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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

miércoles, 5 de marzo de 2014

VIEJOS PERGAMINOS, VIEJOS PECADOS

La luz del sol atravesaba juguetona la vidriera de la iglesia plasmando una imagen de múltiples colores en su reflejo sobre el altar. La iglesia estaba completamente vacía, pues el tórrido día de verano no incitaba a los parroquianos a acercarse al centro de oración a esa hora del mediodía en  que el calor invadía la pequeña ciudad, como una manta de lana virgen abriga a un bebe en su cuna.
En la sacristía el sacerdote leía un viejo pergamino que había encontrado, oculto, en la cripta detrás de un arcón muy, muy antiguo llenó de polvo y telarañas, devorado por las termitas.
El apolillado y amarillento manuscrito estaba escrito en un latín tan arcaico que era casi indescifrable, pero el joven sacerdote se afanaba, dejándose los ojos a la luz de la titilante llama de una vela, en revelar lo que se encontraba escrito en aquel pliego de piel.
La iglesia en la que oficia el sacerdote databa de 1940, pero las criptas ya se encontraban allí cuando se levantó el edificio, sobre las ruinas de otra iglesia que fue destruida, debido a los intensos bombardeos que acaecieron sobre la pequeña ciudad, durante la guerra.
El sacerdote había leído en los registros de la iglesia que el edificio se levantó en 1875, sobre una ermita, cuando la aldea en la que se encontraba la pequeña ermita creció en número de habitantes, debido a la afluencia de gentes llegadas de todos los rincones del país para trabajar en las recién descubiertas minas de carbón, que enriquecieron la zona. Además investigando, bastante más a fondo, en antiguos libros guardados en la biblioteca, descubrió casi por casualidad, que la ermita se erigía sobre las ruinas calcinadas de un templo de un extraño culto, que la Santa Inquisición erradicó con fuego, hierro candente y torturas varias en el año del señor 1621. Aunque en los textos que había encontrado no quedaba nada claro el culto que había sido erradicado, el sacerdote siempre se había sentido fascinado por aquella información.
El párroco leía el pergamino frenéticamente, sus ojos se movían como enajenados y se tornaban oscuros con cada palabra, como si las sombras que se encontraban aguardando en las palabras estuvieran introduciéndose dentro de él, poco a poco, con cada frase, con cada línea.
Horas después, cuando el sol comenzaba a perder fuerza  y la tarde empezaba a refrescar un tanto, dos niñas entraron jugando en la iglesia, acudían al recinto sagrado como cada jueves por la tarde para recibir la clase de catecismo. Cuando vieron al sacerdote salir de la sacristía, las dos niñas se sorprendieron y asustaron, pues al instante notaron claramente que algo le ocurría.
El cura estaba despeinado, murmuraba ininteligibles palabras, sin descanso, y de sus ojos oscuros brotaban dos lagrimones de sangre que discurrían por sus mejillas pálidas y demacradas. Parecía un enajenado recién escapado de los altos muros del manicomio cercano a la pequeña ciudad.
El sacerdote corrió, trastabillando, hacia una de las niñas y la sujetó con fuerza por los brazos, la otra niña escapó aterrada dando estridentes gritos de pánico. El hombre de Dios cayó de rodillas, sin soltar los bracitos de la niña y gritó como si sufriera un terrible dolor, aquejado de severas convulsiones.
- ¡El pecado del padre!- exclamo con voz inhumana.- ¡Maldito sea el padre! ¡Por siempre!
Después se quedó en silencio sollozando con un terrible ataque de llanto, que hacía temblar su cuerpo como si se fuera a desmadejar. La niña viéndose libre escapó cual alma que lleva el diablo. El sacerdote alzó la vista, regresó a la sacristía, tomó los viejos pergaminos y se fue con ellos al lugar donde se reunían las comadres sentadas en la plaza de la pequeña ciudad.
A medianoche la puerta de la casa de la niña retumbó con varios golpes que alteraron, siniestros, el silencio de la noche. La madre de la niña abrió la puerta un tanto asustada y se mostró confundida cuando ante su umbral vio una pequeña multitud de mujeres, comandadas por el joven párroco. Todos aquellos inesperados visitantes tenían ojos extraños y rostros demacrados y murmuraban  palabras sin sentido. Entonces, sin previo aviso, el sacerdote tocó con su mano helada la frente de la mujer.
Las imágenes fueron dolorosas como puñaladas en el corazón.
Vio a su marido acariciando a la niña, besándola, tocándola, llegando mucho más lejos de lo que ningún padre debería llegar jamás con su hija inocente.
- ¡¿Qué demonios sucede, mujer?!- gritó su marido saliendo de la alcoba. La voz del hombre sonaba pastosa por el alcohol injerido durante la tarde y la noche. Sus ojos enrojecidos y las venitas marcadas en las ásperas mejillas y en la bulbosa nariz mostraban a las claras cuan poseído estaba por el vino, su aliento hedía a vino rancio a una buena distancia.- ¿Qué hace toda esta chusma aquí a estas horas?
 La mujer lo miró con ojos oscuros teñidos de sangre. Si el odio y el desprecio tuvieran forma y ser, se encontrarían dentro de los ojos de esa mujer. En los ojos de de todas aquellas mujeres, de todas aquellas madres.
- La madre protege a sus hijas- dijo una vieja rolliza, vestida de negro con un delantal de cuadros azules, manchado de harina, atado al cuello y a la oronda cintura.
- La madre- murmuraron todas las mujeres a la vez como una segunda voz, como una letanía.- La madre… La madre…
El hombre miraba extrañado todo aquel bullicio en las puertas de su casa, como si fuera una mala ensoñación, provocada por los perjudiciales efluvios del vino que todavía inundaban su cuerpo
- El padre debería proteger a sus retoños- afirmó el sacerdote con voz fría, tétrica, inhumana, avanzando hacia el propietario de la casa. El grupo de mujeres lo siguió moviéndose al unísono, como si fueran una sola mujer.- Un padre no puede abusar de la confianza de una hija. Gaia, la madre de todos, está en nosotros. Habla en nosotros. Dentro de nuestras  cabeza. La Madre dice que debes ser sacrificado. Que debes regresar a la tierra, al polvo y a las cenizas donde no podrás hacer más mal a tu mujer y a tu pequeña. Acepta el don que te ofrece la Madre.
- ¡Qué demonios…!- fue lo único que aquel hombre pudo decir, pues el grupo de nuevos acólitos del resurgido culto a Gaia se abalanzaron sobre él descuartizándolo con las manos desnudas, sobre la misma mesa en la que horas antes había cenado sopa y patatas con una botella de vino malo.
En la pequeña habitación del fondo de la casa, la niña soñaba sueños felices, abrazada a su sencilla muñeca de trapo, acunada en el cálido canto de la madre tierra, que llegaba a ella a través del viento y de los árboles, mientras su padre, el hombre que había abusado sexualmente de ella repetidas veces, encontraba su fin entre dolor y sangre, regresando a la tierra a la que todos pertenecemos.

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6 comentarios:

  1. Buenísimo cuento de terror y, nuevamente, con un buen trabajo de documentación detrás. Me ha gustado la introducción de la diosa Gaia en una trama que pone de manifiesto unos de los grandes problemas de la sociedad. Si al final va a tener que ser la Diosa de la Tierra la que se encargue de estos asuntos en lugar del Defensor del Menor.

    Un saludo!

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  2. Muchas gracias Mr. M. No estaría mal que la diosa de la tierra tomara cartas en asuntos como esos. Un Saludo.

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  3. ¡Fabuloso Esteban! Oscura Realidad pura y dura!! Poco podría añadir a lo que Mr M, muy acertadamente, te ha comentado ¡coincido compañero! Abrazucu de los míos desde Villa de Rayuela!

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  4. Gracias Lucia. Como ves estoy poniendo en práctica tu recomendación de contestar a todos los comentarios. Tenías razón como siempre. Un saludo.

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  5. Me gusta particularmente el ritmo de esta narración, muy suave, muy fácil de seguir. Felicidades.

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  6. Gracias José. Me parece que ese sacerdote poseído por el espíritu de la madre tierra podría encontrarse cómodo cruzando tus puertas. Un saludo.

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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