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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

miércoles, 18 de junio de 2014

FRAGMENTO INICIAL DE "CRÓNICAS DEL CONTADOR DE HISTORIAS - PRIMERA NOCHE - LA OSCURA REALIDAD"





INTRODUCCIÓN





Tomad asiento cerca de la chimenea, calentar vuestros helados huesos, fuera hace una noche de perros. Estaba a punto de contar alguna que otra pequeña historia para entretener a estas buenas gentes que han llegado aquí, de la misma extraña manera que vosotros. Bien. Creo que ya estamos todos. No acudirá nadie más por esta noche. Podemos empezar. Probemos con un cuento de hadas:
El mundo era diferente entonces, en aquel tiempo aún se creía en las hadas, en las brujas y en que un duende podía agriar la leche fresca con su sola presencia o levantar, lascivo, las faldas a las mozas con un simple silbido y un chasquido de sus pequeños dedos, para mirar con lujuria las bien contorneadas piernas de las muchachas y atisbar, por un instante, sus secretos más ocultos. En aquella época aún había un poco de magia suelta por el mundo y bajo un arco iris, si se buscaba bien, todavía se podía encontrar un saco rebosante de monedas de oro recién acuñadas  y un trol molestaba debajo de algún antiguo puente. Siempre había un hijo de viuda en busca de fortuna y el menor de siete hermanos estaba, desde su nacimiento, dispuesto para los grandes acontecimientos que le deparaba el destino…
Así podría empezar un bonito cuento de hadas, pero el problema es que no creo en los cuentos de hadas y las  historias que voy a contaros esta noche, raramente terminarán como felices cuentos de hadas, al uso. Si comenzáis a recorrer este camino conmigo, no esperéis un final feliz, después de una emocionante aventura, pues la realidad de la que os voy a hablar durante esta velada suele mostrar lo peor del ser humano. Tomad mi mano, seguir el sombrío sendero por el que os guiaran mis palabras, acompañarme en este viaje en busca de la oscura realidad que aguarda oculta, entre una capa de mugre y suciedad, bajo el mito.
Cada historia tiene su momento, su punto exacto de cocción, por así decirlo, y éste no era el momento para la historia que había comenzado a contaros. Culpa mía. Demasiado pronto, quizá. Puede que más adelante os la cuente, cuando conozcáis un poco mejor la verdad de la que quiero hablaros esta noche. Por ahora empecemos por conocer  una de las múltiples caras, de las miles de facetas que posee la oscura realidad. Comencemos despacio. Tomad mi mano. Entremos, pasito a pasito, en el sombrío camino que nos aguarda…



LA OSCURA REALIDAD


El camino es oscuro, pues las rotas y tristes farolas despiden una tenue sombra de luz, dando al callejón un aspecto siniestro, semejante a las fauces de un enorme monstruo, dispuesto a devorar a una incauta y despreocupada  presa que se adentre, sin saberlo, en su territorio de caza.
El frío viento que agita, ferozmente, las ramas de los árboles, como si tuvieran vida propia,  parece susurrar malas palabras en los asustados oídos de la niña. La pequeña regresa a casa desde la biblioteca, donde ha pasado toda la tarde leyendo cuentos de hadas. Fascinada por lo que han leído sus ojos, se le ha escapado el tiempo, volando, como sólo puede evaporarse el tiempo, atrapada la vista en las páginas de un buen libro. La temprana noche de invierno ha caído sobre ella, nada más abandonar la biblioteca, cubriéndola con su manto de sombras.
Ignorando el miedo que quiere escarbar en su pecho, para estrujar su inocente corazón y después correr sin dique por su piel, dando paso al pánico, la niña toma aliento, hace acopio de todo su valor, y atraviesa la oscuridad como una pequeña heroína, sin mirar atrás, pues, si mira atrás, estará perdida. Sabe, con absoluta certeza, que la oscuridad y lo que aguarda oculto en sus sombras, no perdonan a los que vuelven la mirada hacia su espalda.
Con un último esfuerzo, sintiendo los tenebrosos dedos del miedo acariciando su nuca, abre la puerta de casa  y suspirando de alivio, deja tras ella al monstruo de sus fantasías, para encontrarse de frente con el monstruo de la realidad: su padrastro  apestando a sudor rancio, odio, ira y alcohol barato, golpea a su madre, sin piedad, con un cinto de cuero negro. La niña, con un estremecimiento de horror, ve la  pesada hebilla de hierro del cinturón manchada con la sangre de su madre. Escucha el sordo lamento de la mujer, que se mantiene encogida, acurrucada e indefensa, mientras implora piedad, sollozando a los pies de su maltratador, aferrada impotente a las piernas de su pareja, intentando, desesperadamente, detener los golpes que llueven sobre ella, con los brazos desnudos llenos de marcas sanguinolentas, pero es inútil, el cinto restalla, una y otra vez, contra su cuerpo con desgarradores chasquidos. La niña grita con rabia, ira y horror. El hombre alza la vista para mirar fijamente a la pequeña; en sus ojos la oscuridad lo cubre todo.



AMOR


La música inunda la habitación con dulces notas de calor, deseo y sensualidad. El anticuado tocadiscos hace vibrar la aguja sobre los surcos del viejo disco de vinilo, provocando que surja la magia. La voz desgarrada de una bella cantante, muerta largo tiempo atrás, canta canciones olvidadas en el idioma del amor.
Hay una lluvia de rosas rojas,  esparcidas cuidadosamente sobre el lecho, dibujando con ternura un corazón, su penetrante fragancia invade la cabaña, construida a la orilla de un cristalino lago, situado en el lugar más profundo de un espeso bosque. Las finas copas de cristal, llenas de  buen vino tinto, esperan sobre la mesa, donde humea una exquisita cena.
La tenue luz de las velas  y el cálido resplandor, provocado por las juguetonas llamas de la chimenea, crean en las paredes una maravillosa danza de sombras, consiguiendo una iluminación adecuada para un tan especial momento, una reconfortante penumbra que invita a la intimidad, mientras  por la ventana se puede ver la nieve caer soñolientamente en el exterior, cubriendo, poco a poco, el bosque de abetos, como una capa de azúcar, espolvoreada sobre un pastel, para  terminar de crear el ambiente perfecto de una inolvidable velada de amor.
Es la noche romántica soñada, desde siempre, por el hombre: una dulce conversación junto a la cálida lumbre, un suave beso, hacer el amor, apasionadamente, con el objeto de todos sus deseos, tanto tiempo anhelado.

La mujer con amargas lágrimas en los ojos, las muñecas atadas al cabecero de la cama con una tira de seda roja, el labio roto y el sexo profanado, solloza después de la cruel violación, sin poder apartar la vista de la cruda amenaza del afilado acero que roza, helado, su cuello, dibujando una fina línea de sangre que se desliza como un río por su suave  piel, tiñendo las blancas sábanas de rojo.



LA CASA


La casa estaba siempre llena de visitas: tíos, tías, primos, primas, primos segundos y primos terceros; vecinos pidiendo sal; vecinas cotilleando y criticando a otras vecinas que a su vez, con muy poca vergüenza y mucho descaro, las habían criticado minutos antes; el cartero que se quedaba a tomar el té, o un café bien cargado, antes de seguir su ronda, a poder ser con pastas con corazón de limón y una capita de semillas de sésamo espolvoreadas por encima; desconocidos que se presentaban de improviso a la hora de la cena y no se iban hasta después de haber degustado un buen desayuno con tostadas, mantequilla y la famosa mermelada de ciruela, que la tatarabuela Eustaquia preparaba al baño maría, con los dulces frutos del viejo ciruelo, que había en el jardín.
Además  de las  muchas visitas, por supuesto, había que contar también, con los múltiples habitantes habituales de la residencia, los variados animales de compañía y las fieras salvajes que poblaban la casa devorando a alguna despistada visita de vez en cuando; nada demasiado alarmante, pues las fieras tenían un gusto exquisito y sólo devoraban a las visitas indeseadas.
Tal abigarrada multitud provocaba que un tremendo jaleo invadiera siempre ese lugar a cualquier  hora, ya fuera de día o de noche. Por  lo tanto, aquel hogar estaba siempre lleno de voces y de risas, de llantos y de carcajadas, de ladridos y maullidos; del afinado canto del ruiseñor que vivía en lo alto del sauce llorón que reinaba, cual tirano, sobre los demás árboles del jardín y del completamente desafinado croar de las ranas del cristalino estanque. En lo concerniente al ruido es importante añadir que  en los días de luna llena, poblaban la noche los aterradores aullidos del señor Valdemar, el hombre lobo que vivía de alquiler, a un precio muy asequible, todo hay que decirlo, en el pequeño pero confortable ático de la casa. Todos aquellos estridentes ruidos formaban un encantador bullicio, a no ser que se quisiera dormir, entonces podía ser muy desagradable tanto jaleo, pues lo cierto es que era muy difícil pegar ojo y dormir a pierna suelta con tanta variedad de ruidos, golpes, chillidos, cánticos, murmullos, graznidos y rugidos.
La casa, por si fuera poco, estaba llena de fantasmas. La mayoría de ellos, muy agradables y muy educados, aunque había un par bastante tenebrosos y uno, especialmente, con muy mal carácter, pero el peor espíritu con diferencia, sobre todo para conciliar el sueño, era un espectro anticuado que se empeñaba en ser un fantasma clásico, de libro, y se pasaba las noches arrastrando una pesada cadena de hierro oscuro, lamentándose con quejumbrosos susurros, bajo una impoluta sábana blanca, que había robado impunemente del cuarto de plancha.
En la casa existían puertas que llevaban a otros mundos, a otras realidades, aunque había que tener cuidado al cruzar bajo sus arcos, porque alguna puerta te llevaba a otros mundos, pero se negaba a traerte de vuelta. Por desgracia, así fue como perdieron al abuelo, que todavía debía de estar vagando por un mundo extraño en zapatillas de estar por casa y bata roja de guatiné, sin nada más que unos, no demasiado limpios, calzoncillos largos debajo de la vieja bata. Un atuendo muy poco formal y muy poco serio, para vagar por mundos desconocidos, en los que uno no sabe con quién puede encontrarse, ni a qué extraño lugar le pueden conducir los pasos de sus pantuflas rotas, si sigue el camino de baldosas amarillas.
 La puerta del cuarto de baño solía dar, precisamente, al cuarto de baño, pero a veces daba a un centro comercial tan atestado de gente como lo están todos esos centros los días de Navidad, lo cual estaba muy bien cuando necesitabas ir de compras, pero cuando tus necesidades eran muy urgentes, era una faena bastante grande y te podía poner en situaciones muy embarazosas.
La bonita niña pelirroja, que había estado jugando en el patio, bajo la cortina de clara lluvia, chapoteando con sus doradas botas de agua, en los profundos charcos, intentando no hundirse en las profundidades del océano que conectaban el patio de la casa con el fondo de los siete mares, atravesó la puerta principal, saludó al perchero cantante que cuidaba la puerta de entrada y éste le devolvió el saludo, entonando una vieja canción romántica, bastante desafinada por cierto. Por lo visto no bastaba con ser un perchero cantante, para cantar bien, y la voz de este perchero en concreto era tan desagradable como el sonido de una pelea de gatos en un oscuro callejón a altas horas de la madrugada. Pero le ponía tanta pasión, tanto entusiasmo y tanto empeño, que a los habitantes de la casa les daba pena el pobre y dejaban que siguiera cantando por no romper sus sueños y no hacer añicos sus ilusiones. El sueño de cantar algún día en la escala de Milán y la ilusión de codearse de tú a tú con los grandes tenores del mundo. La pequeña dejó su brillante impermeable amarillo canario en el perchero, ahogando, así, un poco, los gañidos del artista frustrado. Entró en la acogedora cocina donde su madre, cucharón de madera en mano, cocinaba junto a la tatarabuela Eustaquia. La vieja de perfecto moño gris y delantal tan raído que parecía haber sido devorado por un roedor hambriento, llevaba muerta cien años, pero se negaba obstinadamente a reconocerlo. Y ni siquiera la propia Muerte que tuvo que dejar sus importantes asuntos a un lado, para llevarse a la anciana, pudo convencerla de que su sitio ya no era esa cocina. Y, por increíble que parezca, la Vieja Muerte, sintiéndose derrotada, se vio forzada a abandonar ante la inigualable testarudez de la que hacía gala la anciana, dándola por imposible. Por primera y única vez desde que el mundo es mundo la Muerte no cumplía con su cometido. La tatarabuela que en el fondo tenía buen corazón, viendo la tristeza y desesperación que había causado en la Vieja Muerte, le obsequió una  deliciosa cazuela de arroz con leche, con sabor a canela y limón, para compensar las molestias causadas. Y la verdad es que ese regalo alivió bastante los pesares de la Vieja Muerte, pues jamás había probado nada tan dulce. Por lo tanto se marchó por la puerta por donde había entrado y cada año, el mismo día, invariablemente, acude a cumplir con su trabajo y llevarse a la anciana, allí a donde debería estar, sea donde sea ese lugar, pero la tatarabuela la espera con nuevos dulces y cada año la muerte vuelve a dejarla quedarse y se lleva un botín en forma de postres deliciosos a sus oscuras mansiones.
El olor maravilloso de las especias (albahaca, orégano, comino y clavo) que salía del fogón, inundó la nariz de la niña, e hizo rugir su estómago de hambre. Besó a su madre en la suave, aunque húmeda, mejilla y se sentó a la mesa ante el plato humeante que su madre le sirvió. Lo devoró, muerta de hambre, como si llevara una semana sin probar bocado.
Una vez terminó de cenar, se levantó, volvió a besar a su madre, ignorando los acuosos ojos y la mirada triste, como si no los hubiera visto y tomó una rosquilla recién hecha, que le tendió la tatarabuela. Llevaría cien años muerta, pero sus dulces, en la cualificada opinión de la niña, seguían siendo los mejores del mundo. Lástima que la anciana oliera a polvo viejo y a alcanfor, a habitaciones nunca ventiladas.
En el salón habló un momento con el duende del hogar, que cuidaba de la chimenea sudando la gota gorda. El pequeño duendecillo de orejas puntiagudas y encrespados cabellos de un rojo tan vivo que rivalizaba con el de las llamas de la hoguera, no paraba de quejarse con amargura, decía que odiaba el calor y que había elegido mal su trabajo, añoraba, sin conocerlos, la nieve y el frío. Siempre amenazaba con fugarse a la montaña, en busca de más frescos horizontes, pero nunca lo hacía, porque, en realidad, como la niña bien sabía, tenía miedo del exterior. Los duendes del hogar son  gentes muy caseras.
Se sentó un rato junto al fuego para escuchar los cuentos que esa noche el Contador de Historias tenía reservados para ella. A la cálida luz de la lumbre, escuchó embelesada observando al Guardián de todos los Relatos con ojos como platos. Siempre tenía para ella historias de antiguos reinos, de guerreros y princesas, de trasgos y dragones, de luz y oscuridad, pues conocía su debilidad por tales cuentos.
Una vez terminado el relato de esa noche, dejó al Contador de Historias, observando las llamas, pensativo, como si de  las mismas llamas surgieran nuevas historias que relatar, y fue a dar las buenas noches a su padre. Como le ocurría, durante el último año, cuando se enfrentaba con su progenitor, entró en el despacho con un nudo en el estómago y con ganas de llorar acumuladas bajo las largas pestañas que remarcaban sus dos preciosos  y dispares ojos, uno verde como la hierba del jardín y el otro tan azul como la superficie de un inmenso  mar en calma.
En el despacho, su padre  serio y triste, alzó la apagada mirada de su trabajo por un segundo,  miró a la niña con mal disimulada preocupación cuando ella lo besó en las descuidadas mejillas sin afeitar y le dio las buenas noches. El padre intentó sonreír sin conseguirlo y apurado volvió a sus aburridos papeles, fingiendo que estaba tan ocupado, que no podía perder ni un segundo más en atender a su hija, pero en cuanto la niña salió de la habitación, volvió a fijar la vista en un punto indeterminado de la pared y la dejó allí, perdido en sus  oscuros pensamientos, sin prestar la más mínima atención a los papeles dispersos sobre la mesa.
Al salir del despacho, la gata gris se cruzó melosa entre los pies de la pequeña, quejándose de que en esa casa había de todo menos ratones y la vieja perra dorada, tumbada al sol, bajo la ventana, observó con un soñoliento ojo, entreabierto, a la gata pasar por su lado, y también se quejó amargamente, pero su queja fue  diferente. La queja de la perra versaba sobre que lo que había en la casa eran demasiados gatos.
Tras tener que esperar una larga cola en el pasillo, pues bloqueando el paso hacia su habitación había una veintena de viajeros perdidos, que no encontraban su camino en la vida, llegó a la tranquilidad de su dormitorio, por fin, y cerró la puerta tras ella.
El terrible monstruo que vivía en el armario rugió intentando asustarla como cada noche, pero como cada noche no lo consiguió. La niña  echó a la horrible bestia el último trozo que le quedaba de rosquilla y acarició la viscosa piel de su cabeza de reptil, a lo cual, el monstruo con gratitud ronroneó como un mimoso gatito.
Antes de dormir charló de chicos, un buen rato, con su hermana mayor y se hicieron cosquillas sobre la cama. Allí tuvo lugar la madre de todas las guerras de almohadas. Rieron y rieron, hasta que la niña quedó exhausta. Entonces, la hermana mayor, besó en la frente a la niña y se alejó en silencio, atravesando, etérea,  la pared. La pobre muchacha había muerto el año anterior, tras una larga y cruel enfermedad, pero eso no le impedía cuidar de su hermanita pequeña y jugar con ella todo lo posible, como debía hacer una buena hermana mayor.

La niña había escuchado al viejo de bata blanca, espeso bigote, calva incipiente y ojos tristes, que le daba esas asquerosas pastillas que sabían a  rayos, a coles y a acelgas, y  con el que tenía que hablar cada día, durante una aburrida e interminable hora, donde el viejo entrometido no paraba de hacerle estúpidas preguntas, decirle a su padre que la tristeza por la muerte de su hermana, había trastornado profundamente su mente y se había refugiado en un mundo imaginario, alejándose de la realidad.
La niña pensaba, con aguda certeza, que el viejo estaba un poco loco, además de por el empeño de hacer una y otra vez preguntas sin sentido, sobre todo por sus continuas aseveraciones sobre el trauma que la muerte de su hermana había causado en su mente, pues ella no podía estar triste y trastornada por su hermana,  ya que jugaban juntas cada noche, como antes de la enfermedad que la había postrado en la cama. Su hermana ahora estaba feliz y su aspecto era saludable. Ya no estaba triste, ni pálida, ni tosía sangre continuamente. No sufría terribles dolores, ni la embargaban crueles ataques de llanto y lágrimas de desesperación  ¿En qué podía trastornarle eso?
¿Y si fuera cierto? ¿Si el viejo chiflado tuviera razón? ¿Si ese mundo imaginario, no fuera real? ¿Qué habría de malo en ello? Lo único que la niña quería era estar junto a su hermana, nada más. Acaso sería mejor una casa vacía que nunca recibiera visitas de ningún tipo, en la que no se escuchara el canto del ruiseñor al llegar el alba, porque el viejo sauce donde el pájaro cantor había vivido, hubiera sido talado para que sus padres no recordaran como su hermana se subía hasta lo alto, tan ágil como un monito de feria. Lo que había obligado al pequeño pájaro a buscar nuevos horizontes lejos de su hogar; sería mejor un lugar donde las ranas del estanque hubieran muerto al secarse la charca en la que vivían, pues ya nadie prestaba atención a su cuidado; una casa en la que el abuelo hubiera fallecido de un triste infarto mientras dormía la siesta; donde el único sonido que alterara la asfixiante tranquilidad de las noches fueran los cansados sollozos de su madre, por la hija perdida, por su añorada niña de cabellos rubios; un hogar vacío que ya no mereciera llamarse hogar, en el que por el día su padre se refugiara en el trabajo, sin salir de su despacho, y apenas articulara más de dos palabras seguidas del amanecer a la hora de la cena. Una casa completamente vacía. Sin risas. Donde no había sitio para la alegría. Sólo un frío vacío. Donde cenaba sola, comida recalentada, después de besar las mejillas húmedas de lágrimas de su madre, bajo la severa y adusta mirada de la vieja fotografía de tonos sepias de la tatarabuela Eustaquia, que la observaba con ojos sin vida, desde la pared de la cocina.
 Durante la cena nadie le dirigía la palabra, pues los pensamientos de su madre estaban muy lejos de la cocina y de la cena, en su cabeza solo quedaba hueco para el vacío y la ausencia que había dejado su hermana al morir; una triste cocina donde nunca había postres, ni dulces; una sombría casa sin cantos, ni juegos, ni carcajadas, ni amor.
Un frío mundo donde su hermana no le besaba en la frente antes de dormirse, ni volvería a jugar con ella, jamás ¿En qué era mejor ese mundo que el suyo? Un mundo que había permitido la muerte de una niña buena y dulce de solo quince años, no podía ser un buen mundo. Si ésa era la realidad de los adultos, no le gustaba para nada, ni quería saber nada de ella. Prefería creer que su mundo era el real, un mundo lleno de magia y de luz. En realidad estaba segura de que lo era. Era un mundo mucho mejor. Una realidad mucho mejor. Ella tenía todo lo que quería en esa realidad. No necesitaba para nada ese mundo, que los adultos consideraban real, sin saber que pudiera ser, que fuera tan imaginado como el suyo.



INTERLUDIO


Pobre niña, que desgracia cuando la Vieja Muerte nos roza con su manto siendo tan jóvenes, llevándose a alguien querido, pero sobre todo, pobres de vosotros, si pensáis por un instante que la pequeña estaba loca o perturbada por la temprana muerte de su hermana, pues es en los ojos de los niños, donde se encuentra la autentica verdad. Ellos ven el mundo con una claridad cristalina que está vedada al resto de los mortales.  Lástima que al crecer y madurar perdamos esa nítida visión de la vida y toda la magia desaparezca, sin dejar rastro, para dejarnos atados a una vida plagada de compromisos, responsabilidades, deudas y problemas que no nos dejan ver nada en absoluto, salvo la gris realidad que nos asfixia.
 Esta noche hemos comenzado a recorrer un sinuoso camino juntos, vosotros y yo, y ahora llegamos al primer recodo tras los árboles, avancemos hasta ver donde nos conducen nuestros pasos. Adentrémonos, un poco más, en los misterios de esa oscura realidad que quiero que entendáis. Ahora os hablaré de los ciegos ojos y la ciega mirada de un artista obnubilado con su arte, de una manera tan obsesiva que le lleva a cruzar los límites de la cordura.




EL SECRETO DETRÁS DE LOS OJOS....


Y a los lectores más fieles os prometo que dentro del libro habrá muchas sorpresas y una gran mejora tanto narrativa como de contenido en los textos que ya conocéis, que se van uniendo para formar con pequeños detalles una nueva historia.



4 comentarios:

  1. Veo un estilo denso, oscuro, tétrico incluso, una ambientación digna de cualquier cuadro de la serie negra de Goya, que podría asemejarse al maestro Lovecraft o, más bien, a Poe y Maupassant... Argumentos bien tramados, con una floritura en el uso de la palabra que hace que resulten aún más claustrofóbicos en algunos casos...

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias José. Maupassant, Lovecraft, Goya ufff son palabras mayores y los admiro mucho, pero de todos los que has mencionado me quedo sin duda con Poe. Me encanta Poe!!!. Un abrazo.

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  2. Respuestas
    1. Muchísimas Gracias. Me alegra mucho que disfrutes de lo que hago. Un saludo.

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