Translate

LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 11 de marzo de 2014

CAMPEADOR

Era este infortunio en su época, por la práctica de la destreza, por la suma de su resolución y por el extremo de su intrepidez, uno de los grandes prodigios de Dios.- Ibn Bassam,Yazira, historiador almorávide en el año 1109 refiriéndose a Rodrigo Díaz de Vivar, muerto 10 años antes.

¡Dios que buen vasallo! ¡si tuviera, buen señor!-  El Cantar del Mio Cid.

¡Albricias, Alvar Fañez,  que echados somos de nuestra tierra, mas con gran honra tornaremos a Castilla!- El Cantar del Mio Cid.



Pascua de Pentecostés. Ciudad asediada de Valencia. Año del señor 1099

Doña Jimena vagaba por las calles de la ciudad amurallada, las lágrimas bañaban su rostro y la pena estrujaba su pecho, con un peso helado. Su esposo había muerto. Su amado esposo. La piedra en la que se apoyaba. El escudo que mantenía viva a toda la gente encerrada tras aquellos muros. La única esperanza de escapar de la muerte y la sangre para el asediado pueblo de Valencia. Muerto. Parecía imposible. Era tan fuerte. Tan lleno de vida. Y ahora era sólo un cuerpo tendido, inerte, sin calor,  sin aliento. Sin la chispa vivaz en los ojos negros, sin la tierna sonrisa que ocultaba bajo la gélida faz del caudillo guerrero invencible e imbatido, que todos temían. Una sonrisa que guardaba, como un tesoro, sólo para ella, para sus hijas y para sus escasos amigos como el buen Alvar Fañez que lo había seguido de batalla en batalla por tierras de Castilla, Navarra, Aragón y Valencia. De victoria en victoria a través de campos llenos de muerte, campos de sangre y de dolor. Campos de triunfo.


Su esposo estaba muerto. La armadura de su fuerza, que protegía a aquellas murallas, a aquellas gentes, había caído. Ya no había esperanza. Lo veía en las caras llorosas de las mujeres que la miraban con compasión por la pérdida de su esposo, pero a la vez miraban su rostro con la profunda tristeza y desesperación del que sabe que ya nada los separaba de la muerte y del saqueo. Veía el temor en los ojos de las madres por la cruel suerte que esperaba a sus hijas, sin importarles su propia suerte, que sería de similar crueldad. Lo veía en los pálidos rostros de los hombres asediados, que sujetaban los aceros con manos temblorosas, sin fuerza. Como si fuera la firme mano de su esposo la que hubiera sujetado todas las espadas y ahora con su falta ya no quedara fuerza en los hombres para levantar las armas. Lo percibía, también, en los tristes ojos de los niños que días antes jugaban  con espadas de madera, soñando con ser como su Rodrigo. Héroes inmortales. Héroes de leyenda. Sin saber que hombres como su esposo sólo se daban una vez cada mil años.
Y a pesar de todo había muerto. Muerto. No podía soportar pensarlo. Pero una y otra vez la palabra acudía a su cabeza. Muerto, muerto, muerto. Está muerto. Y no va a despertar. No volvería a abrazarla en sus poderosos brazos, ni hacerle el amor con el ímpetu de un chiquillo enamorado. No volvería a besar sus labios con anhelo, con besos profundos, que parecían siempre un primer beso.
No. No volvería. Y la ciudad estaba perdida. Valencia caería. Y todos los sueños caerían con ella. Al día siguiente comenzaría el saqueo y la matanza. Jimena sabía que los saqueos en las ciudades largo tiempo asediadas eran especialmente crueles y sangrientos. Y este había sido un asedio muy largo. Miró a su alrededor sabiendo que con la llegada del nuevo día todo lo que había a su alrededor se transformaría en fuego, humo, cenizas, sangre, gritos y llanto. Se alegró de que sus hijas estuvieran tan lejos de allí.

Su mente vagó un cuarto de siglo atrás. Recordó la primera vez que vio a Rodrigo. Un joven de 24 años alto, fuerte, sin la espesa barba que luciría después, apuesto como salido de una canción.  Se encontraba en el altar de la Iglesia de Santa Gadea donde el padre de Jimena como noble importante de la corte había acudido acompañado de sus hijas, para jurar lealtad al nuevo rey.
Rodrigo, a pesar de su juventud, en aquel entonces ya era el hombre de armas más importante de Castilla. Desde los quince años había pertenecido al ejército del entonces Infante Sancho y ascendido por méritos propios, hasta ser su hombre de  más confianza. Entonces Sancho heredó el reino de Castilla de su padre convirtiéndose en Sancho II. Después Rodrigo estuvo durante años librando las guerras del rey, saliendo siempre triunfante y por lo que se comentaba en la corte era como un hermano para el rey, y por lo que supo después Jimena, Rodrigo había sentido devoción por Sancho y lo hubiera seguido con fidelidad absoluta hasta el fin del mundo. Pero no quiso el destino que el rey Sancho tuviera un largo reinado. Durante el sitio de Zamora el rey había muerto en extrañas circunstancias, lo que llevó a su hermano Alfonso VI de León a anexionarse el reino de Castilla. Y así llegó aquel día en que se mandó llamar a los vasallos del rey para jurar lealtad en la iglesia de Santa Gadea. La fecha que quedaría marcado en la historia como el  día en que un rey se arrodilló y juró ante uno de sus vasallos.
Rodrigo antes de hacer el voto de  su vasallaje  había pedido al rey que como prueba de su inocencia debía jurar ante Dios, que nada había tenido que ver con la muerte de su hermano. El nuevo rey sabedor de que necesitaba la fuerza de Rodrigo para mantener en su poder su nuevo trono y ampliar su reino, tuvo que ceder ante la petición, a pesar de considerarlo un ultraje hacia su regia persona.
Viendo a Rodrigo, frente al postrado Alfonso VI, superior a un rey por unos momentos, el corazón de Jimena le perteneció al instante. Aquel hombre era todo lo que había esperado desde su más tierna infancia, además supo que jamás habría otro hombre como aquel.
Ahora con el paso de los años y conociendo más profundamente a su majestad Alfonso VI, Jimena no tenía duda de que el rey había mentido como un perro en aquel juramento. Además contrariar a los reyes no podía traer nada bueno y Rodrigo pagó ese gesto durante el resto de su vida. El rey Alfonso consideró una humillación el juramento y desde ese día incubó un odio profundo por Rodrigo, que más tarde derivarían en desprecios, traiciones y dos destierros de su amada tierra.
Pasó el tiempo, durante dos años Jimena no volvió a verlo, pero la imagen de Rodrigo alzado sobre el rey, nunca abandonó su mente, ni su corazón. Escuchaba atenta las noticias que llegaban a Burgos de las guerras fronterizas donde él salía triunfante una y otra vez. Así fue como escuchó por primera vez el nombre de Campeador con el que el pueblo llano lo había bautizado, por un motivo bien simple: cuando terminaba la batalla él era siempre dueño del campo.
Dos años sin verlo. Y jamás había hablado con aquel hombre serio y hosco que desde la distancia parecía un témpano de hielo. Pero ella sabía que era suyo y que ella le pertenecía a él. Por eso no se sorprendió cuando su padre la hizo llamar y le anunció que se había acordado su boda con Rodrigo Díaz de Vivar. Simplemente era la consumación de un hecho inevitable. Habían nacido para estar juntos, como ella siempre había sabido. No se sorprendió, pero se sintió inmensamente feliz.
Después llegó la boda, el amor, los hijos, los largos periodos de separación debido a las continuas guerras del rey Alfonso. Las noches en vela por la incertidumbre. Y la dulce esperanza de cada día, la ilusión de ver su caballo aparecer en el horizonte regresando a casa, al hogar, a su lecho, a sus brazos.
Las relaciones con un rey que gracias a Rodrigo consolidó su reino y lo expandió, fueron cada vez más frías y distantes. Empeoradas por la alta nobleza que rodeaba a Alfonso VI, un nido de víboras, maledicencias y falsos rumores que veían en Rodrigo un advenedizo rival de baja cuna, en comparación a su impecable sangre. 
Por lo tanto, una vez que el  rey de Castilla había afianzado su posición y la presencia del campeador en sus huestes, ya no le pareció tan necesaria y apoyado por la caterva de sus más fieles nobles, aprovecharon la mínima oportunidad para hacerlo caer en desgracia. Rodrigo se encontraba protegiendo las tierras de Soria bajo mandato del rey y dichas tierras fueron atacadas por una incursión de saqueo árabe desde el sur de la península. Él se enfrentó a los árabes derrotándolos y persiguiéndolos hasta el reino de Toledo. El problema fue que Toledo era aliado de Alfonso VI. Las protestas del rey de Toledo llevaron a un Rodrigo, cada vez más alejado de la corte, donde era cada día más temido, odiado y envidiado, a ser desterrado por primera vez. Así el rey Alfonso y los principales nobles se quitaban de encima a un Rodrigo cada vez más ensalzado por el pueblo llano.
Abandonar su amada tierra fue  un golpe muy duro para él, pues había luchado toda su vida por protegerla y hubiera dado toda su sangre por la tierra de Castilla.
El destierro llevó a su esposo a Zaragoza y lejos de Jimena durante cinco años eternos. En la ciudad de Zaragoza, Rodrigo puso su acero y su mesnada a las órdenes del reino taifa que gobernaba  al-Muqtadir y de nuevo durante esos años protegió con victorias la ciudad que le había sido encomendada. Tras la muerte del buen al-Muqtadir siguió a las órdenes del hijo mayor de éste, al-Mutaman en la guerra fraticida con su hermano al-Mundar gobernador de Lérida, que quería arrebatar el trono que pertenecía por derecho a al-Mutaman.
Una vez más Rodrigo se lanzó a la batalla y de nuevo surgió triunfante. Derrotó a las tropas de al-Mundar y evito el intento de usurpación del trono. Por lo que cuentan al regresar victorioso de esta campaña todo el pueblo de Zaragoza gritaba con una sola voz: Sidi, que en árabe
significaba mi señor. Nombre que los cristianos  de su mesnada asimilaron como cid. El Cid. El nombre con el que lo recordaría la historia.
Mientras Rodrigo era aclamado en Zaragoza como un héroe, desde el norte de África llegó una poderosa fuerza de ejércitos Almorávides que ya habían conquistado los reinos árabes de Al-andalus y querían arrebatar de nuevo toda la península, tanto a los cristianos como a los pueblos árabes que llegaron antes que ellos. Tras la penosa batalla de Sagrajas, donde los reinos cristianos fueron derrotados de forma despiadada por la nueva invasión africana, Alfonso VI, derrotado y con temor de que esta nueva invasión pusiera cerco a su reino,  condonó la pena de destierro a Rodrigo, que ansioso por retornar a su tierra y a ella, aceptó sin dudar la propuesta del traidor rey Alfonso. Como había predicho años antes, en la dolorosa hora de la partida a su fiel Alvar Fañez, regresaban a casa cargados de honores.
Las noticias de todas sus hazañas en Zaragoza llegaban periódicamente a  las verdes tierras de Vivar donde ella y sus hijos residían en ausencia de su esposo. El día que llegaron las noticias de su vuelta a casa fue un día maravilloso. Y más maravilloso fue su encuentro después de cinco años, digno de romances y canciones.
Con la ayuda de Rodrigo los reyes cristianos contuvieron la invasión africana. Y devolvieron las incursiones llegando el Cid a  Valencia y el rey Alfonso a Murcia. Donde el rey fue sitiado. Rodrigo fue llamado a acudir a salvar a su rey. Y aunque acudió,  llegó tarde. El Rey tuvo que retirarse tras una dolorosa derrota y consideró el retraso de Rodrigo una traición. Por lo tanto volvió a desterrarle y además le quitó sus títulos y tierras, incluido Vivar.
Por lo tanto, el Cid tomó su ejército y se dirigió a Valencia donde formó un protectorado cobrando tributos por su protección a todo el levante, incluida la ciudad de Valencia  donde gobernaba el rey al-Cadir.
Alfonso VI preparó una coalición con el conde de Barcelona, el rey de Aragón y una flota de Genova y Pisa para recuperar el poder sobre el levante, pero fueron derrotados y tuvieron que retirarse dejando el oriente de la península abandonado.
Para evitar nuevos ataques de los reinos cristianos  sobre sus protectorados Rodrigo decidió dar una demostración, mediante una cruel campaña de saqueo a la Rioja donde consolido su poder y demostró que un hombre y su ejército eran más fuertes que todos los reinos cristianos de la península.
Sólo quedaba un rival. Un imperio. El imperio almorávide, que dominaba todo el norte de África y todo el sur de la península. Un imperio contra un solo hombre.
Con el apoyo de los almorávides se produjo un golpe de mano en la ciudad de Valencia que terminó con la ejecución del rey al-Cadir. Cuando Rodrigo conoció la noticia acudió a Valencia con su ejército y la sitió. El sitio se prolongó durante un año y tuvieron que mantenerlo a pesar de los ataques almorávides que llegaron en ayuda de Valencia. Finalmente la ciudad tuvo que capitular y abrió las puertas a un vencedor Rodrigo.
Fue entonces cuando Rodrigo decidió tomar el señorío de la Ciudad. Un señorío libre sin ningún tirano sobre sus cabezas.
Para asentar su posición casó a sus hijas. María con Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y a Cristina con el infante Ramiro Sánchez de Navarra. Eso les colmó de felicidad en aquella época, pero la muerte de su hijo Diego en batalla fue un duro golpe para Rodrigo. Una vez sus hijas casadas y su hijo muerto, Jimena quedó al lado de su esposo en la ciudad de Valencia.
Los almorávides no cedían y mandaban más y más tropas contra Valencia. Superaron dos intentos de invasión, hasta que finalmente todas las fuerzas del imperio acamparon a sus puertas,  sitiando la ciudad. Y aún así resistieron. Hasta el día de la muerte de Rodrigo.

En ese momento Doña Jimena decidió no estar en aquel lugar para ver el día que estaba por llegar. El día en que los sueños de Rodrigo, de formar un señorío independiente no sujeto a los caprichos de ningún rey, fracasarían. Decidió reunirse con Rodrigo allá donde él estuviera. Con Rodrigo y con Diego, su querido hijo, muerto el año anterior por intentar seguir la sombra de su padre, sin saber que la sombra de un hombre tan grande es imposible de abarcar. Sí. Se quitaría la vida. Ya no quedaba nada por lo que vivir.
- Eso no tiene porque suceder- dijo una voz junto a ella.
Jimena alzó los enrojecidos ojos y tras la cortina de lágrimas vio la figura de un hombre oscuro, enjuto, cetrino que la observaba con una extraña sonrisa en los labios y un brillo de insolencia y diversión en los negros ojos.
- ¿Quién sois?- preguntó Doña Jimena observando con recelo al hombrecillo.
- No tiene importancia quien soy, pero si la tiene lo que puedo hacer por vos, mi señora.
- ¿Y qué podéis hacer por mí?- preguntó confusa.
- Puedo traerlo de vuelta a vos- respondió aquel hombrecillo como si de lo que hablara fuera tan fácil como hacer pan en un horno.
Jimena observó al hombre con desprecio y con afilado odio.
- ¡¿Cómo osáis…?!
-  ¡Silencio!- la interrumpió el hombrecillo y su voz cortó la palabras de Jimena en su lengua, dejándola muda por unos instantes, aunque intentaba hablar, las palabras se quedaban pegadas en su paladar.- Os lo diré una vez más y luego desapareceré. Puedo hacerlo volver. No para siempre. Sólo de sol a sol. Os concederé un día más de su presencia. Un día más. Un día de triunfo y gloria. Un día sobre el que se cantaran canciones y se escribirán relatos durante siglos. Un día para despediros, para amaros por última vez. Pero sólo un día. Nada más. Y a cambio como no podía ser de otra manera hay un precio que pagar.
Sólo cuando el hombrecillo lo permitió Jimena pudo volver a hablar. Si era capaz de hacer aquello sin esfuerzo. Si podía enmudecer  su voz con una sola palabra. Quizá fuera capaz de hacer lo que decía.
- ¿Cuál es el precio?- preguntó Jimena con voz temblorosa. Hubiera dado cualquier cosa por poder  besarlo una vez más.
- Su alma inmortal me pertenecerá.
Jimena sintió un vacío en su pecho.
- No – negó horrorizada.- Su alma no. La mía. Os daré mi alma a cambio, pero la suya no.
El oscuro hombrecillo sonrió divertido ante las palabras de la mujer.
- Vuestra alma no me sirve de nada. Es un alma pura, sí. Pero yo quiero su alma. El alma del guerrero más poderoso de su tiempo. El alma de El Cid Campeador. Desde el principio de los tiempos vago por el mundo recolectando almas similares a la de vuestro esposo. No os preocupéis estará en buena compañía: Ramses II, Alejandro Magno, Escipión y Aníbal, Julio Cesar... Estará en buena compañía. En compañía de sus iguales.
- No puedo. Su alma no.
- Muy bien, como deseéis. Pero mirad un segundo a vuestro alrededor. Toda esa gente a la que vuestro esposo juro proteger, morirá mañana sin remedio. Toda esa gente que ahora está bajo vuestra protección sufrirá mañana en sus carnes vuestra decisión. Vos sois la única que puede salvarlos. Todas esas almas se perderán en el fuego por lo que vos acabáis de decidir. ¿Es lo que queréis? Mirad a los ojos a esos niños y contestar. ¿Es lo que queréis? La muerte de sus protegidos, de sus hombres, de sus amigos, vuestra muerte. ¿Es lo que vuestro esposo querría?
- No.
- Decidid mi señora en un lado de la balanza la vida y la muerte de miles de personas, en el otro lado una simple alma.
Decidió.


Así, el que en buena hora nació, el caballero que de la nada formó el ejército más poderoso de su época. Aquel que hizo arrodillarse y  jurar a un rey. El hombre que se convirtió en Señor de todo el levante de la península. El guerrero que luchó sin descanso por su tierra para ser desterrado, y nunca más poder regresar, traicionado por la envidia. Aquel que era temido y respetado por sus enemigos como pocas veces otro hombre lo ha sido a lo largo de la historia. Quién a pesar de ser un infanzón de escasas posesiones emparentó a sus hijas con la realeza de Barcelona y Navarra, con lo que consiguió que sus nietos fueran reyes. Quien no perdió una batalla en su vida por lo que recibió el sobrenombre de Campeador.  Y que incluso en su batalla contra la muerte salió triunfante, por un día. Rodrigo Díaz de Vivar el día de Pentecostés de 1099, el día después de su muerte, cruzó las puertas de Valencia,  montado sobre la yegua de pelaje azabache de pura raza llamada Babieca que había luchado con él en cien batallas, y en su puño portaba la mítica espada Tizona, que  tantas vidas llevó a la oscuridad. Cruzó las puertas  al frente de su mesnada y puso en fuga a los enemigos, que lo creían muerto. La presencia de aquel señor de la guerra surgido de las mismas entrañas de la leyenda, que incluso escapaba de las garras de la muerte causó el terror y la desbandada de los almorávides. Cabalgó a la victoria con el atronador rugido de una ciudad entera y un ejército gritando su nombre como un canto fúnebre, como un canto de victoria. El nombre que quedó para la leyenda: El Cid



5 comentarios:

  1. Pedazo de curro que te has pegado. Toda una lección de historia entremezclada con un poco de leyenda y todo ello novelado. Espero que alguna otra vez más nos deleites con este tipo de tramas históricas. ¿Se me ha notado que tengo un poco de debilidad por la historia?

    Un saludo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Mr. M. Me alegro de que te guste. Me parece un personaje digno de reivindicación, si fuera de otro país nos tendrían locos con películas, libros y series sobre su figura, pero al ser español ya sabemos lo que pasa. Un saludo.

      Eliminar
  2. Sin duda, un relato histórico bien contado, pero, sobre todo, excelentemente documentado. Estoy de acuerdo con Mr. M. Es un arduo trabajo de investigación que ha dado sus frutos. Creo que te manejas con igual destreza en este género como en el fantástico. Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Gracias Ovidio. Si que llevo un buen trabajo de documentación, pero el personaje merece la pena. Un abrazo

    ResponderEliminar
  4. Genio (aunque no te lo creas jaja) este relato tiene muchísimas cosas para destacar pero, a modo de síntesis, sólo me detendré en: la versatilidad que demuestras para mezclar la fantasía y la historia con un soporte documental excelente. Gracias por esta maravillosa historia, me ha emocionado mucho ya sabes porque jaja. Beso

    ResponderEliminar

Creative Commons License
This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES contado por Lorena García

LA CASA contado por Lucia Sugar

MIEMBROS

Google+ Followers

CITAS
MONTAJE POR LORENA GARCÍA @lalunaticadtv

EL PUENTE DE LA BRUMA

EL PUENTE DE LA BRUMA

LA CARTA

LA CARTA

El sueño de una noche en llamas

El sueño de una noche en llamas

UN CORAZÓN DE PIEDRA

UN CORAZÓN DE PIEDRA

LA ISLA DE LA PENUMBRA

LA ISLA DE LA PENUMBRA

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

Celebración de las 10000 visitas del blog

Celebración de las 10000 visitas del blog

EL HAMBRE ETERNA

EL HAMBRE ETERNA
Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás