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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 29 de julio de 2014

EL ANTICUARIO

El Anticuario se encuentra sentado detrás de una enorme mesa atestada de curiosos objetos surgidos de un remoto pasado, mientras observa al hombre que se sienta frente a él, con una mirada impasible de sus ojos grises como el polvo viejo. El hombre, un médico, parece nervioso y asustado, inquieto ante el pálido, adusto y apergaminado rostro del Anticuario. Mira, continuamente, sin poder evitarlo, las delgadas manos de largos dedos y afiladas uñas del viejo comerciante y sus cortos cabellos cenicientos que le dan un aspecto absolutamente severo, como una añeja estatua de gastada piedra.
En una oscura zona de la antigua ciudad, cruzando una callejuela sombría, al otro lado de un tétrico callejón, detrás de un pequeño puesto de libros de viejo y ocasión hay una tienda de antigüedades y recuerdos en la que nunca nadie compra nada, en el sótano de la tienda de antigüedades, oculta bajo unas peligrosas escaleras de madera apolillada de las que crujen y amenazan con hacerte caer en cada escalón, se encuentra la pequeña trastienda donde tiene lugar la reunión entre el Anticuario y el doctor.




En aquella asfixiante salita, alumbrados por un mugriento candil de gas, hay tesoros de valor incalculable, pergaminos que ocultan palabras de oscuros poderes, armas que participaron en batallas que cambiaron el curso de la historia, dagas manchadas de herrumbre y sangre seca con las que se han sacrificado vírgenes a dioses olvidados, cofres llenos de monedas de civilizaciones antiguas con las que se compraron deleznables traiciones y astutas conspiraciones.  Junto a una vasija de cerámica donde bebió un héroe legendario, descansa la pluma que utilizó un ladino poeta de renombre, para escribir los bellos versos con los que enamoró a una pura doncella, engañándola con la magia de sus palabras para conseguir despojarla de su virtud, abandonándola después, sin ningún escrúpulo, abocándola a un trágico fin. En una estantería reposan los manuscritos perdidos de un autor que hubiera maravillado al mundo de encontrar sus lectores y una antigua urna funeraria con las cenizas de un poderoso druida. El lugar se encuentra atestado de objetos semejantes, antiguas reliquias de valor incalculable y poder desconocido.
El anticuario nada dice, hierático, ni un mínimo gesto varía un ápice su impasible rostro, se mantiene en silencio, observando fijamente al hombre nervioso que suda, abundantemente, sentado a su mesa de madera de roble tallada.
- Me han… me han dicho… que usted tiene algo que puede ayudarme- dice finalmente el médico impresionado por la figura de aquel hombre extraño, que le produce con su sola presencia un cierto desasosiego, quizá incluso temor.
- ¿Quién?- pregunta el Anticuario con una voz suave que no posee ninguna emoción.
- ¿Cómo?- se aturulla el hombre sin comprender la pregunta, con la mente enturbiada por el efecto pernicioso de su propio nerviosismo.
- ¿Quién le ha  hablado de esta tienda y de mí?- vuelve a preguntar, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, el Anticuario.
- Un viejo moribundo, en el hospital en el que trabajo- comenta el médico. El ambiente de la tienda es asfixiante y opresivo, provocándole dificultades para respirar y para hablar con normalidad.
- ¿Ha muerto?
- Sí- afirma el hombre, limpiando el sudor que baña su frente con un pañuelo.
- Entiendo- asiente el viejo.
- Ese hombre me dijo que había estado una vez aquí y que usted le vendió algo.
- Yo no vendo nada, sólo cambio cosas- le corrige el Anticuario.
- Sí, justo eso es lo que me dijo, es cierto… que habían hecho un trueque.
- ¿Cuál fue ese trueque?
- Dijo que le proporcionó el don de la felicidad.
- ¿Y usted necesita ese don?- pregunta el anticuario, arqueando las finas cejas.
- Lo necesito, sí. ¡Lo necesito con toda mi alma!- exclama el hombre, mordiéndose los labios y apretando los puños con fuerza y rabia, intentando contener todas las emociones que le embargan.
El anticuario alza los ojos y escruta el rostro del joven doctor. Por primera vez, desde que el joven ha bajado las peligrosas y empinadas escaleras, en la fría mirada del anciano se puede apreciar cierto interés.
- Ya veo- es todo su comentario.
- Necesito que ella me quiera, que regrese conmigo.
- Así que se encuentra aquí por una mujer- afirma el Anticuario, pero en su pausada voz no se adivina ningún juicio ante la conducta del hombre que se sienta ante él.
- ¡No puedo vivir sin ella!- solloza, derrumbándose el joven, en un ataque de llanto.
- ¿Y qué le hace pensar que podrá vivir con ella?- replica el anciano con pragmatismo, impasible ante los lloriqueos de su interlocutor.
- Es mi única razón para vivir.
Un largo silencio se adueña de la claustrofóbica estancia. Finalmente el Anticuario pregunta:
- ¿Qué es lo que quiere de mí?
- Que me dé lo mismo que a ese viejo. Ese hombre murió completamente feliz. Jamás he visto nada igual.
- ¿Qué es lo que ese anciano le dijo que había conseguido en esta tienda de antigüedades, exactamente?
- Una copa… La copa de la felicidad me dijo que era. Me dijo que bebió de ella y a partir de ese momento todo en su vida fue como la seda. ¿Tiene todavía esa copa?
- No, no la tengo. Tengo similares pero ninguna es como esa.
- ¿Pero sus efectos son los mismos? ¿Alcanzaré la felicidad?
- No- negó el anticuario.- No sé qué historia le han contado señor, pero la felicidad no se puede alcanzar mediante la mera posesión de un objeto material.
- Pero ese maldito viejo era feliz. Tenía usted que ver su sonrisa mientras la muerte se lo llevaba.
- Creo que ese hombre se ha reído de usted, amigo. Aquí no va a encontrar lo que busca.
- ¡Le daré cualquier cosa! ¡Todo lo que desee, si consigue que ella vuelva conmigo!
- Sólo soy un simple anticuario y este lugar no es nada más que una humilde tienda de antigüedades. Aquí no encontrará lo que busca. Si me disculpa tengo mucho, mucho trabajo.
- El viejo me advirtió que diría usted eso, me dio algo para darle a usted. Algo que según me dijo, usted, no podría rechazar.
- ¿Qué es lo que le dio?- pregunta el Anticuario. Esta vez parece muy interesado en las palabras del muchacho. Sus ojos polvorientos lo miran un segundo con avidez, con hambre, con deseo.
El hombre saca del bolsillo de su chaqueta un papel en blanco mostrándoselo al dueño de la tienda de antigüedades.
- No es nada más que un papel… en blanco- dice el joven doctor, dándose cuenta de pronto de lo estúpida que resulta todo aquella situación. Se ríe burlándose de sí mismo.- Lo siento creo que he perdido los papeles. Estoy pasando una mala racha desde que ella…Mejor me voy.
Pero cuando se dispone a levantarse de la silla para salir de aquel sombrío lugar, avergonzado, intentando salvar los últimos restos de su maltrecha dignidad, el anticuario con un veloz gesto de su mano de largos dedos, le arrebata con avidez el papel de la mano.
- Siéntese- invita, obsequioso, el anciano, mientras acaricia el papel casi con lujuria. En el blanco papel aparece de pronto una seca mancha cobriza, una especie de garabato.
- Así que es verdad- dice el hombre, sorprendido de que un rostro como el de aquel viejo, que apenas si ha parpadeado hasta el momento, sea capaz de mostrar, de pronto, tantas emociones.- El moribundo tenía razón. Usted puede dar la felicidad.
- Puedo- afirma el Anticuario.
- Me la dará a mí.
- Aquí no se da nada- responde el propietario de la extraña tienda de antigüedades.- Aquí cambiamos cosas, pero por desgracia usted es el cambio, no el cambiador.
- ¿Cómo?- pregunta el médico, extrañado, sin comprender las palabras del anciano, pero sintiendo un siniestro y helado vacío en la boca del estómago.
- Ese viejo que ha muerto feliz en el hospital, cuando bebió de la copa lo hizo gracias a que antes realizamos un trueque, como todos los clientes que llegan hasta aquí. Este papel es un contrato firmado con sangre de aquel hombre. Un contrato que  le permitía beber de la copa y utilizar sus propiedades a cambio de algo.
- ¿De qué?
- Del alma de un hombre desesperado, con el veneno del amor devorando su corazón como una hiena hambrienta.
El joven médico, asustado, intenta levantarse de la silla para huir, pero su cuerpo se encuentra pegado al cuero sobre el que se sienta como si formara parte del asiento.
El Anticuario se levanta de pronto de la silla como una torre erigida sobre un llano. Es muy, muy alto y muy delgado, debe inclinarse para que su cabeza no roce el techo de la oscura trastienda.
- Los objetos antiguos tienen alma, joven- dice acariciando con amor un colgante de plata que de pronto ha surgido entre sus dedos como por arte de magia, parece ser muy antiguo.- Guardan el paso del tiempo, tienen en su interior la Historia. El problema es que necesitan ser alimentados por almas jóvenes, desgarradas por intensas pasiones, para recuperar su brillo. Almas como la suya, amigo mío, almas que hagan perdurar la belleza de su recuerdo.
El Anticuario se acerca, lentamente, al hombre inmovilizado en la silla. El colgante de plata deslustrada se balancea a escasos centímetros del rostro del joven.
- Le avisé, intenté disuadirle, le dije que aquí no iba a encontrar lo que su corazón anhelaba, pero no me escuchó. Demostrando así con su insistencia que su desgarradora pasión es tan fuerte como la que mis antigüedades necesitan para subsistir. Usted jamás podría alcanzar la felicidad, joven. Ella en cambio puede que algún día logre ser feliz, sin la rémora que usted supone para su vida. Usted es una oscura sombra en el camino de esa dulce muchacha. Una sombra de violencia y malos tratos, de abusos y vejaciones
- ¡Eso no es verdad!- exclama el muchacho furioso, enajenado.- ¡Yo la amo!
- Eso no lo dudo- asiente el Anticuario,- pero su forma de amar está viciada, es dolorosa e insana. Hubiera terminado mal para ella. Muy mal. El viejo moribundo pudo leerlo en su corazón, por eso está usted sentado en esta silla, en mi presencia.
- ¿Qué va a hacer conmigo?- pregunta el hombre aterrado, con un hilo de voz.
El anticuario acaricia la mejilla del joven doctor, sus largos dedos son tan gélidos como punzones de hielo y el frío gris que despide la pálida piel del viejo invade completamente al hombre, arrebatándole el calor de la vida, atravesando como un relámpago el delgado cuerpo del propietario de aquella tienda extraña, para ser depositado en la vieja y desgastada plata del colgante, que brilla con una nueva luz en las manos del Anticuario.

El cuerpo del hombre enfermo de amor se deshace en polvo a los pies del anciano, pero éste no presta ya atención al cuerpo al que acababa de arrebatar su esencia vital. Toda su atención se encuentra depositada en aquel lustroso colgante de plata labrada al que habla con dulzura y cariño, como si conversase con un ente vivo del que esperara una respuesta coherente.

2 comentarios:

  1. Qué historia tan atrapante y principalmente de misterio, hilo conductor de la lectura. Deja en el camino conjeturas. Y deja pensando al lector. Exquisita.
    Saludos!

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