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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 5 de agosto de 2014

FRAGMENTO INICIAL DE "CUENTOS DE LA VIEJA MUERTE"

INDICE





INTRODUCCIÓN


Aquí estáis, me alegro de veros de nuevo, mis buenos amigos,  siento un gran regocijo porque, una noche más, vuestros errabundos pasos os hayan traído hasta este lugar, a la cabaña erigida en el centro del bosque de hojas muertas, para escuchar las palabras de este humilde cuentacuentos, mientras la tormenta arrecia en el exterior y la lluvia repiquetea, monótona, en la techumbre sobre nuestras cabezas.
La pasada noche mi ánimo era gris, nublado como un jirón de nube, y por eso os hablé sobre la oscura realidad y las diferentes formas que toma en vuestro mundo, incrustándose en lo más profundo del corazón de los hombres, llevándoles a realizar actos perversos y crueles, pero esta noche, en cambio, me siento alegre como no lo he estado en siglos, con el deseo de entonar una canción de taberna bailando en los labios y una refrescante sensación a flor de piel, que me indica que algo está a punto de suceder. Algo se acerca y lo cambiará todo. Puedo  sentir como un fresco viento de felicidad agita las hojas muertas de los árboles del bosque, por eso, en esta noche en la que de nuevo os refugiáis de la tormenta junto al fuego de mi chimenea, voy a hablaros de la muerte… ¿Cómo?... Claro, mi buena señora,  tiene usted toda la razón, ya sé que no parece un tema muy agradable ni muy alegre, pero como ya sabréis todos aquellos que os habéis sentado cerca del fuego de mi hogar a escuchar mis pequeñas historias, los relatos que yo cuento, rara vez son lo que aparentan a simple vista.

Cierto es que la Vieja Muerte contemplada desde fuera puede parecer un tanto fría y estirada, pero creo que, aunque ni ella misma lo sabe, es muy posible que bajo sus oscuros ropajes, de anciana severa de expresión avinagrada, lata un corazón tan grande que no cabría en esta sala, pues sé con certeza que detrás de esos impasibles ojos oscuros, siempre tan serios, se oculta una brillante mirada, curiosa y juguetona.
Aunque la muerte sea el hilo conductor de la mayoría de los relatos que tengo reservados para esta velada, no sólo voy a contaros historias sobre la Vieja, pues cuando hablamos de Ella, no podemos olvidarnos de sus fieles sirvientes: las parcas. Y aunque reconozco que la mayoría de esas bellas muchachas son tan frías e insensibles como un témpano de hielo, y algunas tan crueles y despiadadas como una venenosa sierpe; por suerte hay unas pocas que no están mal del todo y, sobre todo, una en particular que me tiene ganado el corazón. Espero que esta noche se abra un hueco también en vuestros corazones, pues es un garbanzo negro, una manzana verde entre manzanas maduras, una pequeña llama en el centro de un glaciar, una fresca rosa en el caluroso desierto y merece mucho la pena conocer un poco su historia. Una interesante historia que iremos desgranando, un tanto, a lo largo de la extensa noche que nos aguarda, pero, por ahora, comencemos conociendo y comprendiendo un poco mejor a La Vieja, pues puede que no sea tan mala como, sin duda, todos los aquí presentes pensáis, ya que la creéis culpable de lo que más temor os produce en vuestra vida, sin saber que igual ni ella misma comprende el verdadero significado que la muerte tiene para vosotros.



LA PARADOJA DE LA VIEJA MUERTE


En su ancestral morada la Vieja Muerte, fascinada, escuchaba una historia, que un juglar relataba para ella, adornando el cuento con las más bellas palabras que el juglar había conocido en su vida. Era una hermosa historia de pasión y dolor, aventuras y romance, amistad y traición. La anciana observaba al juglar con ojos atentos e ilusionados, brillantes como los ojos de una niña, que atiende, con anhelo, la voz grave y serena con la que su viejo abuelito le narra cada noche, antes de dormir, un cuento.  Los ojos de la muerte, son unos ojos negros como cuentas de ónice, ojos que han visto caer, inmutables, las arenas del reloj del tiempo desde el día en que se abrió el espectáculo y que, sin pestañear, verán caer el último grano, la noche que descienda el telón.
 Pero, ante la mirada atónita del juglar, algo sorprendente e inesperado sucedió en ese momento: una fría lágrima humedeció la pálida mejilla, un temblor  agitó la descarnada mano de la anciana,  la mirada de la Vieja vagó perdida, horrorizada ante los hechos que acababa de escuchar relatados por boca del juglar: su personaje favorito, el héroe protagonista de aquel maravilloso relato, acababa de morir dentro de la historia. Había perecido después de sufrir grandes cuitas y pesares, que había superado con valor y arrojo, dignos de un héroe de leyenda, para morir trágicamente, traicionado, justo al final de su tortuoso camino, sin llegar a besar por última vez los rojos labios de su enamorada, que lo esperaba, ajena a su fallecimiento, para disfrutar  de una larga vida juntos, plagada de alegrías, penas, niños y sueños compartidos. Todos esos proyectos, toda esa felicidad futura, acababa de perderse en la nada, sin remedio. La Vieja no pudo encontrar ningún sentido a aquella muerte, ninguna explicación, sólo sentía en ese momento un extraño vacío que oprimía su enjuto pecho, allí donde debería de haberse encontrado su corazón.
El juglar observó a la Poderosa Señora, anonadado por su reacción, sin atreverse a continuar con la historia, que quedó petrificada en sus labios. El silencio se hizo eterno en las estancias de la Vieja Muerte y el tiempo pareció doblarse sobre si mismo, atrapando al juglar en una trampa perpetua, inmóvil como una antigua estatua de mármol, hasta que finalmente, tras un instante que para el juglar pareció una era del tiempo, la Vieja despidió, agitada y confusa como nunca antes lo había estado, al hombre de sus aposentos, pues tenía mucho en que pensar. Necesitaba estar sola, cavilar y meditar.
El desconocido pesar, la confusión que embargó entonces la consciencia de la Vieja Muerte, provocó que las parcas, sus sirvientes, detuvieran su imprescindible labor, todas ellas al mismo tiempo.  Miles de almas humanas quedaron en vilo, sin nadie que las acompañara en su último viaje hacia el lugar más allá del vacío. Tal fue el estupor que las consecuencias de la muerte inspiraron en la propia Muerte, que durante aquella noche nadie murió en el mundo.



BURLANDO A LA MUERTE


Desde la terraza de mi lujosa mansión observo a mis nietos bañarse en las suaves olas del mar Mediterráneo, su exultante juventud hace daño en mis ancianos ojos. Sus  alegres risas y sus agitados juegos parecen completamente extraños, comparados con mi cuerpo achacoso, devorado por el maldito cáncer.  He vivido una larga vida, una vida de lujos, sexo y desenfreno. No quiero morir.
El éxito en cada una de las empresas que he emprendido, me ha acompañado a lo largo de todos mis años, jamás empecé algo que no resultara exitoso. Últimamente la cercanía de la muerte se ha convertido en una obsesión para mí. Un triunfador como yo,  no puede dejarse vencer por algo tan vulgar como la muerte. El destino final que sufre cualquier pobre vagabundo tirado en la cuneta de un húmedo camino,  no puede ser el mismo sino que el mío. No lo concibo, no lo acepto.
Por lo tanto he gastado buena parte de mi fortuna en busca de algo que los hombres llevan soñando con conseguir desde el principio de los tiempos, y como en todo lo demás en lo que he puesto mi empeño he salido triunfador. He hecho un pacto con fuerzas oscuras que me han prometido la inmortalidad. La eterna juventud.
Como todo en la vida, escapar de la muerte tiene un precio. Un precio que según me  comunicaron  debía de pagar justo antes de recibir el don prometido. Es un precio muy alto, pero que me importa a mí, que lo poseo todo, pagar tan alto precio, si el premio es la vida eterna. Esta tarde han venido a hacerse cargo de la mitad de mi fortuna, donada a las arcas de una oscura organización sin nombre. Por lo tanto la hora se acerca. La muerte me espera.
Siento una presencia a mi espalda, me giro. Una viejecita de rostro severo vestida de negro, me observa con absoluto desagrado.
— Así que al fin has llegado— saludo con burla a la vieja.
— Sí— asiente,— yo siempre llego a mi hora.
— Pues por una vez, llegas tarde— contesto entre risas. La situación me produce gran satisfacción. He derrotado a la muerte, tengo derecho a disfrutarlo.
— Eso parece— responde la anciana, escrutándome con sus diminutos ojos negros que parecen quebrarse en mil facetas.
— ¿Qué es lo que sientes al haber fracasado por primera vez en toda tu existencia, vieja?— preguntó interesado en conocer la respuesta.
— Yo no puedo sentir nada— responde la anciana, desviando la oscura mirada hacia el mar, escuchando el rumor de las olas rompiendo en la playa.— No tengo esa capacidad.
— Deberías sentir rabia, pues yo te he vencido— digo eufórico.— ¡Reconoce que te he burlado, vieja ridícula!
La anciana me mira con sus indescriptibles ojos, en los que me parece atisbar un pequeño brillo de insatisfacción, incluso de pena.
— No se puede burlar a la muerte— dice con tristeza, agitando la cabeza a modo de negación.
— Pues yo lo he hecho. No puedes llevarme. Hice un pacto con oscuras fuerzas, que por lo visto conocen secretos más poderosos que tú. Acabo de pagar al mismísimo Gran Maestre, en oro contante y sonante la mitad de mi fortuna. Pero ha merecido la pena cada lingote de oro. Ese  precio no es nada comparado con la sensación de verte aquí, impotente ante mí. Sabiendo que soy intocable, que no puedes llevarme.
— No es bueno hacer tratos con el maestre de esa secta oscura, de esa orden sin nombre. Nada bueno puede salir de relacionarse con él y sus acólitos. Lleva trescientos años alterando el estado natural de la cosas y algún día tendrá que pagar el precio… con intereses.
— ¡Y a mí eso qué me importa!— exclamo exaltado. – A mí lo único que me importa es que como siempre he triunfado donde todos los demás fracasan. ¡Soy inmortal! No puedes llevarme.
— Eso es cierto— asiente la vieja, fijando la vista en los niños, mis nietos, que juegan en el mar. Aunque la anciana dice que no puede sentir nada, se miente a sí misma, pues veo claramente en sus ojos la piedad y la pena.— El precio que pagar a las fuerzas oscuras  no se mide en oro. El oro es sólo una parte— murmura para sí misma. No entiendo a que se refiere, pues yo acabo de pagar el precio que me exigieron, justo antes de la hora de mi muerte, como me dijeron. Nadie ha hablado de un segundo pago.
En ese instante, bajo la triste mirada de la vieja, uno de mis nietos desaparece entre las olas, puedo ver su pálida mano alzarse sobre el agua, antes de hundirse definitivamente, los demás niños se lanzan al mar para ayudarlo. Veo el mar, un segundo antes calmado, embravecerse y arrastrar al fondo a toda mi descendencia, ante los ojos de ónice de la vieja.
El Gran Maestre de la orden sin nombre se encuentra en la playa, caminando sobre la húmeda arena con sus ridículos zapatos de una época pretérita y su levita oscura que parece sacada de una mala obra de teatro. El hombre, pequeño y cetrino, de acerada mirada gris, alza la vista hacia el balcón donde nos encontramos y mueve la mano señalando a la anciana, como quien saluda desde lejos a una conocida.
— No se puede burlar a la muerte— repite la Vieja Muerte y desaparece, sin más, dejándome solo en el balcón.
No puedo apartar la vista del mar que se acaba llevar la vida de todos mis descendientes. Entonces veo como las arrugas de mi mano comienzan a desaparecer y me río a grandes carcajadas y lloro de felicidad y salto y bailo. Si la muerte quería darme una lección llevándose a mis nietos con ella, se ha equivocado de persona, pues de nuevo soy joven y estoy vivo. Sigo siendo inmensamente rico y una vida de placeres eternos me aguarda, que me importan a mí esos niños.



INTERLUDIO


El miedo a la muerte nos condiciona por completo, el miedo a la llegada del final y de lo que hay más allá del último suspiro nos atenaza y nos impide disfrutar del ahora con la intensidad con la que deberíamos disfrutarlo. A lo largo de la historia de la humanidad una sombra se ha ocultado en el corazón de los hombres, siempre presente: la sombra de la muerte. Pero lo que los seres humanos no podemos comprender es que quizá lo que aguarda tras el velo de la muerte no sea tan terrible y que allí, sencillamente, nos aguarde un paso más en el camino de nuestras vidas. Quizá todos deberíamos aceptar ese miedo con la sosegada filosofía con la que se lo toman los dos ancianos del siguiente relato.



FIN


Los dos viejos de rostros tan  agrietados como la árida tierra del desierto, charlan aletargados, tostándose al sol, mientras juegan una partida de ajedrez sin fin, que los ha mantenido unidos, cada una de sus vacías mañanas, durante los últimos años de mutua compañía,  en el postrero viaje de sus vidas, a través de los largos e indefinidos días pasados en la desoladora y voraz rutina del triste asilo.
Hablan, con pocas palabras, del único pensamiento que hay girando en sus cabezas. Charlan de la muerte con temor, reverencia y con cierto humor macabro, propio de quien ha visto de todo en su larga vida, llena de experiencias, de amores y desamores, de abundantes desgracias y escasos momentos afortunados, que por el hecho de ser tan exiguos se disfrutaron mucho más. Sienten curiosidad por descubrir aquello que todo hombre desea saber. La respuesta a la pregunta que ha torturado la conciencia colectiva de la humanidad desde el albor de los tiempos. La muerte es el último tema de conversación que les queda, pues todos aquellos que conocieron y amaron a lo largo de los extensos inviernos de sus vidas desaparecieron hace tiempo.
Uno de los ancianos continúa su inútil cháchara sobre la muerte, absorto en sus pensamientos, sin percatarse de que su viejo amigo ha dado el último paso y ya conoce las respuestas que él tanto anhela, pero, por desgracia, no puede compartirlas, porque en ese momento, mientras su compadre todavía cavila, meditabundo, sobre los misterios de la muerte, se aleja de la mano de una joven parca hacia las ancestrales moradas de la Vieja Muerte y los extraños senderos que hay más allá de ellas.
Cuando el anciano fija su nublada mirada, de nuevo, en la partida, se percata de que alguien ha movido una de sus piezas, sin su permiso y sin que él lo haya notado. Uno de sus alfiles amenaza la posición que unos instantes antes ocupaba el rey de su adversario, la valiosa pieza de madera tallada que representa el centro del mundo de su rival, en la bella y perfecta metáfora de la vida que es un tablero de ajedrez. El rey blanco se encuentra caído sobre los escaques, inerte, abatido, derrotado, entre un grupo de inmóviles y pálidos peones. Jaque mate, fin de la partida.


OCASO


En aquel lugar siempre es ocaso. Todas las cosas llegan  allí a su fin. Nunca nada comenzó en ese desolado paraje y jamás nada tendrá su inicio en aquel sitio. Se erige sobre una tierra maldita donde jamás amanece, ni el sol alcanza su cúspide al mediodía. Es un lugar de sombras y de muerte, donde se encuentra el fin del mundo conocido, que da paso al mundo de las tinieblas, al ocaso eterno que hay más allá de nuestras vidas.
A aquel extraño lugar  llegan, atraídos por una fuerza que todavía no comprenden, El Hombre de Azul y La Bailarina perseguidos por El Hombre de Gris, El Hombre  de Marrón y El Viejo. Llegan a Ocaso para terminar lo que empezaron muy lejos de allí, en una bonita mañana soleada, en una playa de arena bañada por suaves olas de agua salada, junto a una enorme mansión de mármol blanco en cuyo impresionante tejado se erigía una cúpula dorada. No pueden haber elegido un lugar mejor para acabar, pero en Ocaso las cosas no terminan siempre como uno espera, sobre todo cuando uno no sabe que se encuentra en Ocaso.
El Hombre de Azul conduce, con ojos cansados y rojos por la tensión acumulada y la falta de sueño, escrutando el sucio parabrisas del viejo coche, intentando ver algo a través de la mugre que cubre el cristal y de la nieve que cae, cada vez más copiosamente, siendo apartada por los incansables limpiaparabrisas que mantienen su ritmo frenético, hipnotizando la adormecida mirada de La Bailarina, que parpadea constantemente.  La muchacha intenta mantener con un gran esfuerzo los ojos abiertos y no dejarse llevar por el cansancio y el sueño, que reclaman su consciencia.
Cuando han tomado ese camino el sol brillaba en el cielo, pero pronto una masa informe de oscuras nubes ha emparedado el firmamento de negrura y comenzado a descargar sus lágrimas heladas, sin descanso, sobre ellos como si su único propósito fuera cortar la veloz huida de Los enamorados.
Llega un momento en que la pared de nieve es tan profunda que el hombre debe detener el viejo coche, temiendo acabar fuera de la carretera. El  vehículo cesa, aliviado, el cascado retumbar de su motor, que resuena en el silencio como la tos crónica de un anciano que despierta solo en la habitación de un triste asilo.
— Me estoy helando— dice la muchacha. Los bonitos dientes, extremadamente blancos, castañetean audiblemente de frío, como queriendo enfatizar su afirmación.
El hombre pasa su ruda mano de asesino por los suaves bucles pelirrojos del cabello de la mujer y acaricia su tersa mejilla, intentando transmitirle un poco de calor.
— Este coche es un maldito trasto viejo— argumenta, enfadado consigo mismo por no haber encontrado otro vehículo para huir.— La calefacción no funciona desde hace años. Tenía que haber robado algo mejor, pero no tuve tiempo. En cuanto lleguemos a cualquier lugar habitado, robaré para ti algo mejor. Algo mucho mejor.
— Si sigue nevando así vamos a morir sepultados en la nieve— afirma La Bailarina, con expresión un poco asustada y temerosa.— Dicen que cuando mueres congelado, simplemente te duermes y sueñas cosas bonitas. No me importaría morir soñando, contigo a mi lado. Hay peores maneras de morir que  morir soñando.
— ¿No es eso lo qué hemos estado haciendo los últimos días?— pregunta, con un cierto tono de fría desesperación el hombre.— Simplemente hemos estado soñando. He soñado que por una vez en mi vida las cosas me salían bien. He soñado que una mujer hermosa y maravillosa me amaba y que éramos felices. Un cuento de hadas.
— Eso no es un sueño— dice la muchacha, tocando a su vez el curtido rostro del hombre, acariciando su áspera barba de  varios días sin afeitar.— Yo te amo y he sido feliz contigo. Estoy viviendo de verdad un cuento de hadas.
El hombre besa a la muchacha, con ternura, en los dulces labios y ella le devuelve el beso, dejándose ir entre las fuertes manos que acarician su suave rostro. Es él quien detiene las caricias y los besos para mirar a la muchacha unos segundos a los ojos. Dice con pesar:
— Pero el escapar del pasado es un sueño que se transforma en pesadilla. En realidad sabíamos lo que iba a pasar. En el momento que decidimos hacer lo que hicimos, sabíamos que la muerte vendría a nuestro encuentro.
El Hombre de Gris— susurra La Bailarina,  asustada por el sólo hecho de tener que mencionar ese nombre.
— Él es la misma muerte y nada puede escapar de la muerte. No me arrepiento de lo que he hecho, pues yo ya estaba muerto y tú me has dado la vida con tus besos y tus caricias. Para mí estos últimos días, bien valen más que cien muertes, pero no puedo soportar la idea de que la muerte venga a buscarte a ti también.
—  Si no salimos del coche y buscamos un refugio es posible que le ahorremos al asesino su trabajo— comenta La Bailarina con triste ironía e intenta sonreír, para avivar el ánimo del único hombre al que ha amado en su vida.— ¡Es increíble como nieva! ¡Nunca había visto nada igual!

— Lo cierto es que en esta zona del país nunca nieva— comenta él, un tanto sorprendido, echando una inquieta ojeada a su alrededor.— Es muy extraña esta tormenta. Antes de tomar esta estrecha carretera, lucía un sol espléndido… coge el mapa y mira si encuentras una ciudad,  un pueblo o un motel cercano, donde podamos pasar la noche.

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2 comentarios:

  1. Está muy bien *-*
    ¿Lo has escrito tú? *-*

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  2. Claro que sí Lucia. Es el principio de mi segundo libro publicado en Amazon. Me alegro de que guste. Un saludo.

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