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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 26 de enero de 2014

TÍTERE


Títere era una muchacha de la calle, durante su vida había hecho lo necesario para sobrevivir. Había timado y robado a los incautos que se habían fiado de sus ojos inocentes y la cálida sonrisa que asomaban bajo la capa de suciedad que siempre cubría su rostro.

Sentada en  un banco frente a la Iglesia. Esperaba paciente a su víctima. Llevaba el pelo corto cortado a trasquilones y ropas viejas y gastadas, no demasiado limpias de origen incierto. Tendría unos quince o dieciséis años, si su madre hubiera sobrevivido al parto quizá supiera con exactitud su edad, pero no sobrevivió y a partir de ese momento, la vida de Títere había sido un continuo descenso a los  infiernos.

Primero llegó el orfanato, con los curas, sus castigos desmesurados y sus aburridos  rezos, con sus manos largas, sus bocas húmedas de babas y sus visitas nocturnas. Después venían sus llantos arrepentidos y su deseo de perdón hasta que la noche volvía a llegar.  En cuanto pudo echar a correr lo hizo. No había puerta, ni cerradura que se resistiera a sus hábiles manos. Tenía un don.

Pero más allá del orfanato, la calle no demostró ser un lugar mejor, sino peor. Hambre, miseria, suciedad, peligros en cada esquina. Seguramente hubiera muerto, si el anciano no la hubiera recogido de un apestoso rincón donde otros niños como ella la habían dejado abandonada, tirada en un charco de agua enfangada, orines y  apestosos deshechos de verdura podrida,  tras darle una paliza para quitarle un trozo de pan que una viejecita que paseaba con su nieto le había dado en vez de una moneda de cobre.

El anciano la curó y la educó. Era un artista ambulante que llevaba un espectáculo  de  marionetas. Como ella no le quiso dar el nombre que los curas le habían puesto, pues odiaba ese nombre, al igual que odiaba a los curas, él simplemente la llamó Títere y a ella le gustó ese nombre. Y quiso al anciano como a un padre, pero fueron sólo un par de años de felicidad, pues el frío del invierno y una tos crónica, mal curada, dieron muerte al anciano, lanzando de nuevo a Títere a la calle y a sus oscuros peligros.

Por suerte, poco después de la muerte del anciano, sus pasos la llevaron ante un truhan, borracho, ladrón y pendenciero con el que se asoció. El hombrecillo le enseñó todos los trucos del oficio. Y ella los aprendió rápido. Era lista, ágil e inteligente, de mente aguda como una daga y afilado ingenio, tenía unas hermosas manos de hábiles dedos.

Por desgracia su socio era de genio vivo y bajas pasiones que pronto no pudo contener. Una mañana después de una borrachera apareció muerto en un callejón oscuro con el cuello cortado y sus partes seccionadas limpiamente a un metro de él. Esa noche Títere descansó, dormida con una sonrisa de oreja a oreja, en la guarida que ambos compartían. El cuchillo ensangrentado todavía aferrado en sus manos. No le confesaría a nadie, ni aunque la mataran, que antes de dormirse había llorado durante horas.

El tiempo pasó y Títere siguió su camino en la vida. Se convirtió en la mejor ladrona de la ciudad, una leyenda que vivía entre las sombras.

A pesar de su pelo mal cortado, su ropa rota, vieja y no demasiado limpia que le daban el aspecto de una mendiga más de los arrabales de la ciudad guardaba en su guarida, en un escondrijo inaccesible, un montón de monedas, joyas y objetos valiosos que le servirían para abandonar la ciudad para siempre y buscar pastos más verdes, donde poder olvidar su infancia y su juventud.

Cuando el noble, con sus oscuras y elegantes vestimentas, descendió las escaleras, Títere se interpuso en su camino pidiendo limosna con la palma de la mano extendida hacia arriba. Se aseguró de mirar directamente a los ojos del caballero con sus inocentes ojos y dejar ver un poco de su escote entre sus ropajes. Títere sabía que era un poco mayor que las muchachas que le gustaban a aquel hombre, pero confiaba en que su belleza y su encanto bastaran para paliar esa pequeña dificultad. De todas maneras con el pelo corto y su figura menuda, el noble seguramente no la echaría más de trece años.

Pronto se encontraban en las estancias del hombre. Los rumores que Títere había escuchado a una niña que también había estado en aquellas estancias,  decían que el hombre daba una moneda de oro a todas las niñas que acudieran a sus habitaciones y guardaran su secreto. Para esas niñas de la calle, como la misma Títere había sido años atrás, una moneda de oro valía más que nada en el mundo. Títere confiaba en encontrar un arcón plagado de monedas doradas cuándo acabará con el hombre. Por desgracia no todas las niñas que habían acudido a aquellas habitaciones habían sobrevivido, muchas pequeñas estaban desapareciendo de las calles, ese hombre era un depredador, una bestia de la oscuridad, un monstruo que había que exterminar.

Títere solucionó rápido el asunto. Era la tercera vez que lo hacía y ya no había lágrimas de remordimiento en sus ojos como las otras veces.  Estaba endureciendo su corazón.  Al mirar el cuerpo sin vida del noble se sorprendió mucho al darse cuenta de que había dejado las partes del hombre en la misma posición en que había dejado las de su mentor en el mundo del latrocinio y las del sacerdote que regia los oscuros designios del orfanato.

Cuando encontró el arcón y puso la vista en su interior, sonrió con una sombría sonrisa. Supo que había encontrado una nueva vida, un nuevo futuro, lejos de las malolientes calles en las que se había criado.

Durante años una nueva leyenda surgió en las calles de la ciudad. Las niñas de los arrabales hablaban en cuchicheos de una sombra que mataba oculta en la noche. Daba muerte sin piedad a todos aquellos hombres que abusaban de niñas inocentes. Ya fuera en una habitación de una apestosa posada en el puerto, o en el sótano de una mansión de la parte alta de la ciudad. Los cadáveres aparecían tumbados boca abajo en un charco de sangre, con hilos cosidos en las articulaciones como si fueran marionetas, unidos a una crucecita de madera para manejar los hilos, sus cuellos cercenados y sus genitales separados del cuerpo a un metro del cadáver.

Por eso cuando las niñas se encontraban en problemas, tenían que cruzar un callejón oscuro, o enfrentarse a un peligro en las noches susurraban un nombre como una oración, como protección, el nombre de su heroína: Títere.

5 comentarios:

  1. Este relato no podría encontrarse en ningún otro espacio, en ninguna otra casa virtual. Pertenece sin duda alguna a ese cúmulo de OSCURAS REALIDADES ante las que muchas veces hacemos oídos sordos. Enhorabuena Esteban, como siempre, fabuloso. Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!!

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  2. Como siempre, excelente. El viejo Dickens estaría orgulloso de ti. Saludos.

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  3. Dickens son palabras mayores, Ovidio, pero gracias de todos modos. Un abrazo.

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  4. Estimado Esteban, me ha atrapado esta historia como pocas lo han hecho. Tus descripciones pletóricas de imágenes hacen que el lector se sumerja en esos suburbios, en la piel de Títere, en el relato todo. Tenés una narrativa impecable y una imaginación que desborda talento. No puedo más que felicitarte, aplaudirte y darte las gracias por brindarme la oportunidad de conocer al escritor que hay en vos.

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    1. Muchísimas gracias Myriam por tus bonitas palabras que hacen que me sienta orgulloso de mi historia. Un abrazo.

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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