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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

viernes, 8 de mayo de 2015

UN PENIQUE POR TUS PENSAMIENTOS


Os contaré una historia de esas que nos gusta escuchar a  la luz de la lumbre en una fría noche de invierno mientras la lluvia golpea nuestras ventanas y el gélido viento aúlla en el exterior con voces antiguas que no podemos comprender, pero que nos producen un profundo desasosiego en el corazón.

 El mundo era diferente entonces, en aquel tiempo aún se creía en las hadas, en las brujas y en que un duende podía agriar la leche fresca con su sola presencia o levantar, lascivo, las faldas a las mozas con un simple silbido y un chasquido de sus pequeños dedos, para mirar con lujuria las bien contorneadas piernas de las muchachas y atisbar por un instante sus secretos más ocultos. 

Se creía tan firmemente en las brujas que raro era el día, en que una pobre mujer inocente no era quemada en la hoguera, asada, entre gritos de dolor, como un cochinillo puesto en el espetón, acusada de brujería y lujuriosos pactos con el diablo. Lástima que de esas pobres muchachas ninguna fuera bruja de verdad. Y a los únicos que les embargaba la lujuria, era por lo general a los acusadores y los torturadores de esas muchachas inocentes, que  veían a las mujeres gritar en el potro y arder en la hoguera, con una cálida erección bajo las ropas y los ojos brillantes de húmedo deseo. Hombres  como esos han gobernado el destino del pueblo llano, durante toda la historia de la humanidad. El fuego y el acero eran sus armas para cumplir sus sórdidos deseos y la fe la armadura en la que se escudaban para realizar cualquier acto, por terrible que fuera, tiñendo de sangre y dolor su camino hacia la pureza.

 El lugar era un valle entre escarpadas montañas, confluencia de tres aldeas y un castillo que lo gobernaba desde las alturas.  El valle se encontraba en la brumosa Europa del norte, cuna de mitos y leyendas celtas.

 




 Esta historia ocurrió hace largo tiempo. En otra época. Tiempos extraños. Tiempos oscuros, pero tiempos honestos.

Después de superada la gris edad media, pero antes de las maquinas, del progreso, de la televisión y de los programas del corazón que roban los pensamientos de la gente. Sin cientos de canales de televisión que nunca echan nada interesante, ni teléfonos móviles que no tienen cobertura justo cuando más lo necesitas, ni videojuegos en los que hay que matar y mutilar de la manera más sangrienta posible a cuantos más enemigos mejor; en aquella época, sin todas las maravillosas diversiones que el progreso trajo consigo, las abuelas contaban historias de terror a las impresionables nietas a la luz de la lumbre, en las largas noches del frío invierno, para entretenerlas, mientras los lobos aullaban en los bosques sobre la nieve, poniendo tenebrosa música de fondo con su canto, a la profunda  y tétrica voz de las abuelas; helando con su  desgarrador aullido el sueño de esas mismas niñas.

 Como decía eran otros tiempos. Nada que ver con el ahora. Este momento. La actualidad.

 En aquel tiempo aún había un poco de magia, suelta por el mundo, y bajo un arco iris, si se buscaba bien,  todavía  se podía encontrar un saco rebosante de monedas de oro recién acuñadas y un trol molestaba debajo de algún antiguo  puente. Siempre había un hijo de viuda en busca de fortuna y el menor de siete hermanos estaba, desde su nacimiento, dispuesto para los grandes acontecimientos, que le deparaba el destino. En vez de estar preparado, para su verdadero destino, que, sin duda, sería recibir los pescozones de sus hermanos y  pasar hambre en la mesa, cuando el resto de sus hermanos le dejara sin comida por ser el más pequeño y el más débil.

Ésta es la historia de una muchacha que no era hija de ninguna viuda, ni huérfana, ni hija única, ni mucho menos séptima hija de un séptimo hijo. Ésta es la historia de una muchacha normal y corriente. Ni muy hermosa, como un cisne en pleno vuelo ni muy fea, como una vieja bruja con verrugas en la bulbosa nariz y pelos duros como cerdas de jabalí en la afilada barbilla, de las que pueblan los cuentos asustando a los niños. Una chica normal, tan normal como vosotros y como yo. Como la mujer que os vende el pan o el muchacho que cuida de vuestro jardín. Ni muy alegre, ni muy triste, ni muy graciosa, ni muy seca. Ni muy dulce como la melaza, ni muy sosa como masticar un trozo de madera sin sal ni pimienta. Nada más que una muchacha normal y corriente, de las que hay a montones por cualquier calle de cualquier ciudad.

 

 Llamémosla Rose, pues así le gustaba que la llamasen, aunque ése no era su verdadero nombre. La verdad es que su verdadero nombre no era muy bonito y la chica había preferido desterrarlo al olvido, cambiándolo por el de la fragante flor. Cosas de muchachas. Bien, lo cierto es que ya nadie recordaba su verdadero nombre y todos la llamaban por su nombre inventado como si nunca hubiera tenido otro.

 Rose llevaba a los niños bajo su cuidado a la feria. Era una muchacha  de dieciséis años, de pelo rizado y moreno,  piel canela, sonrisa alegre y ojos negros y vivos. De su mano y su falda iban colgados dos niños rubios de cuatro y tres años. Un poco más adelante, con las mejillas arreboladas por la excitación del día, correteaba la mayor de los tres niños, señalando el reguero de gente que acudía a la feria. Era una niña que acababa de cumplir seis primaveras, cuyo cabello rubio y rizado, a la par que sus suaves mejillas sonrosadas, le daban un aspecto angelical, tan similar a un querubín que hubiera podido posar como acompañamiento de la virgen María en cualquier cuadro pintado por Murillo o por Tiziano.  Aunque Rose, que se encargaba de su cuidado, sabía que, a veces, era todo menos angelical. A pesar de eso o, quizá, precisamente por eso, Rose la quería con toda su alma. Era la  niña de sus ojos. Su princesita.

La feria. Habría que explicar a los jóvenes de hoy en día que tienen todo tipo de diversiones al alcance de la mano lo que significaba, en aquel entonces, la llegada de la feria. La maravilla, las sorpresas, la felicidad, y la alegría que proporcionaban los feriantes cuando llegaban a un pueblo escaso de diversiones, salvo el duro trabajo de sol a sol y la inhóspita tierra que los campesinos tenían que trabajar sin descanso para arrebatarle el escaso sustento, a cambio de sudor y huesos molidos de cansancio.

Sí, la feria con sus arlequines y sus malabaristas, con sus juglares y poetas, con sus gitanas capaces de leer el futuro en las palmas de las manos y con sus monstruos de feria que aterrorizaban a niños y matronas. La feria llena de luz y de colores brillantes, de estridentes sonidos y del dulce olor del caramelo. La feria con sus sudorosos forzudos que doblaban barras de hierro como si fueran de mimbre y que peleaban con fiereza con todo aquel que pudiera soñar con derribarlos y apostar unas monedas de su bolsa para demostrarlo. La feria con sus pequeños enanos que realizaban cabriolas para deleite de los niños, mientras no cesaban de burlarse, con saña, de los mayores. La feria con sus puertas a otros mundos, a otras realidades, a otras leyendas más antiguas y más oscuras. Las ferias con sus múltiples peligros para los confiados e inocentes niños que acudían a ellas con las mentes abiertas a todas las maravillas que allí pudieran encontrar.  Y de todas las ferias aquella, que acababa de instalarse en el valle, era la peor, la más oscura, la más terrible.

Pero nada sabían la pobre Rose y los tres niños a su cuidado de aquellos peligros. Sus inocentes ojos sólo veían la diversión, la alegría, el dulce sabor de las manzanas de caramelo y las risas extravagantes del arlequín.

No apreciaba el triste corazón del arlequín,  ni la manzana agusanada sobre la que resbalaba el caramelo, ni el gemido que se ocultaba bajo toda esa diversión y esa alegría. Ni la mente fría y maligna que gobernaba aquella feria con un manto de oscuridad. Una paciente araña que teje su tela y espera a que las incautas moscas queden adheridas a ella.

Incautos, alegres y despreocupados se adentraron en la feria dejándose engullir por el bullicio y el mágico ambiente. Cuatro presas fáciles, cuatro víctimas inocentes para la oscuridad que habitaba bajo la luz de la feria. Cuatro pequeñas e indefensas moscas en la tela de la  ponzoñosa y paciente araña.

 

El Juglar los observó al pasar desde la caseta en la que estaba cantando una vieja balada de amor imposible con final trágico. Y sus ojos azules se cruzaron con los negros ojos de Rose; el juglar sonrió a la muchacha, con una sonrisa ensayada para captar la atención de las jovencitas y guiñó uno de sus ojos de largas pestañas directamente a Rose. Ella se quedó prendada de sus ojos, de sus pestañas, de su rojizo cabello agitado por el viento, de su voz, de sus palabras y del sonido de su música. Ese es el poder de todo juglar, cuidaros mozas si os cruzáis con uno. Cuidad vuestro corazón y  sobre todo cuidad vuestra intacta virginidad sin mácula, si aún la guardáis como un tesoro. Pues tales tunantes son expertos mancilladores de virgos y rompedores de corazones inocentes, hacedme caso, yo lo sé bien, pues fui  en un tiempo uno de esos desvergonzados tunantes. Pero, claro, como conseguir que una joven niña escuche las palabras de la sabiduría, que le hubiera susurrado su vieja abuelilla en el oído, cuando los mágicos ojos de un juglar se posan en ella y la magia de su canto la envuelve como una dulce caricia. ¡Imposible!. Ninguna muchacha de este mundo sería capaz de apartar la vista del juglar y de dejar de sentir su corazón latir enamorado ante su presencia. Y éste no es un juglar cualquiera, de esos que andurrean por los caminos y cantan en las bulliciosas tabernas, por un lugar en el pajar donde pasar la noche al resguardo de la lluvia y una jarra de cerveza aguada. Es simplemente el Juglar. El más grande entre todos los demás miembros de su gremio. El de más poderoso canto. Él ya cantaba en señoriales palacios en los inabarcables reinos del Crepúsculo, miles de años antes de que los seres humanos descubrieran la música. Yo a su lado soy un torpe patán sin ningún tipo de talento. Cualquier moza hubiera quedado prendada al instante.

 

Una voz fuerte, tan profunda como si sonara desde dentro de una campana, sacó a Rose de su ensimismamiento:

— Si yo fuera usted señorita, vigilaría a esa pequeña, hay cosas que no están hechas para que las vea el tierno corazón de una niña.

Rose se giró en busca de su interlocutor, bajó la vista y se encontró con un viejo enano vestido de negro y rojo sangre. El hombrecillo señaló a Rose el lugar donde la pequeña estaba esperando una larga cola para ver el interior de una caseta.

El feriante, que presentaba la caseta, gritaba para atraer la atención de su público sobre la atracción oculta en el interior. Una bestia mitad hombre, mitad jabalí.

— No es una visión agradable se lo aseguro, señorita. Si ve su rostro. Las pesadillas poblaran sus noches y los gritos llenaran su alcoba— comentó el enano.

Rose se olvidó del juglar y corrió a sacar a la niña de aquel lugar.

El Juglar lanzó una mirada envenenada al enano y el hombrecillo, intimidado, se encogió y se alejó de la caseta, todo lo rápido que le permitieron sus cortas piernas, poniendo tierra de por medio.

Rose llegó justo a tiempo cuando la niña pequeña se disponía a cruzar la cortina para presenciar el pavoroso rostro del hombre bestia, que según gritaba el feriante era tan horrible que quien posaba sus ojos en él no volvía a ser el mismo. Tapó los ojos de la niña, pero aunque pudo evitar que la pequeña  viera lo que allí había, ella fijó su mirada en el desfigurado rostro del monstruo de feria y en sus diminutos ojillos negros como el carbón que escrutaron a la muchacha cuando ésta se asustó al verle y tapándose la boca salió corriendo de la caseta. Se fue tan deprisa que no pudo apreciar como esos pequeños ojillos se encogían de dolor, al ver la reacción que su visión había provocado en la muchacha. Aun sabiendo que era la reacción que provocaba en todas y cada una de las muchachas que posaban sus aterrados ojos en su horrible rostro. El pobre chico no podía evitar que el dolor, la tristeza y la desesperación le embargaran cada vez que alguien salía huyendo, asustado de su malformación, sin conocer la paz que guardaba en su corazón. El único corazón puro que habitaba en aquel lugar impuro.

Y ahora, aunque no me lo habéis pedido, os daré un consejo que os puede ser útil en el largo y sinuoso sendero de la vida, un aviso para navegantes: no es bueno fijarse sólo en la belleza de la gente. A veces la verdadera belleza se encuentra en el interior y es mucho más real que la falsa belleza de un rostro bonito o de un busto mullido, que termina ajándose con el paso del tiempo, pues igual que las hojas caen de los árboles en otoño, así los humanos pierden su  deslumbrante belleza cuando llegan a su estación otoñal. En cambio alguien que posee belleza en su interior, puede hacer que con el transcurrir del tiempo y la experiencia de la vida, esa belleza crezca y acabe tornándose  de un resplandor dorado.

 

Rose arrastró a los tres niños lejos de la caseta del monstruo de feria y les compró tres manzanas de caramelo.  Lo cual consiguió acallar las airadas quejas de la mayor de los niños por no poder ver a la bestia con forma humana. Una vez probado el dulzor de la manzana, el hombre bestia desapareció de su mente como por arte de magia.

Y, precisamente, eso fue lo que presenciaron entonces: magia. Un mago haciendo trucos con monedas que parecían surgir de la nada y desaparecer en el olvido para volver a aparecer en  la oreja de alguien o en el bolsillo de alguna dama, donde un instante antes solo había un pañuelo de seda. Los niños observaban fascinados al mago, pero la vista de Rose se volvía una y otra vez hacia el Juglar que actuaba unas casetas más allá. Sentía una extraña sensación en la boca del estómago, cuando atisbaba desde la lejanía sus cabellos rojos del color de las llamas de una hoguera, ondear al viento. Una sensación de mariposas juguetonas, danzando un agitado baile en su interior.

Pero aunque su deseo era volver a la caseta donde actuaba el Juglar, los niños tiraban de ella introduciéndola hacia el corazón de la feria. Y eso fue una desgracia, pues hacia donde se dirigían, nadie podría ayudarlos.

 

El Arlequín parecía muy triste, pero los niños a su alrededor aúllan de risas y felicidad. Rose rió alegremente, sin poder evitarlo. Cada lágrima que caía por el rostro del Arlequín hacía que la sonrisa acudiera a los labios de la muchacha, pues ese era  su destino y su maldición, sufrir por el resto del mundo y que su tristeza y sufrimiento provocaran hilaridad, carcajadas y alegría en los corazones de los que le rodean. 

Rose tomó a los niños de la mano y dejaron atrás al Arlequín. Los niños siguieron un rato todavía aullando de risa y doblándose por la mitad, por las tremendas carcajadas que les habían provocado las lágrimas del Arlequín. Si les hubierais preguntado que les hacía tanta gracia, no hubieran sabido que contestar.

El Arlequín lanzó una mirada absolutamente trágica a la niña rubia de seis años y esa mirada hizo que todas las gentes que lo rodeaban estallaran en incontrolables carcajadas de júbilo.

El enano, vestido de azabache y sangre, suspiró con pesar con los ojos fijos en la trágica mirada del Arlequín, viendo el camino hacia la oscuridad que esperaba a esos pobres niños inocentes, que caían al centro de la tela de araña. Decidió ayudarlos. Salvarlos. Aunque bien sabía que eso no era posible.

Un escenario de títeres fue lo siguiente que atrajo la atención de los pequeños. Los niños disfrutaron, con ojos como platos, de la fantástica historia que representaban los titiriteros.

El Enano volvió a acercarse a Rose, colocándose junto a ella, entre el público del espectáculo de títeres y dijo por lo bajo a la muchacha, en un susurro casi inaudible:

— Niña tengo que hablaros. Escuchadme por favor. Tenéis que escucharme, atentamente. No tenemos mucho tiempo. Esta feria no es como las demás. Aquí nada es lo que parece. Es un nido de monstruos y de criaturas extrañas llegadas de otro mundo, de otro sueño, de otra realidad. No estoy muy seguro de donde han venido, pero ciertamente no pertenecen a nuestro mundo. Ni quieren nada bueno para los humanos.  Se alimentan de nuestra carne y de nuestras almas. Adoran la sangre de niños inocentes. Éste no es lugar para la inocencia. Salid de aquí antes de que sea demasiado tarde. Tarde para los niños que habéis traído a la feria y  tarde para vos, muchacha. Salir de aquí, antes que no haya vuelta atrás. ¡Corred ahora fuera de este lugar! Por favor. ¡Corred!

Rose miró asustada al hombrecillo, sin saber muy bien, como reaccionar ante sus oscuras palabras.

— No hagas caso del enano, muchacha— dijo el Juglar, tomando con delicadeza la mano de Rose. —  Está mal de la cabeza. Le encanta asustar a los niños con sus cuentos. Ven, sígueme,  cantaré para ti.

Ante esas palabra susurradas en su oído y sentir el roce de la cálidas manos del juglar en su propia mano, Rose simplemente se dejó llevar, perdida, navegando en los maravillosos ojos azules del juglar. Su abuela, sin duda, hubiera dicho a Rose las cosas que necesitaba escuchar sobre los juglares y sobre los hombres con esa mirada turbia y esa sonrisa de suficiencia prendida en la boca. Pero la abuela de Rose había muerto en la última epidemia que se llevó a tantas y tantas buenas gentes cinco inviernos atrás. El año de las grandes nevadas, cuando los lobos dominaban el valle  con sus cánticos y la nieve se alzaba por encima de las ventanas; cuando la muerte negra descendió junto a  la nieve blanca y lo llenó todo de cadáveres llenos de bubas y ardiendo de fiebre.

El enano quedó tras Rose, con una mirada de dolor e impotencia tan profunda en sus grandes ojos, que de haberla visto, Rose se hubiera quedado helada. Pero Rose, no tenía más ojos que  los ojos para el juglar.

— ¡No  hagas ningún trato, muchacha!—  gritó el enano a sus espaldas. Y de haber oído su grito quizá algo hubiera cambiado en lo que estaba por ocurrir, pero Rose, sólo tenía oídos para la voz del juglar.

Una mano tan delgada como la mano de un esqueleto se posó en el enjuto hombro del enano.

— No hagas ningún trato— susurró, ya para sí mismo, el enano. Hundido y aterrado alzó la vista.

El amo de la feria le aferraba el hombro con sus manos como garras. Su pálida cabeza, sin un solo pelo, brillaba por el reflejo del sol del mediodía. Los ojos negros, sin cejas, ni pestañas  miraban al hombrecillo, entre burlón y enfadado. Lo  arrastró al interior de una tienda de lona verde como la hierba del valle.

— ¿Qué no haga ningún trato? ¿Qué clase de consejo es ése? ¡Maldito estúpido! ¿Para qué estamos aquí? ¿Para qué cruzamos las puertas que dan a este mundo gris, a tú miserable mundo, desde nuestro luminoso hogar?, más que para hacer tratos. Tu corazón me pertenece, Enano. Hicimos un trato. ¿Quieres que lo devore? Estás viejo y te has reblandecido. Sí, creo que ya no me sirves. Esta noche devoraré tu corazón. Despídete de la vida, pequeño enano. Cenaré tu corazón acompañado de un muslo de uno de los niñitos de cabellos dorados para quitarme el sabor de tus secas y viejas vísceras. Mmm. Delicioso. Sólo pensar en la tierna carne de ese niño, se me hace la boca agua. Y sobre todo en sus almas. Las almas de la muchacha y de la niña. Que manjar. ¿Has visto como brillan? ¿Has visto lo que las depara el futuro? ¿Todo ese sufrimiento? Delicioso.

Abrió la boca y por un segundo el enano pudo ver su verdadero rostro y su verdadera forma. El Arácnido de sombras. El voluminoso  y repugnante cuerpo, segmentado y bulboso, de una enorme araña, con largas patas peludas del más extraño arácnido  que quepa imaginar, tenía  un pequeño torso humano sobre el cuerpo de araña, del que surgían unos diminutos brazos. La cabeza tenía enormes ojos negros como facetados como los de una mosca, con una aterradora boca, de dientes afilados y encías rojas como la sangre, llena de babas amarillentas que caían por las comisuras de sus fauces. Una lengua larga y negruzca surgió del interior de la boca y se relamió las babas. Las sombras lo envolvían y caminaban a su alrededor con vida propia como si fueran parte de su cuerpo.

— Sí devoráis mi corazón. Perderéis aquello por lo que hicimos el trato.

— ¿Crees qué me importa? ¿Qué no puedo encontrar a otro que haga tu trabajo? No me sirves para nada, viejo estúpido. Para nada.

— Por favor, dejad en paz a la muchacha. Se parece tanto a ella… a mi niña.

El amo de la feria observó, a través de la puerta de la tienda de lona, a Rose alejándose entre la multitud de la mano del juglar.

— Sí. Ahora lo recuerdo. Es por una mocosa como ella por la que hicimos nuestro trato.

— Mi hija.

— Salvé su vida de la peste a cambio de tu corazón. Una vida dedicada por completo a mi servicio y tu pequeña alma cuando ya no me seas de utilidad. — El Arácnido de sombras rió y su risa era cruel y desagradable como un sonido extraño y lejano. Cortante como un serrucho. —  Parece que ya no me eres de utilidad. Siempre me hiciste gracia, Enano. Lo sabes. Pero tus burlas, tus bromas y tú ingenio, ya no son de mi agrado. No permitiré que te interpongas entre mis presas y yo. Las almas de esos niños y de esa muchacha me pertenecen. Nada puedes hacer para evitarlo. No eres más que un insecto que pulula a mí alrededor. Si te vuelves a acercar a mis presas, nada te salvará de que devoré tu corazón y entonces la peste alcanzará a tu preciosa hija, esté donde esté. ¿Entendido?

El arácnido de sombras volvió a dejar ver su verdadero y aterrador aspecto, cruel y despiadado, intimidando al hombrecillo.

— Sí, mi señor.

— Me alegro de que nos entendamos— dijo y salió por la abertura de la tienda de lona, convertido de nuevo en el hombre alto, y extremadamente delgado, sin un pelo en todo el cuerpo, vestido con extraños faldones negros que caían por sus costados como patas de araña.

El silencioso Arlequín que observaba el mundo que rodeaba la feria con ojos tristes y corazón cansado, se acerco en silencio al pobre enano y lo observó con muda compasión.

El enano se quedó sollozando como un padre que hubiera perdido a su hija, acurrucado en un rincón de la tienda, temiendo siquiera moverse. Gritó de rabia y de impotencia. Su llanto desgarró todavía más el corazón del Arlequín.

 

Rose había perdido de vista a los niños, pero no le importaba. En ese momento nada tenía importancia. Estaba en una enorme tienda de lona roja sentada en un banco y a sus pies el juglar cantaba sólo para ella. Y ella sólo vivía para ver al juglar cantar. Nada más había en el mundo que el juglar, sus ojos azules, su cabello rubio y su Voz. Su música y su canción tenían a Rose atada con poderosas ligaduras.

El juglar, por su parte, ya saboreaba la sangre de la muchacha. Ya imaginaba como saciaría la lujuria que lo embargaba en su tierno cuerpo. Sin escatimar violencia y dolor. Mucho dolor. Sin ahorrar sangre y sufrimiento. Violaría y mancillaría su pureza y ella le pediría más y más. La golpearía con saña hasta destrozar su bello rostro y ella le amaría por ello. Ése era el terrible poder de su canto, de su magia, de su don. Maldito sea por todos los juglares.

Pero cuando ya tenía a su presa casi donde quería llevarla, el amo de la feria entró en la tienda, Rose no lo vio, porque el encantamiento con el que estaba atada al juglar era muy fuerte y sólo le permitía tener ojos y oídos para él. Pero el juglar, sí que lo vio, su mano tembló y su lira cayó al suelo, su voz se quebró.

— ¡Es mía!— dijo al arácnido de sombras. — Y los niños también. Búscate otra a la que violar. A otra en la que descargar tus bajos y sucios instintos. Su alma es demasiado pura para ti. Déjala libre de tu hechizo y que siga vagando por la feria hasta topar conmigo. Hasta topar con su destino.

El juglar se encogió asustado y se alejó  humillado, como un perro ante la presencia de un enorme lobo.

Rose salió de su ensimismamiento y despertó de pronto en el banco.  Se encontraba sola en la tienda de lona roja. No se acordaba de nada salvo del canto del juglar. No sabía cómo había llegado allí. Ni cuándo ni por qué el juglar se había marchado. Supuso que se había quedado dormida escuchando al artista. Y el juglar, enojado por la falta de tacto que ella había demostrado hacia su arte,  había abandonado a Rose en aquella tienda de lona. Despreciándola. Se reprendió por estúpida y por quedarse dormida como una tonta. Y pensó en ir a buscar al juglar para suplicar su perdón, pero, de pronto, una garra helada apretó su pecho. ¡Los niños! ¿Dónde estaban sus niños?

 

El Arlequín, desde la entrada de la tienda donde el enano sollozaba en un mar de lágrimas y de remordimiento, observaba los pasos de Rose desde la distancia. La muchacha corría de un lado a otro, en busca de los niños, llamándolos con nerviosas voces que apenas emergían por encima del bullicio de la feria. Finalmente los encontró, dio con ellos frente a las  cuerdas de un cuadrilátero, donde se pegaban con saña dos hombres enormes. La muchacha tomó a los niños y se dispuso a sacarlos de la feria, por un momento el Arlequín pensó que podría conseguirlo, si no se detenía, si conseguía salir de los límites de la feria antes de que el mal cayera sobre ella, quizá se encontrara a salvo, pero sintió un escalofrío y un  profundo vacío de horror en su pecho, cuando vio como las sombras caían con su frío manto alrededor de la niña y se acercaban lentamente entre la gente, que no podía verlas ni sentir el aliento helado que las acompañaban, hacia el lugar donde se encontraba la pequeña. El arácnido de sombras acechaba a su presa y ya nadie podría hacer nada para ayudarla. El Amo de la feria se plantó ante sus indefensas presas con toda su altura y su extraño e inquietante porte. Para los humanos, era un hombre delgado y muy alto, sin un solo pelo en el cuerpo, de largas extremidades y voz suave y susurrante. Pero el Arlequín como habitante del mundo que se abre más allá del Crepúsculo lo veía en su terrible y verdadera forma. El arácnido de sombras. El amo de la feria. Las sombras caminaban con él. Sabiendo lo que iba a ocurrir y no queriendo presenciarlo, se metió en la tienda junto al enano y lo acunó entre sus brazos y así, llorando, dejaron a Rose y a los tres niños a su destino. Maldiciéndose en silencio. Por su impotencia y su cobardía.

 

— Leo la mente. Capto pensamientos— cantaba el hombre alto y calvo, con su susurrante e hipnótica voz. — Adivino cualquier cosa que pienses, sólo por un mísero penique.

Se detuvo de pronto ante Rose y los niños, miró a la niña desde toda su altura con sus  pequeños ojos, sin pestañas ni cejas.

— Un penique por tus pensamientos, niña— dijo con una cálida sonrisa.

La pequeña niña rubia lo miró interesada.

— ¿Adivinarás cualquier cosa que pase por mi mente?— preguntó.

— Así lo haré.

— Rose, quiero que lea nuestros pensamientos. El tuyo y el mío. Dale dos peniques— dijo la niña, con la voz autoritaria de quien está acostumbrada a que se hagan realidad todos sus deseos.

Rose tendió, insegura, los dos peniques que desaparecieron en las manos, blandas y pálidas, del hombre  como por  arte de magia.

— Bien muchachita acabamos de hacer un trato, ¿estás de acuerdo?

— Lo estoy— afirmó la niña rubia.

El hombre estrechó con sus delgadas manos, las manitas de la pequeña, sellando el trato.

— ¿Y tú muchacha, estás de acuerdo con nuestro trato? Un penique por tus pensamientos.

— Muy bien— asintió Rose, un tanto confusa, dando validez al pacto.

El hombre estrechó la mano de Rose e hizo un guiño que resultó muy extraño en sus ojos negros sin pestañas.

— Perfecto, tenemos un trato. Un trato sagrado, por la luna y el sol, y por las estrellas de la noche. Por las Puertas que se abren al Crepúsculo y los Señores que gobiernan esa tierra. Tenemos un trato.

— ¿En qué estoy pensando?— exigió saber la niña.

El hombre alto miró divertido al pequeño ángel por unos segundos, como si escrutara en su interior y sonrió complacido con lo que veía.

— Piensas en dulces y en como escaparte de tu cuidadora, para ver al monstruo de feria. Piensas en que anoche robaste un pastelillo de la cocina, a pesar de tenerlo prohibido y te alegras de tu audacia, pues has escapado del castigo.

— ¡Maravilloso!— exclamó la niña, aplaudiendo alegremente.

— Piensas en el gato al que perseguiste tirándole piedras. Y no sabes si está vivo o muerto, pues no has vuelto a verlo. Eso te carcome por dentro, pues era sólo un juego y no consideraste que le pudieras hacer daño, hasta después de realizar con saña tu travesura y, ahora, estás preocupada por su suerte. Eso dice mucho de tu corazón. Eres traviesa pero buena, no te preocupes el gato está bien, tiene siete vidas. Una vida perdida por una pedrada que parte cruelmente su lomo, apenas la nota…— La voz del hombre alto cambio de pronto, se tornó más profunda, más extraña, no era una voz humana, sin duda, lo que salía de su boca. — Piensas en los extraños ruidos que surgían del interior de la despensa, la noche pasada y no puedes quitarte de la cabeza los gritos desgarradores de la criada. Piensas en tu padre saliendo de la despensa, abrochándose los pantalones y en la mejilla tumefacta de la criada, en su labio partido, en la sangre que bañaba su rostro, en sus ojos llorosos y sus lágrimas, en sus cabellos despeinados y su mirada perdida, en su sonrisa robada para siempre…

 — ¡Basta!— gritó Rose aterrada.

El hombre alto tornó sus ojos hacia Rose. En esos ojos se encontraba el mal.

 Es el diablo — pensó Rose, con un temblor tan frío como si se encontrara enterrada en la nieve.

Las sombras cayeron a su alrededor, el sol parecía haber desaparecido, tapado por completo por una mortaja oscura.

— ¿Basta? ¿Por qué Rose? Hasta ahora has tenido suerte y has podido evitar las embestidas de tu amo, pero sabes que no podrás evitarlas siempre, has visto la forma en que te mira. Sientes sus ojos fijos en ti, esos ojos te queman y aterrorizan. Pasará muy pronto, y yo te diré como será: habrá sangre, dolor, impotencia y suciedad. Sobre todo suciedad. Te sentirás tan sucia que nunca te podrás desprender del hedor de esa suciedad que acompañará a tu alma para siempre. Tu corazón se tornara de hielo y tu mente se perderá en las sombras, jamás podrás amar a nadie y sólo tendrás en el pecho sitio para el odio y la oscuridad, para el Vacío. Y desde el odio sabrás que esta pequeña crecerá y que el mismo destino le aguarda, sólo que mucho peor, porque la herida la infligirá su propio padre. Sangre de su sangre. Imaginas lo que hará eso con su tierna mente, y yo me alimentaré de ese dolor y de ese sufrimiento, hemos hecho un trato. Tus pensamientos me pertenecen, los he comprado por un penique. Tenemos un pacto, tu alma es mía y la de la niña también. Los otros dos pequeños serán parte de mi cena. Acabo de hacer un trato con ellos, a cambio de unos dulces, son presas fáciles, nunca debiste traerlos a la feria. Mmm. ¡Qué tiernos parecen! Disfrutaré mucho lamiendo el tuétano de sus huesecitos, cuando caiga la noche.

 

Y así termina la historia de la muchacha normal y corriente llamada Rose, aunque ése no era su verdadero nombre. Supongo que no hubierais esperado un final como éste, por lo menos, no antes de leer las historias que lo preceden, pero hay algo que todos debemos aprender, tarde o temprano, la vida no es un cuento de hadas y no siempre tiene finales felices. De hecho casi nunca los tiene. Ese monstruo tenía razón: los dos niños pequeños desaparecieron esa noche sin dejar rastro, devorados por las tinieblas, Rose fue violada y humillada infinidad de veces por su señor.  Su alma y sus pensamientos se volvieron negros y fueron una constante fuente de alimento para el monstruo, hasta que finalmente, invadida por una negra desesperación se quitó la vida, arrojándose de un puente. La niña rubia corrió un destino similar, igual de trágico.  No había final feliz posible en este cuento, pues en verdad los cuentos de hadas son lecciones de vida, y la vida es cruel y despiadada, cuanto antes aprendáis esa lección mejor para vosotros. No, no hay final feliz ni moraleja en este cuento, ni en ninguno de los cuentos escritos desde el Ocaso, solo pequeñas dosis de lo que nos aguarda a todos tras la oscura realidad que nos rodea.

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UN CORAZÓN DE PIEDRA

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LA ISLA DE LA PENUMBRA

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LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

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Celebración de las 10000 visitas del blog

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EL HAMBRE ETERNA

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Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás