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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

sábado, 1 de agosto de 2015

PRIMER CAPÍTULO DE "LA CABEZA DE LA GORGONA"


Canto Primero
 Los Señores del Olimpo
 

 
 
 
 
La nube de fino polvo blanquecino, alzado turbulentamente en juguetones remolinos por el agitador viento del norte, le daba al ambiente, sobre los dos amplios caminos, la apariencia de una tenue capa de niebla. Ambos caminos descendían atravesando los valles del norte de Olimpia para desembocar y reunirse en un cruce vigilado severamente por dos secos olmos, tan retorcidos que parecían salidos de alguna extraña pesadilla, perteneciente a un soñador de lo más perturbado. Los viejos árboles agitaban sus ramas con violencia al ritmo que marcaba el silbido del viento, agudo y feroz.
El profundo valle entre dos pequeñas montañas era verde y de pastizales altos que se estremecían temblorosamente, como las olas de un profundo océano esmeralda. La parte superior del valle estaba cubierta de recias encinas que no daban sus ramas a torcer ni siquiera ante el poderoso viento de aquel helado amanecer sin sol. La parte baja de la cuenca era una frondosa pradera donde pastaba el disperso ganado, dándose un banquete de largas hierbas con el ritmo reposado de sus flojas mandíbulas. Los rollizos bovinos eran vigilados por un joven pastor que canturreaba desafinando una vieja tonada popular del norte de la isla de Olimpia, mientras mascaba alegremente una arrugada, pero dulce manzana que había sacado de un pequeño zurrón lanudo colgado de su cuello por una tira de cuero gastada por el tiempo, el uso y el sudor.
Por el camino que descendía desde las escarpadas montañas del este, acompañado por el ulular del viento, que azotaba con violencia sus amplios ropajes, cabalgaba un jinete montado en un caballo albino de crin amarillenta, ojos rojos y porte orgulloso. El equino no cedía en su arduo galopar, a pesar de la contundencia del vendaval contra el que luchaba. Caballero y montura llegaron bajo la extraña pareja de olmos que señalaba el cruce y, aunque todo indicaba que iban a continuar al galope sin detener su desenfrenada carrera, el jinete, finalmente, tiró con seria firmeza de las riendas de cuero negro con ribetes plateados, haciendo levantarse varias veces al caballo sobre sus vigorosos cuartos traseros, mientras el espléndido animal lanzaba sonoros relinchos de fortaleza tal que rivalizaban con el poder del temporal, elevándose, resonando con un eco poderoso, sobre el valle y las montañas. El corcel, cuando terminó tranquilizándose, se detuvo relajado. Expulsaba vapor a través de la piel y por los húmedos hollares al respirar. Los ojos, del color cobrizo de la sangre recién derramada, brillaban con la excitación del raudo galope.
 
 

El joven pastor dejó de mascar la manzana, observando maravillado al recién llegado. La boca abierta en forma de “O” por la sorpresa, era una invitación y un regalo para las molestas moscas que danzaban a su alrededor entre sonoros zumbidos.

El jinete palmeó con cariño el cuello del animal, acariciando con suavidad sus sedosas crines doradas. El equino de ojos sanguinolentos se lo agradeció con un movimiento juguetón de la soberbia testa y un gracioso giro de la cola. Los cascos patearon el suelo polvoriento con alegría. Al fin, una vez inmóviles caballo y jinete, el pastorcillo pudo apreciar al hombre que hasta ese momento había sido solamente una mancha difuminada por la velocidad del galope: era alto y esbelto. Bajo unos bellos ropajes de vivos colores se adivinaban músculos de gran fortaleza; las ropas que vestía consistían en una amplia capa de cuero negro, ribeteada con pieles de lobo blanco; un jubón de grueso terciopelo carmesí, en el que se encontraba representado sobre su pecho el emblema del sol naciente, bordado con hilo de oro sobre el corazón; sus piernas estaban cubiertas por unos pantalones de cuero claro; y una espada de empuñadura dorada se ceñía a su costado dentro de una vaina plateada, adornada con un precioso rubí de un brillo resplandeciente. El rostro del jinete era ovalado y de gran atractivo; tenía la tez rojiza, la nariz ancha y la mandíbula cuadrada; el cabello de un rubio claro le caía suavemente posándose en los amplios y fuertes hombros; los ojos castaños, almendrados y grandes, brillaban alegres con una cálida chispa de vivacidad. Parecía despedir calor todo su cuerpo, a pesar del frío día, y la luz lo envolvía difusamente, aunque el temprano sol de la recién nacida primavera se ocultaba aún, remolón, tras la masa de nubes y las montañas, esperando el momento oportuno para bañar la tierra de Olimpia con su luz y su calor.

El pastorcillo se percató del motivo por el cual aquel jinete había detenido su caballo. Otro jinete se acercaba por el camino del oeste, volando  a favor del fuerte viento, montado en un corcel negro como  noche sin luna y sin  estrellas. La expresión de la faz del jinete del caballo albino, que primero había sido de atención, cambió a franca alegría. El calor de una dulce sonrisa de amistad afloró en la cara del hombre, dibujándose en sus gruesos y rosados labios; sus ojos brillaron con más intensidad, bañados por la luz del afecto.

El muchacho, a menos de medio centenar de pasos del cruce,  continuaba abriendo y cerrando la boca, atolondrado, pues no había duda de quienes eran aquellos dos hombres que se reunían ante sus asombrados ojos. Dos señores de los que hasta su severo abuelo, que jamás decía una palabra si no era estrictamente necesario, contaba historias durante las largas veladas invernales a la luz del calor de la lumbre, mientras tallaba la madera con una habilidad sorprendente para las gastadas y nudosas manos del anciano, utilizando un cuchillo oxidado, dando formas maravillosas a toscos leños sin forma, mientras las astillas volaban a la lumbre, ardiendo como luciérnagas en la noche.

El Señor del Pico del Quebrantahuesos y el Señor de la Casa del Sol Naciente, los más poderosos hombres del norte de la isla de Olimpia, acababan de reunirse ante los atónitos ojos del vaquerizo. El joven pastor acarició la flauta que le había regalado su abuelo en su último día de nacimiento, el verano anterior, y observó como el recién llegado inmovilizaba con calma su caballo, deteniéndolo bajo los expectantes olmos. Los árboles aumentaron el balancear de sus ramajes, excitados, según imaginaba la fantasiosa mente juvenil del muchacho, ante la reunión que se producía sobre sus raíces, que llevaban decenas de años enterradas en la fértil tierra de Olimpia, de la que los dos recién llegados eran hijos predilectos. Vistos juntos contrarrestaban los dos jinetes en muchos matices. El hombre montado en el semental negro no portaba galas elegantes como las del jinete del caballo albino, y ningún color, salvo el frío gris del acero, alegraba sus ropas de oscuro azabache. Vestía con una cota de malla de anillas entrelazadas, y sólo había en sus ropajes un detalle que las diferenciara de las de cualquier otro soldado: sujetando la capa, en su hombro derecho, portaba un pequeño broche de plata con el emblema del quebrantahuesos con las alas desplegadas. Pero, como apreció el joven pastor, no era en su vestimenta donde se podía intuir la grandeza de este señor. Había algo en su expresión y su mirada, una fuerza en sus penetrantes ojos grises que, según se contaba en las conversaciones de taberna, pocos podían aguantar en desafío sin intimidarse y amedrentarse como níveos e inocentes corderos ante un astuto y fuerte lobo de fauces afiladas y sangrientas, expertas en desgarrar carne y hueso. Este jinete era más alto que el primero en llegar al cruce, pero menos ancho de espaldas y bastante menos musculoso, aunque se adivinaban bajo la cota de malla miembros fuertes y manos tan diestras como pocas en toda aquella tierra. Su cabello corto y moreno, rasurado, apenas se percibía bajo la capucha de su capa. La piel, bronceada y curtida, de su cara indicaba que había vivido grandes experiencias, pero su falta de arrugas también mostraba que no había alcanzado mucha edad. Debía rondar los treinta y cinco años de vida, y su edad podía ser similar a la del otro jinete, que, a juicio del muchacho, quizás fuera un poco más joven. Ambos hombres entrecruzaron sus manos, tomándose firmemente las muñecas, a modo de saludo, y las expresiones de sus rostros mostraron gran alegría y afecto.

— Buen despertar tiene este nuevo día en el que nace nuestra señora la primavera, si nuestros caminos se cruzan, Ares— saludó el jinete de bellos ropajes con voz agradable para los oídos, sin soltar la muñeca de su amigo.

— Hace mucho frío esta mañana. Todavía no parece primavera— sonrió el señor Ares con amistad.— Apolo,  me alegra verte.

— A mí también me regocija este encuentro al amanecer. En el alba de la más bella de todas las estaciones— dijo el señor Apolo sujetando con mano firme a su impaciente corcel.

— No es un encuentro inesperado— apuntó Ares.— Confiaba en que mis pasos y los tuyos se cruzaran antes de llegar a destino.

— En efecto. Tampoco es ninguna sorpresa para mí, encontrarme contigo en mi galopar de esta desapacible mañana, pues tienes razón con respecto al frío, el aire corta como una navaja de afeitar bien afilada. Hoy nace la estación de las flores, pero este amanecer más parece el alba de un gélido día del mes más crudo del más crudo invierno— reconoció Apolo estremeciéndose bajo su capa de piel. Arrebujándose  en ella para protegerse del vendaval.— Pensaba  esperar tú llegada, un poco más adelante, en el Desfiladero de Sangre, para resguardarme en sus estrechas paredes del frío viento del noroeste, que tiene a bien acosarnos esta mañana. Hermes pasó hace dos jornadas por mi morada, quería hacerme saber que nuestro señor Zeus requiere mi presencia, sin dilación, en el Olimpo, para participar en los tres días de festejos que dan la bienvenida a la primavera. Después de un corto ágape y un poco de refrescante vino,  nuestro buen amigo partió hacia tu hogar en Pico del Quebrantahuesos para hacerte entrega del mismo mensaje que a mí me había comunicado. Así que viajaba dispuesto a encontrarme contigo antes de llegar al Olimpo. Creía que el buen viejo Hermes vendría acompañándote.

— La prisa, como siempre, guiaba sus pasos— apuntó Ares.— Partió a media noche.

— La hora mágica— dijo el señor Apolo con una sonrisa cálida dibujada en los labios.— La hora en la que las brujas danzan sobre la niebla y preparan males para los fieles de corazón, aunque las hechiceras y los males que tejen no alcanzarían jamás a ese corcel. Nunca he visto un caballo tan veloz como ese mestizo gris que monta Hermes, ni siquiera mi buen caballo albino puede hacerle sombra ¡Parece llevar alas en los cascos!

— Cierto— corroboró Ares.

— Pero si el caballo que monta no tiene igual, qué se puede decir de su amo. Juraría que Hermes podría montar al galope de uno a otro extremo del desierto de Tebas, sufriendo el torturador castigo del sol abrasador del verano, sin mostrar la menor fatiga en su enjuto rostro. Apostaría mi reputación contra cualquiera que dudara de semejante hazaña.

Por un momento, ambos señores se miraron en silencio, y observaron el devenir de las incansables nubes en el cielo gris, que se movían a gran velocidad empujadas por el poderoso soplo del viento, como si de viejos veleros de mar en una ancestral y eterna competición se tratasen. Fue el señor Ares quien finalmente apartó la vista del firmamento, y miró hacia el horizonte.

— ¿Qué es lo que querrá de nosotros, nuestro señor?— preguntó, rompiendo el silencio. En el tono de su voz se podía apreciar cierta preocupación.

— No conozco la respuesta a esa pregunta, amigo mío— contestó Apolo torciendo el gesto,— pero sí puedo decirte que Hermes estaba realmente inquieto. Parecía seriamente preocupado y muy nervioso. Una nube gris cubría su generalmente jovial rostro. Algo me dice que se aproxima una tormenta… casi puedo sentirlo.

— Sí— asintió Ares con el ceño fruncido.— Yo también me percaté de su zozobra.

— No quiso comentarme nada, aunque está claro como el agua que no hemos sido convocados para celebrar ninguna fiesta, a pesar de que tanto hoy como los tres días venideros, sean días festivos en la Ciudad bajo el Monte, durante la tradicional conmemoración del Nacimiento de la Primavera. Lamentablemente, Hermes no me dijo ni una palabra, por más que intenté sonsacarle un poco de información.

— A mí tampoco— comentó preocupado el Señor del Pico del Quebrantahuesos,— simplemente me emplazó a buscar las respuestas en el Olimpo.

— Entonces...  ¿a qué estamos esperando aquí plantados como esos viejos olmos?— preguntó Apolo, señalando a los dos árboles que hacían la larga guardia al borde del camino. Su sonrisa se tornó salvaje.— Algo se está cociendo a fuego lento en nuestra tierra de Olimpia, y necesito saber de qué se trata, pues hay algo extraño en todo esto que pica mi curiosidad como el tábano martiriza a aquellos pobres animales.

El señor Apolo se volvió hacia el muchacho, observando el rebaño de vacas con una sonrisa amable y afectuosa. Ares lanzó una mirada larga y pausada al joven pastor, escrutando directamente los ojos del niño, como si reconociera en él la esencia misma de la isla de Olimpia. Saludó con un cortés gesto de cabeza, y volvió a grupas su caballo.

Los dos corceles salieron al galope por el camino del sur que se dirigía sinuosamente, atravesando el valle, hacia el escarpado desfiladero, que pasaba de las montañas a las llanuras, cruzando la cordillera del Muro del Norte.

El muchacho, todavía con expresión maravillada, lanzó la manzana mordida al aire, con tan mala fortuna que cayó sobre una vaca, que pastaba adormecida, y provocó un mugido de disgusto en la res. Después, olvidándose de sus labores, debido a la excitación del momento, corrió a dar cuenta a su padre de lo que había acontecido en el cruce. Pues su progenitor siempre alardeaba, cuando llegaba la hora de contar historias a la luz del hogar, mientras el abuelo tallaba la madera, de haber luchado algo más de quince años atrás, junto al señor Ares en la batalla del Paso del Quebrantahuesos. Incluso contaba que el señor se había dirigido a él en persona antes de la contienda, llamándole por su nombre, y le había preguntado por su familia y su terruño. Las palabras que el señor dirigió a su progenitor quedaron grabadas a fuego en la mente del muchacho.

Amigo Pandor, cuando estés en lo más profundo del fragor del combate y lo veas todo perdido, cuando nada te quede más que la muerte y la desesperación. No te dejes llevar por la oscuridad, no desesperes. Piensa en los tuyos, y recuerda el olor de tu tierra tras la primera lluvia de primavera, pues es por eso por lo que luchas, y puede salvarte la vida, darte fuerzas y valor. Ojalá todos veamos pronto a nuestros seres amados. ¡Qué nuestra tierra sea libre!”

El señor Ares había apretado con calor el hombro de su padre y después había seguido hablando con sus hombres, uno por uno, infundiéndoles valor, recordándoles el motivo por el cual se encontraban allí, y preguntándoles por su tierra y sus familias.

— Una palabra de aliento o una sonrisa tenía siempre este señor pa cada uno de nosotros, por eso es el más grande de los señores de la guerra de esta tierra. Por eso sus soldados lo admiran y respetan, lo quieren como a un  hermano suyo, y  no dudan en dar la vida y la sangre por él. Pan, hijo mío, si algún día el mal vuelve pa atacar esta nuestra tierra, no dudes en acudir a su llamada.

Después de lo ocurrido en el cruce, el pastorcillo podría decir que el señor Ares le había mirado fijamente a los ojos. Si hubiera que luchar, no dudaría en dar la vida por aquel señor y por aquella tierra, su tierra. Pues él, como aquellos grandes señores, también era un hijo de Olimpia, y daría la vida por defender su hogar. No lo dudaba: su nombre tendría un verso propio en el Cantar.

Tras la marcha de los jinetes y la desbandada del muchacho, los ancianos olmos quedaron solos, inmóviles vigilantes del cruce, y únicos pastores del abandonado rebaño. El viento agitaba sus ramajes con fuerza dándoles un aspecto feroz, hasta que el vendaval cesó de repente a media mañana, como si nunca hubiera existido. Por fin, el primer sol de primavera apareció elevándose con somnolencia tras las nubes, bañando con el calor de sus luminosos rayos las frías cortezas de los árboles, que de haber tenido capacidades humanas hubieran suspirado de alivio y gratitud.

 

Era media mañana del primer día de primavera en la tierra de Olimpia cuando el viento cesó de aullar, y la paz del sol cayó desde el cielo, las nubes se apartaban para dejar paso a pequeños estanques de añil. Los dos señores cabalgaban a través del estrecho desfiladero que se abría poco después a las llanuras de hierbas doradas, dejando atrás los valles del norte de Olimpia. El astro de luz en lo alto calentaba ahora a los jinetes que se habían despojado de sus capas, y cabalgaban al trote, dejándose bañar por los agradables rayos solares, olvidando poco a poco el frío que había acompañado sus primeras horas de marcha, y los últimos días del ya muerto invierno. La nueva estación comenzaba a ganar lentamente la batalla a la anterior. La nieve y el hielo tardarían meses en volver, y eso era algo de lo que regocijarse. El invierno acababa de perecer. La primavera había nacido.

El Desfiladero de Sangre era  tan angosto que apenas un caballo pasaba entre sus muros en muchas de sus partes, y tenía tramos abruptos y quebrados donde los jinetes debían desmontar y llevar el caballo de las bridas. A mitad del desfiladero las paredes se abrían en un amplio claro de tamaño similar al salón de un gran palacio, donde había columnas de roca en forma de antiguas tumbas o menhires, formando un extraño círculo, en cuyo centro había un estanque plateado que sobrecogía por su belleza, y por la sensación de paz que embargaba a quien posaba los ojos en sus aguas. Un gran altar de piedra coronaba el centro del estanque. Restos de un lejano pasado hace mucho tiempo olvidado. En aquel lugar, donde antaño se invocaba a desconocidos poderes con extraños sacrificios, los dos jinetes se encontraron con una sorpresa: un hombre completamente cubierto por el polvo del camino,  de aspecto desastrado, dormía sonoramente apoyando su cabeza en una roca, con los huesos pegados a la tierra. Una bota de vino de cuero curtido se encontraba vacía y aplastada junto a la mano del hombre, exprimida hasta la última gota de su jugo.

El señor Apolo y el señor Ares desmontaron con agilidad de sus caballos, y observaron con pesar al individuo que dormitaba sin sentido en el  suelo. Sus ropas estaban andrajosas y sucias, pero se podía apreciar con claridad que en un principio, cuando fueron elaboradas por las manos de un habilidoso sastre, habían sido ropajes de gran elegancia y categoría; eran ropas dignas de un gran señor. En el pecho colgaba de su cuello un precioso medallón de plata de forma circular, con un bonito relieve dorado en el que estaban grabados el cáliz, la vid y la espada.

Ares sacudió con desagrado la cabeza al percibir el fuerte olor a vino que despedía el hombre, apreciando con evidente disgusto su harapiento aspecto. Sus pensamientos no pudieron evitar comparar a aquel hombre, con la sensación de tristeza que le producían los pobres mendigos, maltratados por la vida, que pedían limosna en la plaza del mercado o a las puertas del Templo de la Llama, en el Olimpo.

Apolo sacó de una bolsita de cuero, que colgaba de su cadera, un  paño de suave seda azul, y tomó de las alforjas de su caballo una cantimplora de plata decorada con delicadas filigranas doradas en forma de soles y nubes, vertió un poco de agua con la que empapó el pañuelo; después pasó el suave tejido humedecido por la desastrada cabeza para limpiar el polvo que cubría el rostro del hombre. El repentino contacto con el agua, hizo que aquel hombre saliera de su inconsciencia, y clavara sus gélidos ojos azules en Apolo, mostrando un odio infinito. Los ojos destacaban sobre la faz extremadamente delgada, y sobre las dos marcadas ojeras de un tono cárdeno oscuro, vestigio de muchas noches sin dormir bien, que se encontraban por encima de una nariz elegante y afilada. Bajo la nariz crecía una barba descuidada y desgreñada que intentaba ocultar, sin conseguirlo, una eterna mueca de sarcasmo e ironía.

Sin decir palabra, el señor Ares arrebató la cantimplora de las manos de Apolo y la vació con impaciencia sobre la cabeza del borracho.

Después de varios juramentos poco amables, una retahíla de gruñidos inconexos y de esperar un buen rato para ordenar sus confusos pensamientos, aquel desastre humano, consiguió aclarar un tanto sus ideas y habló con voz pastosa, como si la lengua se le quedara pegada en el reseco paladar:

— ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Maldita sea!— blasfemó con voz ronca cargada de furia. Observándolos con sus fríos ojos.— ¿Entro yo en vuestro lecho de plumas de ganso y os rocío con agua? ¡Vino, señores, vino es lo que mi boca pide, y no este insulso líquido que destroza caminos y montañas!

— Vino no llevamos en las alforjas— contestó Apolo entre divertido y apesadumbrado.— Cuando cabalgó sólo este líquido insípido y destructor portó en mi equipaje, por eso nunca me caigo del caballo ni doy con mis huesos en el  suelo.

El hombre gruñó con desagrado, y se tomó unos instantes más para intentar despabilarse. Trastabillando, se acercó al estanque con desgana, lanzó una mirada de odio a los dos señores que lo importunaban, y sumergió la cabeza en el agua sagrada, sin importarle en absoluto los antiguos dioses a los que  pudiera estar consagrada.

— ¡Os estaba esperando!— dijo finalmente, cuando pudo ordenar sus pensamientos con claridad; un buen rato después de refrescarse y lavarse. Se sentó con indolencia en el suelo, apoyando la espalda en un menhir, y suspiró. — Es cierto. Lo reconozco… Creo que anoche perdí mi caballo.

— ¡Maldita sea, Baco!— maldijo Ares, furioso— No sé qué es lo que deseará nuestro señor Zeus de nosotros, pero en tu estado, será  mejor que no sea nada importante.

Baco sonrió divertido, encogiéndose de hombros con un gesto maravillosamente inocente, como si de un chiquillo se tratara, lo que contrarrestaba con el brillo turbio de sus ojos azules, los cuales hacía muchos años que habían perdido cualquier vestigio de inocencia, si es que alguna vez habían poseído semejante cosa. Guiñó uno de sus intrigantes ojos maliciosamente a Ares, y dijo:

— Mi señor Ares. El señor de nuestra isla puede pedirme lo que más desee su corazón, y yo le concederé gustoso sus deseos, si aún queda en las incomparables bodegas del Olimpo algún viejo tonel de madera de roble, lleno de ese vino oscuro y cálido, que compartimos aquella noche de plenilunio en la torre más alta del palacio, mientras observábamos extasiados y, todo hay que decirlo, un poco achispados por la dulce bebida, la  maravillosa danza de los astros de la noche en el firmamento. Mientras aquellas muchachas desnudas danzaban a nuestro alrededor para nuestro deleite, durante la celebración de la gran victoria en la Batalla del Olimpo.

 Ares agitó la cabeza con rabia y pesar, su ceño fruncido dejaba a las claras lo que opinaba del estado de Baco. En su rostro se leía su desagrado y su tristeza, tan nítidamente como en un lienzo en blanco.

— ¡Oh, vamos, no te enojes, Ares!— dijo riendo Apolo, conciliador, apoyando sus fuertes manos en los hombros de su amigo.— El vino era estupendo, y las muchachas de lo más dulces y complacientes. Aún recuerdo con placer las maravillas que una de ellas podía hacer con sus labios y su lengua, podría jurar que era algún tipo de magia.  Y con respecto a él, no se encuentra peor que el año pasado, cuando derrotó en combate singular a aquel campeón de los mercenarios, enviados por el Señor de los Titanes para saquear Viejos Viñedos.

— Aquello tuvo que ser un gran golpe de fortuna— apuntó Baco con bastante desinterés.— Pues estaba tan…, bueno digamos tan … tan... indispuesto, que apenas recuerdo nada de lo que ocurrió ese día. Y aquel hombre era un gran esgrimidor, por lo que he oído decir, de los que hacían pedacitos con su espada a los incautos que se ponían lo suficientemente cerca de su acero. Quizás consideró que un hombre en… mis condiciones, no era un digno rival para su espada.— Baco sonrió con sorna.— Se equivocó. Una trágica equivocación, sí señor.

— Quizá sea que, incluso en tus peores momentos, eres la mejor espada de esta tierra—  alabó Apolo a Baco.

—¿Qué haces aquí, Baco?— preguntó bruscamente Ares, después de regalar una mirada furiosa a Apolo por seguir el juego del Señor de los Viñedos.

— Nuestro menudo domador de caballos paso por mi humilde morada hace algunas jornadas, pero en esos momentos no me encontraba en las condiciones más adecuadas para atenderle, por lo que apenas pudimos hablar. Por cierto, que después de una simple e inocente, pero que muy inocente, broma que gasté sobre su persona, partió muy enojado, sin comentarme nada. Es un buen hombre, pero su sentido del humor es deplorable. A la mañana siguiente, mi fiel Sileno, me obligó a salir en su busca, y me dirigí a Hogar de las Llanuras esperando encontrar a Hermes en su castillo, pero su joven esposa, la dama Hersé, me comunicó que el señor de su corazón había dejado su lecho marital vacío para acudir en vuestra búsqueda. ¡Vaya un tonto! Si una mujer como ésa calentara mi cama, yo no abandonaría jamás su lecho. Fue la dama Atenea quien, por mediación del Lector de Sueños, me envió un mensaje extraño en forma de ensoñación, cuando estaba durmiendo plácidamente en un lecho de plumas de garza en el castillo de nuestro amigo. Quería que me encontrara con vosotros. Nada más despertar del sueño enviado por Morfeo, partí hacia la Tierra de los Muchos Arroyos para reunirme con Apolo, pero, por lo que se ve, durante la pasada noche me extravié y terminé durmiendo plácidamente con esta incómoda roca como almohada. No tiene importancia; al fin y al cabo la dama Atenea quería que os encontrara, y aquí estoy, pues los deseos de una dama son mandatos para mí. No creáis, ni por un instante, que me encuentre aquí, tan lejos de mi hogar, por tener el dudoso placer de ver vuestros feos rostros de nuevo. Si fuera por mí, ahora estaría en el burdel La Dama y la Joya apoyando mi cabeza entre los mullidos pechos de una muchacha de generosas curvas, con el miembro enhiesto como un ariete, con una copa en la mano y el gaznate húmedo de licor; y no tendría el rostro empapado en agua. ¡Por los Poderes! ¡Agua! ¿Queríais matarme?

Apolo miró a Baco con curiosidad, y preguntó:

— ¿Qué vil burla, qué chanza de mal gusto, usaste para enojar al buen Hermes y sacarle de sus casillas?

El señor Baco sonrió malévolamente, y Ares, girándose en redondo, sin dejar de menear la cabeza con enojo, dijo con hosquedad:

— No le sigas el juego, Apolo. No es un niño. Es un gran señor de Olimpia, aunque él se empeñe en convertirse en un maldito borracho. El Señor Mendigo lo llaman. ¿Lo sabías?

— Lo he oído. Es un buen apodo— dijo Baco desafiando a Ares con la mirada.— Lo prefiero a otros nombres que escuché en una taberna. Nombres que se referían a ti, gran señor: El Destructor de Hombres,  El Asesino de Hombres, El de las Manos Sangrientas, te llamaban;  este último te describe a la perfección, amigo mío. En realidad, nos describe a todos nosotros, pues en nuestras manos hay demasiada sangre.

Ares se encogió de hombros, controlando su enojo todo lo que pudo, y dijo:

— Estoy cansado de pelear contigo, Baco. Veo que es una batalla perdida, y yo tengo por norma no luchar en batallas que no puedo ganar. Ojalá pudiera ayudarte, ojalá me dejaras hacerlo, pero…—suspiró con pesar.— no puedo. Tú no dejas que nadie te ayude.

— Yo no he pedido ninguna ayuda, ¿verdad? ¿Tú me has escuchado pedir ayuda,  Apolo?

— No— admitió el Señor de la Casa del Sol Naciente de mala gana,— pero de verdad que la necesitas, Baco. Esto va de mal en peor. ¿No has visto el aspecto que tienes? Apestas a vino y, lo que es peor, a vómitos resecos. Sólo el amor que te profesan tus hombres, debido al hombre que eras, no al hombre en que te has convertido, hace que todavía te sigan.

— ¡Tampoco a ellos les he pedido que me sigan! Sólo quiero que me dejen en paz. ¿No podéis entenderlo? Sólo quiero qué todos me dejen en paz. Vosotros incluidos.

— Vámonos— dijo Ares, rindiéndose. Su gesto era serio y preocupado. Sus ojos estaban cargados de frustración, tristeza y rabia, por no poder enfrentarse al mal que poseía a su amigo.  Montó en su caballo con un movimiento marcial y se alejó, sin mirar atrás.

Baco se encogió de hombros, levantándose quejumbrosamente del suelo, ayudado por la  mano que Apolo le había tendido, intentando ignorar el profundo dolor de su cabeza y el vahído que lo acompañaba. Pasó una  mano por el húmedo cabello desgreñado, que le caía sobre los hombros, se rascó la descuidada barba, camino un poco para estirar las entumecidas piernas y se acercó a  Apolo, que ya había montado en su corcel,  subiéndose en la grupa tras su amigo.

Cabalgaron en silencio durante un buen rato, pues ninguno osó abrir la boca y quebrar la amarga tensión que los envolvía como una mortaja. Ares cabalgaba pensativo unos metros por delante, mientras Baco fingía dormitar a la espalda de Apolo. Al final, el señor Apolo no pudo soportarlo más y rompió el silencio.

— ¿Qué es, si puede saberse, lo que sucedió con tu fiel caballo, para que tan buen animal abandonara a su amo a su suerte?

El señor Baco observó con curiosidad a Apolo, tentado de no contestar, pero finalmente tomó la mano que le tendía su amigo y charló con alegría, como si la disputa anterior nunca hubiera tenido lugar.

— Me arrojó la noche pasada por encima de su cabeza. ¿Puedes creerlo? ¡La maldita bestia! Olvidó quien le da los mejores dulces cada mañana, y quien le deja retozar con las yeguas más bonitas, pero os prometo que es la última vez que se olvida de quien manda. Lo voy a hacer rodajas de carne picada cuando lo encuentre.

— Ya lo había dicho yo. El vino y los caballos son una mala combinación. Y, también, ¿si puede saberse?, ¿por qué un buen caballo como el tuyo arrojaría a su jinete al duro suelo?— preguntó el señor Apolo intrigado.

— No lo recuerdo.

Ares terminó por rendirse, como siempre le ocurría cuando discutía con sus amigos. Observó, por primera vez en ese día, con amistad a Baco y dijo:

— Seguramente fuiste tú quién se arrojó del caballo.

— Es posible— contestó sonriendo el señor Baco, encogiéndose de hombros, sin darle la menor importancia.— El caso es que ya apenas me quedaba vino en las alforjas, y la vida se me antojaba muy aburrida y previsible. Un mundo gris sin emociones por las que luchar, sin doncellas que rescatar ni villanos a los que maltratar, ni monstruos a los que decapitar con mi espada. Habéis de saber, señores y amigos míos, que el acero de mi espada, forjada por los diminutos herreros de las profundidades de la Gran Montaña Ardiente, está ahora hastiado y aburrido, pues la última vez que salió de su vaina, con deseo de derramar sangre, fue hace ya un largo y tedioso año. Mi espada se halla anhelante de acción y hechos de valor, ya que su acero fue fabricado para tales hechos, y esta desesperante inactividad, lo exaspera, y agota sus bien templados nervios y su maravilloso equilibrio. Así me encuentro yo también, en un raro estado melancólico del que sólo el vino, por el que doy gracias a los Poderes, logra sacarme por unos instantes. Bueno, para ser fieles a la verdad, he de reconocer, que no sólo el licor consigue despertarme de mi amarga melancolía; las buenas mozas de esta tierra, por las que también alabo una y mil veces a los Antiguos, despiertan también mi interés, y enardecen mi ardor bajo las sábanas.

Los tres señores rieron, a pesar de saber que la alegría era fingida, pero comprendían que con sus risas se reconfortaban unos a otros, y hacían que la luz volviera a iluminar aquel encuentro, después de un inicio nublado que amenazaba tormenta.

Pronto, el estrecho desfiladero quedó muy atrás, y abandonaron las rocosas e intransitables montañas, dirigiéndose hacia el sur. Hacia la Gran Llanura, donde el caballo del señor Baco esperaba pastando tranquilamente, mientras espantaba moscas con la cola. El señor de Viejos Viñedos, en vez de hacer rodajas de carne al animal como había prometido, desmontó y corrió hacia el corcel para hacerle caricias y arrumacos, como si de su hijo pequeño o de una amante perdida se tratara.
 
 

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EL HAMBRE ETERNA

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Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás