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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

lunes, 3 de febrero de 2014

AÑORANZA


El viejo caballerizo observaba el ir y venir apresurado del servicio. Acababa de llegar el médico en un carruaje oscuro. En la parte superior de la mansión, todo eran llantos. La niña había caído del caballo. Una mala caída. La preciosa niña rubia, que siempre saludaba, tan amable, al viejo caballerizo y tenía una sonrisa para él cuando llevaba a los caballos una dulce manzana, mientras el viejo limpiaba y cepillaba el pelaje de los nobles animales. El viejo  que era delgado como una vara de sauce, tenía el pelo lacio y oscuro, y el rostro cetrino de rasgos exóticos, nada británicos, seguramente provenía de alguna lejana colonia del imperio, intentaba calmar al caballo blanco que había sido el involuntario e infortunado causante del accidente.

Los llantos que provenían del piso de arriba se convirtieron en gritos de desesperación. Al cabo de unos minutos el médico cabizbajo descendió las amplias escaleras y volvió a montar en su carruaje. El cochero del médico azuzó a los caballos y el carruaje se alejó perdiéndose en las sombras de la noche. Pocos instantes después el noble padre  de la niña, descendió las mismas escaleras que el médico y se dirigió hacia el lugar donde el viejo caballerizo se encontraba junto al nervioso equino. El caballerizo observó el rostro enajenado del noble y el arma de fuego que portaba en la mano.

- Señor…- dijo el viejo, alzando las manos, intentando calmar al padre de la niña, pero el noble no tenía oídos para escuchar a nadie. Sólo escuchaba a su  corazón quebrado por el dolor.

-  ¡Aparta!- gritó el hombre destrozado por la pena, apuntando al viejo que interponía su cuerpo entre el caballo y el arma.

- Señor, fue un accidente. El pobre animal no tiene ninguna culpa. Un maldito accidente.

- ¡He dicho que te apartes!- gritó el dueño de la mansión, apuntando directamente a los ojos del viejo caballerizo-. ¡Aparta, ahora mismo o juro por Dios que te mato antes que al caballo! Mi niña ha muerto.

El hombre sollozaba como un niño, balbuceando palabras incoherentes, las manos le temblaban y sus ojos despedían un brillo enloquecido.

- No lo hagáis señor- pidió el caballerizo.- Yo puedo ayudaros. Puedo salvar a la niña.

- ¿Qué es lo que dices, maldito rufián? No te acabo de decir  que está muerta. Nadie puede hacer, ya, nada por ella.

- Yo puedo hacerlo y lo haré- afirmó el viejo caballerizo. En su voz había tal seguridad y tal convicción en sus palabras que el noble dudo un instante.- Sí bajáis el arma y dejáis en paz al animal, yo os devolveré a vuestra hija.

- ¿De qué me estás hablando?- preguntó el señor, bajando un poco el arma. El viejo caballerizo vio un resquicio de duda en sus ojos. El nacimiento de una pequeña llama de esperanza, donde no había lugar para la esperanza.

- Hay una bruja, que vive en el bosque. Dejadme ir a buscarla. Ella os ayudara. Conoce un remedio que os devolverá a la niña.

- Una bruja- murmuró el noble, incrédulo.- Mi hijita acaba de morir y me hablas de una bruja. ¡Debería matarte ahora mismo, bellaco!

- La bruja es muy poderosa, señor. Ella puede ayudaros. Puede salvar a la niña. Os ofrezco mi vida a cambio. Sí la bruja no os devuelve a vuestra hija. Podréis matarme a mí y al caballo. Dejadme ayudaros mi señor. Dejadme ayudarla.

Los ojos negros del viejo caballerizo parecieron brillar y su voz sonó extremadamente convincente. El noble soltó el arma y asintió como atontado.

Unas horas más tarde el viejo caballerizo entró en la habitación donde se encontraba el cadáver de la niña, junto a una vieja andrajosa que apestaba a orines y a sudor rancio. El mayordomo intentó echarles de la habitación, pero el noble los dejó entrar.

Antes de cerrar la puerta y dejarles solos en la habitación con el cadáver, el padre dijo:

- Sí mi hija no sale a recibirme cuando esta puerta se vuelva a abrir. Os mataré a los dos y a ese maldito caballo.

La bruja pareció asustarse mucho e intentó  escapar por la puerta, pero el viejo caballerizo la sujeto por el huesudo brazo, reteniéndola a su lado con firmeza.

-  No os preocupéis, señor os juro que la niña estará bien.

El noble cerró la puerta tras de sí, dejando solamente al caballerizo y a la apestosa anciana junto al lecho de la niña.

El caballerizo se acercó al suntuoso lecho, donde se encontraba el cuerpo inerte de la pequeña niña rubia, rodeado de sus muñecas de porcelana con las que tantos buenos ratos el viejo había visto pasar a la niña, jugando en el jardín. El hombre acarició la pálida mejilla de la niña con su mano morena y colocó un rizó rubio apartándolo de su frente.

Al amanecer el sol bañó con sus rayos a la bruja saliendo de la mansión. Los gritos de alegría resonaban por todas las salas, detrás de ella el viejo caballerizo descendía las escaleras con gesto cansado y paso muy fatigado. Cuando se separaron la vieja iba muy contenta y feliz. En su cuello brillaba un medallón de oro con la forma de un escarabajo, con el que el caballerizo había comprado su silencio.

La bruja regresaba a su cabaña en el bosque por el sinuoso camino, pensando en las muchas labores que tenía que hacer en ese día que había empezado tan provechoso para ella. Cuando llegará, seguramente,  la estaría esperando un himen que tenía que remendar a una jovencita que se tenía que casar con un buen mozo, un poco más tarde vendría una niña a la que debía practicar un aborto, pues su padre le había puesto un niño en el vientre, aprovechándose de unas hierbas que el padre le había pedido a la vieja para que su hija durmiera y no recordara nada, por la tarde vendrían unos hombres de la ciudad para llevarse  las dos niñas que tenía secuestradas bajo la cabaña, ese sí era un buen negocio. Entonces sintió un profundo dolor en el marchito y arrugado pecho, justo donde rozaba el dorado escarabajo,  cuando miró  bajo las andrajosas ropas, un escarabajo negro devoraba su piel y su carne, abriéndose paso hasta su corazón. La vieja bruja jamás regresó a su hogar, la muerte la alcanzó en el camino.

El caballerizo se acercó al caballo blanco y acariciándolo lo llevó de vuelta al establo, hablándole con voz tranquilizadora mientras lo llevaba de las bridas.

- Ha sido muy doloroso. Muy duro, casi acaba conmigo, pero aún queda en el viejo Thot algo del poder que antaño tuvo. Aún puede cambiar una mala vida por una buena vida- dijo con voz triste. En sus ojos oscuros había una profunda añoranza. Añoranza de tiempos pretéritos en los que era un poderoso Dios, adorado por una multitud de fieles.


1 comentario:

  1. Me complace que sea Thot, Dios de la sabiduría y quien inventó la escritura, aquel que habite el alma del palafrenero. Me ha gustado mucho este relato, cuyo desenlace reconforta por lo justo del intercambio. Fabuloso!!! abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!

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