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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 13 de julio de 2014

UN CLARO EN UN BOSQUE SOMBRÍO

Luz atravesaba el espeso y tenebroso bosque con un cántaro de leche fresca sujeto en la cabeza. El bosque no gozaba de la mejor de las famas y no parecía el lugar más apropiado para una niña de doce años, pero era el único camino al mercado y cada día había que vender la leche. Su madre estaba enferma y apenas podía caminar y su padre estaba borracho la mayor parte del tiempo y durmiendo la borrachera el resto. Así que a la pequeña no le había quedado más remedio que tomar las riendas de la granja. Cuidaba de los animales, los limpiaba, ordeñaba las vacas, daba de comer a las gallinas y a los conejos. Además cocinaba y limpiaba, cuidaba de su pobre madre moribunda y atendía lo mejor que podía a su padre, del que solo recibía gruñidos y desprecios, y algún golpe con el revés de la mano que marcaba su rostro. Por si fuera poco se encargaba de criar a su hermana pequeña de sólo cinco años.
Luz se levantaba cada mañana antes que el sol y se acostaba derrengada a la medianoche, para no poder dormir, escuchando los ronquidos de su padre, con temor a que se despertara en mitad de la noche y acudiera a su habitación, con sus manos ásperas y sus horribles besos con sabor a vino y a dolor, a culpa y a lágrimas. El tacto de sus manos y el olor de su padre se adherían a ella como una viscosa pátina de la que no se podía desprender por mucho que lavara su cuerpo con el agua helada de la tina cada mañana, al levantarse del jergón. Pero lo peor eran los ojos de su madre, la mirada vacía de vida, cargada de rabia y odio acumulado, de impotencia y desprecio por el hombre con el que se había casado y  desprecio hacia sí misma por no tener las fuerzas suficientes para impedir la aberración que ocurría bajo su techo y el dolor y sufrimiento,  indescriptibles, que estaba padeciendo  su niña.





El cántaro de leche fresca pesaba sobre su cabeza, haciéndole doler el cuello y los hombros, pero estaba acostumbrada y no daba importancia al dolor. Como cada mañana cruzaba el bosque para vender la leche, y aunque como hemos dicho el bosque no gozaba de la mejor de las famas, a la niña no le quedaba más remedio que cruzarlo, sin darle importancia a leyendas y rumores.  Su abuelo antes de morir le había contado terribles historias de oscuras apariciones en el bosque y de extrañas y macabras muertes. De ritos páganos y altares de sangre.
Durante años había cruzado el bosque con miedo, aterrada de cada ruido y de cada sombra, influenciada por las terribles historias de aquel viejo hosco, de carácter tan agrio como un mal vino. Pero ya no, ya no prestaba atención. Había crecido y sabía que en el bosque no podía haber nada peor que el monstruo que habitaba bajo su mismo techo, pero puede que se equivocara.
Al tomar una curva en el sendero que atravesaba el sombrío bosque. se encontró, de pronto, con dos enormes figuras oscuras de anchas espaldas y largas patas terminadas en pezuñas, como de macho cabrío. Sus cabezas sin rostro- no tenían boca, ni nariz, ni ojos, sólo eran una sombra más oscura que la negrura de la que tomaban forma- estaban coronadas por una poderosa cornamenta. Los dos seres se quedaron inmóviles ante ella como estatuas esculpidas de tinieblas.
Luz, aterrada, ante las presencias, dejó caer el cántaro lleno de leche desde su cabeza hasta el suelo. La vasija se resquebrajó en mil pedazos de arcilla, la leche salpicó sus ropas y tiñó el suelo de un blanco puro y brillante. Las dos enormes figuras continuaban quietas, observándola en silencio y aunque no tenían ojos, la niña notaba su abrasadora mirada quemando su piel. Echó a correr introduciéndose en la espesura, seguida por las terribles miradas sin ojos de aquellos seres oscuros.
Corrió sin rumbo, con el corazón desbocado y el terror estrangulando su respiración, amenazando arrebatarle el helado aliento. Corrió entre los árboles y los matorrales, arañando sus piernas  con las afiladas zarzas y sus mejillas con las duras ramas. Tropezó, cayó, rodó por el suelo, gateó entre las matas y volvió a correr, internándose en lo más profundo del espeso bosque. El miedo guiaba sus pasos como los lobos guían a un cervatillo aterrorizado hacia la trampa que la manada ha preparado para devorarlo.
Cuando por fin se detuvo, agotada, temblorosa y llena de arañazos, con la falda desgarrada y las rodillas en carne viva, los primeros rayos de sol del amanecer bañaban el bosque, dándole un aspecto perezoso, soñoliento y mágico. La pequeña se encontraba en el borde de un claro del bosque, donde ardía el rescoldo de lo que había tenido que ser una enorme hoguera, alrededor de las ascuas dormitaban figuras extrañas que parecían surgidas de un carnaval pesadillesco: hombres con cabeza de asno, bestias velludas con testa humana y colmillos de jabalí, figuras antropomorfas con piel de musgo y ojos de flores. Una larga miríada de seres imposibles que roncaban a pierna suelta, después de una lubrica noche de excesos y placeres. Había restos de comida y bebida por todo el claro. Junto al fuego de la hoguera se encontraba sentado, en una especie de trono tallado en un enorme tronco de madera de roble, un anciano con cabellos de oro y ojos de plata líquida, la piel de su rostro era similar al mármol de una estatua. El anciano iba vestido con opulentos ropajes dignos de un rey, y aunque nada en su porte indicaba que fuera un viejo. Todo él despedía un aura tan antigua como el mundo, en cuanto uno posaba sus ojos en aquel ser no podía dudar de que era muy, muy anciano.
Aquél sentado en el trono era el único de todos los extraños entes que se encontraba  despierto, bebía de una copa dorada, mientras miraba fijamente el hueco entre los arbustos donde se hallaba escondida la pequeña Luz. Hizo un gesto amable con la pálida mano, invitándola a acercarse.
- Ven- dijo con una voz tan musical como el canto del ruiseñor.- Acércate, jovencita. Deja que mis viejos ojos te vean.
La niña quiso echar a correr, pero la voz del anciano era como un embrujo irresistible y cuando se quiso dar cuenta se encontraba en el centro del claro, junto a las cálidas ascuas de la hoguera, postrada de rodillas ante la figura del ser.
El viejo observó a la niña en silencio, durante un instante que pareció eterno, devorándola con los ojos, leyendo en ella como en un libro abierto, cada recuerdo, cada momento feliz con su hermana, cada herida, cada cicatriz del alma. Cada pensamiento. Cada risa y cada lágrima.
Sus ojos argénteos brillaban con furia cuando terminó de escrutar a la niña, pero pronto su mirada se tornó dulce y llena de compasión.
- Hay otra vida, Luz- dijo con solemnidad.- En mi reino nadie te volverá a hacer daño, nadie osaría mancillar la pureza de una niña. La alegría y las risas son un baile de mariposas en mi reino y las estrellas danzarían para ti en sus juegos nocturnos. Las marcas de pesar infringidas en tu interior desaparecerían con el tiempo, como si nunca hubieran estado allí. Pero no podrás regresar jamás a esta tierra cruel que permite que los niños sufran. ¡La decisión es tuya!
Cuando Luz regresó al hogar, bien entrada la mañana, se encontró a su madre en el lecho, muerta. Al fin la terrible enfermedad que devoraba su cuerpo con saña desde hacia tantos años había vencido.  Parecía encontrarse tranquila, más allá de todo dolor y toda preocupación. Por fin las cargas que soportaba su alma habían desaparecido.
Luz besó su fría frente con cariño y cubrió su rostro con la basta tela de la sábana del  lecho de sus padres. Después la niña se dirigió al cuarto de su hermana, la encontró llorando, con su padre dormido junto a ella, roncando como un cerdo en el corral. La mano de su padre descansaba sobre la pierna desnuda de su hermanita que sollozaba en un mar de lágrimas y dolor.
 Sólo con cruzar su mirada con la de ella, Luz supo que por fin había ocurrido lo que más temía en el mundo. Que aquellas lágrimas no eran por la muerte de su madre, que aquel ser despreciable ni siquiera se había percatado de la muerte de su mujer. En silencio, hizo salir a su hermana a la era, tomó un cuchillo recién afilado de la mesa de la cocina e hizo lo que tenía que haber hecho hacía mucho tiempo.


Cuando Luz y su hermana pequeña se internaron de nuevo en el bosque, en busca de una nueva vida, de un nuevo mundo en el que poder ser felices, dejando atrás la oscuridad de este mundo, su padre todavía respiraba entre gritos de dolor, en un charco de sangre, con su pene seccionado limpiamente, arrojado en un oscuro rincón junto a la apagada chimenea.

10 comentarios:

  1. Muy bien por Luz. Lástima que no tomara esa decisión antes.
    Buen relato. :)
    Un saludo!

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    1. Muchas gracias, Ramón. Bienvenido a la oscura realidad. Espero que sigas paseando por aquí y disfrutando de sus sombras y sus claros.

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  2. Estoy con Ramón. Qué ser más repugnante se nos hace a los lectores. Nos crea un odio visceral. Me alegro del final.
    Un saludo.

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    1. Gracias Ricardo. Es un ser despreciable pero por desgracia hay muchos como él. Si he conseguido crear el odio visceral a su persona y que disfrutéis del final creo que el objetivo se ha cumplido. Al igual que a Ramón te doy la bienvenida a las sombras que cubren la oscura realidad, está es tu casa Ricardo.

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  3. Lástima que tu relato no sea más que un cuento, hay tantos seres despreciables en la vida real que nos quedaríamos sin historias si se les cortara el pene y mataran a todos. Saludos Esteban.

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    1. Si. Es una lástima. En la vida real, por lo general esas historias se guardan en la familia y las niñas quedan traumatizadas de por vida. Un saludo Frank.

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  4. Muy buen relato, el final ha sido impresionante. Ojalá en la realidad acabaran así todos todos esos "seres" tan despreciables como él >:-(.

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    1. Gracias por el comentario. Me alegra que te haya gustado. Ojalá fuera como dices, pero casi nunca es así y los que sufren son los niños. Bienvenida a la oscura realidad espero que te quedes entre sus sombríos bosques y sus mágicos claros. Un saludo.

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  5. Respuestas
    1. Un saludo Juan. Me encanta que te haya parecido brillante je,je. Gracias!!!

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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