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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

martes, 18 de agosto de 2015

DOS PEQUEÑOS HÉROES EN UN MUNDO LLENO DE SOMBRAS


 

El psiquiatra mira a la mujer con cierto escepticismo, abstraído en sus pensamientos, es su primer día en el hospital, la inesperada muerte del doctor García que trataba a la mujer desde que era una niña y comenzó a mostrar los primeros síntomas de su enfermedad, le ha llevado a él, recién salido de la facultad, a hacerse cargo de esa interna.

La paciente es una mujer muy guapa de cabellos pelirrojos, se encuentra sentada junto a la ventana, desde donde observa a los otros pacientes pasear con sus propias locuras por el patio interior. El sol de la mañana brilla sobre su cabello, provocando cegadores destellos, como llamaradas que brotaran desde su cabeza. Sus extraños ojos no pierden detalle de lo que ocurre a su alrededor, sólo que una vez leído el informe sobre la mujer, que reposa encima de la mesa del despacho, el médico no está muy seguro de que lo que ven esos ojos, uno de cada color, sea lo mismo que lo que ven los suyos.

Paciente de 30 años, con una imaginación tan viva que no distingue el mundo que ha creado, para escapar de un trauma infantil, del mundo real. Tras la muerte de su hermana comenzó a mostrar los primeros síntomas de una manía delirante, en la que la niña creó su propio mundo imaginado. Más tarde la manía evolucionó a un trastorno psicótico grave con el divorcio de sus padres, seguido del suicidio de su madre, afectada por depresiones, después de la muerte de su hija mayor. Tragedia a la que hay que sumar el hecho de que un par de años después su progenitor falleciera en un accidente de automóvil, mientras conducía en estado de embriaguez. No es de extrañar que todos estos luctuosos sucesos afectaran a la paciente, por entonces una adolescente hasta agravar su trastorno, llevándola a la esquizofrenia. Se volvió agresiva e incontrolable, teniendo que ser ingresada en el psiquiátrico a la edad de dieciocho años. Los tres intentos efectuados para devolverla a la vida real fuera del sanatorio, fueron infructuosos y volvió al centro, para no volver a abandonarlo desde hacía más de diez años. Todos los tratamientos y fármacos suministrados a la paciente habían sido estériles para atajar su enfermedad, ningún tipo de represor le evitaba continuar teniendo sus vívidas visiones, aunque habían conseguido atenuarlas, a base de tranquilizantes y calmantes que dejaban a la interna en un continuo estado de somnolencia que le evitaba tener ningún tipo de brote.

El mundo de fantasía que creó de niña había acompañado a la paciente durante toda su vida, sin permitirle madurar de una manera sana. Seguía anclada en un mundo de cuento de hadas.

El joven psiquiatra le hace varias preguntas rutinarias, pero la mujer continúa con la vista fija en el patio, parece que ni siquiera ha escuchado las preguntas, así que el médico se detiene escrutando abstraído la belleza de la mujer hasta que termina la hora de visita.

Hace varios años que dejó de hablar, harta de que nadie creyera sus palabras, se ha refugiado en su soledad y en su silencio. Cuando los celadores  acompañan a la mujer al patio, se sienta en su banco, bajo el ciprés, como lleva haciéndolo durante años. Le gusta ese sitio a esa hora de la mañana, pues el sol calienta su rostro con una suave caricia y el ciprés huele a limpio y a fresco.

Un muchacho de unos dieciséis años desgarbado, gordo y feo, con la cara llena de granos y los ojos vacios de vida, está mirándola atentamente desde el otro lado del patio. Entre la neblina, provocada por los tranquilizantes, le parece recordar que el mismo muchacho se sienta frente a ella cada mañana, observándola como si la conociera, como si la quisiera decir algo, pero no se atreviera a hacerlo.

El chico al ver como sus dos enormes ojos bicolores le miran fijamente, se ruboriza completamente, poniéndose tan colorado que las orejas, grandes y separadas, parecen a punto de empezar a arder y a humear, como el ascua de una hoguera. Se levanta del banco en el que se encuentra sentado mirándola y sale corriendo, atropelladamente, tropezando con otro interno que pasea a un perro imaginario, el joven cae al suelo con abrumadora y tierna torpeza, todo lo largo que es. 

La mujer pelirroja estalla inesperadamente en carcajadas, tan puras y cristalinas, tan alegres como las de la niña que un día fue. Los demás pacientes y los celadores que vigilan el patio detienen sus quehaceres, para observar a la mujer con atónita sorpresa, pues lleva más de una década guardando un absoluto mutismo, como un monje de clausura. El silencio cubre el patio, todos los ojos se posan en ella y en el muchacho. El chico avergonzado agacha la cabeza  y sale corriendo, regresando a su cuarto para esconder la vergüenza entre sus cuatro silenciosas paredes, hirviendo de ira y rabia contra sí mismo por su maldita torpeza.

La mujer se mantiene en silencio en el patio, mientras todos, expectantes, tienen puesta su atención en ella. Y, de pronto, vuelve a estallar en carcajadas, en un ataque irrefrenable de risas acumuladas, de alegría raptada, de sueños perdidos y de sonrisas robadas. Tal es la magnitud del ataque que los celadores pensando que está sufriendo un brote, acompañan a  la mujer a su cuarto, sedándola hasta que se queda profundamente dormida entre risas. Cuando los celadores abandonan su habitación, dejándola inerte como un cadáver, debido al efecto poderoso de los tranquilizantes que le han administrado, en su rostro parecen haber desaparecido varios años de penurias, y brilla reluciente una dulce sonrisa de niña.

A la mañana siguiente la mujer pelirroja espera pacientemente al muchacho torpe, pero por lo visto ha roto su rutina de los últimos días. Ella piensa que lo haya hecho, posiblemente, avergonzado por el suceso ocurrido en el patio el día anterior, así que decide ir a buscar al pobre chico, allí donde se oculte.

Lo encuentra sentado en un rincón, encogido, sus ojos pequeños y oscuros, observan como se acerca a él, entre aterrados y confusos, similares a los ojos de un ciervo deslumbrado por las brillantes luces de un coche.

Ella se sienta a su lado, él se remueve incomodo, como si la proximidad le afectara, como si no estuviera acostumbrado a la proximidad, como si nunca lo hubiera estado. Ella sonríe y le toma la mano con afecto y cariño, se la aprieta dulcemente, transmitiéndole su apoyo con el suave contacto. Él no puede reprimir las lágrimas que acuden a su rostro y muerde sus labios, sollozando.

Repiten el ritual durante días, ella lo busca y se sienta junto a él, en silencio, mostrándole que entiende por lo que está pasando, tendiéndole su mano como apoyo y su sonrisa como una antorcha brillante que hace desaparecer las sombras que lo acosan.

El joven psiquiatra los observa desde la ventana del despacho con atención, sin comprender el vínculo que une esa extraña amistad, que se ha dibujado delante de sus ojos, pero sabiendo que es un paso adelante para los dos pacientes.

Un día de pronto, sin previo aviso, la mujer habla, por fin, después de diez años de silencio. Es una mañana soleada, sentados los dos bajo su querido ciprés, calentando sus rostros al sol. Habla con un susurro apenas audible, como si hubiera olvidado el sonido de su propia voz.

— ¿Por qué te acercabas a mi cada mañana?— pregunta. Son sus primeras palabras en diez años.

El muchacho mira a la mujer, sorprendido de escuchar su voz, agacha la cabeza como buscando una respuesta en la arena del patio.

— Un viejo me dijo que antes, cuando llegaste aquí, contabas una historia cada noche— dice finalmente, sorprendiéndose de lo sencillo que es hablar con ella. Nunca había tenido facilidad para hablar con nadie, ni siquiera con sus padres y mucho menos con miembros del sexo opuesto.

Ella le mira durante largo tiempo.

— Te llamas Manuel, ¿verdad?— pregunta. El chico asiente y ella le tiende la mano a modo de saludo. El muchacho la estrecha con fuerza, como si hubiera esperado ese momento toda su existencia.— Yo soy Leire. ¡Encantada de conocerte!

Se ríe con alegría como una niña que hubiera hecho un chiste. El ríe también, sintiendo la reconfortante presencia de la suave mano entre las suyas.

— Puede ser, Manuel— comenta ella, rebuscando en su cerebro adormecido por las nieblas provocadas por los medicamentos.— Puede ser… Lo cierto es que ya no lo recuerdo. Creo que antes, sabía muchas historias, alguien me las contaba cada noche, pero no puedo recordar quién, ni puedo acordarme de las historias.

— Que pena— musita el muchacho con tristeza.

— ¿Y por eso me observabas?— pregunta la mujer, curiosa.

— Adoro las historias— responde él con un poco de vergüenza.— Antes de entrar aquí, me pasaba la vida leyendo, pero en este lugar horrible no me dejan tener libros, dicen que excitan mi imaginación hiperdesarrollada… o algo así.

— ¿Cuánto tiempo llevas aquí, Manuel?

— Cuatro años— contesta el chico, intentando contener las lágrimas.

— Yo llevó toda la vida y estoy harta de este lugar, de este lugar horrible. Estoy harta de las pastillas y de las charlas con médicos tan tontos como ése que nos mira, embobado, desde su ventana, sin comprender. Me voy a ir de aquí, Manuel. ¿Quieres acompañarme?

El muchacho mira a la mujer pelirroja con ojos como platos, pensando que está completamente loca.

— ¿Cómo?— pregunta el chico nervioso, emocionado por la perspectiva de una aventura.

— Tengo amigos, Manuel— afirma Leire, convencida.— Amigos que pueden ayudarnos.

Leire observa el patio como buscando algo que no se encuentra allí, que escapara a la mirada de sus extraños ojos de dos colores diferentes.

— Bueno— reconoce, finalmente, compungida— Ahora no los veo, más que como sombras de una sombra, pero sé que están ahí, puedo sentirlos.

Manuel, que se considera completamente cuerdo, a pesar de estar ingresado en un psiquiátrico, sabe con absoluta certeza que Leire no está en absoluto loca. Sonríe. Los dos se ríen, ríen entre dientes, tapándose las bocas con las manos, como niños traviesos que guardaran un secreto.

 

El nuevo celador los observa desde la esquina del patio, los ve susurrar y reír, haciéndose confidencias. Es un muchacho alto y fuerte, de cabello claro rasurado y ojos oscuros, piel pálida y gesto tan serio que no parece haber conocido nunca el placer de la risa. Aunque no sepa reír, la verdad es que por dentro está todo lo contento que puede llegar a sentirse alguien como él. Alguien que por lo general sólo disfruta con el dolor y la sangre, con la humillación y la tortura. El motivo del pequeño atisbo de felicidad y satisfacción que invade su interior, pues ningún gesto de su pétreo rostro indica tal sentimiento, es que por fin, los augurios han sido correctos. Han tenido que pasar más de cien años, decenas de muchachas vírgenes sacrificadas a los oscuros oráculos del inframundo y montones de erradas profecías, para volver a dar con ella. Un sacrifico ha tenido valor, un oráculo ha acertado su profecía y de nuevo la Orden está en el buen camino, tras los pasos del alma que buscan desde hace más de tres siglos. El alma que les llevará a capturar al juglar errante y a conocer la respuesta que tanto ansía su Maestro. Una vez, en Londres, a finales del siglo XIX, también dieron con ella y estuvieron a punto de atrapar a su objetivo, pero finalmente el plan del Maestro fracasó en el último instante, pues la propia y despreciable Vieja fue invocada, pero ahora el Maestro es más antiguo y más sabio, no cometerá los mismos errores.

Un cuervo de brillante plumaje negro vigila todo la extensión del patio, posado en la copa del ciprés, sus pequeños ojos no pierden detalle de todo aquello que ven. Sobre todo de la mujer pelirroja a la que escruta con tal intensidad que si la mujer se hubiera percatado de tal escrutinio, hubiera sentido autentico miedo. Pero la mujer se encuentra, absorta en su conversación con el jovencito de rostro desagradable, ajena, a todo lo demás, ignorante de los crueles ojillos del cuervo, clavados en su espalda y también ciega a la desagradable mirada del celador. Celador al que el cuervo ha seguido hasta llegar a aquel ciprés. El cuervo lleva años esperando este momento, ha vigilado cada movimiento de los acólitos de la Orden Sin Nombre, aguardando pacientemente que por fin, un estúpido seguidor del hombre al que odia sobre todas las cosas le llevara hasta aquella mujer.

Fuera del centro psiquiátrico, en un coche deportivo de color oscuro, aparcado frente a la puerta, aguarda pacientemente un hombre vestido con un impoluto traje gris, cuyo rostro está surcado por una fea cicatriz. El hombre sostiene un viejo libro que lleva consigo a todas partes, leyendo una y otra vez la misma página. De vez en cuando alza los fríos ojos grises hacia el sanatorio y sonríe divertido, el día promete ser muy entretenido.

 

— ¿De verdad no recuerdas ninguna historia?— pregunta Manuel.

— No— niega Leire, con pesadumbre.— Quizá en otro tiempo supiera muchas, pero ya no recuerdo ninguna. Estas malditas pastillas han acabado con mi imaginación y mi memoria. Tengo que librarme de ellas y de su influencia, para volver a ser quien de verdad soy.

— ¿Y quién eres?— inquiere Manuel, un poco confuso.

Leire le mira con ojos como platos, más confusa aún que el muchacho.

— No lo sé— contesta con un mohín en sus labios,— pero te aseguro que voy a averiguarlo.

— ¿Y  qué pasará cuando lo averigües?

— ¡Qué saldremos de este infierno blanco!

— Me gusta la idea— admite Manuel, agarrándose a las palabras de Leire con esperanza.

— ¿Por qué estás aquí, Manuel?— pregunta Leire, escrutando el rostro de Manuel con afecto.— A mí no me parece que tengas ninguna enfermedad mental.

El chico está un buen rato dudando si contestar a la pregunta, pero la presencia de Leire le reconforta y le anima a ser sincero.

— Maté a una niña de mi escuela…. Fue un error... Yo no quería…

El nuevo celador se acerca a ellos, interrumpiendo la confesión que Manuel acaba de comenzar.

— Chico regresa a tu habitación— ordena con firmeza el celador. Es un tipo enorme, de ancho pecho y músculos muy marcados.

Manuel echa una mirada a Leire y otra al celador. En el rostro impasible del hombre se percata de que no está para bromas. Leire asiente. Manuel se aleja por el patio, dejándolos solos.

— El doctor quiere verte— afirma el celador, tomando a Leire por el brazo, levantando a la mujer del suelo del patio, donde se encontraba sentada jugando con la arena. Arrastra a la paciente por un pasillo lateral, poco transitado, abre una puerta con su tarjeta de seguridad. Leire se percata, asustada, de que los dos vigilantes que guardaban esa puerta, se encuentran inertes, tumbados sobre dos charcos de sangre. Siente el cuchillo presionando su costado.

— Si intentas escapar te desangrarás como esos cerdos— amenaza el joven celador, pinchándole un poco con la afilada punta del cuchillo.— Pórtate como una buena chica y no te pasara nada.

Cuando la  puerta magnética se va a cerrar el pie de Manuel lo impide, pero el celador no se percata, pues su atención esta fija en la mujer y en el pasillo que les llevará a la salida. Continua avanzando hacia el exterior del psiquiátrico,  sin saber que el muchacho se encuentra a su espalda, siguiendo sus pasos y los de Leire de cerca.

Un nuevo cadáver con el cuello rajado esperaba en la pequeña puerta lateral por la que abandonan el hospital mental. El celador guía a Leire hacía un enorme y elegante coche oscuro que espera aparcado a unos metros del hospital. La puerta del elegante vehículo se abre y un hombrecillo menudo, vestido con negros ropajes surge del interior del coche, devorando con una mirada de ojos oscuros a Leire.

— Maestro— saluda el falso celador, con respeto, casi con devoción, inclinando la cabeza.

— ¡Aquí estás!— exclama triunfante el hombrecillo de aspecto siniestro, vestido con ropajes de otra época, totalmente desfasados.— Por fin he dado contigo de nuevo. Ha pasado mucho tiempo, pero reconozco en la mujer en que te has convertido a la niña que fuiste en aquel entonces.

En ese momento pasan muchas cosas al mismo tiempo: Una bola de fuego envuelve con sus abrasadoras llamas al coche y al oscuro hombrecillo; el lujoso vehículo explota en mil pedazos; esquirlas de metal,  astillas de cristal y una nube de apestoso humo negro, ocupan el lugar donde un instante antes se encontraba el coche. Leire y el celador salen despedidos, arrastrados por la ola de calor. El rostro del hombretón es devorado por las llamas que se dan un banquete con su piel, su cuerpo se golpea contra una farola, quebrándose. Leire cae junto al cadáver, por suerte el celador se ha llevado la peor parte. Entre el caos y la confusión Leire alza los ojos y se encuentra frente a la figura del hombre, al que el falso celador ha llamado maestro, surgiendo de la nube de llamas y humo, caminando sin dar muestras de ser afectado por el fuego o el calor, impecable, sin una arruga ni una mancha de hollín en su anticuado vestuario.

Mientras Leire intenta incorporarse del suelo, una mujer muy bella de larga cabellera oscura pone una mano delgada como una garra sobre su hombro, aferrándola con fuerza.

— ¡Ya eres mía, niña!— exclama la mujer, reclamando con fervor su posesión.

— Ha pasado mucho tiempo, bruja— dice el hombrecillo, escrutando con odio a la mujer, pero el odio de los acerados ojos de aquella mujer es también enorme. Si esos ojos pudieran matar y de hecho pueden hacerlo, el hombrecillo hubiera muerto en ese mismo instante, pero el poder de aquel hombre extraño no es menor que el de la mujer que sostiene con firmeza el hombro de Leire, clavando sus largas uñas en la piel hasta desgarrarla.

— Más de cien años— comenta la mujer.— Un siglo en el que sólo he vivido para vengarme. Y hoy ha llegado el día.

— ¿Qué te hace pensar, mujer, qué triunfarás allí donde fracasaste en el pasado? Te derroté entonces y te derrotaré ahora.

— No voy a luchar contigo, Gran Maestre de una orden sin nombre. Tus poderes han crecido y los míos no son nada más que una sombra de lo que fueron en el pasado. Ya no tengo ambiciones, ni sueños y el único pensamiento que agita mi mente es el de la venganza. Mi único propósito es hacer que fracases en tu cometido y que jamás alcances tu objetivo. ¡Voy a matarla!

El rostro del anciano, impasible hasta ese momento, muestra una mueca de espanto.

— ¡No!— grita, sabiendo que es demasiado tarde, que ni todo su poder le será suficiente para impedir que la bruja mate a la mujer.

Entonces surgiendo entre el humo, como una silenciosa sombra, Manuel apuñala, con el cuchillo que el celador ha perdido en la explosión, la espalda de la mujer. La bruja, ahogando un jadeo de dolor, agarra a Manuel por el cuello con sus delgadas manos, similares a garras, sus dedos se enroscan ardientes en la piel del muchacho, que sufre una agonía infinita antes de morir.

Leire grita sin poder hacer nada, viendo como el cuerpo de Manuel cae sin vida al suelo, a los pies de la mujer a la que acababa de apuñalar para salvar su vida. Se arrastra sollozando hasta el cuerpo de su amigo y lo abraza, meciéndolo entre sus brazos. En ese momento una figura gris se mueve como un relámpago por la confusa escena. La bruja recibe varias puñaladas mortales, en todos los puntos vitales de su cuerpo, después la sombra gris se interpone entre Leire y el Gran Maestre.

— La has matado con suma facilidad— dice el hombrecillo siniestro, observando con cierto grado de admiración al hombre que se interpone entre él y su presa.— Llevaba viviendo desde el principio de los tiempos. Era una de las más poderosas sirvientes de los días antiguos. Poderosa en el viejo arte de la magia. Ella era la misma Circe que un día yació con el astuto Ulises. La cuchillada del estúpido muchacho, apenas era un rasguño para semejante ser, pero tú la has matado en un instante.

— Matar es fácil para mí— comenta El Hombre de Gris, impasible, ajeno a los dolorosos sollozos de Leire, sin apartar los ojos del hombrecillo.—  Yo soy la muerte.

— Así que es cierto que la Vieja Muerte tiene sicarios a sus órdenes.

El Hombre de Gris no contesta, su plateado cuchillo  danza entre sus ágiles dedos como si tuviera vida propia.

— ¿Estás aquí para matarme?— pregunta el gran maestre, soltando una estentórea carcajada, que demuestra a las claras que no le tiene ningún miedo a El Hombre de Gris.

— Mi trabajo es proteger a la mujer— contesta el sicario de la muerte.

— Pues parece que no lo estás haciendo muy bien— afirma el hombrecillo, divertido, señalando el desastre a su alrededor.

— Lo tenía todo controlado. Iba a actuar justo cuando el estúpido muchacho se interpuso.

— ¡No es ningún estúpido!— grita Leire con rabia.— ¡Es mi amigo! ¡Salvó mi vida!

— Ha muerto en vano— apunta El Hombre de Gris, encogiéndose de hombros.

— ¿Y ahora que va a pasar?— pregunta el Gran Maestre.

— A la Vieja, le apetecería mucho tener una charla contigo. Así que tienes dos opciones, vienes conmigo o te largas utilizando uno de esos bonitos trucos de magia que tanto os gustan a los hechiceros.

— ¿Y ella?— pregunta el hombrecillo, señalando a Leire.

— Ella está bajo mi protección y se queda aquí.

— ¿Sabes lo que me ha costado encontrarla de nuevo?— inquiere furioso el Gran Maestre, sus ojos brillan con ira.

— No tengo la menor idea y no me interesa- contesta El Hombre de Gris, con indolencia.- Mis órdenes eran seguir a la bruja, que por lo visto hacia lo propio con ese cuerpo destrozado de ahí, y si la bruja encontraba a la mujer, debía protegerla de cualquier peligro y eso es lo que pienso hacer. Ahora debes decidir: ven conmigo a ver a la Vieja Muerte, lárgate con viento fresco o intenta pasar por encima de mí y muere.

El Gran Maestre lanza una mirada terrible a Leire.

— Esto no acabará así— dice. La rabia invade el tono se du voz.— Nos volveremos a encontrar. Ya sea en esta vida o en una de tus próximas reencarnaciones. Ten por seguro que al final me llevarás ante él y el Contador de Historias terminará respondiendo a mi pregunta. Aunque tengan que pasar mil años.

El gran maestre se disuelve entre el humo oscuro, hasta desparecer por completo. El Hombre de Gris se encoge de hombros y guarda su cuchillo.

— Otra vez será— dice, echando una mirada cansada a una jovencita de cabello rubio y corto, con ojos grises que ha surgido de la nada para acompañar al muchacho muerto en su último paso hacia el otro lado.

La parca guiña uno de sus bonitos ojos a El Hombre de Gris, cuando pasa por su lado, llevando de la mano a Manuel.

— ¿Dónde vas?— grita de pronto Leire.— ¿Dónde lo llevas?

La parca se vuelve a mirarla, sorprendida de que aquella muchacha pudiera verla.

— Sí— dice con furia Leire, acariciando los cabellos ensangrentados de Manuel.— Puedo verte y no voy a permitir que te lo lleves.

— Déjalo ir— aconseja la joven parca,— este mundo no estaba hecho para él, no le comprendía ni le entendía. Le llevo a un lugar mejor. Te lo prometo.

— ¿A qué lugar? ¿Al cielo? ¡Ni se te ocurra decirme que te lo llevas al cielo! ¡El cielo no existe!

— No sé nada de ningún cielo. Por lo general acompaño las almas más allá del vacío, pero la verdad es que no sé qué es lo que hay al otro lado. No sé si es bueno o malo, o si en verdad hay algo. La Muerte si lo sabe no me lo ha dicho. Si mi misión fuera llevarlo al otro lado, no te diría nada, pero lo cierto es que la Vieja quiere hablar con él y eso es bueno. Conmigo cuando pasé por esto también quiso hablar, así que te puedo asegurar que lo llevo a un lugar mejor, con conocimiento de causa.

— No importa, Leire— dice Manuel, de pie junto a la joven parca, observando con amistad a la mujer que se encuentra todavía meciendo su cadáver entre sus brazos.— Estoy bien, me alegro de haber dado mi vida por ti. Es lo mejor que he hecho en toda mi existencia. No te preocupes, todo irá bien.

— ¡Eres un héroe!— dice Leire con los ojos arrasados de lágrimas.— ¡Eres mi héroe!

— Sí— asiente la parca, sonriendo con tristeza.— Es un pequeño héroe en un inmenso mundo de sombras.

La parca y Manuel desaparecen, Leire se queda llorando sobre el cuerpo del muchacho, mientras El Hombre de Gris observa todo en silencio.

— Debemos irnos— dice el sicario de la muerte, echando una mirada furtiva a su alrededor.— Los hechizos que han protegido este lugar de miradas indiscretas están desapareciendo, pronto esto estará atestado de gente. Y si eso pasa, te volverán a encerrar allí dentro.

Leire alza los ojos, escrutando al hombre que le tiende la mano, la fea cicatriz que surca su rostro, los helados ojos grises, el impoluto traje gris, las manos de dedos agiles. Asiente. Besa a Manuel en la frente, suelta el cuerpo del desgraciado muchacho y toma la mano del asesino, abandonando el manicomio para regresar al mundo real.

4 comentarios:

  1. Me ha encantado! Esto sigue, verdad? Pues esperaré con ansias...! Te sigo Esteban! Un saludo!

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    1. Hola Hada, bienvenida a La oscura realidad. Esta es tu casa. Este relato forma parte de la serie de libros CRONICAS DEL CONTADOR DE HISTORIAS de los que ya están publicados los dos primeros, son libros con relatos entretejidos, seguirá en un futuro en el tercer libro de la serie, pero la historia enlazada sobre todo a los relatos, LA CASA, UN PEQUEÑO HÉROE EN UN MUNDO DE SOMBRAS y también a LA CANCIÓN DEL JUGLAR y a UNA HISTORIA SOBRE LA MUERTE, puedes encontrarlos en el blog o en los libros publicados en AMAZON donde están en una versión definitiva, más coherente que lo publicado en el blog. Un abrazo.

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  2. Me encanta tu estilo de narrar, es fascinante como se pueden cerrar los ojos y percibir la historia totalmente.

    Saludos

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    1. Muchas Gracias, Thelma. Te doy la bienvenida a ti también a LA OSCURA REALIDAD y aprovecho para recomendar a cualquiera que lea este comentario tu blog de reseñas. EL ESCRITORIO DEL BÚHO. Un abrazo Thelma.

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