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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

lunes, 14 de abril de 2014

BAAL

El juglar, el monje, el caballero y los cinco guardias reales, que les acompañaban,  llegan al pueblo abandonado tras largas semanas de viaje. Los rumores eran sin duda ciertos, las señales que han visto a lo largo del camino han sido certeras. El mal se encuentra en ese lugar, se puede oler en el aire, se siente en el ambiente pestilente y helado que emana de cada cabaña, de cada establo, de cada ventana. No hay ningún animal correteando  en los corrales, ningún pájaro surca el cielo, salvo un centenar de negros cuervos que clavan en ellos sus pequeños ojos  de miradas de ónice, posados juntos en un enorme roble que se alza en el centro de la pequeña aldea, nada vivo parece poder habitar allí. La niebla envuelve el lugar, parece acariciar el pueblo como una mortaja acaricia la piel de un cadáver. El silencio que surge del interior de la aldea es tan antinatural que enerva los nervios de los hombres y de sus monturas que se muestran agitadas y ansiosas, deseosas de abandonar aquel lugar de maldad al que les llevan sus amos.




Los  hombres atan sus caballos, el juglar intenta tranquilizar a su jamelgo, ofreciéndole  una manzana, su golosina preferida, pero el caballo se niega a comer, aterrado. El monje y el caballero se acercan a la fuente, bajo el roble, ante la atenta mirada de las aves carroñeras que lo pueblan. De la fuente no sale agua, solo un chorro de líquido negro y espeso como la pez.
- Este es el lugar sin duda- dice el caballero mirando con repugnancia el viscoso líquido que mana de la fuente.- Los cuervos, el agua del color y la textura de la brea…
El juglar que se ha acercado a ellos, dejando atado a su nervioso caballo, comienza a recitar a su espalda:


Y los cielos se oscurecerán allí donde sus restos posen
los cuervos de ese maldito lugar su morada harán
y las aguas negras como la noche se tornarán
nada vivirá allí donde sus sirvientes moren

Y la sangre de los hombres tierra seca se volverá
las moscas se alimentaran de los despojos
y lo que está muerto vivirá
las lágrimas sangre se tornarán en los ojos

Y las risas de los niños serán un recuerdo olvidado
allí donde la larga noche aguarda la maldad
y cuando despierte, la tierra entera regresará a la oscuridad
 para todos vendrá el final profetizado

Los guardias se rebullen, inquietos, dentro de sus armaduras. El caballero y el monje, observan al juglar en silencio. El caballero, sin decir nada, toma una afilada daga de su cinturón y se corta en la palma de la mano, un espeso polvo negruzco cae de la herida, como sangre seca, sobre la tierra.
Los guardias pasan de la inquietud controlada, al pánico creciente, sólo su firme entrenamiento marcial les impide regresar corriendo a los caballos y montar alejándose al galope de aquel lugar olvidado de la mano de los dioses, donde todas las señales indican que habita un mal profundo y antiguo. Un mal que todos en aquella tierra han aprendido a temer desde niños. Ninguno se atreverá a pronunciar el nombre de aquel mal. El señor de las moscas, el padre de las mentiras.
Un mal que ya dominó su mundo, mil años atrás, y que ahora cuando todos pensaban que no era más que una leyenda, un cuento de viejas para asustar a los niños, cobra forma delante de sus propias narices.
El rey, alterado por los siniestros rumores que llegaban desde las lejanas fronteras del norte, ha mandado esa pequeña expedición para investigar los rumores. Rumores que para el pequeño grupo se han ido volviendo certezas según avanzaban por los caminos del norte. Ahora ya no parece haber ninguna duda. El mal ha renacido en esa pequeña aldea de una tierra perdida y se encuentran muy lejos de cualquier posibilidad de ayuda, en manos de la oscuridad. Tanto el juglar, como el monje, como el caballero son hombres de la más absoluta confianza en el círculo privado del rey. Su labor consiste en solucionar problemas con discreción, rapidez y eficacia. En los últimos años han sido de mucha ayuda para su rey, por eso les ha encomendado esa extraña tarea.
- Deberíamos regresar- murmura finalmente uno de los guardias, dando voz al pensamiento de todos sus compañeros.- Debimos hacer caso al ermitaño que poblaba los restos de la última aldea. Nunca debimos llegar hasta aquí.
El monje lo mira con ojos severos, tan fríos como el hielo.
- Nuestro rey y señor nos dio la orden directa de investigar este asunto.
- Y lo hemos investigado. Hemos llegado hasta aquí. Hemos comprobado que las señales son ciertas. Las canciones eran ciertas. La vieja profecía es cierta, el Señor de las Moscas ha regresado. Regresemos a contárselo. Nuestro rey debe conocer la verdad sobre este asunto. Es de vital importancia que sepan lo que aquí ocurre. Que estén preparados para la llegada de la larga noche.
El viejo monje se queda pensando por unos momentos con la vista clavada en el árbol plagado de aves de mal agüero.
- No podemos irnos. Hay una posibilidad de que hayamos llegado a tiempo. Según la vieja profecía las señales indican el lugar donde reposan sus restos, puede que no haya renacido todavía. Si es así debemos intentar impedirlo por todos los medios. Quizá aún quedé esperanza.
- Uno de los guardias podría cabalgar a galope de caballo para hacer correr la noticia- dice el caballero, vendándose la mano de la que sigue saliendo polvo negro, con un paño de tela.
- Está bien- consiente el monje,- me parece buena idea. Es cierto que deben prepararse para lo que se avecina.
- Tú- señala el caballero al más joven de los guardias, un muchacho de no más de veinte años, que observaba todo con ojos aterrados.
- Mi señor, prefiero quedarme con mis compañeros- dice el muchacho con respeto, pero sin poder ocultar el profundo temblor de su voz.- Mi padre me enseñó que no se debe abandonar a los camaradas en la hora del peligro.
- Tu padre era un hombre de honor- afirma el caballero con orgullo.- ¿Estás seguro?
- Lo estoy, mi señor- asiente el muchacho con convicción, a pesar de sus miedos.
- Está bien. Como desees.- El caballero señala al guardia veterano que había argumentado que debían huir del lugar.- Lleva la noticia a nuestro rey y señor, que los dioses de nuestro pueblo le guarden y le den fuerzas para enfrentarse a lo que se avecina si fracasamos en nuestra misión. Cabalga a uña de caballo, no te detengas hasta que entregues tu mensaje.
El guardia mira con angustia una última vez a sus compañeros y corre junto a su caballo, monta sobre él y se lanza al galope, alejándose.
No ha avanzado mucho, cuando uno de los cuervos, que cubren el anciano roble, grazna con un cantó desagradable. Los cuervos alzan el vuelo todos a la vez como una capa hecha de sombras, su intenso aleteo ensordece los oídos de los hombres. La bandada de cuervos cae sobre  guardia y caballo como si fueran un único animal salvaje, un lobo atacando a una indefensa oveja. Los gritos de dolor y de pánico cesan muy pronto, dejando, tras ellos, sólo el silencio de la muerte. Los cuervos regresan volando sobre el grupo de hombres, los guardias se tiran al suelo, presintiendo la muerte volando con negras alas sobre ellos, el caballero protege al monje con su cuerpo, fornido y musculoso, de un posible ataque de los cuervos, el juglar permanece expectante, con una fina daga en la mano, en posición de alerta, pero las aves les ignoran, regresando a su árbol, como si aquellos intrusos no se encontraran allí.
Una vez que se aseguran de que  las aves carroñeras no les  van a atacar por el momento, corren en ayuda del hombre caído, pero es muy tarde para él, sólo encuentran el cuerpo sin vida del guardia, plagado de feas y profundas heridas de picos y garras, cubierto del polvo oscuro en el que se convierte la sangre en aquella aldea. Los ojos del hombre han desaparecido, dejando las cuencas vacías del guardia, observando, sin verlo, el oscuro cielo del atardecer que cubre ese lugar maldito.
El monje se arrodilla junto al cadáver para darle su última bendición, pero el juglar toma el delgado brazo del hombre de iglesia y le fuerza a levantarse con un brusco tirón. El monje observa confuso al juglar.
- Y lo que está muerto vivirá- recita el juglar, como un funesto presagio, un verso de la antigua profecía.
Todos retroceden un paso, alejándose del cadáver de su compañero, pero nada sucede. Observan el cuerpo en silencio durante un largo rato, expectantes.
- He de dar la última bendición a su alma- dice con firmeza, finalmente el monje, soltándose de la mano del juglar que todavía lo sujetaba del hombro.
El juglar mira al caballero que es quien se mantiene más cerca del cuerpo mutilado. El caballero asiente. El juglar suelta,  despacio,  su presa sobre el brazo del monje
- Tened cuidado, eminencia- dice con preocupación.
- Lo tendré- responde el religioso, tratando de mostrar seguridad y fuerza en su voz.
El monje se acerca al cadáver, muy despacio, observando el cuerpo inerte, temiendo que en cualquier momento cobre vida.
El caballero se aproxima junto a él, protegiéndolo de cerca, con su enorme espada dispuesta ante cualquier suceso extraño. El monje recita las palabras sagradas de la bendición y besa la frente del hombre muerto. Por un segundo todos contienen la respiración temiendo que el guardia muerto, despierte del mundo de los muertos de pronto, mordiendo el cuello del monje, con sus dientes manchados de reseca sangre renegrida, pero nada sucede. Cuando el eclesiástico se aparta finalmente del cuerpo del guardia, todos suspiran con alivio.
- Por lo visto no todas las líneas de la profecía son ciertas- dice el juglar con una mueca en forma de sonrisa en su boca.- Permitirme que os diga eminencia, con todo mi respeto: los tenéis cuadrados.
El monje suelta una franca carcajada, tan profunda y sincera, que hace que todos rían nerviosos. Sus miradas se vuelven hacia el árbol desde donde millares de ojillos negros los observan con malevolencia. Esos ojos sombríos nada entienden de risas y carcajadas.
Entonces el más joven de los guardias, a quien su padre le ha enseñado que no se abandona jamás a los camaradas en momentos de peligro, grita de dolor. El cadáver  se ha arrastrado hasta él y muerde su pierna, una y otra vez, con saña. Las cuencas de los  ojos vacías, mirando sin ver, tantea sus piernas con manos destrozadas por las heridas, e intenta trepar por ellas para alzarse. No deja de morder, ni por un instante, destrozando la pierna del muchacho con sus dientes.
El caballero reacciona con presteza, su acero se incrusta en la espalda del guardia muerto clavándole en el suelo, pero sigue moviéndose, estirando sus brazos hacía el muchacho, que se arrastra, ayudado por el juglar, lejos de su antiguo camarada. La mandíbula del cadáver se abre y se cierra, continuamente, mordiendo el aire con un hambre desesperada.
Viendo que la terrible herida que ha infligido en la espalda del muerto viviente, no termina con su existencia. El caballero grita pidiendo ayuda:
- ¡Descuartizarle! ¡Maldita sea! ¡Por los dioses! ¡Desmembradle!
Los tres guardias que quedan  en pie, acuden en su ayuda. Golpean y tajan con sus hachas y sus espadas, hasta que el cuerpo de su antiguo camarada queda repartido en decenas de pedazos en un charco de polvo negruzco. Incluso las pequeñas partes siguen moviéndose, arrastrándose como gusanos enterrados en el fango, tratando de buscar el calor de su carne.
Entonces el mismo grajo, que gobierna la copa del árbol, vuelve a graznar y los cuervos caen sobre ellos como una ola de mar.
- ¡A la iglesia!- grita el caballero, señalando con su espada el edificio más alto y resistente de la abandonada aldea.
El juglar levanta al joven herido e intenta arrastrarlo hacia la iglesia, cojeando, por suerte el caballero llega a su lado y lo levanta con su fuerte brazo ayudando al juglar en su auxilio al guardia. La pierna  del muchacho cuelga destrozada, mostrando un hueso blanco bañado de polvo negro. Entre los dos pueden, no sin dificultad, arrastrarlo hasta su destino, bajo la furia de los cuervos.
Llegan a la iglesia perseguidos por las aves carroñeras que han arañado su piel y buscado sus ojos con los  afilados picos. Cierran la puerta tras de ellos y matan a los pocos cuervos que han entrado dentro del edificio, hasta que no queda ninguno con vida.
El monje tumba al muchacho en un banco de madera de la iglesia y trata de ayudarle, mientras los cuervos, en el exterior del templo, sobrevuelan con terribles graznidos el lugar. Tratando de entrar, chocándose con las paredes, el tejado y las vidrieras, el continuo aleteo sobre sus cabezas es enloquecedor.
Tras examinar la pierna del muchacho, durante un buen rato, el monje se acerca al caballero con gesto serio cargado de pesar.
- Es un muchacho valiente, se recuperara- miente el caballero, escrutando los ojos del monje donde se ve grabada la verdad.
El joven guardia grita de dolor, un dolor terrible lo quema por dentro, la infección se propaga con rapidez por todo su cuerpo, abrasándole como un fuego, arde por dentro como si se hubiera tragado el ascua de una hoguera. Su dolor parece inimaginable. Grita plegarias a los dioses que no son escuchadas. No existe lugar más lejano a los dioses que aquel lugar de maldad. El caballero se acerca al muchacho, acaricia sus cabellos rubios con afecto y con lágrimas en los ojos clava su puñal  en el cuello del joven, dándole una muerte rápida y piadosa. Las lágrimas se vuelven sangre en el mismo instante en que brotan de los ojos del caballero, como anunciaba la profecía. El monje se acerca con presteza a dar su bendición y su último beso en la frente al pobre muchacho, finalizada la bendición, se pone en pie y consuela a su viejo amigo, apretando con amistad su hombro. El caballero, sin dejar de llorar, toma un hacha de uno de sus hombres y descuartiza el cuerpo del joven con rabia ciega, ante la aterrada mirada de todos.
- Debemos encontrar el lugar donde reposan los restos de Baal- dice el monje con firmeza, no permitiendo que su voz deje atisbar el temblor que siente, ante lo que acaba de presenciar y lo que les aguarda.
Cuando los guardias escuchan el nombre pronunciado por el servidor de la iglesia se persignan aterrados, el juglar se pone blanco como la cal, e incluso el caballero parece incomodo.
- Sí- afirma el monje, mirando con furia a todos.- ¡Baal! ¡Yo nombro a nuestro enemigo! Durante siglos hemos guardado su nombre como si mencionarlo fuera a provocar su regreso, pero yo le doy nombre, Baal, el Señor de las moscas, el padre de las mentiras, el amo de la carroña. Yo lo nombro y no lo temo, mis dioses me dan fuerza para luchar contra él. Y a vosotros también. Hemos llegado hasta aquí para destruirlo y nada nos detendrá. ¡Mi fe me guía!
Una risa burlona, que retumba como un trueno en la pequeña capilla llega desde la cripta. Una risa que hiela la sangre y hasta el tuétano de los huesos de los hombres.
- ¡Está despierto!- grita uno de los guardias, temblando como un niño enterrado en la nieve.- ¡Hemos llegado demasiado tarde! ¡Está despierto! ¡Estamos malditos!
- Mi fe me guía- repite el monje con seguridad avanzando hacia la oscuridad de la cripta.
El aleteo y los graznidos de los cuervos cesan de pronto, como si nunca hubieran quebrado la quietud de la aldea, dando paso al silencio y el silencio da paso a un suave zumbido que comienza a crecer hasta hacerse insoportable. Viene de la cripta que espera ante ellos como una boca abierta. De esa boca surge, de pronto, una masa informe, un descomunal enjambre de moscas que llena la iglesia. Una marea negra de muerte.
- Mi fe me guía- repite una vez más el monje, antes de que las moscas lo cubran por completo se introduzcan por su boca y su nariz, hasta colapsar sus pulmones.
- Su fe le ha guiado, sin duda, lo ha guiado hasta la muerte- dice una voz profunda surgida del zumbido del enjambre. La voz está formada del propio zumbido. Es el zumbido. Las moscas se congregan sobre el altar del templo, dando forma a una enorme  figura sombría, con vaga forma humana.
- Baal- musita el juglar, aterrado, diciendo un nombre que le han aleccionado para no pronunciar nunca en su vida, desde su más tierna infancia.
La figura hecha de moscas sonríe al escuchar al juglar.
- Sí, ese es mi nombre- dice con toda su atención puesta en el juglar.-Tengo una misión para ti. Quiero que seas mi heraldo. Que avises de mi llegada a todo hombre, mujer y niño con el que cruces tus pasos. Quiero que todos sepan que el final de su mundo ha llegado y lloren desesperados. Que comienza una nueva era de oscuridad. La larga noche.
- Y si me niego- responde el juglar, tras echar una mirada de tristeza al cuerpo inerte del monje con el que ha compartido tantas aventuras en los últimos años, esquivando a la muerte, para terminar así.
- Entonces te ocurrirá lo que a él- responde la masa de insectos, señalando el cadáver  del religioso que se pone en pie, como una marioneta, y se arrodilla adorando al señor de las moscas. Te convertirás en un siervo de mi voluntad como todos los demás, durante los mil años que ha de durar la larga noche.
El caballero carga de pronto contra el ente de la oscuridad, espada en mano  con un grito de rabia pegado en los labios. La espada secciona limpiamente la cabeza del amo de la carroña, pero la cabeza cercenada se disuelve en una nube de moscas, que pronto vuelven a tomar forma sobre sus hombros.
Baal ríe con estruendosas carcajadas que hacen retumbar la iglesia, ante el estéril ataque del poderoso caballero, tan inofensivo ante él como un niño que jugara con espadas de madera. Con un solo toque de uno de sus dedos consume al caballero en cenizas. A una indicación suya el cuello de uno de los guardias se quiebra con un chasquido terrible. Lo mismo sucede con la espalda de los otros dos guardias. Los tres cadáveres pronto se levantan y se postran ante aquel demonio que ahora es su amo y señor.
- Así está mejor. Ahora podremos hablar sin que nos molesten- dice  Baal.
El juglar llora lágrimas de sangre.



La larga noche llegó y cubrió aquellas tierras con su manto. El heraldo de las Tinieblas acudió de pueblo en pueblo, anunciando la llegada de las sombras y el mal siguió sus pasos, tras él llegaban la muerte y la esclavitud. Durante mil años las sombras gobernaron ese mundo. Y la esperanza desapareció de la faz de aquellas tierras, pero una canción,  una sencilla canción, que paso de padres a hijos, de los esclavizados humanos, escrita por un juglar que sirvió a su enemigo hasta encontrar su punto débil, trajo la liberación a su pueblo y un rayo de sol regresó al mundo tras mil años sumido en la oscuridad. El juglar sabiendo la importancia del secreto que había descubierto, ocultó la verdad en una inocente canción infantil que las madres cantaron a sus hijos durante siglos. Llegó el día en que un niño, esclavo de las sombras como todos los humanos, comprendió el secreto oculto en los versos de la canción. Y cuando ese niño creció, emprendió un camino plagado de oscuridad y peligros que le llevó a derrotar a Baal y a las sombras, por lo menos durante otros mil años, hasta que la profecía se volviera a cumplir y regresará la larga noche.

4 comentarios:

  1. Muy bueno. Has creado un ambiente tétrico y agobiante y la personificación del mal con esa figura compuesta de moscas me ha parecido estupenda.
    Tiene gracia, hace muy poco publiqué un relato con Baal como protagonista también, aunque no tiene nada que ver con el tuyo. Te dejo el enlace por si no lo has leído. Dos visiones completamente distintas de un mismo personaje.

    Un saludo.

    http://elblogdemr-m.blogspot.com.es/2014/03/relato-carnaval-parte-i.html (Parte 1)

    http://elblogdemr-m.blogspot.com.es/2014/03/realto-carnaval-parte-ii.html (Parte 2)

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    1. De este relato me gusta sobretodo el ambiente, pero no estoy demasiado satisfecho con el resultado final, creo que daba para más, pero no fui capaz de sacarle todo el jugo. En cuanto tenga un minuto me paso a leer las dos partes de Carnaval . Un saludo.

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  2. Fabuloso Esteban!! Creo que la sola mención a ese heraldo que, perdona mi atrevimiento, ya parezco conocer y apreciar en cierta manera, hace que tu texto me lleve a encajar tu Oscura Realidad en toda su dimensión. Algo de lo que tendré que hablarte, porque, aunque puede que esté errada (incluso, herrada, por lo loca de mi idea), creo que tu "PROYECTO" tiene una estructura clarísima que te sugiero shhhhhh no nos desveles del todo. UN PLACER LEERTE AMIGO. Abrazucu de los míos desde Rayuela!

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    1. Espero que me cuentes tu idea. Me encantan las ideas locas. Son las que más juego dan. Un abrazo Lucia, me alegra que te haya gustado.

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