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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

jueves, 29 de enero de 2015

OCASO

Este es uno de mis relatos preferidos. Hasta ahora sólo podíais encontrarlo dentro del libro "CUENTOS DE LA VIEJA MUERTE". Os lo dejo aquí para que os hagáis una idea de lo que os podéis encontrar en ese libro.

En aquel lugar siempre es ocaso. Todas las cosas llegan  allí a su fin. Nunca nada comenzó en ese desolado paraje y jamás nada tendrá su inicio en aquel sitio. Se erige sobre una tierra maldita donde jamás amanece, ni el sol alcanza su cúspide al mediodía. Es un lugar de sombras y de muerte, donde se encuentra el fin del mundo conocido, que da paso al mundo de las tinieblas, al ocaso eterno que hay más allá de nuestras vidas.
A aquel extraño lugar  llegan, atraídos por una fuerza que todavía no comprenden, El Hombre de Azul y La Bailarina perseguidos por El Hombre de Gris, El Hombre  de Marrón y El Viejo. Llegan a Ocaso para terminar lo que empezaron muy lejos de allí, en una bonita mañana soleada, en una playa de arena bañada por suaves olas de agua salada, junto a una enorme mansión de mármol blanco en cuyo impresionante tejado se erigía una cúpula dorada. No pueden haber elegido un lugar mejor para acabar, pero en Ocaso las cosas no terminan siempre como uno espera, sobre todo cuando uno no sabe que se encuentra en Ocaso.
El Hombre de Azul conduce, con ojos cansados y rojos por la tensión acumulada y la falta de sueño, escrutando el sucio parabrisas del viejo coche, intentando ver algo a través de la mugre que cubre el cristal y de la nieve que cae, cada vez más copiosamente, siendo apartada por los incansables limpiaparabrisas que mantienen su ritmo frenético, hipnotizando la adormecida mirada de La Bailarina, que parpadea constantemente.  La muchacha intenta mantener con un gran esfuerzo los ojos abiertos y no dejarse llevar por el cansancio y el sueño, que reclaman su consciencia.

Cuando han tomado ese camino el sol brillaba en el cielo, pero pronto una masa informe de oscuras nubes ha emparedado el firmamento de negrura y comenzado a descargar sus lágrimas heladas, sin descanso, sobre ellos como si su único propósito fuera cortar la veloz huida de Los enamorados.
Llega un momento en que la pared de nieve es tan profunda que el hombre debe detener el viejo coche, temiendo acabar fuera de la carretera. El  vehículo cesa, aliviado, el cascado retumbar de su motor, que resuena en el silencio como la tos crónica de un anciano que despierta solo en la habitación de un triste asilo.
— Me estoy helando— dice la muchacha. Los bonitos dientes, extremadamente blancos, castañetean audiblemente de frío, como queriendo enfatizar su afirmación.
El hombre pasa su ruda mano de asesino por los suaves bucles pelirrojos del cabello de la mujer y acaricia su tersa mejilla, intentando transmitirle un poco de calor.
— Este coche es un maldito trasto viejo— argumenta, enfadado consigo mismo por no haber encontrado otro vehículo para huir.— La calefacción no funciona desde hace años. Tenía que haber robado algo mejor, pero no tuve tiempo. En cuanto lleguemos a cualquier lugar habitado, robaré para ti algo mejor. Algo mucho mejor.
— Si sigue nevando así vamos a morir sepultados en la nieve— afirma La Bailarina, con expresión un poco asustada y temerosa.— Dicen que cuando mueres congelado, simplemente te duermes y sueñas cosas bonitas. No me importaría morir soñando, contigo a mi lado. Hay peores maneras de morir que  morir soñando.
— ¿No es eso lo qué hemos estado haciendo los últimos días?— pregunta, con un cierto tono de fría desesperación el hombre.— Simplemente hemos estado soñando. He soñado que por una vez en mi vida las cosas me salían bien. He soñado que una mujer hermosa y maravillosa me amaba y que éramos felices. Un cuento de hadas.
— Eso no es un sueño— dice la muchacha, tocando a su vez el curtido rostro del hombre, acariciando su áspera barba de  varios días sin afeitar.— Yo te amo y he sido feliz contigo. Estoy viviendo de verdad un cuento de hadas.
El hombre besa a la muchacha, con ternura, en los dulces labios y ella le devuelve el beso, dejándose ir entre las fuertes manos que acarician su suave rostro. Es él quien detiene las caricias y los besos para mirar a la muchacha unos segundos a los ojos. Dice con pesar:
— Pero el escapar del pasado es un sueño que se transforma en pesadilla. En realidad sabíamos lo que iba a pasar. En el momento que decidimos hacer lo que hicimos, sabíamos que la muerte vendría a nuestro encuentro.
El Hombre de Gris— susurra La Bailarina,  asustada por el sólo hecho de tener que mencionar ese nombre.
— Él es la misma muerte y nada puede escapar de la muerte. No me arrepiento de lo que he hecho, pues yo ya estaba muerto y tú me has dado la vida con tus besos y tus caricias. Para mí estos últimos días, bien valen más que cien muertes, pero no puedo soportar la idea de que la muerte venga a buscarte a ti también.
—  Si no salimos del coche y buscamos un refugio es posible que le ahorremos al asesino su trabajo— comenta La Bailarina con triste ironía e intenta sonreír, para avivar el ánimo del único hombre al que ha amado en su vida.— ¡Es increíble como nieva! ¡Nunca había visto nada igual!
— Lo cierto es que en esta zona del país nunca nieva— comenta él, un tanto sorprendido, echando una inquieta ojeada a su alrededor.— Es muy extraña esta tormenta. Antes de tomar esta estrecha carretera, lucía un sol espléndido… coge el mapa y mira si encuentras una ciudad,  un pueblo o un motel cercano, donde podamos pasar la noche.
La muchacha abre la guantera del viejo coche que amenaza con salirse de sus juntas y quedarse en su mano, aparta con repulsión la pistola, que reposa sobre el mapa, coge el gastado y amarillento trozo de papel y lo despliega. Lo mira atentamente con sus brillantes ojos verdes, entrecerrados a la escasa luz de una pequeña bombilla que brilla, parpadeante, en el techo sobre su cabeza.
— La carretera que hemos tomado no viene en el mapa y no hay ningún pueblo, ni nada por el estilo por aquí.
Un par de ruidos secos en el cristal sobresaltan a La Bailarina que ahoga un grito y el mapa se le escapa de las manos, cayendo sobre la alfombrilla entre sus pies. El Hombre de Azul, con nervios de acero, toma el arma y la oculta, junto a su pierna, apuntando hacia el cristal. Supone que El Hombre de Gris les ha encontrado por fin y trae la muerte consigo. Eso es lo que ocurre, invariablemente, cuando huyes de alguien como El Hombre de Gris.
Pero el rostro que aparece, cuando el hombre del exterior limpia  la nieve del cristal con un pañuelo, no es el pétreo e impasible rostro, cruzado por una cicatriz desde la frente a la barbilla, de El Hombre de Gris, ni los ojos que les miran con curiosidad son los vacíos e insondables ojos grises  del asesino predilecto de El Viejo. El rostro es amable y los ojos brillan con amistad. La Bailarina, aliviada, baja la ventanilla, girando lentamente la desvencijada manivela. El hombre que se encuentra en el exterior del coche es extremadamente alto y delgado, ni un solo pelo cubre su cuerpo. No tiene vello en la cabeza, ni en las cejas, ni en la barba, ni siquiera pestañas con las que parpadear. Es tan alto que ha tenido que ponerse en cuclillas para que su cabeza quede a la altura de la ventanilla del coche.
— Hola— saluda el hombre alto con voz dulce y melodiosa.— Bienvenidos a Ocaso. Han tenido mucha suerte de que haya visto las luces de su coche desde el interior.
La Bailarina suspira de alivio y sonríe, dejando escapar la tensión y el cansancio que la embargan. Los enamorados salen del coche, él mantiene la mano en el bolsillo  de la chaqueta donde ha guardado la pistola, puesto que uno nunca es suficientemente precavido cuando se dedica a su oficio. Una vez fuera del coche se quedan maravillados cuando ven frente a ellos una enorme mansión que parece surgir de la misma nieve y de las sombras. Una mansión que ha estado a unos pocos metros del viejo coche y que no han visto, cegados por la desesperación. El frío se adhiere a sus huesos y la nieve lame su piel. El asesino lleva un elegante traje de lino azul y una impoluta camisa blanca, corbata gris y unos oscuros zapatos de piel. La joven sólo lleva puesto un vestido negro de fina gasa, escote pronunciado, de vértigo, y muy  corto sobre las infinitas piernas, desnudas, que discurren eternas hasta unos preciosos zapatos del color del ébano y tacones  de interminable  aguja que se entierran en la nieve, como punzones para triturar hielo. Tirita y tiembla como un cachorrito lejos de su madre. El asesino pone sobre sus hombros la chaqueta azul y la abraza con fuerza. El hombre alto, por su parte, viste una fina camisa blanca, pajarita oscura alrededor de su huesudo cuello, un chaleco de estrechas rayas negras y doradas y un elegante pantalón de tela, sobre unos zapatos brillantes de betún. Nada en su indumentaria hace parecer que se encuentre bajo la nieve, padeciendo el frío viento.
— ¿Ocaso… es el nombre… de la… mansión?— pregunta la muchacha con un  incontrolable castañeteo en los perfectos dientes, volviendo su atención a la casa que surge de las sombras.
— Más o menos— contesta el hombre, indicándoles con un gesto de su mano el camino hacia la casa.
El Hombre de Azul con la muchacha alzada entre sus fuertes brazos, llega bajo la protección que les ofrece el amplio  porche de la mansión, arrastrando los pies  sobre una capa de nieve que le cubre hasta las rodillas. Por su parte el hombre alto parece apenas rozar la nieve, deslizándose sobre ella, ligero como un sueño.
Bajo el techo del porche, libres de la lluvia helada, respiran tranquilos,  observando el vehículo completamente sepultado por un manto de hielo blanco. 
— Tiene una casa preciosa— comenta la muchacha, maravillada ante la arquitectura victoriana de la enorme mansión.
— No es mi casa, señora— explica el hombre alto con una diligente sonrisa dibujada en los labios.— Yo sólo soy un simple sirviente de los señores de la casa.
La muchacha piensa, casi sonriendo, que se lo debería haber imaginado al ver la ropa que lleva puesta aquel hombre: es la misma ropa que ha visto en tantas malas películas en las que el mayordomo siempre acaba siendo el asesino.
— Hace una tarde de perros ¿eh?— dice el Hombre de Azul.
— Es de noche, señor— contesta El Sirviente, mirándole extrañado, con ojos claros bajo las inexistentes cejas.— Ha llegado el ocaso, la tarde pasó hace mucho tiempo.
El Hombre de Azul observa su reloj, asombrado, pero se ha parado a las cuatro de la tarde y las manecillas se mantienen inmóviles, dejando el curso del tiempo detenido indefinidamente.
— Juraría que no podían ser más de las cinco— dice, agitando el reloj y dándole cuerda, pero no es capaz de insuflar vida a las inertes agujas. Aquel elegante reloj dorado fue un regalo de El Viejo.
— Este reloj marcará con precisión las horas de tu vida, hijo mío— había dicho el anciano con su voz cascada abrazándole y besándole en la frente como hacía con sus propios hijos. De aquello hacía mucho tiempo. Él ya no es como un hijo para el gran hombre y el reloj ha dejado de marcar las horas de su vida. Quizá es un presagio, quizá sólo es una casualidad. Guarda el reloj en el bolsillo y meneando la cabeza, preocupado, observa el cielo, pero bajo la espesa capa de nubes, tan negras que parecen traer consigo el fin del mundo, es imposible saber en qué hora se encuentran caminando sus vidas. Sin duda que parece el cielo del ocaso más absoluto el que cubre con su manto de oscuridad aquella mansión.
— Se le habrá hecho el día corto conduciendo— comenta El Sirviente, observando a la pareja con preocupación, como si temiera que se desplomaran desfallecidos a sus pies.— Parecen cansados. Si me permiten decirlo, no tienen muy buen aspecto. Seguramente han tenido un día muy duro y perdieron la noción del tiempo. Pero no se preocupen— una sonrisa, tan encantadora como la de un niño, aparece en su extraño rostro sin vello.— En la casa podrán descansar y tomar un relajante baño caliente.
— ¡Oh! ¡Sería maravilloso!— exclama la muchacha y sus ojos brillan de felicidad,  mientras imagina el agua caliente bañar su piel.
— Eso está hecho— afirma El Sirviente, sin dejar de sonreír. Abre la puerta que da al interior de la casa, hace un gesto claro para que la pareja entre y pasa detrás de ellos, cerrando la puerta  a su espalda.
Los Enamorados cruzan el umbral  de la mansión y ahogan una exclamación de asombro ante lo que sus ojos ven.
— Es maravillosa— comenta la muchacha, extasiada por la belleza de los muebles y cuadros que se encuentran en aquel amplísimo hall.
El mayordomo asiente ante el cumplido, disfrutando de la impresión que la casa ha causado en la muchacha.
— Ahora les acompañaré a las habitaciones y les prepararé ese baño por el que suspiran. Más tarde cenarán con los señores. Estamos esperando invitados.
— No queremos molestar— dice El Hombre de Azul, sonriendo con educación— Simplemente esperaremos a que pasé la tormenta y luego nos iremos. No hace falta que molestemos a los señores ni a sus invitados.
— No será ninguna molestia, caballero. A los señores les encantan las visitas. A sus invitados no les importará, en absoluto, que cenen ustedes con ellos. Por otra parte sería una descortesía terrible no invitarles a cenar cuando hay una fiesta. Conociendo a los señores se sentirían muy molestos si rehúsan la invitación.
— Por supuesto que no rehusamos— dice La Bailarina, diplomática.— Será un placer acudir a la cena.
— Esos invitados que esperan. ¿Cree usted que llegarán con este temporal?— pregunta El Hombre de  Azul, no muy convencido.
— No tengo la menor duda, señor— responde El Sirviente, mientras  abre la puerta de una maravillosa habitación.— Su dormitorio.
— ¡Magnífica!— exclama la muchacha, observando anonadada la habitación que es tan fascinante e hipnótica como el resto de la mansión. Está acostumbrada a vivir rodeada de lujos, pues El Viejo, no escatimaba nada para complacerla, pero aquella casa va más allá de nada de lo que ella hubiera visto.
— Su baño estará listo enseguida— indica el mayordomo antes de salir de la enorme habitación.— Se lo haré saber.

La destartalada furgoneta toma la curva a gran velocidad y las ruedas producen un molesto chirrido cuando el conductor frena de golpe, viendo que se van a salir de la carretera. Después de eso la furgoneta enfila la recta sin problemas.
— ¡Eres absolutamente idiota!— grita una joven rubia desde el asiento de atrás.— ¡Hemos estado a punto de matarnos hace cinco minutos y ahora a poco más nos sacas de la carretera!
— ¡Lo siento, vale!— dice el conductor, disminuyendo la marcha.— Ese maldito camionero, de antes, me ha puesto nervioso. No sé cómo hemos salido de esa. Lo vi encima. Nos echa de la carretera y el hijo puta no es capaz de parar el camión para ver como estábamos.
Son cinco jóvenes de vacaciones. Dos parejas y un amigo de los  novios de las chicas, dispuestos a disfrutar de la vida, pero las cosas no les han demasiado bien hasta el momento. Los primeros días en la playa han sido muy aburridos y llenos de discusiones entre ellos. Ahora que empiezan a pasárselo bien, un camionero, seguramente borracho, se sale de su carril en una curva peligrosa y se les echa encima, a punto de aplastarles.
— Si quieres conduzco yo, por lo menos hasta que te tranquilices un poco— dice El Amigo desde el asiento trasero, donde se encuentra incomodo y agobiado, junto a la pareja que hace manitas. Cuando comenzó el viaje él también había tenido pareja, pero una discusión la primera noche, había roto su breve relación y comenzado a estropear las vacaciones de  todos. Ahora se siente un estorbo para sus amigos.
— Nadie pone las manos en mi furgoneta, ¿recuerdas?— dice El Chino, mientras observa por el espejo retrovisor a su amigo, lanzándole una dura mirada de advertencia con unos ojos un poco rasgados que le han valido su apodo.
— Cualquiera diría que quieres más a la furgoneta que a tu chica— comenta El Rubio, apartando las manos del cuerpo de su novia, riendo a carcajadas.
— ¿Es eso cierto?— pregunta María desde el asiento con un gesto recriminatorio en los bonitos ojos castaños, bajo las gafas redondas de montura plateada.
— La furgoneta no me da lo que me das tú, cariño— argumenta El Chino, posando su mano en el bien formado muslo de María, un dedo por debajo de la tela de los pantalones cortos.
— Yo todavía no te he dado nada— dice María ceñuda, apartando la mano de su pierna con un poco de desprecio.
— Pues ya es hora, bonita— dice la chica del asiento de atrás, besando a su novio entre risas.
— Sí, ya es hora— repite El Chino, volviendo a posar la mano en el muslo y subiendo hacia arriba. Hacia zona peligrosa, pero María en el último momento detiene la mano, separándola, otra vez, de su cuerpo.
— Mira a la carretera— dice molesta.— Ya hemos tenido bastantes sustos, por hoy.
— ¡Eh, mirar a esa!— exclama la chica del asiento de atrás, señalando a una muchacha que camina junto a la carretera con pasos cansados. Va vestida de negro y lleva una gran mochila a la espalda, como un caracol llevando su casa a cuestas.
— ¡Para!— pide El Rubio.— Esto es muy aburrido. Una más podría hacerlo más divertido.
— Claro— dice su novia, dándole la razón como siempre.— A ver si vuestro amigo cambia esa cara de muermo  que se le ha quedado, desde que se fue su chica y nos deja un poco en paz.
El Amigo no dice nada, pero mira con curiosidad a la muchacha. La chica que camina por la carretera vuelve la cabeza, al ver acercarse la furgoneta y detenerse junto a ella.
Es delgada y menuda, pero muy bonita. Tiene el pelo  rubio y corto y la tez clara, los ojos grises y profundos. Sus labios, su mirada y sus movimientos son muy sensuales.
— ¿Hacía donde te diriges?— pregunta El Chino desde el asiento del conductor.
La Desconocida le mira  durante unos segundos, en silencio, se quita la pesada mochila de la espalda, apoyándola en el suelo, y sonríe ladeando la cabeza un poco hacia la izquierda.
— Hacia allí— dice, señalando hacia el oeste con un gesto vago.— Hacia la puesta de sol.
— ¿Simplemente hacia la puesta de sol?— pregunta El Chino, observando las bonitas piernas de la muchacha sin mucho disimulo— ¿No vas a alguna parte en particular, guapa?
La muchacha se encoge de hombros y estira sus músculos, desperezándose, como un felino recién despertado.
— Simplemente camino hacia poniente—  contesta La Desconocida, apoyando su grácil mano en  la puerta de la furgoneta.— Hacia el ocaso. No me interesan los sitios particulares. Todos los lugares son iguales, para mí. Voy a todas partes sin hacer distinción. Hoy me he levantado con ganas de buscar la puesta de sol, nada más.
— ¿Quieres qué te llevemos?— pregunta El Rubio. Haciendo caso omiso del codazo de su novia, que ya no quiere que la muchacha entre en la furgoneta destartalada, sintiéndose  amenazada por ella, como una leona que husmea la presencia de otra felina más fuerte en su territorio.
— ¿A dónde vais vosotros?— pregunta La Desconocida, volviendo a sonreír con una sonrisa casi hipnótica.
— A la puesta de sol— responde El Chino al instante.
— Sí. Me imaginaba que ese era vuestro camino— dice sonriendo una vez más La Desconocida.— Será un placer ser vuestra compañera un trecho del camino.
— Monta— sugiere El Amigo abriendo su puerta, tomando la mochila de la muchacha para echarla al maletero. La Desconocida se sienta a su lado, embriagándole con su maravilloso olor.
Luego se introducen en aquella estrecha carretera y el cielo se nubla de pronto, sin previo aviso. Las oscuras nubes comienzan a descargar toda su furia, en forma de nieve, sobre ellos, hasta que no les queda más remedio que detener la furgoneta, junto a un viejo coche parado en la cuneta, han llegado a Ocaso para terminar todo lo que han empezado, pues en Ocaso se encuentra el fin de todas las cosas.

La Bailarina siente el placer del agua caliente lamiendo toda su piel, en un baño tan relajante como un buen orgasmo. Escucha lejanos, a pesar de encontrarse en la habitación contigua, los pasos de su amado que camina, sin cesar, como una pantera enjaulada. Lleva días consumido por la tensión de ser perseguido  por una sombra de la que no se puede escapar y a la que no se puede vencer. Es como tener una enfermedad sin posibilidad de curación, en la que a uno sólo le queda esperar la llegada del momento definitivo. La visita de la muerte. Piensa que si la muerte existiera tendría la mirada gris del sicario predilecto de El Viejo.
Pero los pensamientos de la muchacha en el perfumado baño de espuma se vuelven más halagüeños. Imagina, con una dulce sonrisa en los labios, que todo va salir bien, que el perro sabueso que husmea su pista la pierde definitivamente y que podrán ser felices, al menos por un tiempo, pues ni en sueños puede imaginar ser feliz durante mucho tiempo, ya que nunca lo ha sido. La felicidad es para ella como un extraño  pájaro de vivos colores que vuela en una habitación y que, muy de vez en cuando, casi nunca en realidad, se posa en su mano para volar al instante de nuevo en libertad. De niña sólo recuerda ser feliz cuando su padre tuvo que irse a trabajar unos meses fuera de la pequeña ciudad donde vivían, pero cuando su padre regresó todo fue a peor. A mucho peor. El hombre bebió más que nunca y maltrató  a su familia  con extrema dureza y violencia.
Con los ojos cerrados, se gira chapoteando en la enorme bañera, intentando alejar aquellos malos pensamientos y ahogarlos en el agua caliente y perfumada con exquisitas sales aromáticas.
Abre los ojos, segura de haber alejado el horrible recuerdo de su padre de sus pensamientos.
Frente a ella se encuentra su madre,  tendiéndole los brazos, mostrándole las muñecas sesgadas por un río de sangre. Toda el agua de la bañera es roja, como si el día de la matanza de otoño hubieran desangrado a un enorme cerdo en ella, clavando un agudo pincho en su cuello. Ella sabe que la sangre no es de cerdo. Lo sabe muy bien. Se está bañando en la sangre caliente que brota de las venas abiertas en las muñecas de su madre.
La muchacha grita de terror cuando el espectro avanza hacía ella, mostrándole las heridas por donde se escapó su vida diez años atrás. Intenta retroceder para que las manos arrugadas y viscosas no la toquen. Resbala sumergiéndose en el baño de sangre.
El Hombre de Azul tira de ella, que se debate desesperada para escapar de los brazos sanguinolentos del espectro de su madre, sacándola del agua. Ella solloza y se agita, cerca de la histeria, sin ver a su amado, envuelta en la espesa niebla que produce el miedo absoluto y los terribles recuerdos que se agolpan dolorosamente en su cabeza.
— ¿Qué es lo que ocurre?— pregunta él, envolviendo a la muchacha en una suave y perfumada toalla rosada, después de haberle susurrado  dulces palabras, junto al oído, para calmar sus nervios. Seca suavemente su húmeda piel con la toalla y besa sus empapados cabellos para tranquilizarla.
Ella, por fin, relajada, sintiéndose protegida entre sus fuertes brazos, le cuenta lo que ha visto, dejándose acariciar por sus queridos dedos. Unos inseguros dedos de amante, unos firmes dedos de asesino.
 — Estás cansada y excitada por la tensión. Hace días que no duermes bien. Te quedarías dormida y  soñaste. En la situación  en la que nos encontramos, nunca seguros de estar a salvo, temiendo siempre tener la muerte a la espalda, no es extraño que las pesadillas te acosen.
— Era tan real— comenta ella, todavía bastante tensa, con lágrimas en los enrojecidos ojos. Observa con miedo la amplia bañera, temiendo que el agua vuelva a teñirse de sangre.— Ella era una buena mujer.  Era muy bella y jamás le hizo daño a nadie, me cantaba tonadas infantiles cuando me acostaba, tenía una bonita voz, era una mujer alegre, pero él mató esa felicidad y la transformó en desesperación a base de palizas e insultos, hasta que el espíritu alegre de mi madre no pudo soportarlo y decidió poner fin a su vida. Fui yo quien encontró el cadáver, flotando en la bañera, con los delgados y pálidos brazos extendidos y las muñecas abiertas en canal. Había sangre por todas partes.
— Debió ser terrible.— El asesino acuna a la muchacha contra su pecho.— Lamento que pasaras por eso. Lo lamento mucho.
— No lo sé. Creo que lo borré de mi mente. Es la primera vez que lo recuerdo en diez años. Sólo tenía ocho años. Supongo que los niños sólo seleccionan las cosas buenas. Debería haber sido algo que se repitiera en mis pesadillas, pero solamente he soñado sobre ella cosas buenas: como cuando me mandaba hacer las tareas de la casa y me ayudaba con cariño, cuando me contaba cuentos o cuando me enseñaba a bailar. Le encantaba bailar, me hice bailarina por ella ¿Por qué tendría que soñar ahora con algo que había borrado de mi mente?
— No lo sé— dice él llevándola al lecho y acostándola con ternura entre las delicadas sábanas.—  Eso es algo que escapa a mi escasa sabiduría. Iré a buscar a ese mayordomo para ver si te puede traer una infusión o unos calmantes que hagan que te tranquilices; sigues temblando como un cervatillo asustado.
El Hombre de Azul se levanta y se dirige hacia la puerta, después de besarla una vez más para transmitirle su innata serenidad de hombre de nervios de acero, al que jamás le ha temblado el pulso.
— ¡No te vayas!— exclama ella, agarrándole del brazo para retenerle a su lado.— ¡Podría volver! ¡No me dejes sola!
 — Tranquilízate. Sólo ha sido un mal sueño. Volveré en seguida. Con algo caliente que calme tus nervios. No te preocupes por nada.
Suelta suavemente el brazo que le retiene y le deja marchar, aunque la incertidumbre, la angustia y el miedo oprimen su respiración, como un puño cerrado sobre su corazón, estrujándolo.
El asesino abandona la habitación y desciende las escaleras de madera en busca del mayordomo, pero un extraño silencio bulle en toda la casa, como el sordo gemido de un corazón latiendo bajo la capa de silencio.
Llama en voz alta un par de veces, pero nadie contesta a su llamada. No hay nadie en la casa. Con una extrañeza creciente y un  frío desasosiego, demasiado parecido al temor que escasas veces ha sentido antes, comienza a recorrer la mansión, llamando a todas las puertas. Después entra en las habitaciones en donde sólo habita el silencio y el olvido. Una sensación muy extraña de inquietud se apodera de él, que tantas situaciones de tensión ha superado sin pestañear. Hay algo que no encaja en aquella casa. Tiene esa sensación extraña desde que sus ojos se posaron en el mayordomo. Es como un profundo picor en la espalda, en un lugar donde no puede rascarse.  En aquella mansión hay algo que le pone los pelos de punta y le ensordece los oídos con su profundo silencio. Regresa al salón  principal y vuelve a subir las escaleras, pero entonces, para su sorpresa, el pasillo del piso de arriba ha cambiado. Ya no es el bonito pasillo de baldosas de mármol. Es un pasillo oscuro y pestilente que hiede a miseria y suciedad. Con una congoja creciente se percata de que él ya ha olido esa mezcla de olores antes. Él ya ha visto ese mugriento pasillo, con las paredes cubiertas de manchas de humedad. Él ha matado ya tras aquella puerta astillada de pintura de color impreciso. Sabe lo que va a encontrar cuando empuje la puerta, pero eso no le detiene. La puerta se abre con facilidad con un chirrido de sus viejas y oxidadas bisagras.
La niña, de largo cabello rubio, le observa con tristeza, los ojos  amoratados y bañados de lágrimas, viste un bonito, pero sucio y gastado, vestido azul con lazos blancos, está tocando con dedos pálidos el agujero que hay en su vestido, en su tripa; las pequeñas manos se manchan de la sangre que mana del agujero. Pronto toda la parte delantera del vestidito se va humedeciendo y oscureciendo. La niña vuelve a posar los ojos en el asesino, sin comprender. Le enseña los dedos manchados de sangre y hace una simple pregunta.
— ¿Por qué?— inquiere en un susurro de su vocecita infantil, cuando llega el dolor a su cuerpo.— Hoy es mi cumpleaños.
En la vida real la niña murió en ese instante, pero en Ocaso el espectro de la niña mantiene su mirada fija en el asesino.
— Tú me mataste… tenía tantas cosas por hacer. Tú me quitaste mis sueños. Era mi cumpleaños, me habían regalado esta muñeca— la pequeña muestra una cursi muñeca de cabellos dorados, salpicados por gotas de sangre,— pero no pude jugar con ella. ¡Tú tienes la culpa!
La muñeca gira la cabeza de una forma antinatural hacia El Hombre de Azul, sus ojos de plástico  clavan la mirada inanimada en el asesino, pero su mirada deja de ser inanimada. Un extraño y espeso líquido negruzco enturbia los ojos del juguete que llora lágrimas oscuras, parecidas al petróleo. Del estómago de la muñeca, en el mismo lugar en que una bala atravesó el cuerpo de la niña, comienza a brotar el mismo líquido empapando de negro el vestido de la muñeca, el líquido gotea sobre el suelo formando un charco espeso y viscoso.
Los ojos de la niña, al igual que los de la muñeca, comienzan a gotear líquido, pero en el caso de la niña son lágrimas de sangre, lágrimas de sangre que surcan su rostro amoratado por la muerte.
— No mereces ser feliz— dicen las bocas de la niña y de la muñeca, moviéndose a la vez  de una forma extrañamente mecánica. Chorros de líquido negruzco salen entre los labios rosados de la muñeca, la niña vomita sangre a los pies de El Hombre de Azul, que continúa petrificado. Sus ojos se bañan de lágrimas.
La niña señala con su pequeño dedo índice el estómago del asesino. El hombre baja la mirada, enturbiada por las lágrimas, y ve brotar de su estómago el espeso líquido negro que desprende la muñeca. Lo toca sintiendo la helada viscosidad manchar sus dedos. El asesino cae de rodillas, indefenso, ante el espectro de la niña.
La pequeña sonríe con tristeza, posando su manita en el estómago del hombre, hurgando en el agujero con sus deditos, mientras brota sin dique el repugnante líquido viscoso.
— ¿Ves de lo que estás hecho? ¿Ves lo que hay en tu interior?... Lo que hay dentro de ti es oscuro y repulsivo. Nada bueno puede salir de ti. Debes morir antes de que ella se entere. Antes de que ella sufra algún daño producido por el mal que habita dentro de ti— susurra la niña con una voz ronca, para nada infantil.
El Hombre de Azul  vomita  un líquido espeso que inunda sus fosas nasales con el pestilente olor de la bilis. Por un momento siente los delicados dedos del espectro, acariciando sus despeinados cabellos, pero al alzar los ojos se da cuenta de que la niña ha desaparecido, dejándole solo con su culpa.
— ¡Vuelve!— grita desesperado.— Lo siento. ¡Vuelve! No tenías que estar muerta. Yo no te maté. Yo no apreté el gatillo.  ¡Vuelve! ¡Por favor! Toma mi vida.
La Bailarina sale de la habitación alertada por los gritos. Encuentra a su amado tirado junto a su propio vómito, sollozando como un niño, se arrodilla junto a él y lo abraza, sujetando sus manos que tratan de apartarla.
— No intenté detenerle— dice él, abandonándose a las lágrimas.— Fue culpa mía. Podía haber intentado matarle en ese momento. Sabía que iba a matar a la niña. No dejar testigos es una de las directrices de El Viejo. Habíamos ejecutado en aquella habitación a dos hombres que habían traicionado a El Viejo. Esa niña no tenía que haber estado allí. Apareció de pronto. Yo tuve tiempo de evitar lo que sucedió, pero no hice nada. El Hombre de Gris disparo sin parpadear y continuó a lo suyo, dejándome allí, odiándome a mí mismo por no haber reaccionado. ¡Tienes que alejarte de mí! ¡Sólo hay oscuridad, dolor y muerte para los que se acercan a mí!
El asesino aparta a La Bailarina de un empujón para alejarla de él.
— ¿Qué está pasando?— pregunta ella, llorando también.
Él mira a la muchacha sin comprender. Ella vuelve acercarse a él y le abraza, cubriéndole de besos las mejillas bañadas de lágrimas.
— ¿Qué es lo que has visto? ¿Qué ocurre en esta maldita casa?
— No lo sé— contesta él, recobrándose un poco.— Pero tenemos que salir de aquí, si no queremos volvernos locos. Hay algo malo en esta casa. Es como si reflejara nuestros pensamientos más oscuros, nuestras perores experiencias y recuerdos transformándolos en siniestras pesadillas.
— ¿Y el mayordomo?— pregunta la muchacha, asustada.
— Nadie contesta en la casa. Salgamos de aquí.
— Pero, ¿qué haremos con la nieve?
El hombre se asoma a una ventana, mirando al exterior y se queda en silencio.
— ¿Qué ocurre?— inquiere La Bailarina, viendo la expresión de su rostro.
— No hay nieve— responde él, mientras se aparta de la ventana, dejando que ella miré.
La muchacha mira a través del cristal. El coche se encuentra frente a la casa donde debería estar, pero no hay rastro de la enorme nevada que cubría el automóvil.
— ¿Qué demonios está pasando aquí?— pregunta, pero él no contesta. No tiene respuesta. No cree que exista la respuesta.
— ¡Salgamos de este lugar!— dice finalmente. Saca el revólver de su bolsillo y comienza a bajar la escalera. Ella lo sigue, agarrando fuertemente su brazo.
Descienden al salón principal donde hay una mesa preparada ostentosamente para la cena. La muchacha cuenta nueve platos en la mesa alumbrada por magníficos candelabros de siete velas. El hombre sabe que hace escasos minutos no había nada en la enorme mesa de roble. No dice nada. Atraviesan el salón principal hacia el Hall. La puerta de madera negra está ante ellos cerrada como único obstáculo entre lo que hay dentro de la casa y el exterior. No parece un impedimento insalvable. El hombre baja el pulimentado picaporte y la puerta se abre suave y silenciosamente.
— ¡No puede ser!— exclama ella, tapándose el rostro con las manos, en un gesto de angustia.— ¡No es posible!
El Hombre de Azul parpadea varias veces, imperceptiblemente, para intentar borrar de sus ojos la imagen que se muestra tras la puerta.
Otro Hall exactamente idéntico a la sala en la que se encuentran se abre ante ellos. Es como mirar un espejo en el que todo se refleja salvo sus figuras. Corren hacia la siguiente puerta, entrando en la imagen del espejo, la abren y miran a través del vano, pero otro nuevo Hall se muestra ante ellos.
 — ¿Dónde estamos?— pregunta la muchacha, aterrada.— ¿Qué ocurre con esta casa?
Él no puede responder a sus preguntas.
— La ventana— se limita a decir, observando el exterior a través del cristal. Coge una bonita silla de madera labrada, cuyo asiento es de terciopelo azul turquesa, y la lanza contra la ventana. El cristal se hace añicos con un ruido estrepitoso, pero las cosas no mejoran en absoluto, lo cierto es que empeoran. Esta vez no hay otra sala idéntica a la que se encuentran. Han dado con el exterior, pero no es el exterior que conocen. Han dado con las entrañas de Ocaso. Un lugar de oscuridad primigenia y asfixiante demasiado espesa y fría. Un lugar donde hay seres más oscuros que la propia obscuridad, que se mueven en busca de sus almas. Una puerta entre dos mundos.
— ¡Oh, Dios mío!— exclama La Bailarina, con los ojos fijos atados a la viscosa oscuridad. Todo lo que desea es volver la cabeza, apartar la vista de esa inmensidad sin forma donde sólo existe la maldad, pero Ocaso atrapa a la muchacha en su influjo. Los seres formados de caos que habitan en Ocaso comienzan a desplazarse entre miles de ensordecedores susurros sibilantes.
Finalmente el asesino reacciona, más acostumbrado a mirar la oscuridad del alma, frente a frente, de lo que muy pocos hombres puedan llegar a estarlo. Toma a la muchacha del brazo y corren alejándose de la ventana hacia el primer Hall. Cerrando la puerta tras de sí. Los entes formados de oscuridad primigenia que habitan Ocaso quedan fuera, ocupando todo lo que hay en el exterior de la mansión con su voraz oscuridad.
— ¡Jamás vamos a salir!— dice ella, derrumbándose, abandonándose al llanto y la desesperación. — ¿Por qué no has permitido que nos hicieran formar parte de ellos? Era lo único que querían. Hacernos oscuridad. No me parece tan malo. Es mucho mejor que lo que vamos a encontrar aquí dentro. Todo se hubiera acabado rápido y tú y yo hubiéramos vivido juntos eternamente, formando parte de eso, fuera lo que fuera. ¿No escuchaste sus promesas?
— No— miente él, tragando saliva. Había entendido bien las promesas de los susurros, pero él ya había vivido formando parte de la oscuridad de Ocaso. Toda su vida había llevado esa oscuridad en su interior. Ahora que un tenue rayo de luz, en forma de muchacha pelirroja, había inundado su interior, no pensaba volver a aquella oscuridad. No, si le era posible evitarlo. No, mientras tuviera fuerzas para buscar una salida.
— Pues yo sí que entendí sus susurros— dice ella.— Eran promesas de paz.
— Para volver a abrir esa puerta siempre hay tiempo, pero me gustaría primero encontrar a ese maldito mayordomo, bola de billar, y meterle la pistola por el culo antes de apretar el gatillo.
— No parece mala idea— asiente ella, tratando de sonreír, sin conseguirlo.— ¡Parecía tan amable! ¿Por qué nos habrá hecho esto?
Él vuelve a tomar su mano y la levanta con suavidad. Alzando la pistola con una media sonrisa. Dice:
—  Encontrémosle y preguntémoselo.
— ¿Al sótano?— pregunta ella, observando con temor la pequeña escalera que desciende hacia el piso bajo.— No parece el lugar más apropiado. ¿Qué puede haber ahí abajo?
— Más oscuridad… quizá la salida. Debemos probar— dice él, comenzando a descender sin soltar la mano de su amada.

— ¿Y ahora qué hacemos?— pregunta María, observando con sus gafas, empañadas por la calefacción de la furgoneta, la nieve que cubre el lugar y la mansión que se alza junto a la carretera.
— Esto es Ocaso— informa La Desconocida, abriendo la puerta de la furgoneta y saltando, ágil como un gamo, sobre la nieve. Toma una bola de nieve y se la lanza juguetona a El Amigo, risueña como una niña pequeña — Debemos entrar. Os están esperando.
— ¿Ocaso?— inquiere El Chino, no muy convencido de dejar su furgoneta enterrada bajo la nieve.— ¿Qué significa eso?
La Desconocida se deja caer de espaldas y agita los brazos dibujando un ángel en la nieve.
— Me encanta la nieve— comenta, riendo musicalmente.— Es tan… tan blanca y pura. No hay maldad en ella. Bajad a jugar un rato en la nieve, os vendrá bien.
— ¿Qué es eso que has dicho de Ocaso? ¿Quién nos está esperando?— pregunta  El Rubio, descendiendo de la furgoneta, enterrando sus pies bajo la capa de nieve hasta las rodillas.
— María convénceles para que vengan a jugar en la nieve conmigo, les va a encantar— pide, casi suplica,  La Desconocida.
— ¡Responde a la pregunta!— exige El Chino, bajando de la furgoneta y colocándose junto a su amigo.
Ocaso es este lugar— responde, finalmente, la muchacha, con un mohín de disgusto, porque ninguno quiere jugar en la nieve con ella.— Un lugar que no debería existir, pero que existe.
— ¿Quién nos espera? ¿Y por qué nos espera alguien?
— Esas son buenas preguntas, chico— dice La Desconocida con tristeza.— En Ocaso encontraréis las respuestas. Ojalá hubieras querido jugar conmigo en la nieve, pero veo que ya es tarde para juegos. Debemos entrar en la mansión.
María alza la vista para observar la casa entre la incesante cortina de nieve, por un momento le parece ver dos sombrías figuras tras la ventana del piso superior. Siente un profundo temor, pero cuando La Desconocida avanza hacia la casa las sombras desaparecen, retrocediendo. En ese instante María puede sentir el pánico que embarga a esas sombras al advertir la presencia de La Desconocida. Un segundo después se reprende por tener imaginaciones tan estúpidas.  No hay nada en la ventana ni nunca lo ha habido, cuando pasa junto a La Desconocida la muchacha le sonríe con afecto y quita los copos de nieve enredados en los rizos de María.
La puerta de Ocaso se abre y El Sirviente está en la puerta, esperándoles con su amplia sonrisa y sus ojos sin cejas ni pestañas.
— ¿Puedo ayudarles en algo?— pregunta desde la puerta.
Pronto están dentro de Ocaso y el sirviente cierra la puerta una vez que todos han entrado en la casa. Han llegado a su destino.

Al abrir la puerta del sótano se encuentran en una sala absolutamente oscura en la que no pueden ver nada, pero ésta es una oscuridad normal; la oscuridad de cualquier sótano de cualquier casa.
— No hay interruptor— índica él.
Regresan al gran salón y toman un candelabro de los que adornan la mesa preparada para la cena, preparada para la fiesta.
A la vacilante luz de las velas se internan en el sótano. Allí se encuentran gran número de cajas polvorientas apiladas, muebles antiguos y trastos olvidados. Al fondo del sótano se escucha un peculiar tintineó de acero contra piedra, como si algún objeto de metal se arrastrara por el suelo o por la pared. Cuando se van acercando escuchan débilmente un quedo quejido, similar a un llanto entrecortado. Algo se mueve cuando la luz  alumbra el rincón. Unos pequeños, y extremadamente delgados, brazos sucios se alzan tapando el rostro de un niño, que oculta sus ojos de la luz, como si dañara sus pupilas acostumbradas a la oscuridad. El niño se acurruca en el oscuro rincón. Lleva ropas muy elegantes, pero andrajosas y sucias. Tiene la cabeza afeitada a trasquilones. El pequeño está encadenado a la pared por unos grilletes de pesado acero. No tendrá más de cinco años.
Miran al niño, entre sentimientos contradictorios, por una parte, espantados de la escena y compasivos con el pequeño, pero por otro lado temerosos de que la mansión les guarde otra sorpresa maligna.
Después de unos segundos de duda La Bailarina se arrodilla junto al niño intentando tranquilizarle. Son necesarios varios minutos de dulces palabras para que el niño alce la cabeza y mire con los ojos entrecerrados, molesto por la luz, a las dos personas que se encuentran con él en el sótano. Los ojos del niño son dos manchas de tristeza.
— ¿Hace cuánto que estás aquí abajo?— pregunta la muchacha.
— Mucho tiempo— contesta el niño, lloriqueando con una voz famélica y casi inaudible, a pesar del total silencio que reina en el sótano.— Mi papá dice que soy malo. Cuando soy malo tengo que pagarlo aquí, aunque nunca me había dejado tanto tiempo en la oscuridad, con los animalitos.
El Hombre de Azul se fija entonces en los brazos ensangrentados del niño que tiene pequeñas marcas de mordiscos, quizá de ratas, su rostro se torna tan pálido como una pared de cal. Sus  manos tiemblan.
— ¿Qué es lo que hiciste?— pregunta La Bailarina angustiada.
— Dejé caer un poco de agua sobre sus papeles. Sólo estaba jugando. Me gusta jugar con el agua.
— ¿Dónde está tu padre?
— Siempre está encerrado en su despacho. Sé que no tengo que entrar allí. Papá se enfada mucho cuando entro. La última vez me cortó el pelo y me dejó una semana encerrado aquí.
— ¡Una semana!— exclama horrorizada la muchacha.
— Esta vez llevo mucho más tiempo— cuenta el niño.— Pero papá siempre me perdona, cuando se acuerda de mí. Entonces me deja mirar por su telescopio. Me gustan las estrellas.
— Tenemos que soltarle— dice ella, volviéndose hacia el hombre en busca de ayuda.— No podemos dejarle aquí.
 — No— niega el asesino, horrorizado, tomando a la muchacha del brazo y arrastrándola contra su voluntad fuera del sótano.
— ¡Tenemos que ayudarle!— grita ella, intentando zafarse sin éxito de la presa sobre su brazo.— ¡No podemos dejarlo ahí! ¡Tenemos que ayudarle!
Una vez fuera del sótano el asesino se vuelve hacia la muchacha, con los ojos arrasados en lágrimas.
— No podemos ayudarle. Nadie puede. No entonces por lo menos. Tú ya has hecho bastante por él. Ya lo has ayudado.
— ¿Cómo?— pregunta la muchacha, sin comprender nada.
— ¿No lo entiendes?… ese niño era yo.
— ¡Oh, Dios mío!— exclama ella, sollozando.
— Esta casa es horrible, no podemos permanecer más tiempo aquí.
— Pensé que me dijiste que eras huérfano. Que no conociste a tus padres.
— Lo soy— afirma él.
— Entonces ¿por qué el niño hablaba de un padre?
El Viejo fue como un padre para mí. El único padre que he conocido en mi vida.

La Desconocida camina cerrando el grupo al entrar en la mansión, cuando pasa junto a El Sirviente, éste la mira con una mezcla de temor, furia y desprecio. La muchacha por su parte sonríe con amabilidad al mayordomo,  con una chispa de burla en sus ojos grises, se acerca a él, lo toma familiarmente del delgado brazo y susurra en su oído:
— Gracias por preparar la cena, ha sido un detalle por tu parte. Avisa a los señores de que la fiesta que tenían preparada esta noche queda suspendida. No quiero verlos por aquí, hoy no. Hoy es mi fiesta. Puedes retirarte, cenaremos solos esta noche. Deja llegar a los otros dos visitantes a esta sala, ardo en deseos de conocerlos. Charlaré un poco con ellos esperando a los últimos tres actores de esta función. Llega el último acto. ¿Será un final feliz o la muerte danzara entre los presentes? También ardo en deseos de saberlo.
Sonríe como si conociera un secreto que nadie más supiera. En realidad miles de secretos vedados para el resto. Siente la oscura y poderosa presencia de los señores en las sombras del piso de arriba. Están furiosos y hambrientos, su cena ha escapado en el último segundo. Eso  pone muy contenta a la muchacha. Es una optimista empedernida.
Pero incluso su empedernido optimismo se agria al sentir la llegada del último coche a Ocaso. El corazón de sus ocupantes es tan oscuro como las sombras que habitan ese lugar. El podrido corazón de El Viejo hiede a metros de distancia como un estercolero, el estúpido corazón de El Hombre de Marrón late excitado ante la cercanía del momento de matar, adora matar y adora a la muerte, pobre estúpido. El último de los ocupantes que sale del coche no tiene corazón, sólo un vacío insondable late en su pecho.
Lástima, no podrá charlar con Los Enamorados. Le hubiera gustado tanto haber tenido una bonita conversación con ellos. Le gusta mucho el corazón de la muchacha, desprende tanta luz que podría iluminar una habitación a oscuras. E incluso el sombrío corazón del hombre tiene una pequeña posibilidad de redención. Además de optimista empedernida es también una romántica incurable, le encantan las historias de amor y redención, no puede evitarlo, pero no hay tiempo para nada más. El destino toma el control de la situación, los acontecimientos se van a desarrollar como a cámara rápida.

Los Enamorados están sentados en el suelo de un pasillo, hundidos, con las espaldas apoyadas en la pared. Ella duerme, acurrucada, en el regazo del hombre. Se despierta de pronto, alza la cabeza, asustada, con la vista fija en la puerta. Entonces se escucha al otro lado de la puerta, una voz pastosa, cargada de alcohol y odio, gritando incoherentes blasfemias y juramentos sin sentido.
— ¡No!— solloza ella, aterrorizada, aferrándose a él, temblando.— ¡Es mi padre! ¡Viene a castigarme! ¡No dejes que me ponga la mano encima! ¡Otra vez no! ¡Por favor!
— ¡Voy a matarte, pequeña puta!
Después silencio. Total y absoluto silencio.
El asesino se levanta y se dirige hacia la puerta.
— ¡Nooo!— grita la muchacha, agarrándolo, intentando impedirle avanzar hacia la puerta.
— No es tu padre— dice él con voz fría, helada, sin sentimientos. No hay ni un ápice de miedo en esa voz.— Sea lo que sea, lo que hay detrás de esa puerta. No es tu padre. Estoy cansado de esto. ¡Es hora de acabar!
Besa sus labios una última vez, saca el arma y se dirige hacia la puerta con paso firme y seguro. Ella le sigue de cerca contagiada por su fría seguridad.

Las dos puertas se abren a la vez. La puerta principal dejando paso a El Hombre de Marrón por delante de El Viejo, El Hombre de Gris un paso por detrás. Al otro lado de la habitación, justo frente a la puerta principal, otra puerta se abre y entran en la sala Los Enamorados. El grupo de muchachos con el que ha llegado La Desconocida hasta Ocaso se encuentra justo en medio de la inminente confrontación. Todo sucede muy rápido. Las balas bailan por toda la sala. Los estallidos  retumban como si hubiera un día festivo en el salón. En breves segundos El Hombre de Marrón ha vaciado los dos cargadores de sus pistolas semiautomáticas. El Hombre de Azul ha disparado una sola vez. La bala ha perforado el ojo de El Hombre de Marrón y dispersado sus sesos por las bonitas paredes del hall, pintándolas de sangre y materia gris. Los pobres muchachos que se encontraban en medio del fuego cruzado han sido literalmente atravesados por las balas. Tan literalmente que las balas del asesino han atravesado sus cuerpos como si fueran imágenes sin dimensión, sin producir heridas en ellos, como si en realidad no se encontraran en ese lugar. El Hombre de Azul, junto a la puerta, busca con la mirada a El Viejo y alza la pistola, tiene una bala con su nombre. El Hombre de Gris, nadie sabe como se ha movido tan rápido, se encuentra a su lado con un cuchillo en la mano realizando un gesto ascendente, perfecto, cuyo objetivo es rajar, de lado a lado, la garganta de su antiguo camarada, dibujándole una sangrienta sonrisa en el cuello, pero en ese momento La Desconocida chasquea los dedos asqueada. Ya ha tenido bastante de balas, disparos, armas, sangre y sesos. La muerte es mucho más limpia que todo eso. Todo se detiene al momento. Los fragmentos de un espejo hecho añicos por una bala vuelan en mil pedazos por la habitación como esquirlas de hielo. La mano de El Hombre de Gris, inmóvil, el cuchillo rozando el cuello de El Hombre de Azul. La Bailarina corriendo hacia su amado, sabiendo que no puede llegar a salvarle. El cuerpo muerto de El Hombre de Marrón todavía en el aire, a punto de tocar el suelo. El Viejo, con gesto obsceno, relamiéndose los labios, ante su inminente venganza. El grupo de chicos chillando histéricos, sin percatarse de que las balas les han atravesado sin hacerles  ningún daño. No hay agujeros ni ninguna fea mancha de sangre, siempre tan difícil de quitar, en sus ropas.
— Así está mucho mejor —afirma La Desconocida, con disgusto.— Ahora todos vais a soltar las armas y vamos a charlar amigablemente.—  El Hombre de Azul deja su pistola en el suelo ante el mandato. La Bailarina llega hasta él y lo abraza.  El Hombre de Gris se aparta de los enamorados, con la vista fija en la muchacha rubia de cabello corto y ojos grises que se ha convertido en la dueña de la situación, en sus ojos, también grises,  hay autentica sorpresa por ver a La Desconocida en aquel lugar.— Tengo buenas y malas noticias… Una de las peores es que habéis sido atraídos a Ocaso y nada bueno sucede en este lugar. Las buenas son que algunos aún podríais  salir bien librados de  todo esto, incluso puede que salir con vida. Os explicaré un poco la situación, pues supongo que la mayoría estáis un tanto perdidos.— Sonríe y adopta la expresión de una abnegada maestra que intenta hacer aprender a unos alumnos díscolos y un poco torpes.
— En este lugar el mal existe desde siempre. Aquí cada uno trae sus propios fantasmas cuando entra y la casa les da vida. Además el mal que aquí habita atrae a los que mueren cerca de la casa y estos ni siquiera se percatan de que ya no están vivos. Los señores de la casa consideran las almas de esos incautos un manjar. Se las roban a la Vieja Muerte. Sus almas salen del circuito y desaparecen para siempre. Eso es lo que hubiera ocurrido si no llego a venir aquí con vosotros.
Todos los que se encuentran en la sala observan a La Desconocida, no muy seguros de lo que quiere decir.
— Ése es vuestro caso— señala finalmente la joven, mirando al grupo de muchachos, con cierta tristeza en sus profundos ojos grises.— Lo siento, pero no pudisteis esquivar a aquel camión. He venido para hacer mi trabajo. La Vieja Muerte se pone de un humor de perros cuando desaparecen sin más unas almas como las vuestras. Así que por eso estoy aquí. Mi trabajo es hacer que lleguéis al lugar al que ahora pertenecéis. Venid, es hora de descansar de los pesares que os agobian. Me hubiera gustado que jugarais en la nieve conmigo y os llevarais ese bonito recuerdo con vosotros. Lástima que no hayáis querido jugar, pero así es la vida o, mejor dicho, la muerte.
Los  cinco muchachos se acercan a la parca, sin mostrar ningún miedo, habiendo comprendido cuál es su lugar. La servidora de la muerte los besa, uno a uno, en los labios con amor y los espectros desaparecen con una sonrisa de paz en la boca y los rostros bañados de luz. Cuando llega el turno de  María, La Desconocida  acaricia los cabellos con cariño y besa su frente, habla a la chica con un suave susurro en el oído:
— Todavía no es tu hora, María. Sobreviviste al accidente. Estás en coma en un hospital cerca de aquí. Regresa. Tu lugar no está con ellos. Todavía te queda mucho por hacer en la vida. No pienso ir a buscarte en mucho tiempo. La recuperación será dura, pero algo me dice que serás feliz.
La imagen de María, quizá su alma, que ha sido atraída  por Ocaso comienza a desvanecerse, hasta que finalmente desaparece por completo.
— ¿Y nosotros?— pregunta La Bailarina, acercándose tímidamente a la parca.— ¿También estamos muertos?— En ese momento después de todo lo que ha ocurrido, la muerte le parece una liberación.
La Desconocida les observa, un instante, con una mirada pícara en los ojos. Vuelve le cabeza hacia el cuerpo inerte de  El Hombre de Marrón, mira a El Viejo con desagrado.
— No, no estáis muertos, por lo menos, no todavía. Habéis llegado aquí atraídos para ser devorados en la cena. Los señores de la casa no son demasiado agradables. Suerte que no les hayáis conocido. No os hubiera gustado nada la experiencia. Hubiera sido sangrienta y dolorosa.
— No entiendo nada— dice la muchacha. — ¿Qué vas a hacer con nosotros?
La Desconocida se encoje de hombros, con un gesto extremadamente inocente.
— En mi lista pone que dos personas debían de morir aquí. Una ha muerto ya. ¿Quién será la otra muerte señalada por el destino? ¿Alguno se presenta voluntario?... Ya veo que no.
Escruta el  rostro de todos los implicados con parsimonia, como quien elige una fruta en el mercado, acaricia el  rojo y rizado cabello de La Bailarina y pasa sus dedos con dulzura por la mejilla de la muchacha, tranquilizándola, guiña uno de sus bonitos ojos grises y sonríe.
— Coge tu arma asesino, mata por última vez. No me gusta el olor del  corazón de ese viejo— dice la parca tendiéndole, con un gesto cariñoso, la pistola a El Hombre de Azul, sin apartar la vista de El Hombre de Gris que se encuentra quieto como una estatua.
El Viejo grita una maldición que se ahoga en sus labios cuando la bala destroza su pestilente corazón. La parca piensa que el mundo huele un poco mejor en ese preciso instante. Aspira hondo disfrutando del  nuevo aroma del mundo. Un mundo sin el hedor que desprendía El Viejo.
— Yo ya tengo mis dos cadáveres— comenta, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.— La muerte no devuelve nada de lo que se lleva. Este sitio es Ocaso.  Aquí las reglas son un poco confusas… En realidad teníais que haber muerto vosotros dos, dulces enamorados, asesinados en la habitación de un motel, pero Ocaso os alejó de aquella habitación y os atrajo hasta aquí. Si la muerte os hubiera encontrado allí, yo nada podría haber hecho, salvo acompañaros en el último viaje, pero como digo, aquí las reglas que rigen el mundo son un poco confusas. En Ocaso las cosas no siempre terminan como uno espera. Todo llega a su fin aquí, aquí jamás empezó nada, pero para vosotros ya ha empezado una nueva vida. Disfrutadla, mientras podáis; puede que vaya a buscaros, dentro de  un rato, mañana, quizá la semana que viene o dentro de muchos años, pero os aseguro que nos volveremos a encontrar, de eso es de lo único que no podréis escapar. Esta vez habéis huido del pasado y del mal que habita en Ocaso. Pero estar seguros: nos veremos de nuevo, algún día. Hasta la vista.
La Desconocida les lanza un beso con los sugerentes labios y en ese momento la pareja de enamorados desaparece sin más.
— Y sólo quedamos ahora nosotros dos— dice El Hombre de Gris, observando por la ventana el viejo coche donde despiertan Los Enamorados.
— Sí— asiente la parca, escrutando el inescrutable rostro del asesino.— Nosotros dos, ¿no crees qué hacemos una buena pareja? Los dos servimos a la Muerte. Somos casi hermanos, podría decirse. Sólo que prefiero mi trabajo al tuyo. Yo sólo acompaño, consuelo y animo. Lo que tú haces, es más desagradable. Pensé que te guiabas por más altos ideales, matar por matar para gente como ese viejo es ruin, incluso para alguien como tú.  Escuche una vez la expresión: la muerte los sigue como las moscas a la mierda, aplicada a los tuyos. No puedo estar más de acuerdo con ella.
— Hacemos girar el mundo, nada más. Cada uno cumple con su trabajo a su manera. Tú acompañas, yo arreglo problemas, hago el trabajo sucio de la Vieja Muerte. Pero cuando uno no está cumpliendo órdenes debe de ganarse el pan como bien puede y yo sólo tengo un don… doy muerte mejor que nadie.
— Sí— admite de mala gana la joven parca.— De eso no hay duda.
— Me sorprende, hermana, lo que has hecho aquí hoy. Dejar escapar a esos dos, cambiar las listas de la Vieja Muerte.
— Esto es Ocaso— afirma la parca como si eso lo explicara todo.
— En efecto es Ocaso, pero ¿de verdad crees que Ella estará contenta con el juego que has jugado aquí?
— Ése es mi problema. Mío y de nadie más. No deberías preocuparte por mí, hermanito. Más bien pienso que deberías preocuparte por ti mismo. La Vieja Muerte quiere verte, hablar contigo. Cree que te has desviado un poco del camino. Quien dice un poco, puede referirse a que desde donde tú te encuentras, ya no se ve ni el maldito camino. Te puedo decir que estaba de muy mal humor cuando me lo dijo. No será agradable. Nada agradable.— La parca sonríe con burla, pues aquel ser le desagrada en grado sumo, porque a pesar de ser una servidora de la Muerte es una gran amante de la Vida.— Hasta la vista hermano en la muerte.  Tengo mucho trabajo y me encanta trabajar. Ah… una cosa más, casi lo olvido, que cabeza la mía. Ya que estás aquí, limpia un poco el lugar, a la Vieja no le gustan demasiado aquellos que se meten en su terreno, tú ya me entiendes.
La parca desaparece y deja a El Hombre de Gris en el ocaso. Ocaso. Un agujero en el tejido que une los mundos, un resquicio por el que el mundo de la oscuridad, roza nuestro mundo.  Observa el abismo con ojos fríos, pero el abismo que hay dentro de El Hombre de Gris no es menor. Seguirá  matando pues es lo único que sabe hacer. Alza la vista hacia el piso de arriba, siente la presencia de los dos entes y de su sirviente, que se alimentan allí, aprovechándose de las peculiares características de aquel extraño lugar. El Hombre de Gris sonríe, con una sonrisa cansada, y se encamina con calma al piso superior.

La Desconocida les lanza un beso con los sugerentes labios y en ese momento el asesino, que no volverá a matar jamás, se despierta sobresaltado en el asiento delantero del  viejo coche. Tiene la marca del áspero volante grabada en la frente, allí donde ha estado apoyada, en un tono escarlata. La Muchacha abre los ojos un instante después y le mira entre extrañada y asustada. Se abrazan y se besan, liberados de la muerte y de la presión de los horrores que han vivido.
— He tenido un sueño muy extraño— dice él, besándola apasionadamente, aliviado por haber despertado.
— Pues si yo te contara el mío— comenta ella, sonriendo.
Los dos se miran a los ojos, que todavía guardan oscuros resquicios de los miedos vividos, y en ese momento saben con seguridad que nada de lo que han visto ha sido un sueño.
El viejo coche se encuentra aparcado en la estrecha carretera, pero ni un copo de nieve brilla con su fría luz en el suelo. En el lugar de la gran mansión hay un nido de sombras bajo unos árboles extraños y antiguos. Parado tras el coche, con el motor todavía encendido, se encuentra el vehículo elegante de El Viejo, en los asientos delanteros están los cuerpos de El Viejo y de El Hombre de  Marrón. No respiran. Están absolutamente muertos.
El Hombre de Azul arranca el viejo coche y deja atrás Ocaso, donde tantas cosas han llegado a su fin. Ninguno de los dos amantes dice una sola palabra cuando, un poco más adelante, al regresar a la carretera principal, ven una furgoneta desvencijada fuera de la carretera, abandonada tras un terrible accidente mortal. Simplemente se toman la mano y se la aprietan muy fuerte. Han escapado de su destino. Tienen toda una vida por delante, quizá sea una vida corta o puede que su amor dure, incorrupto, tanto tiempo que lleguen a morir ancianos, abrazados con una sonrisa de paz en el rostro, pero lo que saben seguro es que va a ser una vida vivida intensamente. El Hombre de Azul enfila la carretera, acelerando el viejo coche en busca del sol, hacia el amanecer, alejándose del ocaso, hacia un nuevo día.

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