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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 21 de enero de 2014

UN NUEVO SIGLO


 31 de diciembre de 1899 en Nueva Londres, situada sobre las ruinas de Nueva York durante los años de reinado de la Reina Victoria, quince años después del exilio inglés hacia las Américas.


 El abundante vapor que expelían las engrasadas válvulas de la maquina bañaba el ambiente del viejo taller con una cálida neblina. El taller, o laboratorio, como lo llamaba el padre de Dane, era una inmensa nave de acero y cristal, donde el inventor dedicaba todas las horas de sus días a crear y construir sueños. El laboratorio del genio se encontraba situado frente a la pobre reproducción de la derruida torre de Londres. Los ingleses, tras su forzado exilio, habían intentado traer el corazón de su imperio a su nuevo hogar, en la arrasada Nueva York, pero nada quedaba en este nuevo edificio, de paredes oscuras, de la majestuosidad grandiosa del antiguo palacio real, que había sido testigo principal de  los destinos del pueblo Inglés durante casi mil años, sólo era la sombra de un recuerdo. Situada en el centro de Nueva Londres, junto al río Hudson, la Falsa Torre como era conocida por el  pueblo que había llamado a esas tierras su hogar antes de la llegada de sus opresores, estaba rodeada de una ciudad dedicada a la industria de la guerra, el  oscuro humo de las chimeneas ascendía de manera continuada hacia los cielos tiñéndolos de negro y fuego. En el exterior la polución lo cubría todo, los globos aerostáticos surcaban el cielo gris ceniza, y los autos a vapor danzaban por las embarradas calles con el desagradable chirrido de las válvulas acompañando sus pasos.  Los antiguos miembros de las colonias libres de Estados Unidos, ahora esclavizados, se dirigían a sus trabajos como un río de hormigas, con las cabezas gachas, arrastrando los cansados pies, y los duros rostros manchados del hollín del carbón. Debían de producir ingentes cantidades de energía para mantener la maquinaria de guerra de la Reina y para ello se utilizaba el látigo, la violencia, las amenazas, el hambre y el terror; las desapariciones y las ejecuciones estaban a la orden del día.

En el interior del taller, el muchacho cuyo cerebro era un engranaje de fina relojería, observaba maravillado el artilugio que su padre había creado, el vapor se condensaba en sus bellos ojos de cuencas de cristal, tomando la apariencia de bellas lágrimas, que descendían por sus mejillas de chapa plateada, unidas por diminutas bisagras y tornillos. Aunque el muchacho mecánico bien sabía que las lágrimas no eran reales, pues su progenitor no le había creado con el don de los sentimientos, por lo tanto las lágrimas le eran extrañas, tanto como el amor, la caricia del viento en el rostro o el roce de una mano amiga en sus fríos dedos.

El siglo XX comenzaba esa noche y con él, el futuro. Su padre era el futuro. Un hombre adelantado a su tiempo. A todos los tiempos.

Nikola Tesla observaba con ojos excitados el artefacto volador  entre la espesa nube de vapor, que lo mantenía flotando suspendido en el aire como un sueño.  El perseguido sueño del hombre de surcar el cielo ya  había sido conseguido por el inventor, quince años atrás, cuando creo  los globos aerostáticos a vapor que ahora defendían el cielo de Nueva Londres de un posible ataque de las tropas de los muertos en vida bajo el mando de Napoleón, también estaban destinados al transporte de tropas, o descomunales cantidades de Carbón  de las minas. Pero los torpes globos aerostáticos, que funcionaban gracias a la  energía de vapor eran poco para su padre, el delgado hombre de ojos febriles buscaba ir más allá, siempre un paso más allá en su mente y mil pasos más allá de lo que ningún otro hombre en el mundo pudiera siquiera  imaginar. En los últimos tiempos, su mente prodigiosa trabajaba, sin descanso, para lograr el  transporte aéreo por control remoto.

El inventor movió el extraño artefacto que portaba en sus frágiles manos y el ala del aparato giró lanzando una nueva nube de cálido vapor. El pequeño autómata batió palmas con sus frías manos de metal, en una reacción que simulaba perfectamente la alegría de un niño que recibía un juguete nuevo. Sentado con las delgadas piernecitas, fabricadas con finas barras de acero  y un engranaje de cobre en las rodillas, colgando de la mesa que se hallaba abarrotada de herramientas, grasa, aceite, carbón y piezas desperdigadas de inventos abandonados, cuando la fugaz mente del genio se aburría de un desafío y buscaba otro mayor.

El Artefacto volador funcionaba, guiado por las manos de su creador se movía por el espacio que separaba el atestado suelo del taller de la cúpula de hierro y cristal que coronaba el techo de un lado a otro con una increíble precisión siguiendo las órdenes de Tesla. Cuando su padre  accionó una palanca el artefacto vibró con fuerza y expelió todavía más agua vaporizada, todos sus engranajes vibraron y pareció a punto de reventar desde dentro, pero en vez de eso, de uno de sus pequeños cañones surgió una bola de fuego abrasador, arrasando un  maniquí de madera que se vio reducido a cenizas en cuestión de un instante, quedando completamente desintegrado en un montoncito de polvo gris sobre el sucio suelo.

Nikola Tesla se permitió una leve sonrisa de triunfo. El pequeño juguete abrió la boca en forma de O en un claro gesto que imitaba a la perfección la sorpresa y la maravilla.

-          Magnifico señor Tesla. Un éxito. La reina se sentirá muy complacida con sus progresos. Muy complacida, sin duda.

Robert Arthur Talbot Gascoyne-Cecil, tercer marqués de Salisbury, primer Ministro de Nueva Inglaterra y hombre de confianza de la anciana reina surgió  de las sombras de un rincón del laboratorio, donde se encontraba protegido tras una mampara de cristal de un material irrompible, inventado por Tesla años atrás, desde donde había estado observando el experimento. Lord Salisbury era un hombre  que rondaba los setenta años, de ojos fríos, mirada severa, barba frondosa y rizada, bañada de hebras grises, y frente despejada de cabellos lacios que intentaban tapar sin conseguirlo su pronunciada alopecia.

La Reina Victoria, exiliada en las colonias Americanas tras la dramática derrota que arrebató su tierra a la anciana ante las invencibles huestes del Emperador Bonaparte, por fin tendría un arma para enfrentarse a sus enemigos y recuperar sus tierras. Tras el estrepitoso fracaso de Thomas Alba Edison para conseguir crear una energía eléctrica, todas sus esperanzas estaban puestas en aquel excéntrico hombre que se encontraba ante el Primer Ministro. Un raro ejemplar de ser humano, de genio vivo, orgulloso, egocéntrico, altanero e inestable pero a la vez un visionario con la capacidad de cambiar el mundo o de destruirlo. La última esperanza del pueblo inglés, pensó Salisbury, se encontraba en aquel laboratorio y en aquel cerebro. Dió gracias a Dios porque aquel hombre hubiera abandonado sus investigaciones sobre la corriente eléctrica años atrás, dedicando todas sus colosales energías al vapor y al carbón. Los resultados conseguidos por Edison eran un callejón sin salida y una pérdida de tiempo y de incontable dinero, la electricidad prometida por Edison era un fraude. En cambio desde hacía veinte años los progresos de Tesla en el área del vapor habían revolucionado el mundo y permitían al pueblo de Nueva Inglaterra tener esperanzas en la lucha contra la magia negra y el Imperio Francés, un imperio de siervos sin alma, gobernado por un hombre muerto casi dos siglos atrás,  resucitado por las sombras y la necromancia.

-          ¿Está completamente operativo?- preguntó Lord Salisbury con voz severa y profundo interés.

-          Lo está- contestó Tesla con un deje de orgullo en su voz, en la que apenas se notaba el acento extranjero de su Serbia natal.

-          ¿Cuánto tardaremos en producirlos a gran escala?- inquirió Lord Salisbury, observando como el inventor hacia aterrizar con facilidad el aparato sobre una de las pocas partes del inmenso laboratorio, que no se encontraba atestada de extraños aparatos, artefactos de curiosos engranajes y calderas de vapor a pleno funcionamiento. El calor era abrasador en el laboratorio de Nikola Tesla.

- Eso depende de los hombres y recursos que empleéis en su fabricación.

- Todos los hombres de éstas malditas colonias se pondrán a ello si hace falta. No escatimaremos esfuerzos, señor Tesla.

- No- dijo Tesla y el pequeño autómata que conocía bien a su progenitor, mucho más de lo que este podría imaginar, percibió la rabia  y el pesar en el brillo apagado que se apoderó de los casi siempre brillantes ojos de su padre.- Ya supongo que no. Esta gente luchó por conseguir la independencia de los esclavos en una guerra fratricida sin parangón en la historia de la humanidad. Una guerra por y para la libertad. Y vosotros aprovechasteis la debilidad provocada por el desangrado en vidas que supuso esa guerra, para convertirlos a todos en esclavos y matar al hombre visionario que estaba dispuesto a cambiar la historia de la humanidad y dejar sus ideas perdidas en el olvido.

- La madre patria debe sobrevivir señor Tesla. El mal que se oculta en las sombras tras Bonaparte debe ser destruido. Debemos acabar con esas tinieblas. Debemos recuperar nuestro hogar. Nada puede interponerse en nuestro cometido. Ningún mal que cometamos en nuestro empeño tiene importancia, ante la fatalidad del mal al que nos enfrentamos. La libertad en el mundo depende de nuestro éxito.

- Me hace gracia, que vos, Primer Ministro, uséis la palabra libertad como bandera.

Los fríos ojos de Lord Salisbury estudiaron a Nikola Tesla intensamente. Con tal intensidad, que el pequeño autómata sintió como el aceite que bañaba sus engranajes se secaba un poco y la bomba mecánica que latía en su pecho a modo de corazón detenía por unos instantes su sincronizado vaivén. Y aunque como bien sabía no podía conocer la sensación que producía el miedo, estaba bastante seguro de que se parecía bastante a la corriente helada que pasaba por su cuerpo en esos instantes. Si sus limitadas capacidades lo hubieran permitido, hubiera sudado copiosamente y temblado sin control, pues se dio cuenta de que aquel visitante era un hombre peligroso y de que sus ojos destilaban odio y crueldad. Temió por la seguridad de su progenitor, y eso era lo que más le preocupaba en el mundo. Nikola Tesla se hubiera sorprendido sobremanera, de saber que su pequeño juguete tenía la capacidad de preocuparse y de que se preocupaba por él. Lo que el pequeño autómata no sabía, puesto que no podía saberlo, ya que su concepción del mundo no excedía de los límites de aquellas cuatro paredes, la amplia cúpula del techo y el ventanal que daba al río Hudson y a la reconstruida Torre de Londres, era que Lord Salisbury debía tragarse amargamente el desprecio que le provocaban las palabras de su creador, puesto que dependía completamente de él, y eso era algo que Nikola Tesla sí sabía y la razón por la cual se permitía hablar con  el desprecio y la claridad que nadie en Nueva Londres osaba articular ante el Primer Ministro de la reina Victoria.

- Se os han dado unos privilegios señor Tesla, no juguéis con ellos pronunciando palabras vanas. No soy de las personas con las que se puede jugar, ni cuestionar. Mis acciones y mis actos son guiados por la Reina y a ella le vienen  directamente dictadas por Dios. No oséis cuestionar la palabra de Dios, ni de la Reina, quizá algún día no muy lejano os arrepentiréis de vuestra locuacidad. Buenas noches, señor Tesla. ¡Dios Salve a la Reina!

Lord Salisbury abandonó el taller a grandes zancadas sin dignarse en mirar una vez más a Tesla, ni su atestado laboratorio. A espaldas del Primer Ministro el genio observó los rígidos pasos con los que el político abandonaba la estancia, claramente ofendido por las palabras del científico, con una sonrisa presuntuosa en sus finos labios.

- Dios Salve a la Reina - musitó para sí.- ¿Qué te parece, Dane?- preguntó dirigiéndose al autómata, al que había puesto el nombre de su hermano muerto en un accidente de equitación, cuando el pequeño Nikola sólo contaba con 9 años y no entendía la cruel naturaleza de la muerte. Una  trágica muerte que había marcado la manera de pensar del joven Tesla por completo. El autómata privado de la capacidad de hablar no contestó, pero clavó sus ojos de cristal en los ojos de su progenitor esperando que este siguiera hablando, pues le encantaba formar parte de la conversación. A veces el genio, sin saber lo bien que le comprendía su creación, utilizaba al pequeño autómata como un muro en el que lanzaba preguntas sin descanso en busca de respuestas, que le era difícil hallar. Esas casi conversaciones deleitaban sobremanera al juguete hecho de engranajes y válvulas y las esperaba con ansia.- ¿crees que Dios, si es que existe, salvara a la reina? Yo no lo creo, Dane. Primero les arrebataron Inglaterra y pronto vendrán aquí y les arrebataran este nuevo hogar. Pero esta tierra no es suya. Nunca lo ha sido. No es en la Reina Victoria, ni en este maldito Lord en quien deben descansar nuestras esperanzas. No son ellos los que vencerán a la tiranía de las sombras. Además, si lo hicieran, nada cambiaría. Una nueva tiranía surgiría, la inmortal reina Victoria esclavizaría por siglos y siglos a las buenas gentes, en vez del cadáver resucitado del emperador Bonaparte, ¿qué más da quitar un tirano para poner otro? Nuestras miras y esperanzas deben de ser otras, pequeño Dane. Y esas están a punto de llamar a nuestra puerta, si no me equivoco.

Y en verdad así fue, para sorpresa de Dane. Tres golpes rítmicos sonaron en la puerta trasera del taller, después un silencio largo y dos golpes más.

- ¡Ah!- exclamó Nikola Tesla y Dane percibió el brillo de esperanza en sus ojos y la alegría que embargaba a su progenitor.- La señal convenida. ¡Hoy será un gran día, Dane! ¡Hoy comienza un sueño! ¡Nuestro sueño por la libertad!

Nikola Tesla se dirigió a la pequeña puerta trasera del taller, sorteando la infinidad de artefactos que atestaban el laboratorio. Al abrir la puerta dejó entrar a dos personas.  Dos conspiradores en la noche, enfundados en gabardinas oscuras y sombreros de ala ancha, que ocultaban sus rostros en las sombras.

Cuando los hombres descubrieron sus rostros, colgando los sombreros y las gabardinas en un perchero de metal que había junto a la puerta, Nikola Tesla sonrió con la franca camaradería que reservaba para los muy escasos hombres que consideraba dignos de ser considerados sus amigos. Dicho sea de paso que también eran muy escasos los hombres que consideraban al excéntrico científico un hombre digno para entregar su amistad. Su carácter egocéntrico, misógino y arrollador le había deparado en la vida muchos más enemigos que amigos. El ahora olvidado, pero antaño gran luz de la ciencia Thomas Alba Edison podía dar fe de ello. Pues la enemistad entre los dos genios en los primeros años de Tesla en Nueva Inglaterra fue patente y virulenta. Por ese motivo Tesla era tan firme defensor de sus escasos amigos. Y sin duda uno de esos hombres lo era, en realidad puede decirse que quizá, fuera su único amigo.

- Me alegro de verte, Samuel- dijo su progenitor abrazando a un hombre de pelos blancos encrespados y poblado bigote canoso. El hombre respondió al abrazo con efusividad.

- Nikola- dijo con afecto.- Tal como dijiste, esperamos ocultos en la noche a que el Primer Ministro y sus bien armados escoltas abandonaran el taller y aquí estamos. Permíteme presentarte a mi acompañante…

- No es necesario, Samuel. Quien se encuentra a tu lado no puedo ser otro que el señor Roosevelt. Por eso tanto secreto en reunirnos, has traído a mi puerta a Theodore Roosevelt, líder de la resistencia. El hombre que no deja dormir bien a la Reina Victoria desde hace años. Un placer conocerle señor Roosevelt.

El autómata observó al hombre. Era alto y fuerte, desprendía energía y vivacidad. Unos anteojos redondos enmarcaban sus agradables ojos y un bigote espeso circundaba su franca sonrisa. Le gustó aquel hombre al instante.

- El placer es mío, profesor Tesla. Le necesitaremos de nuestro lado en los tiempos que se avecinan.

- Sí- asintió su progenitor, calibrando a Roosevelt con la mirada.- Sin duda me necesitaran, pues sin mí el mundo se perderá en las sombras.

        Nikola Tesla llevaba años escuchando el nombre de Theodore Roosevelt su memoria fotográfica, heredada de su madre, le permitía acceder fácilmente, dentro de su cerebro, a la primera vez que escuchó el nombre de aquel hombre. El 4 de Julio de 1876, cien años después de la declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, un grupo de adolescentes, liderados por el joven Theodore de tan sólo dieciocho años asaltaron la penitenciaria donde se encontraba preso Hannibal Hamlim vicepresidente de los Estados Unidos, liberando a éste y a todos los presos estadounidenses que allí se encontraban retenidos por las fuerzas inglesas. Ese mismo día varios grupos como el que lideraba Roosevelt siguiendo las órdenes del intrépido muchacho atentaron en varios de los lugares más importantes de la estructura neuronal de la corte de Nueva Inglaterra. El Primer Ministro Lord Salisbury llevó por un tiempo un trozo de metralla en su hombro derecho, recuerdo de una de esas explosiones. Desde entonces los grupos de resistencia se habían ido adhiriendo a la causa comandada por Theodore Roosevelt, que había demostrado ser un líder eficaz, audaz, inteligente y un gran estratega. Un líder de gran carisma al que los hombres seguirían sin dudar hasta el mismísimo infierno, si fuera necesario. Nikola Tesla pensó, con humor sombrío, que muy posiblemente fuera allí hasta donde tendrían que llegar.

- El señor Roosevelt, aquí presente, desea contarte algo, Nikola.- dijo el hombre del poblado bigote blanco y los pelos alborotados, que tenía mucho más aspecto de científico loco que el propio Tesla, al que el padre del pequeño juguete mecánico llamaba Samuel, pues su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens, pero al que todos conocían por el seudónimo que utilizaba en sus incendiarios panfletos contra la ocupación inglesa, la Reina Victoria y Lord Salisbury, cartas que firmaba como Mark Twain.

-          Por supuesto escucharé al señor Roosevelt, Samuel. Escucharé todo lo que quiera contarme y después le mostrare algo que quizá pueda ayudarle en su cruzada. Acompañadme, me disponía a cenar. Será un placer compartir mi cena con tan ilustres invitados. Dane la cena, por favor.

El pequeño autómata se puso en movimiento con los sigilosos ruidos que sus engrasados engranajes provocaban al encajar a la perfección unos con otros, en su camino hacia un arcón forrado de plata,  del que surgían dos aparatosos tubos de cobre que iban a una caldera de carbón. De tan extraño arcón extrajo tres paquetes de comida congelada,  guardados en un cubo de puro hielo, los coloco sobre tres platos de porcelana blanca, y los introdujo en el interior de una campana, de un material que se asemejaba bastante al cristal y después accionó una palanca. Cuando la nube de vapor que cubrió la campana se disolvió en el aire sobre los platos de porcelana blanca había tres jugosos filetes, perfectamente asados y dispuestos para ser degustados. Dane añadió la ensalada y una botella de vino, que sirvió en tres copas a los tres comensales, que ya se sentaban a la mesa. El señor Roosevelt  observaba todo con aire maravillado e intrigado, como si quisiera descubrir en un instante los ocultos secretos que guardaba el laboratorio del genio y por ende los secretos más ocultos de su mente.

La cena comenzó con preguntas intrascendentes de los dos viejos amigos, poniéndose al día sobre sus propias vidas. Nikola Tesla inquirió cortésmente, aunque poco interesado, por la esposa de Twain, Olivia y por los hijos de la pareja, aunque el científico conocía la profunda aversión que la mujer tenía hacia su persona, desde el día en el que siendo invitado en la casa de los Clemens, practicando uno de sus experimentos, el genio por error había hecho volar por los aires la cocina de la pobre Olivia, por suerte sin incidencias personales. Por lo que sí se mostró muy interesado Tesla fue por la marcha de una novela iniciada muchos años atrás por su amigo y le apenó profundamente saber que las circunstancias de la ocupación y la persecución continua que sufría su amigo, debido a sus agitadores panfletos y secretas charlas incendiarias,  hubiera dejado la novela abandonada en un cajón y en el olvido.

- Lástima- lamentó Tesla con sinceridad,- un personaje maravilloso ese Tom Sawyer sobre el que escribías, lástima que la historia de la literatura jamás llegue a conocer su nombre.

Durante la cena, la magnética y profunda voz de Roosevelt se hizo con el control de la conversación, pues cuando aquel hombre hablaba era difícil no prestarle atención y no quedar atrapado por la fuerza de su voz y su personalidad arrolladora. Mark Twain, por su parte, comía el magnífico filete alabando su sabor y bebía de la copa de vino como si en verdad se encontraran en una cena entre viejos amigos, sin dejar ver que entre los tres comensales hubiera un secreto asunto del que dependiera el destino del mundo, y nada más que la comida y la buena bebida fueran lo importante en aquella amigable velada. Nikola Tesla no probaba bocado y escrutaba con sus inquisidores ojos, cada ademán y cada gesto que surgían de la persona de Theodore Roosevelt, como si se alimentara de sus palabras.

- Sabemos que algo pasó en la isla de Santa Helena en 1821. Allí se encontraba Napoleón exiliado y derrotado, esperando la muerte, pues a esas alturas ya se había percatado, que los síntomas que sentía desde hacía un tiempo eran los mismos que habían acabado con su padre años atrás. El cáncer de estómago le devoraba sin remedio. Entonces un oscuro personaje se le apareció en el interior de su celda y le ofreció la vida eterna y el poder absoluto. Bonaparte accedió sin dudar. El oscuro personaje le dio un frasquito de arsénico y Bonaparte lo bebió de un solo trago. El arsénico que contenía el frasco acabó con la vida de Napoleón el 5 de Mayo de 1821 y ese debería haber sido el final de la historia, pero no lo fue; veinticinco años después, en 1846, el pequeño cabrón reapareció. Y, por desgracia para todos, no venía sólo; reapareció acompañado de un séquito de alquimistas, brujos, demonios y seres provenientes del abismo, del infierno o quien sabe de qué maldito lugar plagado de tinieblas. Lo cierto, es que pronto dominaron toda Francia, devorando almas y cada alma devorada aumentaba las filas del ejército de muertos vivientes que sigue los pasos del emperador. Europa entera le siguió sin oponer apenas resistencia y su ejército de almas condenadas siguió aumentando con cada nueva tierra conquistada, con cada hombre, mujer y niño que caía bajo su poder, bajo la oscuridad que acompañaba a sus ejércitos. Entonces, tras la cruda derrota en la Bretaña francesa, de las tropas inglesas, que trataban de frenar el avance de Napoleón, la Reina Victoria, acorralada en su pequeña isla, sabiendo que el próximo paso de Napoleón sería cruzar el Canal de la Mancha, se fijó en nosotros, el joven país que antaño había sido formado por sus colonias. Aprovechó nuestra lucha interna y en 1864 los exiliados ingleses cayeron sobre nosotros, portando unas nuevas armas contra las que no pudimos poner resistencia. Armas pesadas a vapor, desconocidas hasta aquel momento, armas diseñadas por el ingeniero Robert Stephenson sobre diseños de su padre George Stephenson. Con esas armas arrasaron Nueva York hasta los cimientos y allí cometieron uno de los actos más viles de la historia de la humanidad, asesinando al presidente Lincoln a sangre fría, Dios lo tenga en su gloria. El vicepresidente Hamlin y el resto de nuestro gobierno fueron puestos bajo custodia, nuestro país cayó en la oscuridad y en las sombras de la esclavitud.

- Conozco la historia- comentó Nikola Tesla con humor negro.

- Sí- afirmó Theodore Roosevelt.- No lo dudo. Todos la conocemos.

- Las ideas y diseños de George y Robert Sthepenson, aunque burdas y primitivas, fueron un punto de partida y una inspiración para mis diseños, para que negarlo, cuando abandoné mis intenciones de conseguir una energía proveniente de la electricidad.

- El caso es que la reina Victoria sabe que la muerte se aproxima a su puerta y temé a la muerte sobre todas las cosas- comentó Roosevelt.- Mi espía, oculto en el servicio de la reina, en la Nueva Torre de Londres, nos ha comunicado que una oscura figura visita su lecho por las noches. La historia se repite. La oscuridad se propone dominar las dos partes del tablero, la reina blanca y el rey negro. ¿Y qué será entonces de los pobres e indefensos peones?

- La muerte en vida- afirmo Tesla-. El fin del mundo de los hombres. Un nuevo mundo de oscuridad,  donde no hay sitio para la luz.

- En efecto.

- Debemos evitarlo- dijo Mark Twain, acabando su copa de vino de un largo trago.- Nikola, debes ayudarnos.

- Si- asintió Tesla con seriedad.- Debo. No me cabe duda. No quedan muchas más opciones. La oscuridad se cierne sobre nosotros. Por suerte para vosotros, amigos míos, tenéis al gran Nikola Tesla de vuestra parte y eso sin duda va a salvar vuestros pellejos y el  pellejo de todos los demás hombres, que aun sueñen con la libertad en este mundo. Seguidme es la hora. He de mostraros algo. Dane  abre la compuerta del sótano, es hora de bajar a las catacumbas.

El pequeño autómata, excitado como jamás lo había estado, apartó una pesada chapa de metal del suelo y abrió una compuerta de madera, que daba a una escalera, que descendía a  las sombras. Las incontables horas de trabajo en secreto que su progenitor había robado al sueño, cada noche, durante los últimos veinte años, se encontraban allí, ocultas bajo esos túneles. El autómata comenzó a descender hacia la oscuridad, seguido por los dos conspiradores y su creador. Cuando llegaron al suelo Tesla tomó una lámpara de cristal y sonriendo como un niño accionó una palanca de un generador, la luz producida en la lámpara invadió la estancia, cegando los ojos de los dos visitantes y reflejándose maravillada en los inocentes ojos de Dane.

- ¡Luz eléctrica!- exclamó Roosevelt, atónito.

- La promesa de Edison hecha realidad- dijo Mark Twain sonriendo tan orgulloso de su querido amigo como un padre lo está de un hijo cuando este alcanza un logro imposible.

- Esto va mucho más allá de la promesa de Edison- dijo Tesla.- Es energía eléctrica inagotable y gratuita, sin cables, distribuida por las ondas, es el futuro. Mi futuro. El futuro que ví en un sueño siendo niño. Es mi regalo, para vosotros y para la humanidad. Pero, además, es un arma. Un arma de tal poder destructivo, que ni siquiera la magia que protege a nuestros enemigos podrá hacerla frente. El rayo de la muerte. En unos años más de investigaciones, estará terminado y podré destruir cualquier lugar que se me antoje, en cualquier parte del mundo. Ya sea Versalles, donde se encuentra el pequeño cabrón señor de los muertos, o la Nueva Torre de Londres que se ve desde mi ventana, donde duerme en la opulencia, sobre una ciudad de mugre y esclavos, la vieja bruja inglesa.

- ¿No está terminado?- preguntó Roosevelt un poco decepcionado, aunque aún maravillado ante lo que veía.

- No- negó el genio.- No lo está. Falta mucho por hacer, pero es un principio. Una esperanza que os ofrezco para el futuro.

- El tiempo se nos agota, profesor Tesla.

- Lo sé- admitió el científico con pesar.- El tiempo siempre ha sido mi más grande enemigo. Tanto por hacer y tan poco tiempo… una vida humana no es suficiente para abarcar todas las ideas que hay en mi cabeza, todos mis proyectos, todas mis ambiciones. Una vida humana es para mi mente tan reducida como un ínfimo segundo, pero, amigos míos, hagamos lo que se pueda con ese segundo que se nos ha dado. Un segundo puede parecer un tiempo infinito si se usa bien. Seguidme, tengo más cosas que mostraros. Cosas más prácticas que la esperanza.

Los tres hombres y el autómata montaron en una vagoneta que funcionaba por electricidad y a través de unos oscuros raíles les condujo varios kilómetros a lo largo de túneles, también iluminados por lámparas eléctricas, que daban una clara luz a toda la extensión de los túneles.

La electricidad se transmitía a través de ondas electromagnéticas, según informó el científico a sus dos anonadados acompañantes. Les contó que en sus planes estaba la creación de una enorme antena que permitiera hacer llegar esa energía a cualquier  ciudad del mundo, ya fuera para proveerla de energía o para convertirla en un solar arrasado.

La vagoneta discurría de sala en sala, mostrando inventos maravillosos y armas preparadas durante años para luchar contra la opresión y la tiranía. Un trabajo de titanes realizado por un solo hombre. Armas de mano que provocaban una descarga láser, escudos corporales de ondas electromagnéticas que protegían mejor que una armadura, inductores al sueño que podían poner a dormir en un instante a un amplio grupo de hombres, tanques a vapor, pequeños submarinos a control remoto, un ejército de autómatas como Dane, pero revestidos de armas y armaduras pesadas, preparados para el combate.

La vagoneta se detuvo finalmente en la última sala. En aquel lugar se encontraba el mismo diseño que había hecho las delicias de Lord Salisbury, pero su tamaño era diez veces mayor.

- El arma definitiva- dijo Tesla abriendo los brazos, presentando su invento con un gesto teatral, casi circense.

Tanto Roosevelt como Twain, hacía tiempo que se encontraban sin palabras ante la miriada de maravillas que el genio había presentado ante sus ojos, así que no acertaron a articular ninguna sílaba de reconocimiento para lo que veían, pero no hacían falta las palabras, en sus rostros se leía con claridad la emoción y  el desconcierto que les embargaban.

      - Hablabais, amigos míos, de la sombra de la muerte que persigue a la Reina Victoria. Yo os digo que ésta es esa sombra. Bienvenidos al nuevo siglo. El siglo XX de nuestra era, un siglo de luz donde se erradicarán las tinieblas. Feliz año de 1900, falta poco para las doce. Os prometo ahora, que jamás olvidaréis esta noche. Dane es tu turno.

El autómata se encaramó a la parte superior de la nave voladora y se introdujo en la cabina ante la atónita mirada de Roosevelt, el techo de la cripta se abrió a la noche y la nave despegó y surcó los cielos manejada por Tesla desde un extraño cuadro de mandos lleno de luces y datos. No funcionaba a vapor, sino con la energía que el generador creaba para ella y le transmitía en la distancia. Una poderosa energía capaz de cambiar el mundo.

   - Los ojos de Dane serán nuestros ojos- aleccionó Tesla a su viejo amigo y a Roosevelt,- por medio de ondas de radio plasmadas en estos datos, impresos en papel, puedo ver lo que sus ojos ven. Y desde aquí podremos atacar el corazón de nuestros enemigos. Acabaremos con la Reina Victoria y Lord Salisbury, que en estos momentos cenan juntos en la Torre de Londres, celebrando la llegada del nuevo siglo. Mi nave de guerra destruirá toda la flota de globos aerostáticos que protegen a nuestros enemigos  con facilidad, pues no son más que torpes mosquitos en comparación con su poder devastador, y arrasará la Torre de Nueva Londres. Preparaos para vivir el final de una era, la época victoriana llega hoy a su fin.


Dane maravillado surcaba la noche en alas del viento, la nave se movía sobre la ciudad como un ave rapaz sobre una paloma y como ave rapaz cayó sobre el ejército enemigo, desplegando todas sus incontables e increíbles armas. Fue una masacre, de fuego, electricidad, humo, huesos rotos, carne chamuscada y cuerpos derretidos. La flota de globos aerostáticos intento detener al ave rapaz, pero las garras manejadas por Nikola Tesla desde la distancia, a través de los inocentes ojos de cristal de Dane, desgarraron los globos uno a uno, hasta dejar el cielo de la noche de Nueva Londres completamente limpio. Finalmente el artefacto volador atacó contra la Nueva Torre de Londres. Entonces la nave pilotada por Dane fue asaltada por una severa tormenta de proyectiles antiaéreos que se estrellaron una y otra vez en el escudo de ondas que protegía la nave sin causar apenas daños, pero la mala suerte o quizá el traidor destino, quisieron que uno de esos pequeños daños que la batería de antiaéreos provocó sobre la nave, fuera que la gran concentración de fuego enemigo alteró la señal de radio y Nikola Tesla en su laboratorio quedó ciego, privado de la señal, y la nave sin manejo, a la deriva.

Entonces, en tan crucial momento, el pequeño Dane tomó conciencia de sí mismo y de su individualidad, conoció de pronto todos los sentimientos que siempre había tenido, pero que nunca había sabido que tenía, pues ni siquiera su creador se había percatado de que en su genialidad había creado una criatura mecánica más humana que los propios humanos. Y Dane, con una sonrisa triste en su boca de chapa y tornillos, supo lo que debía hacerse y lo hizo, sin dudar, lo hizo por amor a su padre y a todos los hombres, lo hizo para dar esperanza a una tierra sin esperanza, para dar tiempo a un hombre que con tiempo podía derrotar a la oscuridad. Sacrificándose por la humanidad, el pequeño autómata dirigió la nave contra el lugar donde se encontraba el estado mayor, la Reina y el Primer Ministro incluidos, y estrelló el arma definitiva contra la Nueva Torre de Londres. La explosión fue de tal magnitud que arrasó todo el palacio y las manzanas adyacentes con fuego redentor, un fuego que iluminó los cielos gris ceniza de lo que hasta ese momento había sido Nueva Londres, pero que pronto volvería a ser Nueva York, con el fuego de la esperanza. Y de esa llama, pronto surgirían otros fuegos, pues el fuego de la esperanza es difícil de apagar. Las campanas de la ciudad dieron las doce. El nuevo siglo comenzaba.

2 comentarios:

  1. Tenía muchas ganas de saber de ti compi, y mira tú por donde que apareces con un relato extraordinario como siempre pero, además, con un montón de puntos en común con "Jazz" un proyecto en el que estoy trabajando y que tiene mucho en común con esta historia.Me ha encantado encontrarme con el Sr Twain y contar con la ventaja de haber sobrevivido al s.XX y saber que Tom Sawyer, como el entrañable Dan, va a ver la luz. Mantienes la atención de una manera fabulosa, con un aire muy cinematográfico (el ministro saliendo de entre las sombras... genial!)
    Me parece un relato de mucho nivel donde se nota el trabajo de documentación histórica y, como siempre, no falta imaginación. Mi más sincera enhorabuena. Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!

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  2. Cuando un escritor acomete su tarea sobre la base sólida de la investigación, los personajes cobran vida sin esfuerzo y los lectores agradecemos la pericia del encantador de palabras. Excelente, Esteban! He disfrutado tu relato y no me extraña que nuestra Lucía haya quedado fascinada.
    Un abrazo confianzudo desde la Luna y gracias, de verdad, por tus visitas

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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LA ISLA DE LA PENUMBRA

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LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

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Celebración de las 10000 visitas del blog

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EL HAMBRE ETERNA

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Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás