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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 16 de febrero de 2014

PIEL DE ÉBANO


El húmedo calor de Nueva Orleans y el zumbido de los mosquitos eran una continúa molestia para la pálida piel del viejo terrateniente. Odiaba aquella humedad y a aquellos malditos bichos, que se deleitaban con un banquete de su sangre. Habían pasado largos años desde que había emigrado a aquellas desapacibles tierras desde su Nueva York natal en busca de fortuna y no se terminaba de acostumbrar a aquella espesa humedad, ni a las tradiciones y costumbres de Nueva Orleans. Aunque los negocios le habían funcionado de manera excelente y había encontrado la fortuna. Una fortuna tan grande como jamás se había atrevido a soñar.
Los barcos con los animales habían llegado por la mañana temprano al puerto. Ahora, el hombre regresaba a su plantación, con una buena remesa de animales de piel negra. Carne humana. Ese era su negocio, traficaba con esclavos.
Estaba muy orgulloso de aquella remesa de carne. Una veintena de machos fuertes de buenos músculos para trabajar en su plantación o venderlos según conviniera a sus negocios, unos cuantos niños y niñas, que en ciertos círculos eran muy solicitados y alcanzaban un desorbitado precio y varias hembras, pero sobre todo había una hembra, extremadamente bella, por la cual, desde el momento en que había posado sus ojos en ella, había sentido una profunda atracción, debido su suave piel de ébano y sus ojos desafiantes. Los esclavistas del puerto habían desnudado a la muchacha para él y le había complacido sobremanera lo que aquella hembra guardaba, bajo sus burdos ropajes de sucia y vieja tela desgastada.
Durante todo el día había mirado a la muchacha, sintiendo como el ardor invadía su cuerpo. Al llegar la tarde la había hecho llevar a sus aposentos.
Era de noche en la plantación. El cálido viento bañaba la marisma con esa pegajosa humedad, clara precursora de la tormenta que se avecinaba. La miríada de pelícanos elevó el vuelo, con sus agitadoras alas y sus cantos disgustados, surcando los cielos sobre la casa como un manto grisáceo. En la terraza el  viejo terrateniente observaba a las aves con atención, portaba una copa de coñac francés en la arrugada mano y sus elegantes ropas estaban ensangrentadas. Desde la habitación, la mujer desnuda murmuraba oraciones ininteligibles a sus loas, espíritus cuidadores, que vinieron con sus antepasados a esa tierra ajena, desde el África profunda, cuando su pueblo y su raza fueron privados de la libertad y alejados de su tierra para ser tratados como ganado. Peor que ganado. El viejo sonrió, descreído, ante las oraciones de la mujer. Jamás en sus múltiples viajes había visto nada que le indicara la existencia de nada parecido a un Dios, un espíritu o un demonio. Nada sobrenatural había en el mundo.  Si aquellos negros piojosos poseían espíritus protectores, debían ser los peores cuidadores del mundo, dada su situación.
Regresó a la habitación cuando la oscura tormenta comenzaba a arreciar con furia sobre la vieja mansión, se dirigió hacia la mesa de madera donde se encontraba apoyada la botella de coñac, sin echar siquiera un vistazo a la esclava, ensangrentada,  encadenada a la pata de la cama, que seguía murmurando entre dientes sus plegarias, con los ojos arrasados de lágrimas y llenos de odio. El amo de la esclava  observó con excitación la navaja bañada de sangre tirada en el suelo, pero prefirió no mirar los cortes en los pechos de la mujer.  Pues no deseaba volver a excitarse. No tan pronto. Aún le dolía la entrepierna, tras la extenuante sesión de placer y dolor que acababa de realizar. Tenía todo el tiempo del mundo para continuar con la diversión. Llenó de nuevo su copa del delicioso licor  y después fijó su mirada en el libro  tirado en el suelo. Un libro que llevaba tiempo estudiando. El libro hablaba sobre el poder alucinógeno de algunos tipos de setas y hongos. El alcohol no había sido suficiente para él, no había podido calmar el doloroso vacío que llenaba su alma desde siempre, el láudano no tenía, ya casi, efecto en su persona. Por eso había probado el efecto alucinógeno de los hongos, justo antes de violar y golpear con saña a la esclava. Salvo una profunda sensación de euforia y poder mientras poseía, mutilaba y mancillaba a la muchacha, ningún efecto, ninguna alucinación había sufrido su mente, nada de visiones ni terror irracional como advertía el libro. Sólo euforia y poder. Bienestar.
La esclava siguió murmurando sus estúpidas oraciones, entre sollozos, haciendo extraños dibujos en el suelo, con su propia sangre. Era tan hermosa que le dolía mirarla, por ese motivo había tenido que mancillar su pura belleza. Algo en su interior estaba prendado de la joven de piel negra, hasta tal punto que no podía quitársela de la cabeza, por eso se había decidido a destruir cualquier atisbo de amor, que pudiera sentir por un ser tan inferior. Alguien de una posición tan elevada como la suya, no podía tener sentimientos por algo como ella. Era sólo un animal de piel negra y cabello desgreñado, nada más que un animal con el que jugar.
Al final no pudo evitar dejar sus ojos fijos en ella. En su boca, los gruesos labios partidos, sangrando abundantemente. En sus pechos plagados de pequeñas heridas sanguinolentas, en el rizado y espeso vello púbico que tanto le excitaba, en sus muslos quemados con hierro candente. No pudo evitarlo. Sintió la erección bajo sus pantalones pidiendo saciar su hambre. Se rió. Por lo visto su ardor era insaciable, por lo tanto, se dispuso a jugar otra vez con ella, no pensó en detenerse hasta que no quedara nada de humano en ese animal. Tomó el pesado atizador de la chimenea y se dirigió tambaleándose hacia la aterrorizada esclava.
Entonces vio delante de la mujer ensangrentada una enorme serpiente, que parecía protegerla con su cuerpo de reptil. Su lengua bífida siseaba, mientras se enroscaba lujuriosamente alrededor del cuerpo de la muchacha, acariciando su negra piel con deseo.
- ¡Damballa!- exclamó la esclava como en éxtasis. Despedía su voz tal fervor y adoración que pareció desaparecer todo el dolor y las oscuras vejaciones que la esclava había sufrido momentos antes, con el simple contacto de la escamosa piel del ofidio.
- Así que finalmente los hongos alucinógenos comienzan a hacer efecto- se dijo con furor y frenesí. Por fin su mente transcendía a la realidad gracias al efecto de los hongos.
Entonces un golpe en la puerta le sacó de su ensimismamiento.
Toc
Seguido de dos más.
Toc, toc.
Como si alguien llamara a la puerta con un bastón.
Tres golpes más.
Toc, toc, toc.
Esta vez eran golpes  impacientes. Alguien esperaba al otro lado de la puerta, pero, como bien sabía, nadie había en la enorme mansión salvo él, y sus dos hombres de confianza, vigilando al otro lado de la puerta, bueno, también se encontraba allí el pequeño animal de piel negra con el que estaba jugando esta noche. Se había encargado de dejar bien claro que no podía ser molestado hasta la mañana siguiente. Tiempo suficiente para borrar por completo la fascinación que esa esclava provocaba en él. Ya lo había hecho otras veces. Los restos informes de otras muchachas similares a la negra que se encontraba en la habitación en esos momentos no hubieran podido ser reconocidos ni por sus padres. Pulpa informe, carne machacada y huesos rotos. Nada de belleza dejaba después de despellejar su maldita e impía piel de ébano. Piel de ébano que le atraía irremediablemente mucho más que la pálida piel de su mujer o de sus amantes.
Toc, toc, toc.
Esta vez los golpes  fueron tan fuertes que la puerta tembló, amenazando con salirse de su marco.
Con el atizador en la mano se dirigió bastante confuso hacia la puerta, como a alguno de esos malditos esclavos se le hubiera ocurrido subir a molestarlo lo iba a despellejar a latigazos.
Abrió la puerta con furia, pero nadie había esperando tras ella.
Sus hombres, dos tipos duros, armados con machetes y pistolas, jugaban a los dados en la sala junto a la puerta. Le miraron extrañados. No por la sangre que cubría sus ropas, ni por la mirada enajenada. Estaban bastante acostumbrados a semejantes noches. Acostumbrados a los gritos de las negras violadas, mutiladas y asesinadas, pero les sorprendió que el terrateniente hubiera terminado tan pronto con aquel pedazo de carne.
- ¿Quién osa molestarme?- preguntó enfurecido.
- Ninguno de nosotros haría tal cosa, señor- dijo uno de los hombres con seriedad, observando a su jefe con preocupación.
- ¿Quién ha llamado a la puerta?
- Nadie. Simplemente matábamos el tiempo jugando a los dados, nada más. ¿Se encuentra bien, señor?
- Perfectamente- asintió el esclavista con una ridícula risita histérica y cerró la puerta a su espalda, dejando anonadados a sus hombres.
Un tremendo trueno pareció resquebrajar el cielo sobre la mansión. El viejo esclavista cayó al suelo aterrado por el sonido del cielo al romperse. Apoyando su espalda en la puerta con la vista fija en la terraza. Las nubes de tormenta eran tan oscuras y pesadas que parecían traer el fin del mundo con ellas. Relámpagos, rojizos como llamas del infierno, iluminaban de vez en cuando la oscuridad, seguidos de tan sonoros truenos como el que había hecho que el hombre cayera de culo al suelo de madera de la habitación.
- ¡La madre de todas las tormentas!- gritó. Enajenado. Entre histéricas risas. Los hongos poseían ya, completamente, su mente y su cuerpo.
Todo en la habitación se volvió difuso y extraño, sombrío como un sueño oscuro. Su mente parecía funcionar de manera irracional, a veces se disparaba como un juguete pasado de cuerda y entraba en frenesí. Tan pronto parecía tan sincronizada como el mecanismo de un reloj, donde una pieza móvil encajaba en la siguiente de modo perfecto y al momento la sentía como una difusa gota de aceite, resbalando por un cristal de manera extenuantemente lenta y confusa.
Las luces de la habitación titilaron apagándose y al momento parecían estallar en una descarga de luz que dañaba los ojos del hombre. Seres deformes y monstruosos entonaban un extraño cántico desde las sombras, sombras que parecían tener vida propia.
Entonces vio a la extraña pareja sobre la cama. Sentada en el lecho había una mujer de piel absolutamente negra, no marrón sino negra, tan negra como el carbón, muy hermosa, de larga melena oscura que se desparramaba por la cama a su espalda, como una sábana sobre el tálamo. La mujer iba vestida con un níveo  vestido de novia desabrochado, dejando los pesados pechos de duros pezones oscuros a la vista de todos. El rostro de la hermosa mujer estaba pintado de blanco, como una calavera pintada sobre la cara.
Tras  aquella mujer oscura, se encontraba, masajeando sus hermosos pechos con una mano huesuda, un hombre extremadamente alto, vestido con un elegante, aunque raído, traje negro, sombrero de copa y rostro también pintado de blanco, igual que la mujer parecía llevar pintada una calavera blanca sobre la negra faz. El hombre extraño, sin dejar de sobar los pechos de la aparición vestida de novia, bebía largos tragos de una botella de ron. Su bastón, cuya empuñadura estaba tallada en el hueso de una calavera de perro, reposaba sobra la cama.
El esclavista se dobló sobre sí mismo, riendo a carcajadas, ante las maravillosas visiones, que los hongos le proporcionaban. Al momento la mujer vestida de novia besaba sus labios, jugando con su larga y sensual lengua en la boca del viejo, mientras degollaba a un gallo negro sobre sus cabezas, dejando caer la sangre del ave como una lluvia sobre sus cuerpos y su boca, sin dejar de besarle.
Un momento después era el hombre del sombrero de copa quien acariciaba, con compasión y amor, los encrespados cabellos de la esclava violada y mutilada, mientras vertía el oscuro ron de su botella sobre la boca del esclavista, mezclándola con la sangre del gallo decapitado.
Las espesas sombras que habitaban en los rincones de aquel aposento, continuaban su cántico, ensordeciendo los oídos del hombre con un ritmo tan antiguo como el mundo. Cánticos que ya se escuchaban en tierras africanas miles de años antes de que el hombre blanco llegara al continente americano.
En el lugar donde un instante antes se había encontrado la serpiente,  había un hombre muy delgado, estaba completamente desnudo. El hombre delgado se movía de manera lenta y sinuosa. Sus ojos y su lengua eran iguales que los del reptil. Esos ojos despedían odio. Un odio profundo y antiguo. Un odio perverso y poderoso.
- ¡Damballa!¡Barón Samedi! ¡Maman Brigitte!- recitó los nombres de sus loas, la muchacha con adoración, maravillada ante las apariciones.
Entonces mientras el hombre negro ponía su enorme mano sobre la frente del esclavista, murmurando extrañas palabras en un idioma extraño, el viejo terrateniente sintió la aguja y el hilo atravesando sus labios, sellando sus palabras y su aliento. Las frías manos de la mujer descalza vestida de novia portaban la extremadamente afilada aguja de hueso que perforaba su carne. Sintió como si el ron inundara sus venas en vez de su sangre. El alcohol ardía dentro de su cuerpo. Después llegó el dolor. Un dolor indescriptible. Su piel lacerada y abrasada con fuego purificador. Los cánticos de los deformes seres que aguardaban en las sombras se volvieron salvajes y estridentes. Todo termino de pronto. Tras el embriagador bullicio, sólo quedó silencio y oscuridad. El viejo hombre blanco perdió el conocimiento.


Cuando despertó de la pesadilla, vagaba sin rumbo por el mundo con la boca y los bolsillos de sus ropajes cosidos, los ojos blancos sin vista, enajenado, sin mente, un muerto en vida. Un zombi.

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10 comentarios:

  1. Pásame una copa llena, Esteban. Oscurísimo relato!! Se agradece, como siempre, el trabajo exhaustivo de documentación. Todo encaja con naturalidad en una historia que camina sobre el filo de la fantasía, el terror y el paganismo. Felicitaciones, de verdad!! Cualquiera duerme ahora. Un abrazo, compañero de letras.

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  2. Coincido con la Lunática en la oscuridad de un relato fabuloso en quien acaba probando de su propia medicina, puesto que hay fuerzas mucho más poderosas que la de los golpes y el cuchillo, como hay poderes muy superiores al del negrero... porque ningún hombre es exclamo de otro!!! Abrazucu apretadín desde Villa de Rayuela!

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  3. Una gran ambientación, y un relato con su toque de extraña moral. El trabajo de documentación que te habrá llevado es encomiable. Me ha gustado.

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  4. Es un relato electrizante: no se puede dejar de leer. Descripciones precisas, magia mezclada con lo prosaico y un ritmo magnífico. Me ha encantado. :)

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  5. Excelente, digno de un capítulo de American Horror History (tercera temporada). Para que después digan que no hay talento patrio. Enhorabuena, Esteban.

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    1. Gracias a todos por comentar, Ovidio, Mayte, José y por supuesto Lorena y Lucia un honor que comentéis todos aquí y que os guste lo que hago. Muchas gracias y un abrazo.

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  6. Wow! Perplejo me he quedado con el relato. Coincido con el comentario anterior. A medida que leía me encajaba perfectamente con un capítulo de American Horror Story Coven. Decir que me ha encantado es quedarse corto, amén de que se nota que has hecho los deberes antes de escribir, pues están muy logrados todos los detalles referentes al terrateniente, a los esclavos y a los ritos vudú. En fin, que te felicito y que desde hoy tienes un nuevo seguidor.

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias, bienvenido a la oscura realidad. Me alegro de que te haya gustado el relato y espero que te sigan gustando el resto de relatos y los disfrutes tanto como este. Un saludo.

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  7. Estupendo relato de horror y miedo y que acaba como debe. Es difícil que un relato de terror me conmueva pero este lo ha hecho. Muchas gracias, Esteban, por compartir con nosotros tus relatos.

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias, Isabel. Me alegra que te haya gustado. si ha conseguido conmoverte me doy por muy satisfecho. Un saludo.

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