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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

viernes, 16 de mayo de 2014

EL PUENTE DE LA BRUMA

El veterano soldado regresaba cojeando al hogar, apoyado en un cayado de madera, con la pierna derecha destrozada por un lanzazo que a poco más tomó su vida. Acababa de cruzar el polvoriento llano por un estrecho camino, siguiendo a un colibrí de vivos colores que revoloteaba ante sus cansados ojos como una vibrante mancha multicolor. Eran las últimas horas de la tarde, cuando el pájaro de bello plumaje se detuvo en la baranda de piedra del antiguo Puente de la Bruma, posándose después junto a los pies descalzos y llenos de roña de un zarrapastroso mendigo que apestaba a orines y sudor rancio.
Había llegado a casa, el puente que cruzaba el río era él último paso antes de llegar al poblado donde había nacido. El río que cruzaba bajo el puente provocaba al llegar la noche una antinatural bruma que cubría el valle. Un lugar mítico y mágico plagado de mitos y leyendas para los habitantes de la zona.
Los extraños ojos del mendigo miraban ciegos, cubiertos por una cortina blanca como la leche, al soldado que se detuvo junto a él. El ciego agitaba una jarra de cerámica resquebrajada, en cuyo interior las escasas monedas bailaban con un repiqueteo cansino.



      - Bienvenido caminante- saludó el mendigo con voz amable y cordial, poniendo la jarra ante el soldado.- Bienhallado seas en este caluroso día. Una moneda tendrás seguro para un antiguo camarada en la guerra. A mí el fragor de la lucha me robó el don de la vista, a sangre y fuego, arrebatándome para siempre unos ojos azules que eran igualitos a los de mi querida y añorada madre.
    - No tengo nada que darte amigo- contestó el soldado, mostrando su bolsa vacía.
     El colibrí reposaba tranquilo en el regazo del ciego, observando al soldado con sus pequeños ojos negros, escrutadores e intrigantes.
    - Me parece por el sonido de tu voz amigo que la guerra también a ti te ha arrebatado algo. Algo muy valioso- comentó el mendigo observando, al igual que el pájaro, fijamente con sus ojos ciegos al soldado.
     - Una pierna… - contó el soldado, sintiendo su voz ahogada por el profundo sollozo.
    - Sí,  eso creía- musitó el mendigo.- ¡Maldita guerra!
    - Lo siento amigo, tengo prisa, regreso al hogar, a los brazos de mi amada esposa.
  - Claro, claro, compañero- asintió el ciego con comprensión, dejando el paso libre.
 El soldado mutilado continuó avanzando con su bamboleante caminar, ayudado por el cayado, pero antes de que cruzara el puente, el mendigo le hizo una pregunta:
 -¿Puedo saber hace cuánto que no ves a tu hembra, compañero?
- Cinco años- contestó con un suspiro.
- Eso es mucho tiempo, mi amigo- comentó el mendigo meneando la cabeza con pesadumbre.- Mucho tiempo para una mujer tan bonita… como tu Beatriz.
- ¿Cómo sabes su nombre?- preguntó el soldado confuso.
- Tengo los ojos ciegos, pero eso no quiere decir que lo sea, pues veo muchas cosas. Mis pájaros me traen noticias de todo lo que ocurre en el poblado que hay más allá de mi puente.
- ¿Y… qué sabes de mi Beatriz?
- Las palabras que saldrían de mi boca no iban a gustarte, amigo.
- ¡Cuéntamelo!- exhortó el soldado, regresando junto al apestoso mendigo.
- Mírate, camarada. Eres un despojo humano, sólo una pálida sombra del hombre fornido y sano que eras. No hay nada en ti que pueda servir a una mujer. ¿No crees que sería mejor cruzar de nuevo el puente y regresar al polvoriento llano?
- ¿Qué sabes de ella?
- Como quieras, hermano- musitó el ciego, mostrándose reacio a abrir la boca desdentada.- El duque, el mismo noble emperifollado por el que partiste a luchar y entregaste tu sangre y tu pierna, la tomó como criada y se encaprichó de ella. Tu mujer te espero… durante un tiempo, al menos, quizás no tanto como te hubiera gustado, desde luego, pero un tiempo razonable, al fin y al cabo, mucho más de lo que la mayoría de las mujeres hubiera esperado, antes de entregarse a él, a sus cuidados y su lujuria.
El rostro del soldado estaba pálido como el requesón.
- ¡Mientes!- gritó con un sollozo.
- El Viejo del Puente nunca miente- respondió el mendigo con una enigmática sonrisa en los finos labios, como gusanos.- Puedes preguntarle a cualquiera, se cuentan historias sobre mí, desde siempre en las tabernas y en las voces de las abuelas están siempre mis hechos.
- Sí, he oído esas historias, siendo niño- asintió el soldado, estupefacto.- Siempre pensé que eran paparruchas para asustar a los pequeños.
- Pues ya ves, que no lo son- se rió el Viejo del Puente de la Bruma.- Aquí estoy.
- En esas historias te apareces en el puente y concedes deseos a gentes desesperadas a cambio de algo.
- Sí- asintió el mendigo.- Eso es lo que hago desde el principio de los tiempos. Ése es mi trabajo, podría decirse.
- ¿Me concederás un deseo a mí?- preguntó el hombre que deseaba sobre todas las cosas regresar al hogar.
- Eso depende- contestó el mendigo, escrutando al soldado con sus ojos ciegos. Calibrando hasta donde llegaba su desesperación.
- ¿De qué depende?
- De hasta donde llegué tu desesperación- dijo el ciego.
- ¿Y por qué tengo que creer que puedes conceder deseos, viejo? ¿Sólo porque sabes el nombre de mi amada? Más pareces un embaucador. No pienso dejarme embaucar.
- Porque voy a mostrarte lo que sucederá si cruzas mi puente sin cerrar un trato conmigo.
- Ja, ja- rió despectivamente el soldado.- ¿Y cómo piensas hacer eso?
El mendigo no contestó. Simplemente, rápido como una víbora, tomó la mano del guerrero. Sus dedos abrasaban con un fuego helado. Sintió una gran repulsión con el contacto de la piel del mendigo. Como quien toca algo extraño, viscoso como la barriga de un pescado, desagradable al tacto. Por un segundo pudo ver al ser que se ocultaba bajo los ropajes del mendigo ciego: era un monstruo oscuro hecho de sombras, inmundicia y sangre, sus ojos no eran ciegos, eran profundos pozos de insondable oscuridad. Su enorme boca estaba plagada de una doble fila de colmillos afilados como los de un tiburón. Fue sólo un instante lo que el trol se mostró ante los ojos del soldado, pero fue suficiente para vislumbrar una pesadilla mucho más allá de lo humano. En los ojos del trol vio claramente las imágenes de lo que estaba por venir, no fueron imágenes agradables y no terminaban nada bien: humillación, locura y muerte eso es lo que había en lo que el trol mostró al soldado.
El hombre terminó sollozando de rodillas a los pies del falso ciego.
- ¿Cómo sé qué lo que me has mostrado es la verdad?- preguntó tras un largo rato de angustia y silencio.
- Cruza el puente, ve al poblado y lo comprobarás por ti mismo. Cuando la desesperación sea tan grande que no puedas contenerla, regresa aquí, te estaré esperando. Simplemente quería ahorrarte dolor, vergüenza y sufrimiento, amigo mío, pero si prefieres recorrer el camino oscuro, adelante, te está esperando más allá del Puente de la Bruma.
- No- dijo finalmente el soldado.- No quiero recorrer ese camino.
- Me alegro- asintió el méndigo con una sonrisa triunfal.- No había nada bueno en ese camino.
- ¿Qué he de hacer? ¿Cuál es el trato qué me ofreces?
- Tendrás oro inagotable para el resto de tu vida y tendrás a la mujer a la que amas, tendrás tu pierna completa y tus fuerzas intactas, tendrás un título nobiliario, olvidarás las sangrientas pesadillas del recuerdo de la guerra que acompañan tus noches. Tendrás todo lo que deseas.
- ¿A cambio de qué?
- Has escuchado las historias- contestó el trol encogiéndose de hombros, con un gesto inocente.- Ya sabes lo que yo quiero.
- Un niño- contestó el soldado apesadumbrado.- Mi primer hijo.
- En efecto- asintió ladino el mendigo.- Un niño o una niña, para mis fines lo mismo me da. Ése es el precio que debes pagar por cruzar mi puente y cambiar el camino que el destino tenía reservado para ti.
- ¿Cuáles son esos fines?- preguntó el soldado.
- Eso a ti no te importa, buen amigo. Sólo te importa saber que si no cumples con el trato, ocurrirán sucesos terribles.
- Será mi niño, no puedo entregártelo sin más.
- Entonces adelante, sigue tu camino, no me hagas perder más tiempo.
- Mi pequeño o mi pequeña… Nada más…
- Sí- asintió el mendigo.- Un niño, nada más, un mocoso berreante. Tendrás muchos más, sanos y fuertes, te lo aseguró.
- Está bien- asintió el hombre derrotado.- Acepto el trato.
El trol asintió.
- Trato hecho- dijo y tomó la mano del soldado entre las suyas.- Tenemos un pacto, hermano. Un pacto sellado bajo la luz de la luna sobre el Puente de la Bruma. Cuando llegué el día acordado acude a mí con tu vástago. ¡Qué se cumpla el pacto!
Un año después de la muerte del duque que gobernaba esas tierras, el nuevo duque y su esposa tuvieron una bonita niña de mejillas sonrosadas y rizos dorados. El duque que apenas recordaba su vida de soldado famélico y cojo, más que como un mal sueño, supo nada más ver a la niña que no podía entregar a aquella pequeña, sangre de su sangre, al trol. Por lo tanto buscó una niña recién nacida de una de sus criadas y la arrebató de los amorosos brazos de su madre, para, acto seguido, entregar a la criada a su propia hija, para que el trol no sospechara nada. Después el duque acudió al Puente de la Bruma, al atardecer, con el bebe entre brazos. Allí le esperaba el viejo mendigo ciego, como si no se hubiera movido en todo ese tiempo.
- ¡Ah!- exclamó el trol.- Así que el poderoso duque es un hombre de palabra y cumple sus promesas.
- Así es- asintió el antiguo soldado mutilado.- He venido. Te entrego al niño. El pacto se cumple.
- Muy bien, muéstramelo- ordenó el trol con la áspera voz cargada de avidez.
El duque mostró el rostro de la niña recién nacida.
- Una niña preciosa, sin duda, que se parece a su madre- dijo el mendigo, sacando una lengua demasiado larga y demasiado negra, lamiendo los labios resecos con gula.- Está rollizo y parece jugoso, será un plato maravilloso para mi cena.
El duque se mostró horrorizado ante las palabras del trol.
- ¡No puedes devorarlo!- dijo con repugnancia.
- Claro que puedo. Es mío, solo mío. Tenemos un trato. ¡Entrégamelo! ¡Dámelo ahora!- chilló excitado como un niño ante un suculento dulce que le hace la boca agua.- ¡Dámelo!... O atente a las consecuencias de incumplir el pacto. ¿Osarás romper el juramento? ¿Quieres perder todo lo que has conseguido? Ver todo lo que es tuyo desaparecer como un castillo de arena a la orilla del mar, cuando sube la marea, pues eso es lo que pasará si no me entregas a la criatura. Perderás todo de la forma más cruel que puedas imaginar. ¿Es eso lo qué quieres? ¿No? Ja, ja. Ya lo sabía. Te gusta tú nueva vida, demasiado te gusta, ya lo sé. Lo veo en tus ojos. Jamás renunciarías a esa vida. ¡Dame a la niña!
El duque tendió a la pequeña, el trol la tomó en sus manos. El viejo mendigo había desaparecido, dando paso al repugnante monstruo. El duque intentó marcharse para no presenciar lo que iba a ocurrir, pero el trol alzó una mano y el hombre se quedó quieto como una estatua, inmóvil testigo de lo que iba a suceder ante sus ojos.
- No- dijo el trol,- nada de marcharse, pues es mi deseo que veas como trituro cada huesecito de esta niña y mi deseo es que veas como desgarró cada tira de su piel. Y es mi deseo que sepas que cuando dije que la niña era igual que su madre, lo dije porque conozco perfectamente de quien es hija. Verás como devoro a esta pequeña inocente ante tus ojos y regresarás a tu hogar y todo lo que has construido gracias a mí, se volverá polvo y cenizas en tu boca. Lo perderás todo y terminarás con el juicio perdido, hasta que la desesperación te llegué y termines ahorcándote en un viejo árbol, junto a un cementerio. Y yo esperaré a que tu hija crezca, entre los criados, y se vuelva una muchacha bella y lozana, y entonces ella vendrá a mí, pues me pertenece por juramento y con ella daré cuenta de los vicios más crueles y mis apetitos más salvajes. Toda mi lujuria volcaré en ella, corrompiendo su pureza.
El duque estuvo mirando todo el rato,  mientras el trol devoraba al bebe, ante sus ojos con fruición y dedicación. Cuando terminó de lamer el último hueso de la niña, gritó:
¡Ahora vete humano, que el pacto que has quebrantado sea tu ruina y tu fin!

Algunos inviernos después la muchacha rubia, en el día de su decimo quinto cumpleaños, abandonó el hogar en que su madre trabajaba de criada, tras la caída en desgracia del anterior duque, para dirigirse al bosque, en busca de bayas silvestres. Cuando regresaba, tras entretenerse demasiado en el bosque, la tarde se había alargado, dando paso a la noche y justo cuando cruzaba por el Puente de las Brumas, cargada con un enorme saco y una cesta llena de frutos silvestres, un viejo mendigo ciego agitó su desconchada jarra de cerámica, pidiendo unas monedas por caridad.
- No tengo dineros- contó la muchacha, apiadándose del pobre ciego.- Sólo unas bayas silvestres  que encontré en el bosque. ¿Las quieres?
- Me encantan las bayas- dijo el anciano invidente.- Son tan dulces, tan jugosas. Me recuerdan a mis tiempos de juventud.
- Tómalas- ofreció la joven con amabilidad,- yo puedo coger más, mañana.
El mendigo tomó las rojas bayas y las comió con lasciva glotonería, sin apartar sus ojos ciegos de la esbelta figura de la jovencita, como si fuera a ella a la que estuviera saboreando. El jugo carmesí de los frutos se deslizaba por su barbilla, manchando su gastado sayo. Su larga lengua lamió sus dedos húmedos de zumo.
- Riquísimas- dijo el ciego, una vez que terminó de devorar las bayas.- Te estoy muy agradecido, pequeña, por tu gran generosidad. ¿Cómo te llamas?
- No te daré mi nombre, monstruo- dijo la niña y su expresión inocente e ingenua había desaparecido por completo. Sus ojos brillaban con furia.
- ¿Pero qué dices…?
- Digo que un nombre tiene poder y yo no te daré el mío.
- ¿De qué hablas?- preguntó el mendigo, confuso, sintiendo que algo empezaba a ir mal en su interior. Como si el infierno estuviera cobrando vida dentro de él. Se sintió muy débil, sin fuerzas y sin poder.
- ¿Qué me has dado…?- preguntó sintiendo su paladar seco y amargo.-  ¿Qué tenían esas bayas?
- Virutas de hierro que tomé de la herrería y agua bendita de la pila bautismal de la iglesia- respondió la muchacha con seriedad.
- ¿Por qué haces esto…?
Entonces vio como la muchacha sacaba un mazo de hierro de la bolsa que portaba a su espalda y varios clavos de hierro enormes.
- ¿Qué vas a hacer, niña…?- preguntó con verdadero temor de lo que veía en la fría expresión de la niña.
- ¡Voy a vengar a mi familia!- contestó la niña, clavando uno de los pies del indefenso mendigo al suelo de tierra, con varios martillazos del pesado mazo que apenas podía manejar.
El mendigo aulló de dolor, al sentir como su carne y sus huesos eran traspasados y quebrados, por el frío hierro, atándolo a la tierra con un yugo irrompible. Hierro y tierra. Una combinación letal para un ser como él.
- ¡No puedes hacer esto!- sollozó suplicante. El dolor hizo que el embrujo con el que se envolvía desapareciera. El mendigo se transformó en el oscuro monstruo hecho de inmundicias, oscuridad, garras y colmillos.
Varios martillazos más ataron otra de sus piernas y la garra derecha al suelo del Puente de las Brumas. El dolor del hierro y la quemazón de la tierra lo volvían loco, abrasándolo como el fuego.
- Me… perteneces… por derecho…. de juramento- dijo a la desesperada, invadido por el dolor y el miedo.
- ¡Yo nunca acepte tal juramento!- exclamó con furia la niña y clavó la mano del trol al suelo, con un poderoso martillazo, dejándole completamente inmovilizado.
Después extrajo del enorme saco una bolsita llena de sal y la vertió en un círculo alrededor del monstruo. Los restos de sal que quedaron en la bolsa los vertió, sin miramientos, sobre la piel del horrible rostro del trol y en sus insondables ojos oscuros, transfigurados por el terror.
Un nuevo y desgarrador aullido de dolor surgió de la garganta del ser oscuro, y su rostro y sus ojos ardieron con un chisporroteo. La niñita tomo dos clavitos más pequeños que los que había usado para inmovilizar al trol  y los clavó, sin miramientos, en los ojos del  monstruo, cegándole por completo.
- Ahora nos sentaremos los dos juntitos y esperaremos un rato a que todo termine- dijo la pequeña, sentándose frente al antiguo mendigo.- Charlaremos amigablemente. Te contaré como acabó la vida de mis verdaderos padres y te contaré como mi padre, antes de suicidarse, ahorcándose en un árbol, junto a la cerca del cementerio, me dejó una carta en la que explicaba lo que había hecho y me dejaba una buena cantidad de monedas, los últimos ahorrillos que le quedaban de su fortuna para que consiguiera liberarme de la maldición a la que me había condenado. He utilizado bien esos dineros. He consultado con expertos y sabios, con brujas y curanderos, con sacerdotes, con cualquiera que pudiera ayudarme. Recibí algunos sabios consejos: hierro frío, agua bendita, sal, atar con hierro a la tierra para inmovilizar… Unos muy útiles consejos contra los que son como tú. Y ahora que se que existís de verdad y que esos consejos funcionan, te hago un juramento a ti, trol guardián del Puente de la Bruma. Pienso ir, puente por puente, buscando a todos los de tu ralea, dándoles muerte hasta que no quede ninguno. Voy a acabar con tu raza. Ése es mi juramento. Ése es mi destino. Ése es el pacto que hago contigo aquí en el Puente de la Bruma.
- ¡Por favor!- suplicó el trol.- Libérame. Te daré todo lo que desees. Sin ningún pacto. Todo lo que hay bajo el cielo será tuyo.
- No me interesa- contestó la niña, jugando con los rizos rubios de su melena.- Pronto tendré todo lo que he deseado desde que tengo uso de razón. Cuando el sol salga y la bruma desaparezca del puente, tendré todo lo que mi alma anhela: Venganza y justicia y un trol de piedra al que hacer añicos con el mazo.

14 comentarios:

  1. Me gusto mucho tu cuento,entretenido, original, muy bueno.

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    1. Muchas gracias por el comentario Estela. Un saludo.

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  2. Me ha gustado mucho. Me parece un acierto la atmósfera oscura y tétrica que le has dado al cuento. La trama también me ha resultado genial, próxima al mito de Rumpelstiltskin, aunque le has dado un giro estupendo con esa venganza tramada a lo largo del tiempo. Ha medida que iba leyendo no he podido evitar pensar que sería un argumento genial para una novela fantástica, así que felicidades.

    Por cierto, a ver si pronto puedo ponerme al día con "El cantar de los hijos de Olimpia" que últimamente estoy un poco pillado de tiempo con mis asuntillos.

    Un abrazo!

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    1. Muchas gracias Mister, Me encanta éste cuento oscuro. Se escribió sólito en un par de horas como si deseara salir je,je.
      Con respecto al Cantar creo que empieza a ponerse muy interesante en los próximos capítulos. Va a comenzar la acción. Un abrazo amigo.

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  3. Como siempre es un placer leerte Esteban. Muy buen relato, oscuro pero con un final de venganza muy bien logrado. Abrazo!

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    1. Bienvenido a LA OSCURA REALIDAD Rolando, el placer es mío por recibir tu visita en ésta mi sombría casa virtual que es también tu casa. Un abrazo!

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  4. Un cuento fabuloso con la ya característica atmósfera de tu oscura realidad. Lo he disfrutado hasta el final, final en que la venganza trata de endulzar una oscuridad que tiene su propio sabor y la firma de Esteban Díaz! Enhorabuena compi Abrazucu atraviesanieblas desde mi Villa de Rayuela!

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  5. Este relato si que me gusta mucho, además se escribió casi solo, casi sin mi ayuda. Lo cual se agradece. Un abrazo Lucia.

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  6. Buen cuento, Esteban, una paradoja entre el soldado y el duque que supiste sortear. El final inesperado deja un sabor a justicia.

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    1. Gracias Blanca. Bienvenida a La Oscura realidad, ésta es tu casa y sus sombríos rincones están a tu disposición. Un abrazo.

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  7. Atrapante, me quede por la mitad por una interrupción laboral inexcusable, pero en cuanto pude volví a buscar la publicación para enterarme del final y no me ha desilusionado en absoluto, al contrario ha sido una muy agradable lectura y un final excelente,
    Saludos.

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    1. Gracias Mirta. La palabra atrapante es una palabra que mis lectores pronuncian con frecuencia al referirse a mis relatos. Y si de verdad consigo atrapar vuestra atención eso hace que me sienta muy orgulloso de lo que hago. Un abrazo.

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  8. Muy bueno, Esteban. Recurre a tópicos para volverlos giros fantásticos que sorprenden al lector. Me ha encantado. Te dejo un mensaje en el LEO por si te interesa.

    Un abrazo, amigo y sigue así, que es una delicia leerte.

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    1. Muchísimas gracias Ricardo. Me gusta mucho este cuento me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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