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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

sábado, 21 de marzo de 2015

DESHAUCIADO


Desahucio. Hoy es el día. El banco viene a robarles su casa. Una más entre las miles de casas que los bancos arrebatan en estos tiempos difíciles. Los mismos bancos que han provocado la situación actual. Maldita crisis. Sin trabajo. Comiendo en comedores sociales. Viendo a sus tres hijas pasar hambre y no poder darles ningún capricho. Y ahora arrojados a la calle, sin hogar, sin nada más que miseria y desesperación. Sin esperanza.
Escucha el lloriqueo aterrado de su hija de ocho años que no puede entender nada de lo que está sucediendo. Siente el llanto enterrado, profundo, en el pecho de su mujer, un llanto que se estrangula y destruye el alma, pero que por orgullo, ella, siempre tan fuerte, calla, guardándolo en lo más recóndito de su interior.  Él, desde la ventana, mira asustado a la calle por donde pronto llegarán los representantes del juzgado y  de los bancos, acompañados de las pertinentes fuerzas policiales.  Fuerzas del orden armadas como si su familia fuera un peligro. Como si sus tres niñas y su pobre mujer, tan delgada y pálida que parece que en cualquier momento puede quebrarse como papel de fumar, derrumbándose para no volver a levantarse, o él con la enfermedad que le corroe las entrañas, que ha acabado ya con casi todas sus fuerzas, y que pronto le llevará a la tumba, abandonando a su familia a su suerte, fueran una amenaza de la que hubiera que protegerse con escudos antidisturbios y amenazantes porras.
Mientras ve como llegan todos esos buitres que vienen a robarle aquello que ha ganado con el sudor de su frente, no puede evitar escuchar la voz átona y sin sentimientos del oncólogo, comunicándole la fecha de su muerte como quien recita la lista de la compra, después de que él, sin poder dar crédito a lo que acababa de escuchar de los labios de aquel médico gris, preguntara con una voz temblorosa y entrecortada, estrangulada, devorada por el miedo al cáncer: ¿cuánto tiempo le quedaba de vida?. La respuesta fue tan contundente como un hachazo en la cabeza: seis meses.

Seis meses. Y ya han pasado siete meses. La muerte le sigue muy de cerca. Es imposible que le pierda el rastro.
Gira la cabeza para echar un último vistazo a su hogar, sonríe con dulzura a su mujer y lanza una última mirada llena de amor a sus hijas. Ve en los ojos de su esposa como ella se percata al instante de lo que él va a hacer a continuación. Le conoce tan bien que un gesto basta. No da tiempo a que su esposa reaccione, salta de la terraza del sexto piso y cae en el patio interior del edificio, destrozando su cuerpo contra el  duro suelo.
 
No hay dolor. Sólo una luz cálida, reconfortante, suave y dulce como el abrazo de una madre.
No va hacia la luz, se aparta de ella con toda su fuerza de voluntad, con toda su desesperación, con toda su rabia, con todo su odio contra el mundo, con todo el amor que siente por los suyos.
Se encuentra en el vacío, un vacío oscuro y helado. Allí hay alguien junto a él, no puede ver su forma más que como una figura difusa, como una sombra.
— ¿Quién eres?— pregunta aturdido.
— Soy una parca— responde una voz de mujer, muy cerca de él. — Me encuentro aquí para acompañarte en tu viaje al otro lado.  No te resistas, debes de partir. Entrar en la luz.
— No pienso irme. No voy a dejar abandonada a mi familia. ¡Tengo que protegerles!
— ¿No lo entiendes? No hay vuelta atrás.  Has saltado de un sexto piso, amigo mío. ¿No me digas que te has caído? No va a colar.
— No. No me he caído.
— Lo cierto es que  hace un momento no estabas en la lista, ¿sabes? Aún te quedaban unos meses de vida…
— De sufrimiento— corta el hombre a la parca molesto.
— De vida— repite la entidad que se encuentra junto a él en el vacío.— Cada instante de vida es precioso. Imagina todas las sonrisas de tus hijas que te vas perder en estos meses que has desperdiciado.
El ánimo del hombre ya de por sí bastante oscuro, se ensombrece todavía más.
— Últimamente no había muchas risas en mi casa— comenta, si en vez de ser un ente en el vacío tuviera ojos, se le anegarían de lágrimas al recordar a sus niñas.
— ¿Por qué crees que saltando ibas a mejorar eso?— pregunta la parca con curiosidad.
— Al saltar les he dado un poco de tiempo. Cuando encuentren mi cadáver desparramado por el suelo tendrán que detener el desahucio. Ni siquiera esa gente sin alma, pueden ser tan desalmados como para echar de su casa a alguien, después de lo que he hecho.
— Sí— admite la  parca. — Visto así, has ganado tiempo, pero has perdido una infinidad de instantes que llevarte contigo al otro lado.
— ¿Qué será de mi familia?— pregunta el hombre con desesperación.— ¡Mis pobres niñas! ¡Los bancos nos han dejado sin nada! ¿Quién va a cuidar de ellas? ¡Están solas e indefensas!
Hay un largo silencio en el vacío. Finalmente la parca dice:
— Yo me ocuparé de ellas. Las cuidaré.  No te preocupes, estarán bien.
— ¿Tú?
— Sí, yo— afirma la parca, con absoluta seriedad.
— ¿Por qué?
— Porque la vida no es justa y a pesar de lo que pensáis los humanos,  la muerte si que lo es.
— Gracias.
— No tienes por qué dármelas— responde ella.— Sólo hago lo correcto.
— Ojalá los políticos y banqueros también lo hicieran— protesta el hombre con rabia.
La parca se ríe de esa sugerencia, conoce muy bien a los hombres, los conoce desde el inicio de los tiempos, y sabe, perfectamente, que eso no ocurrirá nunca.
— Entonces el mundo no sería el mundo, amigo mío.
— Debes disfrutar muchísimo cuando te llevas a uno de esos peces gordos, de esos cabrones arrogantes, ojalá se murieran todos arrasados por el cáncer, ahogados por el dolor y el llanto.
— Acompáñame, me parece que te interesa ver algo que está sucediendo en este mismo instante.
De pronto se encuentran en el interior de una enorme y lujosa habitación, más grande que todo el piso del hombre. Un hombre orondo jadea en el lecho. Su gesto de dolor es clara muestra de todo lo que está sufriendo.
— Es el dueño del banco— afirma el suicida.
— En efecto, lo es.
— Se está muriendo.
— Sí. Se muere. Se muere solo, sin nadie que le tome de la mano mientras muere, sin nadie que le llore— asiente la parca.
— ¡Se lo tiene bien merecido!
— No, nadie se merece eso— dice la parca con tristeza.— Nadie, por muy malo que haya sido, nadie debería estar solo cuando llegué el momento más importante de sus vidas, cuando llegué la muerte. Por ese motivo nos creó la Vieja Muerte, para que nadie se encuentre solo en ese momento. Yo no disfruto con la muerte de nadie, simplemente acompaño, nada más.
— ¿Cuando morirá?— pregunta, sintiendo lastima por aquel hombre, que se enfrenta, solo, a un terrible sufrimiento en sus últimos instantes.
— Dentro de muy poco. ¿Quieres esperar conmigo? Acompañarle cuando llegué su momento para que no esté solo.
— Sí— asiente, dándose cuenta de que verdad lo desea.
— Una buena decisión— Afirma la parca, satisfecha.— Veo que por fin has comprendió el sentido de la muerte.
Cuando el viejo y orondo banquero muere, lo acompañan en su transición por el camino que comienza al otro lado. Una vez han terminado con el banquero, el hombre pregunta:
— ¿Y ahora qué?
— Ahora, es tu turno, ven.
— ¡Cuida de ellas, por favor!— suplica el hombre con énfasis.
— Lo juro por la Vieja muerte— promete la parca con gran solemnidad.
La luz, la cálida luz lo invade todo y mientras su alma cruza de la mano de la parca hacia la luz, se muestran ante sus ojos todas las sonrisas de sus hijas y de su mujer que ha presenciado a lo largo de su vida, siente todas las caricias, todos los abrazos, todos los besos…

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