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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

lunes, 21 de abril de 2014

EL SUEÑO DE UNA NOCHE EN LLAMAS

La  gran ciudad ardía en la oscuridad como una inmensa bola de fuego, con llamas tan altas como edificios y era un espectáculo inigualable para los ojos, mucho más para unos ojos como los suyos que veían cada ínfimo detalle, cada mota de polvo flotando en el ambiente. Poseía unos ojos almendrados que brillaban con los reflejos de las hogueras, con destellos dorados como dos pequeñas cuentas de oro líquido, bajo la oscuridad de la capucha negra se intuía un rostro muy pálido, coronado por un indomable cabello de un color  rojo intenso que asomaba, como una llamarada más, entre el resto de lenguas de fuego que invadían la noche.  Sus movimientos rápidos, suaves y fluidos mientras corría por la azotea del rascacielos forjado de cristal y hormigón no eran del todo humanos, en realidad ningún humano hubiera soñado jamás moverse con semejante agilidad, solo comparable con la de un felino. Vestía ropajes oscuros, que parecían hechos con retales de telas viejas, saltó de una azotea a la siguiente como quien salta un pequeño escalón y se detuvo para lanzar una mirada al fuego purificador que invadía la noche, hasta allí donde abarcaba la vista. La gran ciudad había sido sacrificada al dios del fuego como un virgen inocente en un sangriento ritual satánico.
La puerta metálica de la azotea se abrió de golpe, dando paso a un grupo de matones vestidos con elegantes trajes oscuros y gafas de sol  de marca, que reflejaban las llamas de la gigantesca hoguera como espejos. El último hombre que entró era inmenso, una mole de más de dos metros de alto, y de una anchura de hombros similar a la de un armario ropero. Tenía la cabeza completamente afeitada como una bola de billar y no tenía cejas ni  pestañas. Portaba un traje blanco inmaculado. En sus gordos dedos, sus pequeñas orejas y su grueso cuello el oro se comportaba como una amante fiel y lo rodeaba con un abrazo amoroso, casi lujurioso. Aquel hombre amaba el oro sobre todas las cosas con una pasión enfermiza y obscena.



La figura oscura de ojos dorados y cabello pelirrojo se mantuvo inmóvil, su rostro cubierto por la capucha no dejaba ver su expresión bajo las sombras.
- Teníamos un trato, un pacto- dijo el hombre gordo, con voz tan  desagradable como el chirrido de una tiza mal usada sobre una vieja pizarra de escuela, adelantándose a sus matones.
La figura encapuchada nada dijo, se mecía como un junco al viento, balanceándose con el fuerte viento que azotaba el rascacielos.
- ¿Dónde está el oro?- preguntó el gordo, comenzando a enfadarse. No parecía un hombre con demasiada paciencia. Su rostro abotagado se enrojeció de furia.
Se cuenta en los círculos más oscuros que una vez aquel hombre estaba esperando en un restaurante de lujo que le sirvieran un plato exquisito, por desgracia un inoportuno percance en la cocina del restaurante hizo que su plato se retrasara unos minutos y llegara frío a su mesa. El señor del crimen nada dijo, se levantó sin probar el plato, caminó hacia la cocina con parsimonia, moviendo su pesado cuerpo tan lentamente como un anciano elefante dirigiéndose moribundo por la senda que conducía al cementerio de elefantes, entró en las cocinas, sacó su arma y disparó un tiro en la boca del cocinero. Después se dirigió a su mesa, cogió al camarero por el cuello, restregó su cara contra el contenido del plato y le rajó la garganta dejando que se desangrara sobre el asado, se  limpió las obesas manos con una servilleta, se sentó en otra mesa vacía, comió tranquilamente el plato que le sirvieron con presteza y salió de allí con la misma parsimonia de viejo paquidermo, sin inmutarse. Cuentan que había varios jueces, fiscales y altos cargos de la policía en aquel restaurante. Ningún representante de la ley movió un solo dedo. Enterraron silenciosos las cabezas en sus platos, haciendo ojos ciegos. Tal era su poder y el temor que inspiraba. Y tal era la corrupción que invadía como un cáncer aquella urbe.
En la azotea del rascacielos uno de los lacayos de gafas oscuras mostró la culata de un arma semiautomática bajo la chaqueta del traje negro, al intuir la impaciencia en la voz de su señor.
Entonces la capucha cayó sobre los hombros, dejando a la vista el rostro más bello que ninguno de esos hombres había visto jamás. E incluso entre aquellos hombres sin corazón pudo escucharse alguna exclamación de admiración o se escapó de sus bocas un suspiro de excitación, pero el hombre calvo con el traje blanco no se dejó embaucar por la belleza de aquella mujer, que no era una mujer. Lo cierto era que sus preferencias sexuales tenían que ver mucho más con niños que con ninguna mujer, por lo tanto aquella hembra no ejercía ningún influjo sobre él. Eran voz pública, en aquella ciudad corrompida, las vejaciones y torturas a las que aquel hombre seboso sometía a los niñitos que cada noche llegaban a sus opulentos aposentos para cuando salieran de allí, si es que la tortura no era tan brutal y violenta que les llevaba a la muerte, nunca volvieran a ser los mismos.
- ¡Hemos prendido fuego a toda la maldita ciudad!- exclamó alzando los pesados brazos con un gesto teatral mostrando su obra: la ciudad ardiente.- Las llamas se ven desde cientos de kilómetros de distancia. Es un espectáculo inigualable. Se nos prometió cubrirnos por completo en una montaña de oro, es hora de ver el pago.
La hermosa muchacha de ojos dorados y piel pálida sonrió con una sonrisa que derritió los corazones de aquellos hombres, menos, por supuesto, el oscuro y podrido corazón del orondo señor del crimen, e hizo hervir lo que había bajo sus calzones. Después de sonreír, chasqueó los dedos y algo imposible sucedió detrás ella: el sol brilló en la noche bajo un cielo azul y una llovizna fina mojó sus hombros, y con el sol y la lluvia se formó un intenso arco iris,  bajo el arco iris había un  leprechaun sentado sobre una enorme olla repleta de  monedas de oro recién acuñadas, el duende tomó una moneda entre sus dedos y silbó una vieja melodía, la moneda danzaba entre sus dedos como si tuviera vida propia al ritmo de la melodía, pronto varias monedas hicieron lo mismo bailando entre sus dedos, por sus hombros, sobre su cabeza, alrededor de sus pies. La primera moneda saltó  de la hoya, rodando por el suelo de la azotea, cruzando junto a las esbeltas y largas piernas de la mujer pelirroja y yendo a parar a los pies revestidos por unos caros zapatos italianos del hombre gordo del traje blanco. Entonces la moneda brinco directamente al bolsillo del pecho de la blanca chaqueta, donde el hombre llevaba doblado un  pañuelo rojo como la sangre.
El hombre gordo rió con una seca carcajada, que sonó tan extraña en la azotea como si no estuviera acostumbrado a reír. Los secuaces miraban todo con ojos como platos, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo en aquella azotea, como si estuvieran extraviados en un sueño.
Una segunda moneda imitó a la primera y después, una tercera. El gordo, ahora sí, reía a carcajadas: tan ásperas como los graznidos de un viejo cuervo desplumado. Pero pronto sus risas se ahogaron, pues las monedas bailaron juguetonas hacia a él a miles, a decenas de miles, corrían como un río  de oro por la azotea desde la hoya hacia el grupo de hombres, La puerta metálica se cerró de pronto evitando la huida de aquellos hombres, mientras las juguetonas monedas de oro seguían fluyendo sin cesar. Pronto aquellos hombres se vieron desbordados por semejante muralla de oro, que terminó sepultando con su peso dorado hasta cubrir por completo al enorme hombre de traje blanco y a sus sicarios.
El arcoíris desapareció a la vez que el leprechaun y la hoya de oro, dejando en su lugar la figura de un hombrecillo delgado y cetrino que apareció de la nada, justo detrás de la muchacha pelirroja.
- Trato cumplido, se selló el pacto- dijo Rumpelstinkin con una aviesa sonrisa, frotándose sus delgadas y pálidas manos con satisfacción.- Una ciudad ardiente a cambio de ser cubiertos por una montaña de oro. ¡Un muy buen trato, sí señor!
Oberón surgió desde las sombras, iba todo vestido de verde con elegantes ropajes, su pelo era rubio, casi albino, y sus ojos tan verdes como pulidas esmeraldas. Se acercó a la reina Titania, la abrazo por detrás besando su cuello y sus cabellos de fuego. Ella apoyó su cabeza en el pecho de él, dejándose acunar entre sus cálidos brazos. Así,  abrazados, gozaron juntos de la espectacular visión de la noche ardiente que se mostraba a sus pies. Ella se giró, escrutando los ojos de él en su momento de triunfo y él la besó con pasión, perdiéndose en su perfecta boca.
El rey de las hadas sonrió con una encantadora sonrisa.
En esa sonrisa vivían las carcajadas de todos los niños y en la chispa de sus ojos se almacenaba la alegría de todos los seres de la creación. Dijo:
- El día ha llegado.
En su voz  cantaban todos los pájaros del cielo. Comparada con aquella voz, toda la música escrita por los compositores humanos a lo largo de la historia quedaba reducida a desagradables graznidos de cuervos de negras alas.
Oberón habló de nuevo, las palabras que salieron de su boca fueron tan heladas como el corazón del invierno y tan oscuras como el abismo del que no se regresa.
- El fuego y la muerte, el sacrificio de una ciudad entera han abierto una puerta que llevaba miles de años cerrada. Matadlos a todos. No dejéis ningún ser humano con vida. Arrebatarles sus negras almas, su  mundo, sus sueños. Su tiempo se acabó. Lo han desperdiciado. Es nuestra hora. Es la hora del crepúsculo.
Las huestes de las hadas cruzaron la puerta al mundo de los hombres, llevando la muerte y la destrucción  atadas en sus negras alas.  Tras las hadas venía un ejército de gigantescos trols de pieles rocosas y ásperas y colmillos afilados, pertrechados con enormes mazas de piedra. Los esbeltos elfos continuaban la marcha  con arcos y cuchillas, protegidos con armaduras de placas doradas. Duendes y trasgos corrían detrás de ellos, dragones y endriagos surcaban los cielos de la noche, seguidos por miles y miles de criaturas extrañas, bellas u horribles. Seres fantásticos dispuestos a invadir la realidad cotidiana de un mundo abocado al fracaso por su propia decadencia y corrupción.


El mundo de los hombres cambió entonces para siempre. Los seres humanos fueron extinguidos de una tierra a la que sólo habían traído dolor y sufrimiento. Los señores del crepúsculo, hasta ese día poco más que mitos y leyendas, cuentos infantiles, formaron un nuevo reino sobre las ruinas de la sociedad humana y fue un reino mejor y más justo.

4 comentarios:

  1. Wao!! Esteban, me has dejado indecisa. El primer sentimiento que me inspira este relato es algo que me avergüenza admitir. ¿Quiero que la humanidad se extinga si eso supone que las hadas y los cuentos ocupen el lugar del mundo actual? Me limitaré a disfrutar de tu Oscura Realidad sin plantearme grandes posibilidades... no sea que un día Rumpelstinkin me proponga un trato y ceda sin pensarlo con tal de poder "jugar con Oberon" Mi más sincera enhorabuena compi. Abrazucu de los míos desde Villa de Rayuela!

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  2. Gracias Lucia. Yo también pienso que sin duda un mundo así sería mucho más interesante. Un abrazo.

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  3. Jo, tío, con cada cosa que escribes me enganchas más. Me ha encantado el nacimiento de ese nuevo mundo y, como siempre, me gusta mucho la constante revisión y actualización que haces de la mitología. Creo que no exagero que te estás construyendo un gran estilo propio.

    Felicidades!

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    1. Muchísimas gracias, Mr. M. Mi ego acaba de subir un montón, Por las nubes diría yo. Entre eso y Lucia que se empeña en llamarme genio, voy a empezar a creérmelo, je, je. Un saludo tío.

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