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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 1 de abril de 2014

UN CORAZÓN DE PIEDRA

Los gritos, los insultos y los golpes se escuchaban desde el exterior de la casa con rotunda claridad, las grises figuras de los paseantes que cruzaban la calle, bajo la fría cortina de la lluvia de otoño, se detenían un momento, alarmadas, pero después de unos instantes de duda, agitaban la cabeza como quitándose un peso molesto de encima, el peso de su conciencia, y se alejaban con pasos rápidos haciendo oídos sordos a lo que ocurría en el interior de aquella vieja casa de  puerta carmesí del color de la sangre coagulada.
Todos en la pequeña ciudad conocían bien el humor agrio de ese hombre y el mal vino que le embargaba tras pasar largas horas en el mugriento bar de la esquina de su calle, trasegando en silencio vaso tras vaso de vino barato, sentado en una esquina de la barra con gesto  huraño, encorvado en su alta butaca,  cetrino, hosco, oscuro como un lienzo de Goya de la época en que al genial sordo le dio por pintar sombras.
Todos en la pequeña ciudad habían visto a su abnegada mujer con moratones en los brazos, el labio partido en dos, el ojo hinchado y teñido de un color amarillento de golpe viejo y cruel. 



El maestro de la modesta escuela de la ciudad, que daba las lecciones a su hija sabía bien que la pequeña, a veces, se quedaba en blanco como un muerto en vida, como un jarrón sin contenido y comenzaba a temblar y a llorar sin motivo aparente, un llanto largo, profundo, desgarrador. Pero estamos hablando de otro tiempo al que nos ha tocado vivir, hablamos de la triste España de la posguerra donde a nadie parecían importarle estas cosas, pues bastante tenían con lo que pasaba en sus propias casas: hambre y miseria, principalmente, como para preocuparse porque a un miembro de las fuerzas del  orden se le fuera la mano con su esposa y su hija. El problema es que no era nada raro por aquel entonces que al hombre de la casa se le fuera un poco la mano, o el cinto, con su esposa y sus hijos, y lo cierto es que no lo es tampoco ahora, por desgracia.
Si hubiéramos entrado  dentro de la casa, habríamos visto abandonado en el suelo el detonante del estallido de violencia y furia: un plato de sopa demasiado sosa o demasiado salada, demasiado fría o quizá un tanto así, una miaja, demasiado caliente, pues poco importaba el motivo para un hombre como el hombre del que os hablo. Si no hay motivo un hombre así lo busca o se lo inventa. En la mesa de la cocina hubiéramos visto una botella de vino mediada y un vaso casi vacío al que sólo le faltaba por vaciar un mal trago, junto al vaso un mendrugo de pan duro que parecía capaz de dar cuenta de cualquier dentadura por fuerte que ésta fuera, una servilleta blanca con un bonito bordado, un tricornio negro y una silenciosa y amenazante arma de fuego en una cartuchera de cuero.
En el suelo de la cocina  se arrastraba una mujer rolliza que pudo haber sido bella en su juventud, pero cuya belleza había muerto ajada, debido a los años de maltrato, cuando la vivaz alegría de sus ojos se apagó por completo para no regresar jamás y dejar una sombra gris  de desesperanza en su lugar.  La mujer reptaba huyendo de su maltratador, de su esposo, de su amo y señor. ¡Maldito sea! Maldito sea el día lejano en que por no quedarse solterona para toda la vida, sin un hombre que la mantuviera, aceptó la petición de matrimonio de aquel guardia serio y severo, de espeso bigote y ojos oscuros y fríos. La mujer reptaba escapando, mientras le llovían los golpes y las vejaciones, reptaba con la vista fija en el cuchillo de cortar carne que asomaba junto al fogón, aún sabiendo que jamás tendría el valor de empuñar el cuchillo y hacer lo que debía hacerse. Con la boca llena de sangre la mujer imploró perdón, suplicó para ablandar el corazón del hombre, pero aquel hombre tenía el corazón de piedra.
 En su pequeña y sencilla habitación la niña,  acurrucada bajo las sabanas,  temblando, abrazaba a su pequeña muñeca de trapo, tapando con sus  manitas los oídos sordos de la muñeca para que la pobre e inocente muñeca no escuchara lo que pasaba en la casa, para que la muñeca no tuviera miedo de los gritos, los insultos y los golpes.
Entonces su abuelo que dormía roncando en el jergón de al lado se incorporó, miró a la temblorosa niña cubierta por las sabanas, se levantó de la cama acompañado del  áspero crujido  de sus articulaciones desgastadas por los años, se sentó al lado de la niña y la abrazó con el gesto torpe de quien no está acostumbrado a abrazar.
 El hombre mayor, que olía a tabaco negro,  a ropa vieja, a ajo crudo, a tos seca y a caramelo de menta, tenía hace tiempo pérdida la cabeza. Demencia senil se llamaba en aquel entonces ese mal terrible, que ahora tiene el nombre cruel de Alzheimer, nombre que con solo escucharlo hiela los corazones de los seres humanos, pues no hay mal peor que ver como tu mente se pierde poco a poco en la nada. Y ese hombre viejo, gastado, nada más que un guiñapo esperando la llegada de la muerte, sin poder recordar nada de su vida, ni de aquellos a los que había amado, comenzó a hablar en voz baja, comenzó a contar un cuento a la niña y a la muñeca. Un cuento contado por alguien que jamás había contado un cuento:
<<Siendo niño yo, vivía en esta misma casa con mis siete hermanos y mis tres hermanillas  cuando este lugar no era más que un pueblo de cuatro casas y tierras secas y agostadas. Mis padres eran los más buenos del mundo- cuando dijo esto se le llenaron los ojos de lagrimas, a pesar de que llevaba largo tiempo sin poder acariciar el recuerdo de sus padres ni de sus siete hermanos y sus tres hermanillas, de los que ni siquiera recordaba los nombres, como tampoco recordaba el nombre de la niña con la que compartía cuarto desde hacía varios años y por supuesto no sabía que aquella niña, de ojos azules y hoyuelos en las mejillas, era su nieta.- Eran tiempos duros para gentes duras, lo compartíamos todo y pasábamos juntos miserias y alegrías, pero éramos felices. Mis hermanos eran los mejores amigos que se pueden soñar y mis hermanas eran dulces y alegres, sus risas inundaban la casa como una fresca lluvia de primavera limpia el campo por la mañana. Pero yo era un soñador en aquel entonces y a veces me gustaba estar solo, lejos de la agitadora vida familiar en una casa diminuta llena siempre de gente, por eso solía esconderme en el desván de la casa,  plagado de bultos y de cosas viejas, de trastos inservibles, polvo y de grises telarañas, como cortinas, por las que correteaban los arácnidos buscando moscas atrapadas en sus trampas. Me escondía allí, acurrucado, entre  un viejo mueble apolillado y la desconchada pared del fondo del desván, tumbado bajo una manta raída, observando el cielo por la claraboya y me dedicaba a soñar despierto. A inventar cuentos e historias.
Un día mientras me encontraba en el desván dejando volar mi imaginación más allá de de lo que nunca jamás mis hermanos, con los pies siempre bien asentados en  la tierra, llegarían a entender, escuché  un ruido extraño, una clara maldición bastante obscena que entonces, a mi corta e ingenua edad, no comprendí, seguida de un ruido sordo de algo golpeando el suelo de madera del desván.
Así fue como conocí al trasgo del hogar que cuidaba de esta casa. Era un pequeño ser  del tamaño de un palmo, tenía  orejas puntiagudas, pelo rojizo como las llamas de una hoguera, nariz ancha aplastada como si se la hubieran roto de un buen golpe, ojos saltones como los de un sapo, miembros delgados y panza considerable para tan pequeño engendro. La abultada panza era debida, como supe luego, a que  le encantaba comer sobre todas las cosas. Aquel extraño y extravagante hombrecillo cuidaba del hogar, y de la familia que en ese hogar vivía, desde tiempos inmemoriales.
Durante unos meses jugué a mil juegos y aprendí mucho del pequeño trasgo, pero un día lo encontré muerto en el cepo de una trampa para ratones. El pobre idiota se dejó llevar por la gula y su cuello se rompió al intentar hacerse con el pedazo de suculento queso que mi padre ofrecía como cebo a los incautos roedores. Apesadumbrado por la muerte de aquel ser al que había llegado a considerar mi amigo, lloré durante toda una tarde de tormenta viendo las gotas de lluvia golpear el cristal de la claraboya mientras los relámpagos iluminaban la noche acompañados del retumbar de los truenos. Finalmente con toda la solemnidad que el momento requería metí el cuerpo inerte del trasgo en una carcomida caja de cartón, dije algunas confusas palabras de recuerdo que apenas se entendieron, debido a mi profundo ataque de llanto, y oculté la caja con el cuerpo de mi amigo, bajo todos los trastos del desván, en el rincón más oscuro. Fue a partir de entonces cuando las cosas comenzaron a ir mal en la familia y en la casa. Una cruel y mala enfermedad se llevó a dos de mis hermanillas y a  tres de mis hermanos. Poco después de semejante tragedia mi padre tuvo un accidente en el campo y volvió moribundo. Tras cuatro largos días de sufrimiento, murió en brazos de mi madre. La vida en aquel hogar que había sido feliz se tornó triste y gris. No hablábamos entre nosotros, ya no había risas ni canciones. Mi madre se dejó llevar por la tristeza hasta la muerte, derrotada por la pena. Mis otros hermanos abandonaron la pequeña aldea y emigraron a la gran ciudad donde había más trabajo y más oportunidades, para nunca más volver. Yo me quedé. Me resistía a abandonar aquellas paredes y aquel techo llenó de goteras en los que había disfrutado de una infancia feliz, rodeado del amor de los míos. Trabajé como una mula en el campo, para sobrevivir, y tuve mi propia familia, una mujer y una hija, pero la amargura y la pena que me embargaban impidieron que las hiciera feliz, pues la alegría ya no se encontraba dentro de mí y no pude darles aquello que ellas se merecían, hice su vida miserable y desgraciada.
El tiempo pasó el poblacho se convirtió en una pequeña ciudad, llegó la guerra y quedó atrás, nunca regresó la felicidad a esta casa, pues el trasgo estaba muerto.
Una vez, cuando yo ya era un hombre adulto, que apenas recordaba al hombrecillo más que como un extraño sueño, escuché contar a una vieja gitana que el corazón de un trasgo se convierte en piedra, una vez que muere, y que semejante guijarro es una piedra de gran poder, una piedra que puede conceder deseos si hay alguien que crea en esos deseos con la fuerza suficiente, pero que sabría aquella vieja borracha de trasgos y seres similares si no había visto ninguno jamás y sólo relataba, con boca deslenguada, lo que a ella le había contado otra vieja gitana siendo niña. No. El trasgo se fue para siempre allá donde vayan los engendros como él y detrás de él vino la ruina. Por eso no busqué la piedra. No la busque durante muchos años, pues yo ya no creía en nada, pero esta noche antes de acostarme, esta noche, digo, cuando ya no soy más que un vejo inútil con la cabeza pérdida, esperando la visita de la muerte, un viejo inútil sin ningún recuerdo, he recordado la historia y he subido al desván, he rebuscado hasta encontrar la caja de zapatos y la he abierto. Nada quedaba en la caja salvo un polvo rojizo y una pequeña piedra rugosa del tamaño de un dedal. Y  éste, niña de mi corazón, es mi regalo. Esta historia y esta piedra. Si crees, puedes. ¡Creé, mi niña! Cree con toda tu alma. >>
Dicho esto  el anciano miró a la niña como si no la hubiera visto en su vida, se levantó, se volvió a meter en su jergón y se quedó profundamente dormido, ajeno a la historia que acababa de contar y ajeno también a los gritos de dolor de su propia hija que llegaban desde la cocina de la casa, ajeno a todo en realidad.
La niña abrazada a la muñeca, cerró los ojos fuertemente, apretó los puños con tanta fuerza que clavó las uñas en las palmas de sus manos, rasgando su suave piel, y deseó con toda sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón. Deseó que  todo fuera bien en aquella casa, que jamás volviera a haber gritos ni golpes, que hubiera risas y cantos y besos y juegos. Deseó lo que cualquier niño hubiera deseado en su lugar.


Su madre entró en la habitación con el afilado cuchillo de cortar carne en una mano, del acero goteaba sangre, la blusa de basta tela que vestía la mujer estaba empapada, su delantal teñido de rojo. Era  en parte sangre suya, pues tenía una fea herida en el cuero cabelludo y un tajo desgarraba su mejilla, pero sobre todo era sangre del hombre que estaba muerto, desangrado, en el suelo de la cocina. La madre se sentó en la cama de la niña y la abrazó susurrando palabras reconfortantes, igual que ella abrazaba a su muñeca y entre los reconfortantes brazos de su madre la niña se sintió segura, protegida, tranquila como no se había sentido nunca y sonrió con una sonrisa pura como un manantial de agua clara y cristalina. En esa sonrisa estaba la certeza de que todo iba a ir bien, de que su deseo se había cumplido.

13 comentarios:

  1. Me han gustado mucho estas dos historias en una, la de la niña y la de su abuelo. Y me ha gustado mucho la forma en la que has conseguido meter algo de fantasía y mucho de ternura en una historia tan desagradable. Felicidades!

    Un saludo.

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    1. Por muy oscura que sea la realidad espero que siempre haya un rayo de luz, de ternura y esperanza. Un saludo Mr. M.

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  2. ¿Qué te puedo contar amigo mío? Como siempre, nos muestras la más Oscura de las Realidades con maestría y buen hacer. Comparto con Mr.M el placer (al que yo añado la necesidad) de encontrar ese toque fantástico tan necesario para teñir de optimismo el rojo sangre coagulada que tiñe tantas y tantas muestras de violencia, que se repiten para nuestra desgracia, a través de los tiempos. No puedo dejar pasar la acertada referencia a Goya, que me ha sumergido (hundido, más bien) en esa tristeza y sufrimiento que tan bien describes. Mi más sincera enhorabuena. Abrazucu de los míos desde Villa de Rayuela, y mi promesa de una pronta visita a tu isla ;-)

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    1. Gracias Lucia. Siento haberte hundido en la tristeza y el sufrimiento. Como propósito de enmienda intentaré que el próximo relato tanga un poco más de luz y color, pero no prometo nada. Un abrazo.

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  3. Un relato sobre una realidad triste y siempre presente. Muy bien llevado, entrelazar las historias del abuelo y de la madre permite obtener ua excelente pintura de la estructura de esa familia, donde son víctimas y victimarios. El final da desahogo a la angustia que se ha ido desarrollando.
    Saludos.

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    1. Muchas gracias Mirta.En efecto una realidad muy triste y cruel, me alegra que te haya gustado. Un saludo.

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  4. Una historia desgarradora. Me ha encantado lo de incluir un cuento dentro del relato y contado por un abuelo del que huye la memoria, aunque no el amor por su hija y su nieta que le lleva a buscar la piedra y contar el cuento. Una historia dura con un final... ¿feliz? Posiblemente, sí. Estupendo, Esteban. Un abrazo.

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    1. Gracias por la visita Mayte, Me encanta la imagen de ese abuelo acosado por el alzheimer recordando para salvar a su nieta.Un saludo.

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  5. Un relato que es una historia desgarradora de muchas familias, mujeres que son despreciadas, maltratadas y usadas como si fuesen trastos inútiles. No sería sino una desgracia más a no ser porque en estas familias también existen (la mayor parte de las veces), hijos que se ven obligados a vivirlo en propia carne y que son, por culpa de ello, marcados para toda la vida. Fuerte pero real relato Esteban. Saludos.

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    1. El relato es crudo y oscuro, pero por desgracia como bien dices aunque siempre intento pasarlo por un tamiz de fantasía que aligere la crudeza es muy real. Un abrazo Frank.

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  6. Qué envidia me da la gente que es capaz de escribir bien y de usar palabras como hosco, guiñapo, ajada, jergón o cetrino. A mi no se me pasan por la imaginación cuando estoy escribiendo, ni así estuviera mil años seguidos frente al teclado. Pero no sólo eso, además cómo de bien se trenzan con las demás para componer un relato crudo y doloroso. Con un final que podría parecer cruel, pero que es feliz.
    Un saludo!

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  7. El final es absolutamente feliz, por lo menos en lo concerniente a la niña y la madre que son quien de verdad nos importan. Y cruel para el padre que algo habría hecho para merecerlo. Gracias Ramón. Un abrazo.

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  8. La realidad es tan oscura como los cuadros de Goya cuando se quedó sordo, pero es mucho más reconfortante hallar la explicación en algo sobrenatural que no en algo vulgar y cotidiano. Al menos, yo lo prefiero así cuando de cuentos se trata.
    Y dentro de los tres cuentos que hay aquí el que más me gusta es el del abuelo, sin duda.
    Te dejo un comentario en el grupo, Esteban.

    Un abrazo.

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