiempo infernal. Tu relato lo acompaña.

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  3. Estebab, perdona. Pensè que relato era de Lucia. Yo soy muy activa en twitter, pero aqui he empezado hace muy poco tiempo y todavia no me aclaro.
    El relato tuyo, me gustó mucho. A ti no te conozco pero te tendrè en mi memoria para poder leer otros tuyos. Si estàs en twitter dímelo, suelo publicitar a los escritores. Te pido disculpas otra vez. Feliz domingo!
    Un saludo de Mercedes.


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  4. No te preocupes Mercedes. Ningún problema.

    Espero que sigas disfrutando de la Oscura Realidad como veo que disfrutas ya de los suspiros violetas de Lucia.

    No. No estoy en Twiter. Pero mi blog esta completamente abierto para ti. A tus comentarios y sugerencias.

    Un saludo.


    ResponderEliminar

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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