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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

domingo, 12 de abril de 2015

PRIMER CAPÍTULO DE "EL HOGAR DE LOS SAUCES"

Hace tiempo publiqué en el BLOG el PRÓLOGO de la novela. Para aquellos que no lo hayáis leído, aquí os dejo el enlace donde he cambiado el antiguo prólogo por uno revisado y listo para publicar, para los que lo leísteis en su momento no es necesario que lo volváis a leer, los cambios son mínimos.

ENLACE AL PRÓLOGO  "EL HOGAR DE LOS SAUCES"

Ahora os dejo el primer capítulo. Espero que el prólogo y el primer capítulo os gusten tanto que os lleven a querer seguir leyendo las aventuras de Simón.


 …toda la naturaleza está llena de gente invisible…algunos de ellos

son feos y grotescos, otros malintencionados o traviesos,

muchos tan hermosos como nadie haya jamás soñado, y… los hermosos

no andan lejos de nosotros cuando caminamos

por lugares esplendidos y en calma.”

W.B. Yeats. Mythologies.

 

CAPÍTULO 1 – LA LECHUZA Y EL TRASGO

Mientras esperaban la llegada de los invitados al cumpleaños, las dos niñas se contaban secretos de vital importancia, tan transcendentales como sólo pueden ser los secretos para dos niñas de trece años, sin saber que estaban siendo espiadas por dos pares de ojos traviesos. Dos grandes ojos azules, brillantes de curiosidad, y otro par de extraños globos oculares, almendrados, del color del ámbar, las observaban con atención sin perder detalle de sus movimientos y de su conversación. Intentando robar los ocultos e importantísimos secretos que las jovencitas se revelaban en cuchicheos.
 


 
Las niñas, sentadas bajo el sauce, no se habían percatado de que Simón, el hermano menor de una de las muchachas, se encontraba encaramado en las ramas del árbol sobre sus cabezas, por lo tanto hablaban con absoluta libertad acerca de los chicos de su clase. Lydia murmuraba, con ojos soñadores, sobre David, el chico más alto y más guapo de la escuela, mientras Diana escuchaba a su amiga en silencio, con una sonrisa embobada en la cara, pensando en su propio amor, pero sin atreverse a decir ni una palabra, ni siquiera a su mejor amiga, sobre él. Se decía a sí misma que Lydia no lo comprendería. Era un encanto y la mejor amiga del mundo, pero seguía siendo una niña que acababa de cumplir los trece años, en cambio Diana ya se acercaba a los catorce, sólo le faltaban seis meses.

Comenzaron a llegar los invitados a la fiesta, y las niñas abandonaron los cuchicheos y los secretos para correr a recibirlos. Lydia llevaba puesto un bonito vestido rosa y Diana un vestido malva estampado con flores. Estaban encantadoras mientras corrían cogidas de la mano hacia la puerta, donde esperaban los padres de Lydia, progenitores también del niño subido en el árbol.

— Misión cumplida— dijo la voz del propietario de los enormes ojos color ámbar.— En la guerra que tu hermana nos ha declarado, esas palabras que han salido de su boca nos pueden ayudar mucho.

— No sé en qué. Sólo ha dicho que bebe los vientos por un tal David— contestó el niño, saltando del árbol, bastante desilusionado, había esperado que Diana dijera algo sobre él.

— La información es poder— repuso la voz surgida desde las sombrías ramas del sauce.— En una guerra todo lo que se sabe del enemigo puede ayudarte a alcanzar la victoria final. Hazme caso, Niño, hace mucho, mucho tiempo, yo luché en una gran guerra, en la más grande de todas las guerras. Fui mensajero, explorador y espía, e incluso considerado un héroe por algunos durante un tiempo... Sé de lo que me hablo.

Al niño no le apetecía escuchar batallitas de hechos sucedidos eras del tiempo atrás, así que asintió a todo lo que decía su amigo como si absorbiera cada una de sus palabras, pero en realidad su atención estaba puesta en la muchacha que recibía a los invitados junto a su hermana.

 La pareja de espías, sin nadie a quien espiar, se terminó por sentar, aburridos, en una roca junto al estanque, viendo como el jardín comenzaba poco a poco a llenarse de invitados, por lo visto sus padres habían invitado a todos los habitantes de la pequeña ciudad al festejo.

— Diana es preciosa, ¿verdad?— preguntó Simón sin poder evitar que las palabras acudieran a su boca, sin haberlas llamado conscientemente.

— Un poco delgada para mi gusto, a mí me gusta que tengan un poco más de carne, tu ya me entiendes— dijo su compañero, dándole un codazo en el costado, mientras guiñaba uno de sus almendrados ojos, gesticulando de una manera un tanto exagerada.— Además tiene unas piernas demasiado largas para mí, pero sí, sé a lo que te refieres… Parece una princesa surgida de uno de esos estúpidos cuentos de hadas que tanto te gusta leer antes de dormirte.

— Creo que la amo con todo mi corazón— dijo Simón de sopetón, sintiendo como de nuevo las palabras le traicionaban, escapando de su boca sin ser su intención el pronunciarlas en voz alta.

Su amigo se rió con estruendosas carcajadas, atragantándose con sus risas, tosió con ímpetu, a punto de ahogarse, y cuando se encontró recuperado, palmeó la espalda del niño con fuerza.

— Ten paciencia, Niño, ya habrá tiempo para el amor y para el deseo, aún es demasiado pronto para todo eso. ¡Ahora es tiempo de los dulces y de los juegos! Has visto que cantidad de dulces abundan hoy en este jardín mágico, lo siento, pero no puedo dejar pasar esta oportunidad, voy a ponerme las botas— dijo, acariciando su abultada panza, dándose unas suaves palmaditas en la barriga bajo el chaleco de cuero.

Sin decir una palabra más su amigo lo abandonó, perdiéndose entre la multitud que se estaba formando en el jardín, en busca de sabrosos dulces con los que llenar su voraz barriga.

— ¿Qué haces aquí solo, Simón?— preguntó el doctor García, sentándose en la roca junto al niño. El psicólogo que trataba a Simón de sus problemas de conducta era un hombre de unos cuarenta años, bigote oscuro, cabello repeinado hacia detrás, tez morena y anchos hombros.

— Observo la fiesta— contestó Simón, fingiéndose interesado por el ruidoso jaleo que había a su alrededor.

— Ya veo— asintió el psicólogo con una sonrisa de blancos dientes.— ¿No estarías mejor jugando con los otros niños?

— No creo que ellos quieran jugar conmigo— respondió Simón, enfurruñado.

— ¿Lo has intentado, Simón?

— No me hace falta, sé lo que dicen a mis espaldas. Sé lo que piensan de mí. Incluso mi hermana lo piensa.

— ¿Qué es lo que piensan?— inquirió el psicólogo con seriedad.

El niño se río con cansancio, hastiado de responder siempre a las mismas inútiles preguntas del hombre.

— Ya lo sabe— dijo enfadado, levantando un poco de más la voz.— ¡Piensan que soy un chiflado!

La música que animaba la fiesta se detuvo en ese instante, una pequeña pausa entre canción y canción, por lo que sus palabras se escucharon con bastante claridad en el jardín. Todos le miraron incómodos, Lydia le lanzó una terrible mirada acusadora, su madre le observó con preocupación, Paula le miró sin comprender nada, e incluso Diana clavó sus maravillosos ojos verdes en él con una mirada indescifrable. Hubo algunas carcajadas y algunas burlas desperdigadas por el jardín. Cada risa y cada mirada hirieron profundamente el corazón del niño.

— ¡Genial!— exclamó Simón, furioso, y se alejó corriendo del estanque y de los invitados a la fiesta, metiéndose en su escondite preferido, detrás de la caseta del jardinero, donde nadie le molestaría, pero al cabo de un rato su madre se introdujo, a duras penas, entre la valla de piedra y la caseta, y lo abrazó con fuerza. El niño rompió a llorar contra su pecho, mientras la mujer acariciaba sus cabellos dorados.

— ¿Por qué no puedo ser normal? ¿Por qué no puedo ser como los demás, mamá?

Su madre nada dijo para consolarle, pero lo abrazó mucho más fuerte, durante un rato largo, hasta que el niño se calmó.

— Es la hora de darle el regalo a tu hermana. No me digas que después de todo el tiempo que tardaste en elegir el diario ahora no vas a dárselo.

— ¡Todos me mirarán!— exclamó con los claros ojos azules enrojecidos por las lágrimas.

— Que miren lo que quieran, eres mi niño y yo estoy orgullosísima de ti, ellos no te conocen, yo sí: eres bueno y amable; eres muy, muy listo y siempre consigues lo que te propones; vas a ser lo que quieras ser, estoy segura de eso. Te quiero con todo mi alma, Simón. ¿Vamos?

— Vamos— asintió el niño, tomando la mano de su madre y volviendo detrás de ella al jardín. — Mamá…

— ¿Sí, hijo mío?

— Yo…yo… yo también te quiero.

Una sonrisa maravillosa iluminó el bello rostro de su madre, que besó con todo el amor del mundo a su hijo en la frente. La pequeña Paula, de cinco años de edad, sentada bajo el sauce vestida de princesa, miraba con un poco de envidia sana a Lydia que recibía un regalo detrás de otro, pero viendo que se repartían besos al otro lado del jardín, corrió junto a su madre y su hermano, y los llenó de abrazos y mimos.

Simón fue a su cuarto para coger el regalo y llevárselo a su hermana mayor. Tenía una difícil relación con ella, pero no podía evitar quererla y estaba muy ilusionado con su regalo, quería sorprenderla. Cuando se disponía a bajar las escaleras con el regalo en la mano, vio al fondo del pasillo una sombría figura. Un extraño anciano le miraba fijamente con ojos negros, sintió un terrible frío, una profunda sensación de desasosiego. El anciano sonrió con una sonrisa helada. Después continuó avanzando por el pasillo lentamente, internándose en la habitación de Simón.

El niño fue tras él.

—¡Eh! ¿Qué hace usted aquí? Ese es mi cuarto, la fiesta es en el jardín.

Pero cuando Simón entró en su habitación, no había nadie allí. El niño quedó muy confundido y un poco asustado. Estaba acostumbrado a ver cosas extrañas, pero nunca había visto nada tan terrorífico como ese anciano, parecía que se le hubiera helado la sangre en las venas.

Cuando finalmente llegó junto a su hermana y le tendió su obsequio, la niña le miro con cierto desagrado y reproche, pero tomó el regalo entre las manos y cuando quitó el envoltorio, no pudo evitar que una sonrisa de felicidad acudiera a su rostro, provocada por el regalo de su hermano. Y esa sonrisa maravillosa en el rostro de su hermana valió mucho más en su ánimo que las continuas peleas en las que ambos se enzarzaban.

Un rato más tarde, con la fiesta en plenitud, Simón se acercó a la mesa de los pasteles, que se encontraba llena a rebosar de dulces de chocolate, nata, vainilla y fresa; era un maravilloso lujo para los sentidos, el paraíso para un niño. Simón tomó un gran trozo de pastel de chocolate, en el mismo momento en que el doctor García volvía a acercarse a él para disculparse por lo ocurrido.

— Lo siento, Simón, hoy es un día de fiesta, no quería molestarte.

— No se preocupe doctor, no pasa nada— contestó Simón, encogiéndose de hombros, sin darle importancia.

— ¿Volvemos a ser amigos?

— Claro, doctor. Ningún problema— respondió Simón lamiendo la cuchara llena de chocolate.

— ¿Simón?

— Si, doctor.

— ¿Puedo hacerte una última pregunta?

— Claro, doctor.

— ¿Dónde está él ahora? ¿Se encuentra por aquí?

— ¿Quién?

— Ya sabes quién, Simón.

El niño observó al psicólogo con gesto serio, como quién ya está un poco harto de la conversación, y dijo:

— Hace tiempo que llegamos a la conclusión, usted y yo, de que él no existe, que sólo es fruto de mi ex… excesiva imaginación, un amigo imaginario que ha superado la barrera en la que los niños dejan de tener amigos imaginarios. Esas fueron sus palabras doctor, así que ya no lo veo ni le hablo, ni me acuerdo de él, hago exactamente como usted me enseñó— contestó Simón con absoluta seriedad, lo cual le resultó harto difícil, pues su amigo imaginario estaba  vomitando, muy cerca de los zapatos impolutos del psicólogo, todo el vino que al parecer había estado bebiendo de las copas que los camareros llevaban a los invitados adultos. Por lo visto su amiguito había bebido demasiado durante la tarde. Como Simón bien sabía el hombrecillo no era un dechado de virtudes, tenía muchos vicios y defectos, la afición por la bebida no era el menor de ellos. Tendría que vigilarlo de cerca. El médico, por su parte, escrutaba el impasible rostro del niño, sabiendo que mentía, pero le siguió la corriente.

— Así me gusta, Simón. Me alegra ver como progresas.

- Es gracias a usted, doctor- siguió mintiendo Simón.

- Mira tú por dónde, aquí llega la encantadora Diana.— El psicólogo dedicó otra de sus bonitas sonrisas de dientes blancos a la niña.— Hola Diana, ¿cómo se encuentra tu madre hoy?

— Un poco mejor, doctor— respondió Diana, aunque a Simón le pareció ver en su expresión la sombra de una mentira.

— Me alegro, recuérdale que mañana os espero a las seis en mi consulta, ¿lo harás?

— Por supuesto, doctor— asintió Diana, obediente.

— Muy bien, buena chica.

Entonces la madre de Simón se acercó a ellos y se puso a hablar con el psicólogo. Los dos adultos se alejaron del lugar donde se encontraban los niños, dejándolos solos. Diana llevaba un vaso de plástico en la mano, lleno a rebosar de zuma de naranja.

— ¿Me das un poco de pastel?— preguntó sonriendo con amistad a Simón. — Tiene una pinta tremenda. ¡Debe de estar buenísimo!

Simón, sin atreverse a articular palabra, perdido en los inmensos ojos de un verde intensísimo de la niña, le tendió la cuchara con un buen trozo de pastel de chocolate bañado de nata. Diana comió de la cuchara y saboreó el dulce.

— Has elegido el mejor trozo de pastel— dijo alisándose los bordes del vestido malva que cubría sus piernas sobre las rodillas.

— Sí— asintió Simón, sin palabras, deslumbrado por la belleza, como sólo puede estarlo un niño de diez años, ante una niña mayor que él que parece conocer todos los secretos que el mundo guarda.- Está muy rico.

— ¿Quieres un poco de zumo de naranja?— le ofreció Diana con amabilidad.

— Me encantaría— contestó él, tomando el vaso de plástico de las manos de la amiga de su hermana, sus dedos se rozaron en el intercambio, y Simón sintió un maravilloso escalofrío recorriendo su espalda y el rojo rubor acudiendo delator a sus mejillas. Bebió un pequeño sorbo del vaso de plástico, intentando ocultar sus sentimientos, que debían ser tan claros a los ojos de la niña mayor, como mirar a través de un vaso de agua. Le encantó pensar que estaba bebiendo del mismo recipiente del que habían bebido sus dulces labios.

Fue justo entonces, cuando, como de costumbre, su amigo interrumpió en el peor momento, tirando de la pernera del pantalón de Simón con desagradable insistencia, pues sin duda se encontraba bastante perjudicado por el alcohol ingerido hasta ese momento.

Es muy difícil para un niño de diez años hablar con la niña de la que se encuentra perdidamente enamorado, sobre todo si la niña tiene casi catorce años, pero lo es mucho más si un hombrecillo borracho tira de la tela de tu pantalón, intentando llamar la atención de manera continuada.

— ¡Niño!— exclamaba su alegre amigo, cuyo aliento apestaba a vino desde la distancia.— Niño, escúchame. ¿A qué no sabes lo que han visto mis ojos?

Simón agitaba la pierna, disimuladamente, intentando deshacerse de su amigo, pero el hombrecillo se aferraba obstinado a su pantalón. Diana le miraba divertida, clavando en él sus preciosos ojos.

— El chico que le gusta a tu hermana— seguía su pesado amigo, sin notar que su presencia no era grata,— ese tal… Daniel o… David, o como mierda se llame, se está besando con una chica delgaducha, bastante fea y con hierros en los dientes, detrás del seto. Por fin tenemos un arma contra el enemigo… ya te dije que la información es poder.

Simón agitó con fuerza la pierna y el hombrecillo salió disparado, volando por los aires. Fue a parar contra un cubo, junto a la mesa, donde se tiraban los desperdicios.

— ¡Es qué no me escuchas!— gritó, malhumorado ante semejante falta de respeto, el pequeño ser desde el suelo donde había quedado sentado sin poder levantarse, por el pernicioso efecto de la bebida.

Simón le devolvió a la muchacha el vaso de plástico, después de beber el zumo y ella tomó otra cucharada de chocolate, mientras el hombrecillo seguía con su cháchara de borracho desde el empedrado:

— ¡Es el momento de dar una estocada mortal en su corazón!— exclamó agitando su mano como si empuñara una espada.— Le mostráremos como su amor verdadero besa a otra niña y eso hará su corazón inmensamente infeliz, ganaremos una gran batalla y quizá la guerra…

Simón comenzó a caminar alrededor del estanque, alejándose de su enajenado amigo, que seguía ideando malvados planes para destrozar el corazón de Lydia. Diana lo siguió caminando muy cerca de él, muy, muy cerca, tan cerca que podía oler su dulce perfume.

— Tu hermana me ha contado que ves cosas— dijo finalmente la niña, sin rodeos ni tapujos.

— ¡No!— negó él, deteniendo su paseo y poniéndose inmediatamente a la defensiva. — ¡Yo no veo nada!

— A mí no hace falta que me mientas, Simón, somos amigos— dijo Diana tomando su mano y sentándose en un banco de madera a la orilla del estanque, tirando de su brazo para que él se sentará junto a ella.— Además te voy a contar algo que no le he contado a nadie… creo… creo que yo también he visto algo.

— ¿Qué has visto?— preguntó Simón, sorprendido y muy interesado por el rumbo que tomaba la conversación.

— He visto un fantasma— contó ella tan seria que el niño creyó sus palabras al instante.

— ¿Un fantasma?— preguntó extrañado.

— Sí, hace tiempo que lo veo. Parece seguirme a todas partes.

— ¿Y cómo es?— inquirió muy intrigado, pues entre la lista de cosas extrañas que él había presenciado, y eran muchísimas, no se encontraba ningún espectro.

— En verdad que es normal y corriente— contestó Diana, encogiéndose de hombros.— Es una chica como yo, de hecho se parece bastante a mí. Su pelo es rubio como el mío y como el de tus hermanas o tu madre, pero más oscuro que el nuestro. No tiene nada de especial. Parece que está completamente viva, pero el problema es que yo sé que está muerta. Hizo la catequesis para la comunión con tu hermana y conmigo hace años. Vivía en la otra parte de la ciudad, junto al lago. Sé que fue asesinada. Encontraron su cuerpo en un contenedor de basura, en un callejón en el centro. Se llamaba María, la pobre murió el invierno pasado, poco antes de la llegada de la primavera.

Diana comía una cucharada del pastel del niño y le daba otra a él mientras hablaba.

— ¿Qué quiere de ti ese fantasma, Diana?

— No lo sé— respondió la niña deteniendo la cucharilla, justo antes de introducir el trozo de pastel en su boca, dejándolo en suspenso.— No tengo ni la menor idea. Simplemente se queda ahí, mirándome desde el bosque de sauces, allí parada frente a la ventana de mi casa, muda como una estatua. Su mirada es muy triste, Simón, muy, muy triste. Me da mucha pena, pero… también me da miedo. Ella no es lo que me atemoriza, no creo que quiera hacerme nada malo, aunque me aterra lo que desea hacerme saber: sea lo que sea. — Finalmente, la niña terminó la cucharada de tarta, dejó la cuchara sobre el plato vacío, bebió un largo trago de zumo, le dio el resto de la bebida al niño y le preguntó a bocajarro:

— ¿Tú también ves fantasmas?

Por un momento Simón se preguntó si el extraño y oscuro viejo que acababa de ver en el pasillo podría haber sido un fantasma, pero no lo creía. Era demasiado tangible, demasiado real, demasiado viscoso: como un puñado de lodo oscuro y apestoso.

— No. No he visto nunca ninguno, me moriría de miedo— respondió él, muy asustado.

— Entonces, ¿qué es lo que ves?

Simón alzó la vista hacia el exterior de la finca, y observó el apacible y tranquilo saucedal que rodeaba la casa tras la muralla de piedra blanca.

— Veo todo lo demás— contestó abarcándolo todo con la mirada.

Entonces un ruido terrible rompió el mágico instante. Uno de los miembros del servicio, contratado para el evento por sus padres, había caído al suelo con una bandeja llena de copas de vino, Simón supo al instante que su pequeño amigo era el culpable, se terminó de un tragó el zumo, y dejó a Diana sola bajo el Sauce.

— Lo siento— se disculpó. — Voy a ver qué ha pasado. Luego seguimos hablando, ¿vale?

— Claro— asintió la niña rubia, sonriéndole con su maravillosa sonrisa. Por desgracia nunca más pudieron hablar, por lo menos no durante las escasas horas de vida que le quedaban a Diana.

Corrió en busca del hombrecillo para que los males no fueran a más. Cuando se descontrolaba podía ser un poco pendenciero, era mejor atarlo en corto. Mientras se alejaba de Diana se cruzó con su padre, que ni siquiera se fijo en su hijo, cuando pasó por su lado corriendo todo lo que le daban las cortas piernas.

Cuando finalmente dio con su amigo debajo de una mesa, el hombrecillo de espesa mata de pelo del color de la arcilla húmeda estaba completamente inconsciente. Lo tomó en sus brazos como si fuera un bebe y subió con él a su habitación, lejos del bullicio de la fiesta y de los invitados. Pronto roncaba a pierna suelta tumbado en la cama, llenando de babas la almohada de Simón. El niño se alegró de que los demás no pudieran oír semejantes ronquidos, pues deberían resonar por toda la casa con tal estruendo que rivalizarían con la música. Decidió seguir el discurrir de la fiesta desde la ventana de su cuarto. Desde allí, vio a su madre hermosísima, con el largo cabello rubio agitado por el viento, y su espectacular vestido blanco, mientras organizaba los juegos para los niños. A pesar de querer verlo todo, se dio cuenta que sus ojos, se le iban como si tuvieran vida propia, una y otra vez, en busca de Diana. Encontró a la muchacha hablando con el profesor de música del colegio, junto a la barbacoa, él contaba algún tipo de anécdota o historia divertida, y ella reía sin parar. Más tarde pudo ver a la niña rubia jugando a carreras de sacos, haciendo equipo con su hermana, ganando la carrera, con bastante diferencia sobre el resto de niños. Disfrutó de la alegría que despedían su hermana y Diana al abrazarse, felicitándose por la victoria. Deseó estar cerca de ellas para participar de esa alegría, pero no se atrevía a dejar a su amigo en ese estado, podía despertarse con ganas de crear más problemas. Era más seguro vigilarlo de cerca, así que a pesar de sus deseos se quedó vigilante junto a la ventana.

El tiempo de la fiesta llegó a su fin, cuando las sombras de la tarde comenzaron a cobrar forma, los invitados abandonaron “El Hogar de los Sauces”, poco a poco, como sueños ambulantes, dejando el jardín vacío y mudo al anterior bullicio. Desde la ventana Simón vio el vestido malva de Diana, perdiéndose en las sombras bajo el saucedal, dirigiéndose a su casa que se encontraba sólo a unos centenares de metros de allí, siguiendo un corto camino entre los sauces. El niño, con la vista fija en la muchacha que desaparecía entre las sombras de los árboles, tuvo una extraña sensación en la boca del estómago, justo en el momento en que su pequeño amigo se despertó regurgitando los últimos restos de vino que quedaban en su barriga en el interior de una de las zapatillas de estar por casa de Simón.

Fue justo en ese momento, cuando la lechuza acudió a su ventana cómo cada anochecer, él acarició los suaves plumajes del buche del ave que ululó complacida.

— La lechuza y el trasgo— se dijo Simón sonriendo. Parecía el título de uno de sus libros de cuentos de hadas, aunque lo cierto es que ninguno de los personajes de esos cuentos se parecía lo más mínimo al hombrecillo que continuaba roncando ruidosamente, después de haber vomitado, y que soltaba de vez en cuando sonoras ventosidades, increíbles para un cuerpo de semejante tamaño. Un cuento de hadas de lo más extraño, eso es lo que estaba viviendo Simón desde aquella noche, cinco años atrás, en que lo encontraron perdido en el saucedal. Al principio, después de despertar acurrucado y caliente en la cama de sus padres, había pensado que todo había sido un sueño, un mal sueño, pero pronto se dio cuenta de que no lo era.

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4 comentarios:

  1. Desde cada ladrillo de tu blog hasta cada una de tus palabras te felicito. Me alegra profundamente encontrar una persona con tanto talento, caoaz de trasportarnos a otros lugares. Un abrazo inmenso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy agradecido por tus palabras. Son comentarios como este los que ayudan a no tirar la toalla y seguir peleando. Un saludo.

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  2. Tu blog ha sido para mi un gran descubrimiento. Me alegra saber de más gente que escribe relatos fantásticos y oscuros. ¡Adelante!
    Abrazos.
    Borgo.

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