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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

lunes, 4 de mayo de 2015

CUMPLIMOS 40.000 VISITAS y lo celebramos con JONATHAN SILENCIO

 
Hace pocos días el Blog LO JURO POR MI TATUAJE de José Martín Bartolomé. Celebró sus 30.000 visitas con una entrada en la que comentaba lo que había pensado al leer un relato mío por primera vez. Da la casualidad que ahora me toca a mí celebrar y he pensado, con su consentimiento y beneplácito por supuesto, robarle por un instante a ese maravilloso personaje que es Jonathan Silencio. MUCHAS GRACIAS A TODOS por las 40.000 visitas y a José por permitirme entrar un poco en su maravilloso mundo de la CIUDAD OCULTA.
 
ACEPTAR LA OSCURIDAD
Se llamaba Jonathan Silencio, y había aceptado la oscuridad. Pues sabía que quienes no aceptan la oscuridad no pueden enfrentarla. Se dedicaba a hacer lo que era necesario.
La primera línea de “Las aventuras del Capitán Alatriste”, el libro de Pérez Reverte: No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente… le calzaba como un guante de terciopelo. Cuando lo conocí tenía el aspecto de un héroe de película en blanco en negro de los años cuarenta. Un Humphrey Bogart, desencantado y vapuleado por la vida (y por la muerte), que poseía el aura magnética de uno de aquellos inolvidables personajes que interpretaba el bueno de Humphrey, sacados de esas novela negras, tan negras como el humo del tabaco que fumaban sin parar sus protagonistas. Novelas de Raymond Chandler, o Dashiell Hammet, protagonizadas por tipos duros como el granito, pero sin suerte con las mujeres fatales, como Philip Marlowe o Sam Spade.
Más tarde me enteré de que Jonathan Silencio no era su verdadero nombre, cosa muy probable en Valladolid, pues aquí no abundan los nombres tan chulos. Había sacado el nombre de una novela sobre un detective de lo paranormal del siglo XIX: Jonathan Silence. En realidad, no importa  cual fuera su verdadero nombre, lo único cierto es que salvó mi vida cuando la oscuridad vino en mi busca. Por aquel entonces yo todavía era una niña. Nada más que una estúpida adolescente que no sabía  nada de la vida (ni de la muerte) ni de la oscuridad. Por supuesto que no creía en nada sobrenatural. En realidad, sólo creía en mi Iphone último modelo, y en Justin Bieber. Maldita putita estúpida estaba hecha por aquel entonces, por suerte la oscuridad, la sangre y el dolor se cruzaron en mi vida, y no dejaron rastro de aquella niñata inaguantable. Lástima que no ocurriera lo mismo con Justin Bieber.
Estoy hablando mucho de Silencio, pero él todavía no forma parte de esta historia. Empecemos por el principio. Cómo empezar a contar la muerte de tus padres; cómo decir que encontraste la cabeza de tu hermano  pequeño, de sólo seis años, separada de su cuerpo, apoyada en el inodoro cómo si surgiera de la tubería; cómo describir que tu abuelita estaba a medio devorar sobre la mesa de la cocina; cómo decir… Bueno, creo que ya lo he dicho. Podéis imaginaros la escena bastante bien sin más ayuda de mi parte.
Regresé a casa después de una noche de fiesta, con más grados de alcohol en sangre que los de Robert Downey Jr. durante su época de desenfreno. Llegaba tarde porque me había  estado dando el lote en un banco del Parque Campo Grande con un chico lleno de tatuajes y pircings del que ni siquiera recuerdo su rostro, sólo que intentaba tocarme las tetas, embutidas en un apretado top negro, a cada momento, acariciando el colgante que se perdía entre mis pechos, jugueteando con él, intentando tocar carne. Me preguntó por la puerta que abría aquella vieja llave de acero, pero yo le dije que no la que él quisiera, cerrando mis piernas y largándome a casa, dejando al muchacho con un buen calentón.
Al ver la macabra escena en la que se había convertido mi piso familiar, el alcohol que burbujeaba en mi organismo se evaporó al instante como si lo hubieran calentado al fuego de una hoguera. Una vez que me  pude levantar del espeso charco de sangre en el que me había caído de culo, con mi minifalda blanca, poco más que un cinturón, teñida de rojo como si hubiera tenido la regla más salvaje del mundo, saqué mi teléfono móvil del bolso, pero el cabrón del Iphone último modelo se había quedado sin batería justo en el mejor momento. El teléfono fijo estaba derretido sobre la mesilla como si alguien hubiera hecho una deliciosa foundé con el pobre aparato. No me dieron más ganas de seguir buscando teléfonos de ningún tipo, pues un ruido en mi habitación me puso los pelos de punta. No estaba sola. Como todos los miembros de mi familia se encontraban troceados, con sus miembros repartidos por toda la casa, supuse, con aguda certeza, que quien hubiera perpetrado aquella masacre se hallaba en mi habitación. Del interior de aquella puerta donde había pasado mi cómoda infancia de niña bien, surgió un hombre de  piel pálida, con profundas ojeras bajo los ojos; tenía barba de tres días e iba embutido en una  anticuada gabardina estilo Colombo. Llevaba un viejo cuchillo en la mano, manchado de sangre. No me quedé a saber más, puse pies en polvorosa.
Las calles de Valladolid nunca me parecieron más siniestras que  en aquella noche. Era la hora, cuando el cielo se vuelve más oscuro, justo antes de amanecer. Las farolas rotas apenas iluminaban las callejuelas por las que yo corría sin rumbo como una rata de laboratorio, recorriendo un intrincado laberinto en busca de un trozo de queso. Sentía las pisadas del hombre a mi espalda, no muy lejos, siempre acechándome desde la profunda cercanía de la calle por la que acababa de pasar. Finalmente, tropecé, cayendo despatarrada sobre un montón de bolsas de basura, que contenían los apestosos desperdicios de un restaurante, en una postura muy poco decorosa, debido a mi escueta vestimenta. Me levanté rebozada en inmundicias, apestando como un estercolero.
Seguí corriendo. Dos callejas más adelante me topé con un hombre enorme que pareció surgir desde las sombras del callejón. Juro que creí ver  como su nariz olfateaba, agitándose con vida propia, venteando como la de un perro sabueso. Supuse, en ese momento, que estaba oliendo los restos de comida podrida que había esparcidos por todo mi cuerpo.
- ¡Ayúdeme!- grité desesperada.
El hombre me miró impasible como si fuera un pedazo de roca, sin ninguna emoción ni sentimiento en el rostro.
- ¡Ayúdeme!- repetí llorando, histérica.- ¡Ha matado a mi familia! ¡Ayúdeme! ¡Por favor!
El hombretón no dijo nada. Tenía la gélida mirada fija en la entrada del callejón. Ahora, yo también escuchaba los pesados pasos de aquellas botas que me perseguían. El hombre de la gabardina había dado conmigo. Surgió de las tinieblas, entrando en el estrecho callejón. Ni siquiera posó sus ojos en mí, toda su concentración estaba en el hombre que había junto a mí. Parecía en tensión, como una gacela que se enfrentara a un león.
- Apártate de eso, chica- dijo intentando aparentar tranquilidad.
Yo, por supuesto, no le hice caso, sino que me pegué más al fornido cuerpo, que parecía esculpido en piedra, del hombretón.
- Sí quieres vivir, ven conmigo- dijo tendiéndome una mano. Pude ver claramente en su rostro el bochorno provocado por haber utilizado esa frase tan manida, sacada de Terminator. La otra mano se mantenía oculta bajo la amplia gabardina.
- Ha matado a mis padres- repetí, suplicando al hombretón que hiciera algo.
Y vaya si lo hizo. Intentó matarme.  En un parpadeo el hombretón se transformó en un desagradable monstruo. Una mezcla entre un gorila peludo, y un lobo de fauces sangrientas y afiladas como cuchillas de afeitar. Sus ojos ardían con un fuego rojo. El maldito bastardo intentó arrancarme la cabeza de un zarpazo. Por suerte para mí, el otro hombre fue más rápido, sacó su mano oculta bajo la gabardina y disparó varias veces sobre el torso del  hombre lobo, o lo que fuera aquello. El monstruo se desplomó volviendo a tomar forma humana sobre un charco de sangre oscura.
- Balas de plata- dijo mi salvador con una amplia sonrisa dibujada en los labios.- Muy eficaces contra estos bichos. Como el Raid para los mosquitos.
Entonces, una nueva figura  cubierta de pelos surgió de las sombras del callejón, saltando sobre él, la pistola voló de sus manos, cayendo en un charco de suciedad. La bestia lo agarró por el cuello con sus zarpas de uñas afiladas que dejaron una marca sanguinolenta en la piel de su garganta. El hombre pateaba el fornido estómago del monstruo intentando liberarse. Pero era inútil. Con una maniobra desesperada mordió el brazo del híbrido con todas la fuerza de su mandíbula, llenándose la boca de pelos negros y sangre, pero el licántropo no se inmutó ante tan curioso truco. Jamás hubiera imaginado que nadie pudiera morder a un hombre lobo, pero entonces yo no creía en semejantes seres, así que era posible que fuera muy común defenderse de una bestia formada de puro músculo, largas garras y fauces mortales,  a mordiscos y patadas.
El hombre de la gabardina se encontraba en serios aprietos, escupió una bola de sangre y pelo sobre el rostro del licántropo, como despedida de honor, dejando claro con ese gesto el desprecio y el asco que le inspiraba la bestia, y se dispuso a morir intentando no orinarse encima.
Entonces, me vi de pie en el callejón, llevaba mi ropa más sexy sucia de inmundicias, apestaba,  mis ojos verdes brillaban arrasados de lágrimas, tenía las rodillas lastimadas manchadas en surcos de sangre y roña. En mi mano derecha portaba una pistola cargada con balas de plata. Disparé. Disparé. Disparé, hasta vaciar el cargador en la espalda de la bestia. El hombre lobo aulló de dolor, volviéndose hacia mí, soltando a su presa. Eso fue un error, pues el hombre de la gabardina sacó un viejo cuchillo de sus ropas, y lo clavó  una y otra vez en el pecho de la bestia hasta que el monstruo cayó sin vida a sus pies, transformándose en un hombre delgado con aspecto de gris funcionario que jamás hubiera matado a una mosca.
- Me llamo Jonathan Silencio- dijo mi salvador, sacándome del callejón, y poniéndome su anticuada gabardina sobre los hombros.-Tenemos que hablar de muchas cosas, niña. Esta noche has conocido la oscuridad. Tu vida ya nunca será la misma. Debemos pensar que le puedes contar a la policía para que  no piensen que eres una loca que ha matado a toda su familia en una orgía de sangre. Sé muy bien como piensa la policía de esta ciudad, eso será lo primero que les va a pasar por la cabeza. Conozco una cafetería que abre a estas horas, es un bonito y tranquilo lugar donde a menudo termino mis noches. Vayamos a tomar un trago. Está bien iluminada, y llena de gente normal y corriente que comienza su día laboral. Allí hay tanta luz, que incluso podré ver bien esos ojos color Heineken que tienes, y asegurarme que nadie nos acecha en las sombras. Necesito tomar un Jack Daniels sin rocas que me quite el sabor que han dejado la sangre y los pelos de esa bestia en mi boca.- Soltó una risa cansada.- No lo creerás, pero el truco del mordisco ya lo utilicé en otra ocasión, pero entonces me funcionó mejor. Mientras yo paladeo mi bien merecido whisky, tú tomarás un batido de chocolate ¿Qué te parece la idea?
- ¿Qué es toda está pesadilla?- pregunté.
Él me miró un instante a la luz de una farola. Como si estuviera calibrándome, midiendo mis fuerzas. Finalmente, dijo:
- Esos monstruos te buscaban a ti.  Maté uno en tu cuarto, mientras husmeaba tus cosas… No sé por qué  te buscan, pero te prometo que lo averiguaré. Llevó semanas persiguiéndolos, siento mucho haber llegado tarde para salvar a tu familia.
Yo escuchaba sus palabras sin comprender nada, en un estado cercano a la catatonía, pero no importaba, su voz me tranquilizaba. Era como si conociera esa voz ronca desde siempre, como si el destino me hubiera llevado hasta él, como si tuviera una misión para mí. El destino es un maldito cabrón sin conciencia. Lo seguí acariciando la llave de hierro que colgaba de mi pecho buscando un pequeño consuelo en su cálido y reconfortante tacto.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. He recorrido sombríos caminos desde entonces. Al igual que mi mentor y maestro, Jonathan Silencio, combato la oscuridad allí donde la encuentro. Él, generalmente, lo hace por dinero, pues como ya he dicho no es el hombre más honesto; además como él bien dice: hay que ganarse el pan de alguna manera, que con la crisis la cosa está muy jodida, incluso para los detectives de lo sobrenatural. Matar monstruos por dinero es muy triste, pero reconózcanme que peor sería robar. Yo lo hago por venganza y toda esa mierda.
 Me llamo Rebeca Espejo, aunque ése no sea mi verdadero nombre, y he aceptado la oscuridad…

4 comentarios:

  1. Un placer compartir contigo este momento, y gracias por contar con Silencio. Verle desde otros ojos es toda una experiencia, y el relato me ha molado mucho. Felicidades por las 40.000, sigue así, compañero.

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    Respuestas
    1. El placer es mío, José. Gracias a ti por dejarme robarte a Silencio por unos momentos. Un abrazo.

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  2. Hola!!! enhorabuena por tus 40000 visitas, ahora a por otras 40000 mas, ya veras como las alcanza en poco.
    Te sigo y te invito a visitar mi blog
    Un abrazo

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    Respuestas
    1. Muchas Gracias, Jaime. Me paso por tu Blog. Un abrazo.

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This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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