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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 8 de marzo de 2015

EL DEMONIO DE LA LUJURIA


La pequeña Lucia correteaba, sonriente, por el patio trasero de su casa, jugando a cazar mariposas, agitando, arriba y abajo, la red del cazamariposas, bajo el inclemente sol de agosto que asolaba, desde los azules cielos, su pálida piel, bien protegida por una aceitosa crema solar, provista de alto factor de protección contra el efecto perjudicial de los rayos solares. Sus rizos rubios caían juguetones sobre sus hombros.

La niña de siete años vio al hombre mirándola desde el otro lado de la verja. Lo conocía. No era la primera vez que lo veía. En las últimas semanas, desde el comienzo de las vacaciones de verano, sus pasos se habían cruzado varias veces, aquí y allá. Siempre se había mostrado muy amable, con una maravillosa sonrisa en su boca de dientes perfectos, sonrisa de anuncio de dentífrico, comentaba su madre, cuando veía a alguien mostrando una brillante sonrisa como la de aquel hombre.

Un día en el parque el hombre le había devuelto una pelota rosa, cuando se le había escapado después de un mal bote y  había caído rodando justo hacia sus lustrosos zapatos. El hombre le había devuelto la pelota, con un guiño y una sonrisa, para después desaparecer entre los frondosos árboles del parque.


Una mañana de domingo aquel hombre se había sentado a su lado en  el banco de la iglesia, mientras el sacerdote daba su aburridísimo sermón y la pequeña Lucía soñaba con estar lejos de aquellas palabras que no entendía, lejos del olor a incienso y humedad de la iglesia, jugando al aire libre con sus amiguitos. Durante todo el tiempo que duró la misa el hombre estuvo rezando con gran devoción. Cuando el hombre se levantó para marcharse rozó, por descuido, la pierna de Lucia, que vestía unos bonitos pantalones cortos, de color blanco, con bordes oscuros, muy elegantes, que le gustaban especialmente. La niña percibió el húmedo tacto de la mano del hombre en su piel desnuda y sintió un extraño escalofrío de repulsión, pero como justo, en ese momento, se acababa la misa y podía ir al parque a jugar con sus amigos, se olvidó al instante de aquella extraña sensación.

 El día anterior por la tarde, cuando la tía de Lucia  había llevado a la niña al cine para ver una película de animación, de las que tanto le gustaban, sus pasos se habían vuelto a cruzar con los del hombre, que estaba paseando delante de la casa de Lucia con un precioso cachorrito.  La pequeña que adoraba los anímales corrió a acariciar al perro. Muy educada pidió permiso para hacerlo y el hombre de la sonrisa de anuncio de pasta de dientes asintió, amable, comentado que el perro era muy cariñoso y le encantaban las caricias y los achuchones. Mientras la niña acariciaba al cachorro,  su tía charló, vagamente, del tiempo  con  aquel hombre, por lo visto, ambos pensaban que iba a caer una buena tormenta debido al bochornoso calor, asfixiante, que los acosaba aquella tarde. Lucia disfrutó del  suave y esponjoso pelaje del perrito, como el de un oso de peluche, y de su lengua juguetona, pues, como todos los cachorros, el perrito adoraba dar besos y lametones.  Después de un par de  minutos su tía comentó que se les hacia tarde para ir al cine y la película iba a empezar, por lo tanto se despidió con educación del desconocido y se fueron a ver la película. La película fue maravillosa, había princesa y príncipe, besos, bailes y canciones, y una rana que hablaba, que más se podía pedir.

— Hola, Lucia— saludó el hombre con voz suave y educada, desde el otro lado de la verja que protegía el patio trasero de su casa del exterior.

— Hola— respondió la niña, acercándose, remolona, a la verja con curiosidad, para ver si el perrito se encontraba jugando junto al hombre.

— Hace calor, eh— afirmó el hombre, limpiándose con un pulcro pañuelo el sudor de la frente.

— Mucho— asintió la niña, llevándose una profunda desilusión, al ver que el perro no se encontraba allí.

— ¿A qué jugabas, Lucia?— preguntó el hombre de la sonrisa radiante como si conociera a la pequeña de toda la vida.

— Cazaba mariposas— respondió la niña, rascándose el brazo, allí donde un maldito mosquito había succionado su sangre la noche anterior.— Pero se me escapan todas. ¡Me encantan las mariposas!

— Son muy bonitas, tienen muchos colores— asintió el hombre, echando una fugaz mirada a la puerta trasera de la casa, que daba al patio. Desde allí se podía escuchar a la madre de Lucia, discutiendo por el teléfono de la casa sobre algún asunto de trabajo.

— ¿Dónde está el perrito?— preguntó la niña, formulando la pregunta que aquel depredador estaba esperando.

— Está allí, en mi coche— el hombre señaló una elegante furgoneta negra que estaba aparcada al otro lado de la acera. — ¿Quieres verlo?

— ¡Siiii!— exclamó la niña. Sus ojos verdes brillaron con intensidad y una jovial alegría.

— Ven conmigo, te lo mostraré— dijo el hombre con absoluta naturalidad, soltando el anzuelo y el sedal, dirigiéndose, sin mirar atrás, hacia la furgoneta, sin dar importancia al hecho de que Lucia tuviera que abrir la verja y abandonar su casa para seguirle. La niña vio como el hombre se alejaba y se introducía en el vehículo. Vio desde donde se encontraba como el hombre le mostraba el precioso cachorrito detrás de la ventanilla del conductor. El cachorro pasó su lengua por el cristal llenándolo de babas y pegó su negro hocico contra la ventanilla, mirando a Lucia fijamente. Ladrándola, provocador, ansioso por jugar con ella. Sin duda había reconocido a la niña y recordaba las caricias de la tarde anterior.

Lucia echó una mirada atrás, su mami seguía con su eterna discusión telefónica en el interior de la casa. Dudó un instante, pero la tentación de acariciar al cachorro fue demasiado grande. Demasiado fuerte.

A pesar de tener prohibido, terminantemente, hablar con desconocidos, ni aceptar nada de un extraño, pensó que después de todo, aunque no sabía quién era aquel hombre, no era un desconocido, había estado hablando con su tía, le había devuelto la pelota en el parque, lo había visto comprando el pan y pasteles en la panadería del barrio y el periódico en el quiosco de la esquina, donde Lucia compraba sus cromos de princesas; además el hombre  iba a su iglesia cada domingo y rezaba mucho, por lo tanto no podía ser malo. Abrió la puerta del patio y corrió hacia el cachorro.

Cuando la madre de Lucia terminó su conversación telefónica, dos minutos más tarde, no había rastro de  la niña, ni de la furgoneta, ni del cachorro.

 

Alma, la pecosa niña de nueve años de brillante cabello pelirrojo, seguía al cachorrito entre los arbustos, alejándose un poco del banco del parque donde su madre charlaba, ensimismada, con las  madres de sus otros amigos, hablando de cremas y cosméticos como si no hubiera nada más en el mundo. El cachorrito, el mismo perro al que había estado acariciando la tarde anterior, llegó hasta los pies de su dueño, unos pies embutidos en unos lustrosos zapatos marrones. Zapatos que pertenecían a aquel hombre, amable y sonriente, que llevaba viendo, aquí y allí, durante las últimas semanas, por todos los lados. Cuando Alma se acercó él llamó a la niña por su nombre como si la conociera de toda la vida. Un segundo después le puso un paño húmedo en la boca. El trapo olía a rayos y a medicinas, todo se volvió negro muy rápidamente, sin apenas dar tiempo a la niña a patalear un poco entre los fuertes brazos de su agresor.

Cuando Alma despertó se encontraba en una habitación oscura, fría, desconocida, que apestaba a polvo y a humedad. Se encontraba mareada y aturdida, con la boca seca y pastosa.

— ¡Mamá!— llamó asustada, con un gemido lastimoso, pero nadie respondió a su llamada.

Repitió su llamada varias veces, teniendo sólo el silencio por respuesta. La niña rompió a llorar aterrorizada.

Al principio  había pensado que se encontraba sola en la habitación, pero al cabo de un rato de forzar sus ojos en la oscuridad, vio a otra niña en un sombrío rincón. Era una niña muy pálida que miraba a Alma fijamente, con unos ojos muy tristes. La niña envuelta en las sombras, se llevó el dedo a los labios, indicando a Alma que guardara silencio y después señaló, lentamente, con su dedito hacia la puerta, entonces Alma escuchó los pesados pasos que procedían de detrás de la puerta y tuvo mucho, mucho miedo.

La puerta se abrió de golpe, dejando paso al hombre de la sonrisa amable, el dueño del cachorrito. Ya no quedaba en la mueca tenebrosa que cubría su rostro nada de aquella brillante sonrisa que había lucido como una máscara de carnaval en la calle. Alma sintió un temblor frío que recorrió su cuerpo, como un relámpago y un profundo miedo latió desbocado en su pecho. El hombre estaba nervioso, pálido, sudoroso, miraba a Alma con ojos ardientes de fiebre. Algo muy oscuro había en esos ojos, algo muy enfermo, algo que la niña no comprendía. Algo podrido, algo viscoso.

Alma intentó correr hacia la otra niña en busca de ayuda, pero el hombre  agarró su brazo con fuerza, haciéndole mucho daño y  lanzó a la niña de un empujón, de vuelta, sobre la cama. Sujetó a la pequeña, apretando fuertemente su cuello, con una mano enorme y sudorosa que le arrebataba el aire de los pulmones.

Alma gritaba, suplicaba y lloraba, pidiendo ayuda, llamando a su mamá.

— ¡Aquí nadie puede ayudarte!— gruñó el hombre con voz desagradable. — ¡Vas a portarte cómo una niña buena! ¡Cómo una niña muy, muy buena! ¡Si te portas bien, cuando acabemos te daré helado de fresa!

Alma dirigió su mirada, suplicante, a la niña rubia que observaba todo desde las sombras. En ese momento la niña oculta dio un paso fuera de las tinieblas y Alma pudo verla con mayor claridad: tenía el cuerpo lleno de moratones y de heridas secas, los ropajes rotos y desgarrados, manchados de sangre, los labios amoratados y una fea marca en el cuello.  

La niña rubia se acercó, lentamente, hacía el hombre, Alma vio, claramente, ahora que la extraña niña se encontraba muy cerca de ella, que su figura era difusa como un sueño ambulante, una imagen casi transparente que flotaba  entre las sombras de aquel cuartucho,  la niña brillaba con una luz blanca que  había empezando siendo muy tenue y ahora se tornaba resplandeciente. La niña rubia tocó con su pálida mano la nuca del hombre que comenzaba a desabrocharse los pantalones, entonces cuando la manita de la niña rubia rozó la piel de aquel hombre, una luz cegadora inundó la habitación. En aquella deslumbrante luz Alma vio las siluetas de un montón de niñas, victimas de aquel hombre. Aquellas niñas traspasaron todo el miedo y el dolor, que habían padecido en aquella habitación, a su asesino. Cuando la luz perdió brillo el hombre se arrastraba por el suelo, mirando suplicante a Alma, padecía un violento ataque al corazón, provocado por el pánico acumulado de todas sus víctimas que acababa de recibir como una descarga eléctrica. El miedo le  llevó a la muerte, ante los helados ojos de Alma, que lo miró morir sin ningún atisbo de compasión. Una vez que aquel hombre se quedó inerte, la niña rubia comenzó a desaparecer, fundiéndose en las sombras del oscuro rincón.

— ¡Espera!— gritó Alma. — ¡No te vayas!

El espectro de la niña asesinada se volvió a mirarla con una sonrisa llena de amor.

— ¿Cómo te llamas?— preguntó Alma.

— Lucia— respondió la niña, su voz despedía paz. – Me llamaba Lucia… Dile a mi mamá que la quiero y que sé que no debí salir del patio. Sólo quería ver al perrito. Dile que lo siento mucho.

Después de decir eso se fundió completamente con las sombras de la habitación y desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

— Gracias— susurró Alma, a solas en el cuarto oscuro. — Muchas gracias, Lucia. Y gracias a todas las demás, sean cuales sean vuestros nombres, los averiguaré, descubriré quien eráis y como eráis, no os olvidaré, por evitarme pasar por lo que vosotras padecisteis. Os llevaré siempre en el corazón y viviré una buena vida por vosotras, pues os la debo a vosotras.

La niña pelirroja pasó con repugnancia sobre el cuerpo inerte del hombre y abrió la puerta que había quedado entornada. El cachorrito corrió a saludarla, moviendo el rabo a gran velocidad, mostrando cuanto se alegraba de verla. Alma lo abrazó, enterrando su rostro en el reconfortante pelaje, tomó al cachorrito entre sus brazos y salió de la casa a la luz del día. El perrito lamía su cara sin cesar y mordisqueaba juguetón la naricita de la niña. Alma comenzó a caminar, tenía que regresar a casa con sus padres. Y tenía una misión: contarle a la mamá de Lucia lo que su hija había hecho por ella y decirla que Lucia la quería. Dar voz a todas aquellas niñas asesinadas y guardar su recuerdo y su memoria.

4 comentarios:

  1. Muy bueno, Esteban. No sé cómo te atreviste con un tema tan escabroso como este, ni idea de por dónde ibas a tirar, ya que no me gusta leer este tipo de tramas, pero le has dado un vuelco muy interesante y, a pesar de todo, me dejas con un buen sabor de boca y el alma en paz.

    Muchas gracias. Un saludo.

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    Respuestas
    1. Gracias a ti, Ricardo. La trama es dura y difícil, muy complicada es verdad, pero a la vez es realidad, esto pasa cada día, lo vemos en los telediarios y en los periódicos. No podemos cerrar los ojos y hacer como que no pasara sólo porque nos desagrada. Creo que es algo muy presente en muchos de mis relatos. Es en esencia La Oscura Realidad que nos rodea.Un abrazo, amigo.

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  2. Hola Esteban.
    Es un final positivo, creo que redime la memoria de otros muchos casos menos afortunados. Como si se hubiera hecho justicia. Me ha gustado cómo has enfocado la situación, la verdad es que me he quedado gratamente sorprendida. He leído una reseña de tu libro y me alegra comprobar que tus relatos son muy interesantes y hablan de la miseria terrenal. Y es cierto, se debe de temer a los vivos, más que a los espíritus y fantasmas.
    Un abrazo

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    1. Hola Marisa. Bienvenida a La Oscura Realidad. Me alegra que te haya gustado. Era un tema muy difícil de tratar, e intenté hacerlo con el mayor tacto posible. Espero que te quedes por aquí y disfrutes del resto de puertas que se abren a La Oscura Realidad. Un abrazo.

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