Translate

LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

viernes, 7 de agosto de 2015

UNA HISTORIA SOBRE LA MUERTE


 

Corría el año de 1892 en las afueras de la ciudad de Londres, la pequeña  Daisy Graham , de no más de cinco años de edad, correteaba por el jardín de la mansión de sus padres, jugando, junto a la charca de los peces,  con el pelo recogido en dos coletas rojizas que bailaban al viento. Sus ojos, uno de cada color, eran dos enormes joyas: una esmeralda y un zafiro, que daban luz a una preciosa carita de boca risueña y nariz respingona.

La niña sentía el sol del verano calentando con furia sobre sus hombros pecosos, por encima del vestidito blanco con tirantes que la criada le había puesto esa mañana. El frescor de la hierba en los pies descalzos compensaba el calor del sol. En el jardín los perros ladraban, los pájaros describían círculos en el aire y sus padres gritaban como siempre en el interior de la mansión. Siguió a una liebre de largas orejas, por entre los cedros,  acabó exhausta,  sus pequeñas piernecitas no eran tan rápidas como para dar alcance a una liebre. Se dejó caer cuan larga era, tumbada boca arriba con la espalda enterrada en la frondosa hierba, observando el raudo discurrir de las nubes en el cielo añil, cerró los ojos y soñó por un instante: soñó con alguien que la quisiera y la cuidara y se preocupara de ella.

Sopló con todo su aliento un diente de león hasta que sus semillas se  esparcieron por el viento, en busca de nuevas tierras por colonizar. La niña con los puños apretados y mordiéndose los labios con intensidad, pidió un deseo: que una hermosa protectora viniera en su ayuda.

Deseó  un hada madrina, como las que poblaban los  cuentos de hadas que su amigo secreto le contaba cada noche, dejando lo más lejos posible los gritos de dolor y violencia que impregnaban las paredes de esa casa plagada de males, perdida en las hermosas imágenes que las palabras de aquel hombre extraño que visitaba su cuarto cada noche  dibujaban en su mente.

El silencio, que de pronto provenía de la mansión era tan espeso como el lodo de una ciénaga, un antinatural silencio, sin gritos, ni insultos, ni golpes, sin cosas que se rompen y cosas que vuelan para estrellarse en las paredes, sacó a la niña de sus ensoñaciones. Lentamente se levantó de la hierba y se dirigió a la casa con un funesto presagio adherido a su corazón.

 

Meses después cuando la pequeña recordaba aquella mañana todavía lo veía todo como en un sueño, teñido del color rojo de la sangre. Sus padres se habían dado muerte mutuamente y aunque esas personas jamás le habían dado amor, demasiado ocupados en sus continuos arrebatos de furia y de locura, ella lo sintió muchísimo. Al fin y al cabo eran sus padres y se quedaba sola en el mundo.

 Un viejo tío, hermano de su abuelo paterno se hizo cargo de ella. Era su único familiar vivo. Un hombre extraño, callado, huraño, un hombre oscuro y enjuto; en su cadavérico rostro, tan pálido y delgado que parecía acosado por una cruel enfermedad que devorara su carne y sus fuerzas, había dos ojos  apagados,  grises como dos profundas sombras, pero que ardían como ascuas al encenderse la furia en su mirada. Y esos ataques de furia eran crueles y violentos, súbitos como una tormenta de verano. El anciano vestía completamente de negro con ropa anticuada, como de otra época, una época pasada hace mucho tiempo, quizá dos siglos atrás. Un montón de carros llegaron a la mansión junto a él el día el día que se instalo en la casa. Los carros portaban decenas de enormes cajas que descargaron en el sótano. Mientras los jornaleros descargaban lo arcones, uno de los pesados embalajes cayó, desparramando su contenido por el recibidor de la mansión. La niña que miraba todo el proceso de descarga de las cajas, oculta tras los barrotes de mármol de la enorme escalera de caracol, se quedó maravillada, al ver los extraños objetos que se desparramaron sobre la alfombra. Eran varias estatuillas esculpidas en hueso, deformes, con gestos terribles, malformaciones, colmillos y garras, pero lo más aterrador era que aquellas figuras demenciales estaban completamente teñidas de sangre.

Hasta ese momento su viejo tío había permanecido en completo silencio, observando como una sombra, junto a la puerta, el correcto discurrir del transporte, pero en ese momento la niña presenció el primero de los muchos arrebatos de furia que vendrían después: tal era el desprecio y la ira que irradiaban sus ojos y la rabia envenenada que impregnaba su voz, que el pobre jornalero, que había dejado caer la caja, sufrió un repentino colapso nervioso que le provocó  terribles convulsiones, cayó al suelo como fulminado por un rayo y la boca se le llenó de espuma y sangre, pues sin duda se había destrozado la lengua con las fuertes convulsiones. Sus compañeros aterrorizados acudieron en su ayuda y lo sacaron de la mansión, ante la helada mirada del anciano, que tomó las estatuillas con suma delicadeza del suelo y murmurando, entre dientes, extrañas palabras, las introdujo de nuevo en la caja cerrando su contenido.

La niña hubiera jurado que mientras el viejo descargaba su furia sobre aquel pobre hombre, la luz que entraba por el amplio ventanal se había atenuado, como si una oscura nube hubiera cubierto el sol de la mañana y un frío antinatural había invadido aquella amplia sala con una patina de humedad helada.

El viejo alzó la vista hacia la escalera y miró fijamente a los ojos de la niña escondida entre los barrotes. Había tal oscuridad en el interior de esa mirada que Daisy corrió a su cuarto a esconderse debajo de la cama.

Un buen rato después la niña escuchó la puerta de su cuarto abrirse y vio los anticuados zapatos de su tío caminar por la habitación hasta el borde de la cama.

— Hemos de dejar las cosas claras hoy, niña— dijo con una voz monótona que no indicaba ningún sentimiento, excepto una pequeña nota de hastío. — Hemos de convivir unos años hasta que llegué el día de tu mayoría de edad, ese día ya no me pertenecerás a mí, sino a los Antiguos y ellos serán los que habrán de preocuparse de ti entonces. Lo que ellos me den a cambio de tu recipiente es cosa mía. Las personas encargadas de tu cuidado, esos a los que llamabas padres, mis hijos, esos imbéciles, tenían que haber cumplido la sencilla tarea que les encomendé, pero ni siquiera fueron capaces de criar a una niña. ¡Estúpidos! ¡Inútiles! ¡Están mejor muertos! Has de saber que la locura anida en las mentes de la mayoría de los miembros de mi estirpe, pero a veces, a lo largo de nuestra historia, algunas luces de brillo cegador surgen entre las tinieblas. Y esas mentes son las mentes de poderosos genios, hombres adelantados a su tiempo, como es mi caso. Hombres que están por encima de toda regla, de toda norma, de toda moral.

Los zapatos lustrosos y brillantes apuntaban directamente a ella, como si fueran sus interlocutores, pues el anciano se mantuvo inmóvil, no intentó sentarse en la cama ni sacar a la fuerza la niña de su escondite bajo el lecho.

— Todo depende de ti, niña— afirmó el anciano con desgana.— Lo tranquila y plácida que sea tu vida en esta casa o el infierno en que se puede convertir para ti, cada día que pases bajo este techo. Has de cumplir unas simples normas: nada de gritos, ni de ruidos, ni de corretear por todas partes, nada de fisgar lo que no te importa. Pórtate bien, como una buena damita y tu vida aquí, será todo lo placida que pueda. Sin dolor ni sufrimiento, pero no me hagas enfadar porque te arrepentirás. Te arrepentirás y mucho. ¿Has comprendido mis palabras, niñita?

— Sí— surgió la temblorosa voz de la niña, desde las sombras bajo la cama.

— Muy bien. Así me gusta. — Los zapatos abandonaron la sala, tal como habían entrado en ella, en silencio, dejando a la niña sollozando.

Un buen rato después la dulce voz de su amigo secreto la despertó, pues se había quedado dormida, llorando bajo el lecho.

— Sal de ahí, pequeña. Las sombras se alargan, la noche ha llegado, es la hora de una historia que te haga olvidar los males y las lágrimas. Una nueva vida ha comenzado para ti. Se acabaron los cuentos de hadas. Te hablaré sobre la oscura realidad que invade nuestras vidas. Has de ser fuerte para sobrevivir a lo que te espera. Tienes que sobrevivir. Tienes que vivir por mí.

La niña se arrastró fuera de  la cama. Su amigo secreto se encontraba sentado en la mecedora, junto a la ventana, observando, con ojos tristes, una luna, roja como la sangre, que se apoderaba del cielo. Ella se lanzó sollozando a sus brazos, él acurrucó a la niña con cariño, transmitiéndole su afecto y acarició sus rizos pelirrojos con ternura.

— ¡Tienes que sacarme de aquí!— suplicó Daisy, sorbiendo sus lagrimas. – ¡Ese hombre es horrible!

— Ojalá pudiera, Pequeña— suspiró el hombre de cabellos rubios, vestido con un  desgastado y oscuro gabán de color incierto e indeterminado. – Ojalá, pero no puedo. No soy nada más que el jirón de un sueño. Un recuerdo grabado a fuego en tu alma. Un vestigio de algo muy hermoso que nos unía en otra vida, en otro tiempo.  Soy un reflejo en tu mente de aquel cuya historia es todas las historias y todas las palabras, pero no soy él. No soy real. No puedo ayudarte nada más que con mis cuentos.

— ¿Qué dices? ¿Un reflejo? ¿Un reflejo de quién?

— Del Contador de Historias, por supuesto.

— ¿Quién es ése? ¿De qué me estás hablando?

— Es muy difícil de explicar, Pequeña…

— ¡No te creo!— se enfurruñó la niña, con rabia. — Lo que pasa es que tienes miedo, tienes miedo de ese hombre horrible. Temes  a mi tío y te escondes detrás de tus historias. ¡Lo temes!

— Claro que lo temó— admitió el hombre rubio de tez morena. — Es un hombre temible, por eso, si pudiera ayudarte, nada evitaría que lo hiciera, ni cien hombres tan poderosos como él. Pero no puedo, Pequeña…

— ¡No me llames así…! Si de verdad fueras mi amigo, como dices, harías lo que fuera para salvarme y llevarme contigo… Pero no eres mi amigo y dices que eres sólo un reflejo ¡Vete! ¡Déjame sola!

La niña vio las lágrimas de sufrimiento en los ojos  de aquel hombre que decía ser un jirón de sueño, percibió el dolor profundo que cubría su rostro, pero era tal la rabia que  embargaba su corazón, el miedo que tenía en su interior y que devoraba por dentro su alma, que volvió a decir:

— ¡Vete!

— Por favor…

— ¡Vete! ¡Y no vuelvas nunca! ¡Me oyes! ¡Nunca!

Y el hombre del gabán desgastado, bajo el cual había ropas de vivos colores, desapareció, como un sueño ambulante, dejándola sola con su desesperación.

A la mañana siguiente una mujer, miraba a Daisy desde lo alto de la cama cuando la niña despertó. Era muy hermosa, tanto como una princesa de un viejo cuento, esbelta como un junco, de larga cabellera oscura como el azabache, piel pálida y enormes ojos del color de la miel derramada de una colmena, con una sonrisa perfecta de dientes blancos y dos encantadores hoyuelos en sus tersas mejillas sonrosadas.

— ¡Buen día por la mañana!— saludó la bella mujer con una voz tan musical como el canto de un ruiseñor. — Es hora de levantarse, jovencita. Mi nombre es señorita Erinia y voy a ser tu tutora e institutriz. Tu tío me ha contratado para que me encargue de tu educación.

Al ver a aquella mujer, la niña no pudo evitar recordar su deseo, el deseo que pidió al soplar el diente de león y esparcir sus semillas a los cuatro vientos: alguien que la quisiera, una protectora, un hada madrina.

Ese día la luz invadió la vida de la niña. Llego por sorpresa como una brisa por la mañana y llenó su espíritu de alegría y de risas. Aunque al llegar la noche, esperó, arrepentida, a su amigo secreto, dispuesta a disculparse por su conducta y hablarle de su nueva y maravillosa amiga, pero su amigo secreto no acudió,  como cada noche desde que la niña podía recordar. Daisy se sentó muy triste en la mecedora, observando la tormenta que se desataba sobre las montañas y comenzó a llorar con un profundo sollozo, pero entonces la señorita Erinia entró en la habitación, con un enorme libro plagado de cuentos de hadas e ilustraciones maravillosas, y pronto la tristeza comenzó a evaporarse.

La alegría y el buen humor de la señorita Erinia contrastaban fuertemente con la oscuridad y el ambiente opresivo que emanaba del resto de la mansión. Sobre todo con la figura de su tío, hierática y sombría, que pasaba largos días en silencio, sin articular palabra, enfrascado en sus siniestros estudios en el sótano o el desván. A veces  Daisy lo veía cruzar como una furtiva sombra por las salas y los pasillos, pero escasas veces dirigía la palabra a la niña, salvo en alguna ocasión para reprenderla con furia, por dejar su caballito de madera tirado en medio del hall o por haber ensuciado de barro el suelo del pasillo. Cuando llegaban sus  furibundas reprimendas, la niña se encogía como un cachorrito asustado y esperaba a que el cielo escampase. Pero lo cierto es que sus crueles ataques de furia, pocas veces iban dirigidos a Daisy, por lo general los reservaba para sus acólitos. Muchachos pálidos de ojos enfebrecidos, vestidos con túnicas negras que seguían al anciano a todas partes, adorándolo como si fuera un dios. Daisy sabía que además de las cosas oscuras que estudiaban en el sótano y el desván, el anciano también llevaba a aquellos jovencitos a su lecho para acompañarle por la noche. Oía los extraños gemidos y gruñidos que provenían de las estancias del viejo y de todas las cosas terribles que ocurrían en aquella mansión, esos sucesos nocturnos eran los más perturbadores para la niña.

Era curioso, se percató Daisy  con el tiempo del hecho de que las luces y las sombras que habitaban la mansión, parecían evitarse y jamás la señorita Erinia se cruzaba con su tío. Por lo visto a  la institutriz, el anciano también le había dejado bien claro, que  no debía ser molestado bajo ningún concepto.

Los meses pasaron y los recuerdos de su amigo secreto se borraron de su memoria, como si nunca hubiera existido aquel hombre extraño, de cabellos rubios, tez morena, gesto risueño, y ojos oscuros, vestido con un viejo gabán oscuro que cubría unos ropajes de vivos colores. Un hombre que según decía no era más que un jirón de sueño, un reflejo del Contador de Historias, quien conocía todas las historias y todas las palabras que formaban las historias. Una historia dentro de todas las historias.

Con el paso del tiempo Daisy se acostumbró a  esa vida. Una vida en la que los únicos rayos de luz los ponían sus clases con la señorita Erinia y sus lecturas nocturnas, mientras el odioso anciano se dedicaba a sus feos asuntos. A veces en el silencio de la noche se oían ruidos extraños y gritos que no parecían humanos que provenían del sótano, otras veces la casa entera temblaba y las oraciones del viejo retumbaban por toda la mansión hasta que el temblor cesaba. Todo tipo de sucesos extraños habitaban aquella mansión hasta tal punto que la niña comenzó a no prestar, apenas, atención a los hechos insólitos que acompañaban el discurrir de sus días.

 Una mañana, seis meses después de que la señorita Erinia hubiera entrado en su vida, su tutora aprovechó el primer día en que su tío no se encontraba en la casa, desde que se había mudado allí, y tomando a la niña de la mano  sacó a Daisy de la mansión corriendo por el jardín. Las estatuas de dos enormes perros de rostro fiero y mandíbulas hambrientas, que su tío había colocado protegiendo la verja y la puerta,  cobraron vida de pronto y atacaron a la institutriz, pero la señorita Erinia murmuró unas extrañas palabras  y su sombra creció con cada entonación y con cada silaba que pronunciaba. La sombra de la mujer envolvió a los dos mastines, devorándolos y los hizo explotar, transformándolos en polvo gris.

— Nos vamos, Daisy— dijo la institutriz, arrastrándola de la mano por el camino que se alejaba de la casa. — Nos vamos para siempre de este lugar horrible.

— ¿Qué dirá mi tío?— preguntó la niña entre aterrada y esperanzada.

— Él no es tu tío, mi niña— dijo la mujer. — No es nada tuyo. Ni esos desgraciados, que te cuidaban antes, eran tus padres. Eran hijos suyos. Pero su semilla esta maldita y podrida, sólo surgen de esa simiente estúpidos y locos. Te encontraron por medios nigrománticos el día de tu…

— ¿Nigrománticos?— preguntó Daisy que no entendía nada de lo que decía la mujer.

— Magia negra, magia de sangre. Muy costosa en estos tiempos que corren en los que nadie cree en la magia. Pero no importa cómo te encontraron, lo cierto es que lo hicieron. El día de tu nacimiento ellos te estaban esperando. Mataron a tus padres y te llevaron con él.  La orden que él dirige llevaba siglos buscándote porque saben que eres especial, Daisy. Muy especial.

— ¿Especial?

— Sí, pequeña. Estás destinada a grandes cosas. Cosas que cambiarán el mundo.

— ¿De verdad?— preguntó Daisy con los ojos como platos.

— Yo no te mentiría nunca, mi amor— dijo la señorita Erinia, abrazando a la niña con fuerza. — Conmigo estarás siempre a salvo. ¡Te lo prometo!

— Gracias— dijo la niña aspirando el olor dulzón a flores de jazmín que envolvía a la institutriz. Deseó con todas sus fuerzas que fuera su madre y aunque sabía que no lo era, no le importaba, desde aquel momento aquella mujer sería su madre para siempre.

Los años pasaron y la vida de Daisy Graham fue maravillosa con su nueva mamá. La cuidaba y la quería, siempre reían y jugaban. Cantaban y soñaban con un mundo mejor. Los viejos y malos recuerdos desaparecieron casi por completo de la mente de la niña y fue absolutamente feliz, hasta el día en que la sangre brotó de su cuerpo como les ocurre a todas las niñas al llegar a cierta edad. Ese día todo cambió.

Cuando la sangre bañó sus piernas, caliente y pegajosa, no se asustó, su madre ya le había aleccionado, preparándola para ese momento, tenía catorce años, era toda una mujer. Y aunque el dolor era terrible y el cuerpo parecía no responderle, supo limpiarse como una dama y  acudió a contarle a su madre lo que había ocurrido, pues ella había dejado bien claro que en cuanto tuviera su primera menstruación debía correr a comunicárselo. Era de suma importancia.

Cuando su madre se enteró de que en ese día Daisy Graham se había convertido en una mujer, su gesto cambió por completo. La belleza de su rostro desapareció, de pronto, sustituida por un obsceno gesto de avaricia y deseo tal, que la muchacha sintió mucho miedo.

— Tenemos que ir a un sitio— ordenó su madre.— Toma tu abrigo y no hagas preguntas.

Un carruaje negro como la noche esperaba  a la mujer y a la niña en el exterior de la cabaña donde habían vivido, ocultas y felices, durante casi diez años.

El carruaje transitó durante toda la tarde por caminos extraños, hasta detenerse, con la caída de la noche, en lo profundo de un bosque, en un claro entre los árboles, en cuyo centro había erigido un antiguo altar de vieja piedra. En el altar había, sin duda, manchas de sangre fresca, las moscas zumbaban incansables alrededor de la piedra.

— ¿Qué lugar es éste?— preguntó Daisy con inquietud.— ¿Por qué me ha traído aquí, madre?

— He dicho que sin preguntas, niña estúpida— respondió la mujer con una voz helada que en nada recordaba a la voz de su madre.

— Pero madre…

— Yo no soy tu madre, nunca lo he sido— cortó las palabras de la niña, aquella mujer con desprecio.

— No entiendo nada…

— Claro que no entiendes nada, chiquilla. ¿Cómo ibas a entender? No eres más que un medio para conseguir un fin. No eres nada.

— Siempre me habéis dicho que era especial, madre. Que iba a cambiar el mundo.

— Claro— asintió la mujer.—  El sueño de toda niña. Una manera de tenerte contenta y dócil hasta la llegada de este día.

— Me prometisteis que no ibais a mentirme nunca.

— Mentí— se rió la mujer de la muchacha.

— Pero yo os quería y creía que vos…

— No seas necia, niña. Yo no puedo querer, no tengo esa facultad. NO poseo ese tipo de sentimientos. Ni siquiera soy humana.

— ¿Qué es lo que sois?— preguntó Daisy sin poder dar crédito a nada de lo que escuchaba. — ¿Sois un demonio?

— Puede decirse que sí, aunque no tengo nada que ver con los demonios de tu biblia. Soy una sirviente. En tiempos pretéritos servía a los Antiguos Dioses, aquellos que eran más poderosos que yo. Luego llegasteis vosotros, despreciables e inútiles humanos, y aquellos dioses fueron suplantados y olvidados, es el momento de su regreso. Los Antiguos te necesitan para poder regresar.

— ¿Por qué yo? ¿Por qué me quieren a mí?

— Porque él te ama. Te ama desde  hace tantos y tantos largos años que casi se podría decir que te ama desde siempre. Hoy has sangrado por primera vez y te has convertido en una mujer. En la reencarnación de la mujer que él amó y que sigue amando. Lleva casi una era del tiempo esperándote. Contigo en su poder los Antiguos esperan atraparle y arrebatarle el conocimiento de todas las historias, de todas las palabras. Y el conocimiento es poder, niña. Te lo  he enseñado desde que no levantabas tres pies del suelo. Harán que lo llames con torturas inimaginables para ti simple mortal y lo llamaras sin duda. Y él escuchara  tu llamada, lanzada desde este antiquísimo centro de poder y acudirá.

— ¿De quién estás hablando? ¿Quién acudirá a mi llamada?

— El Contador de historias, por supuesto. ¿Quién si no? El mismísimo guardián del Bosque de Hojas Muertas.

Entonces la muchacha recordó vagamente la figura de su amigo secreto, observando la luna desde la ventana de su cuarto, sentado en la mecedora, contándole maravillosas historias hasta que ella asustada y rabiosa lo apartó de su lado.

— El no vendrá— dijo Daisy, su voz sonaba muy triste, desvalida, desamparada.— No acudirá a mi llamada. Lo arrojé fuera de mi vida hace mucho tiempo.

La mujer que había fingido quererla, durante diez años, se río con estridentes carcajadas que resonaron en el valle.

— Pobre niñita tonta. Si te refieres a esa sombra de él que habitaba en tu interior, yo me encargué de borrarla de tu mente. El verdadero Juglar Errante acudirá, con absoluta certeza, a tu llamada, no te preocupes por eso, preocúpate por lo que suceda una vez que acuda.

 Las nieblas cayeron en el valle y en el bosque sobre la mujer y la muchacha.

— Los antiguos llegan, vienen a por ti, pequeña. Y a mí me darán lo que ansió, lo que anheló desde siempre.

— Eso no va a pasar, mujer.— La voz de su tío surgió de las sombras y la figura del viejo tomó forma ante ellas.— ¿Crees de verdad, bruja de tres al cuarto, qué tu burdo poder era suficiente para colarte en mi casa sin que me percatara? Maldita estúpida, egocéntrica, que se cree superior a todos los demás practicantes del viejo arte. Supe de tu presencia, como una sombra bajo mi techo, desde el mismo momento en que tus pies se posaron en mi hogar. Pero con una sombra de sonrisa en mi cara me dije: he aquí una oportunidad, una mujer que se ocupe de la molestia que supone la niña para mí. Una mujer que la cuide hasta el día señalado, sin que la chiquilla se entrometa en mis asuntos.

El gesto de la  mujer se tornó rojo de furia y odio.

— ¡Me has utilizado como una simple niñera, a mí, que ya hoyaba la tierra cuando los viejos dioses caminaban sobre ella! ¡Cómo osas!

— En efecto— se rió el anciano con una risa helada.— Eso es lo que he hecho, mujer. Y te doy las gracias por lo bien que has cumplido tu  cometido, tu trabajo, Circe. Ahora dame a la muchacha, mi recompensa me espera. Los Antiguos me aguardan.

— ¿Crees qué no voy a luchar por ella, viejo demente?

— Lucha si quieres— se encogió de hombros el anciano hechicero, sus fríos ojos cubiertos de sombras ardieron con infinita furia como llamas del infierno.— Morirás igual.

Un gesto de la arrugada mano de su tío ató a la muchacha al lugar en el que se encontraba, junto al altar, con cadenas invisibles, pero inquebrantables,  dejándola inmoviliza, presenciando la guerra de poderes que comenzó a librarse en el claro ante sus ojos.

El anciano y la mujer llamada Circe, como la de la odisea, Daisy se preguntó aterrada si sería la misma mujer, se enzarzaron en una brutal batalla mágica, mientras las espesas nieblas que anunciaban la llegada de los Antiguos cubrían por completo el lugar sagrado.

El miedo, que provocaban en Daisy aquellas formas  surgidas entre la niebla, formas que cegaban los ojos con su vasto poder, era brutal y despiadado. La muchacha, atada con cadenas invisibles al altar, no sabía qué hacer, como reaccionar en semejante situación. Pero no tenía duda sobre que aquel era el  momento de hacer algo, puesto que después sería demasiado tarde. Así que desesperada, sólo se le ocurrió una cosa: llamó al Contador de Historias. Suplicó su ayuda y él, como no podía ser de otra manera, acudió.

— Aquí estoy, Pequeña— dijo una melodiosa voz, que Daisy reconoció al instante, a su espalda.— Me parece que estamos metidos en un buen lio.

Ella lo miró. Era él sin duda. Y a la vez no era el hombre que acudía a sus habitaciones con la llegada de la noche. No sabía cómo explicarlo, pero sí que sabía con certeza que era así. Este hombre era mucho más real, más tangible, con sus cabellos rubios, ensortijados, con su piel morena, como la de aquellos que vagan errantes por los caminos, con su sonrisa radiante y encantadora, con su gastado gabán oscuro y sus ropas de vivos colores, bajo el abrigo. No había sido un sueño ni una invención de su mente acosada por la soledad y la falta de cariño. Existía de verdad.  Era  el Juglar Errante, el guardián de todos los relatos, el señor del Bosque de Hojas Muertas, el Contador de Historias y se encontraba allí, había acudido, porque ella lo había llamado. La sonrisa que le dirigía el hombre, incluso en aquellos momentos de peligro y desazón, iluminaba su mundo.

— En un buen lio— repitió él, observando con atención la furibunda batalla de poderes que se libraba cerca de ellos.

— ¿Qué hacemos?— preguntó Daisy, intentando soltar sus cadenas invisibles sin conseguirlo.— ¿Puedes liberarme?

La niebla se cernía sobre el claro del bosque  y sobre ellos como una pesada jaula. Los Antiguos llegaban, sus formas siniestras, de inconcebible poder, ya se atisbaban entre la bruma.

— Te contaré una historia— dijo él con una sonrisa tranquilizadora en los labios. Al percatarse de la mueca de espanto en el rostro de Daisy que mostraba a las claras que la muchacha pensaba que no era momento para historias. El rió con una risa cristalina.— No te preocupes, será una historia muy corta.

— En el principio de los tiempos los Antiguos, que por aquella época lejana eran dioses sobre la tierra, gobernaban el mundo y lo modelaban a su antojo. Eran bellos e inmortales, indestructibles y utilizaban el mundo como su jardín de juegos, sin preocuparse por nada más que ellos mismos. Pero un buen día una de aquellas entidades arquetípicas, todopoderosas, tuvo una extraña idea, un pensamiento fugaz que se adueño de su ser, poco a poco, hasta gobernar por completo su inescrutable mente. Lo comento en secreto a sus más allegados, entre aquellos poderes, busco a los que creía que podían comulgar con su extraña idea.

Aquella entidad se dio cuenta de que el mundo no avanzaba que se encontraba detenido, estancado, como el agua de una charca. Que los Antiguos, en su perfección, se miraban embobados el ombligo, sin hacer nada más que dejar transcurrir el tiempo, sin sentido y sin propósito.  Viendo claramente la futilidad de todo aquello, esa entidad y  sus partidarios, aquellos que compartieron  sus extravagantes ideas,  decidieron cambiarlo todo, dar una vuelta completa al tablero de juego, para ello crearon a los hombres y les concedieron el don de la muerte.

El Contador de Historias lanzó una fugaz mirada a las sombrías formas que habitaban la niebla y prestó atención también al desenlace de la batalla de poder que parecía inminente: Circe se postraba ya de rodillas, doblegada ante el poder del anciano.

El hombre del gabán se humedeció la boca seca y continuó con su historia:

— Una de aquellas entidades tomó el control sobre la muerte, para que los mortales no se estancarán como les había pasado a ellos, para que los seres humanos vivieran cada día como si fuera el último y avanzaran siempre hacia el progreso. Pero lo cierto es que aquella antigua entidad se tomó muy en serio su trabajo e incluso la mayoría de los Antiguos Dioses temen su poder, pues sólo Ella puede darles muerte y en sus listas se encuentra también los nombres de los demás inmortales como. Por eso, muchos de los Antiguos, abandonaron este mundo, internándose en las sombras que lo circundan para mantenerse a salvo y lejos de Ella.

La hechicera Circe aulló de dolor en ese preciso momento deteniendo la historia en los labios del Juglar Errante, con aullido estridente y lastimoso. La mujer desfalleció, cayendo desplomada al suelo, como muerta. El viejo alzó la vista hacia la muchacha encadenada, disfrutando de su momento de gloria, después de doscientos años de trabajos y sufrimientos, y se percató de que estaba a punto de perderlo todo. Apartó su atención de su rival moribunda, fijándola por completo en el Contador de Historias y en su falsa sobrina. Ese momento de vacilación fue aprovechado por Circe para transformarse en una siniestra ave sin plumas, similar a un oscuro reptil con membranosas alas y desaparecer volando entre la niebla.

  ¡Qué demonios…!— exclamó el viejo con furia. Su sobrina adivinó el temor en la sombra de sus ojos. El hechicero gritó:

 – ¡No te atrevas a terminar esa historia! ¡Maldito juntaversos!

El Contador de Historias no  prestó la más mínima atención al hechicero. Continuó, sin cesar, sintiendo las yemas de los dedos de los antiguos rozando su piel.

— Esa entidad tiene nombre…

El Juglar Errante  lanzó al viento de la noche con todas sus fuerzas, con su voz poderosa, un nombre que la muchacha no pudo comprender, pues pertenecía a un lenguaje anterior al tiempo, al mundo y a los seres humanos.

 – Y yo la nombro y ato su esencia a ese nombre. Yo he contado su historia, y como dueño de las palabras que han dado vida a su historia  invoco su ser, ven Vieja Muerte. Acude a la llamada de tu siervo.

La niebla se disipó con un fuerte viento purificador llegado del norte. Los Antiguos desparecieron antes de haber terminado de cobrar forma física, fundiéndose con la noche en jirones de niebla. En el centro del claro del bosque había cobrado forma  una anciana. La muchacha sintió como las cadenas invisibles que  ataban sus extremidades al antiguo altar se habían roto en mil pedazos. Y cayó estremeciéndose, sin sentido, en los brazos del hombre del gabán gris que la sujeto con firmeza.

— No estás en mis listas anciano— comentó la Vieja Muerte, dirigiéndose al brujo que la miraba con recelo.— Todo el mundo está en mis listas, incluso los achacosas entidades que acaban de desaparecer, aterrados, por mi simple presencia, mis antiguos hermanos. A ellos también les aguarda su hora en el río del tiempo. ¿Por qué tú no estás en mis listas? ¿Quién eres? ¿Qué buscas? Eres tan poderoso que has sido capaz de derrotar en un juego de poderes a una  hechicera, que ya hacia magia de sangre cuando los seres humanos todavía gateaban como bebes, entre  las peludas patas de los mastodontes. ¿Cómo has conseguido tal poder? ¿Qué deseo querías que te concedieran los Antiguos?

— Preguntas— gruñó el viejo brujo, con desdén.— Haces muchas preguntas, vieja chocha. Preguntas para las que no encontrarás respuesta. Hoy has ganado, pero nuestros caminos están entrelazados y nos volveremos a encontrar, Vieja. Temé el día en el que el río del tiempo haga que nos encontremos de nuevo, pues yo te profetizo que ese día la muerte se acabará en el mundo.— El hechicero desapareció, sin más, en las mismas narices de la anciana.

La vieja se sonrió, como si le complaciera encontrar un rival de tal poder, una incógnita, un misterio en su eternidad sin rivales, sin incógnitas, sin misterios. Después, encogiéndose de hombros, volvió su atención a la muchacha y al Contador de Historias. Dijo:

 — ¿Así que al final piensas que la has encontrado, juglar? ¿Por fin crees que has dado con ella?— preguntó la Vieja Muerte, mirando a la muchacha con atención.

— La he buscado a través de millares de vidas, de millares de historias— respondió él, con ternura, acariciando la mejilla de la inconsciente muchacha.

— No es ella— dijo la muerte, meneando la cabeza. – Sólo es una reencarnación de su alma. Lo siento. Nunca será ella, ya te lo dije una vez.

— No puede ser. Los hechiceros también creían que era ella. ¡Incluso los Antiguos lo creían!

— No lo entiendes, juglar. No entiendes que no importa lo que ellos creyeran, sólo importa lo que tú crees. Pero no es ella. Nunca podrá serlo, pues no sólo el alma forma la personalidad, hay múltiples factores más que hacen que un ser sea quien es, en esencia y no otro. Jamás podrás dar con una serie de factores iguales, ya te lo avisé.  De hecho, ella como otras que han sido ella a lo largo del río del tiempo ha estado acompañada desde que era niña por un reflejo de ti, pero igual que ese reflejo no eras tú, ella jamás será Aileen, sin embargo, la marca que vuestro amor dejó en ella hace que a lo largo de los siglos, cuando su alma regresa al río, lleve con ella tu recuerdo y un pequeño jirón de tu poder la acompaña siempre. Por eso puede ver ese reflejo de ti, y ese reflejo, esa sombra, contaba historias junto a su ventana cuando era niña. Su mente debido a tu influjo está más abierta a lo extraño que el de sus demás congéneres. Eso es algo que le otorgaste tú, además de la fascinación que siente por las historias, pues tú estás en todas las historias. Pero, aunque, definitivamente no es ella, lo cierto es que para los hechiceros y para los Antiguos ella era muy válida para sus propósitos, podía servirles, podía cumplir su misión. Podía traerte hasta aquí, a este lugar de  viejo y oscuro poder, donde iban a atraparte y sacarte el secreto que ellos buscan. El secreto oculto bajo todas las historias.

— Nunca revelaría el secreto, ni siquiera por ella— afirmó el cuentacuentos muy seguro de sus palabras.

— No me hagas reír, juglar— dijo la Vieja Muerte, sus ojos oscuros como cuentas de ónice encendidos en llamas.— Por ella harías lo que fuera. Hoy has venido a este lugar de poder y has invocado mi verdadero nombre y me has atado a tu historia, has hecho todo eso, sólo para salvarla. También has dado a ese brujo, un arma contra mí: le has dado mi verdadero nombre y mi historia.

— Lo siento.

— No importa— contestó la vieja con cierto cariño si es que una entidad como esa pudiera sentir cariño.— Lo hecho, hecho está, quien sabe que nos deparará el destino. Si no hubieras actuado como lo has hecho, es posible que te hubieran atrapado y seguramente hubiera sido peor. Bien jugado, por tu parte, juglar. Ahora tengo que irme. Se puede decir que si fuera posible que algo me alegrara, me hubiera alegrado de verte, juglar. Ha pasado mucho tiempo, echo de menos las historias que contabas para mí en las vastas estancias de mi morada, sobre todo echo de menos tu canción. Quizá algún día vuelvas a tocarla y cantarla para mí.

— Quizá…— respondió él con un cierto ademán de cariño, si es que se pudiera tener cariño por una entidad como aquella.

— Puede ser— asintió la Vieja Muerte.— Por cierto, creo que debes conocer algo, saber algo… ella está en mi lista.

— ¿Cuando?— preguntó el Contador de Historias, aterrado.

— Pronto— respondió con fatalidad.— En unos meses. El 15 de abril de 1903 a las 7 de la mañana, justo en el momento en que cante el gallo.

— ¡No…!

— Es inevitable

El Contador de Historias abatido, acarició con infinito pesar los rojizos cabellos de Daisy Graham, besando su frente.

— ¡No puedes hacerme esto! ¡No otra vez! ¡Por favor!

— Yo no hago nada— contestó la anciana, parecía muy cansada y muy, muy vieja.— Ya lo sabes, juglar.

— ¿Cómo será?— preguntó finalmente el Contador de Historias, los ojos arrasados en lágrimas.

— Tuberculosis.

— ¿Sufrirá mucho?

La Vieja Muerte se mantuvo en silencio, unos instantes, como si la palabra que fuera a pronunciar se le atascara en la garganta.

— Terriblemente— dijo por fin y suspiro, con un suspiro que pareció eterno.

— No puede ser, no puedes hacerlo. ¡No puedes llevártela!

Pero el hombre del viejo y gastado gabán se encontraba ya, solo en el bosque, junto a la pobre niña dormida entre sus brazos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Creative Commons License
This Work (LA OSCURA REALIDAD / http://microcuentosfantasticos.blogspot.com.es by Gonzalo Esteban Díaz/) is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES contado por Lorena García

LA CASA contado por Lucia Sugar

MIEMBROS

Google+ Followers

CITAS
MONTAJE POR LORENA GARCÍA @lalunaticadtv

EL PUENTE DE LA BRUMA

EL PUENTE DE LA BRUMA

LA CARTA

LA CARTA

El sueño de una noche en llamas

El sueño de una noche en llamas

UN CORAZÓN DE PIEDRA

UN CORAZÓN DE PIEDRA

LA ISLA DE LA PENUMBRA

LA ISLA DE LA PENUMBRA

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

LA LEYENDA DE LA DAMA DE LAS NIEVES

Celebración de las 10000 visitas del blog

Celebración de las 10000 visitas del blog

EL HAMBRE ETERNA

EL HAMBRE ETERNA
Gracias Lorena por las imágenes y por todo lo demás