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LA OSCURA REALIDAD

LA OSCURA REALIDAD

jueves, 26 de mayo de 2016

PRÓLOGO DE MI PRÓXIMA NOVELA "DEMÉTER"


PRÓLOGO  -  23 de Junio de 1889
En el exterior los lobos aúllan; la plomiza bruma, típica durante el comienzo del verano en el valle boscoso perdido entre montañas, se desplaza a ras de suelo, asemejándose a una miríada de víboras blancuzcas, danzando nerviosa, como si obedeciera a deseos propios, deseos prohibidos, deseos oscuros. El viento gime en la noche con un canto aterrador, entrelazando su extraña melodía con los aullidos de las bestias, y el quedo susurro de las ramas de los árboles del bosque, creando una tenebrosa composición musical completamente desafinada, pero, que de una manera extraña, posee una armonía propia y coherente, inquietante e hipnótica, como si el enajenado creador de semejante composición hubiera conseguido desde una música disonante y desagradable, hallar un tono capaz de rozar el alma humana para hacerla enervarse, como un tenedor arañando un plato de porcelana o una tiza chirriando desgarradora sobre una pizarra. Se asemeja tal sonido, y su efecto en el corazón de los hombres, al que produce el conjunto de los lunáticos e inescrutables chillidos de los pacientes de un sanatorio mental en una mente cuerda. Pero, en absoluto contraste con lo que sucede en el exterior, en el interior de una cabaña de madera, situada en el borde mismo de la espesura, se respira una paz casi tangible.
Dentro de la cabaña un niño sonríe, observando a su madre, que se encuentra en esos momentos contando una hermosa historia de amor en el cálido semicírculo que produce la reconfortante luz de la lumbre familiar. Su padre, sentado a la tosca mesa, bebe un vino espeso y oscuro, agrio. Acaba de regresar de un largo día de labor en el campo,  y después de la cena, bastante escasa y modesta, intenta adormecer sus huesos en licor, antes de acostarse en el jergón relleno de paja, donde descansará unas horas hasta que el anochecer ceda su lugar a los primeros rayos del alba, con los que una nueva y dura jornada de trabajo dará comienzo.


Pero ahora se encuentra aquí, piensa el niño, feliz porque en ese momento su padre es completamente suyo y de su madre, pertenece a la lumbre del hogar y a las palabras de la historia narrada por su esposa. Mañana será otro día.
El niño se acurruca entre las piernas de su progenitor, sintiéndose protegido abrazado a las recias extremidades. Su padre le acaricia la cabeza con la mano de piel áspera, curtida por años de fatigas y trabajos; y el niño suspira, henchido de felicidad y orgullo. La madre guiña un ojo a sus dos hombres, mientras da fin a la narración, un cuento que su propia madre le había relatado a ella, muchos años atrás, en una noche similar a ésta, víspera del solsticio de verano.
Una vez finaliza la historia quedan todos en silencio, paladeando el dulce poso que deja siempre una buena narración en un oyente ansioso por escuchar. Los ojos del pequeño brillan soñadores, son unos ojos inocentes y alegres del claro color azul con el que luce el cielo durante un día despejado. Con su boca desdentada, pues se encuentra todavía en la edad en la que los dientes de leche se caen dejando en su lugar unas maravillosas sonrisas plagadas de graciosos huequecillos, lanza un sonoro beso a su mamá. Cariñoso ósculo que ella ataja al vuelo con mano ágil, repitiendo el tierno juego con el que se divierten desde que el niño era un recién nacido.
¡Otro cuento, mamá! pide el pequeño, ansioso por escuchar más relatos. Agita sus bracitos, esperanzado, pues algunas noches su madre le complace y cuenta más de una historia.
No se niega su padre dando el asunto por concluido, mientras vacía el jarro de vino de un trago, se pone en pie y escucha atentamente los inquietantes ruidos que acompañan a la anochecida. Sonidos que llegan desde el otro lado de los postigos de madera, sobre los que cuelgan abigarradas ristras de ajos, que descienden como plantas enredaderas hasta el suelo.
Por favor suplica el pequeño que todavía no se encuentra vencido por el sueño y  tiene muchas ganas de oír nuevos cuentos narrados por su madre.
Es una noche mala dice el hombre con cierto temor adherido en los labios. Cuentan las gentes que algo se agita otra vez en el castillo. Hora de dormir. El amanecer ya cabalga hacia nosotros y su luz nos dará vida.
El hombre de campo, rudo y capaz, observa con preocupación a su familia. Los miedos que habitan supersticiosos en el exterior hacen flaquear su corazón. Teme no poder protegerlos.
Quizás deberíamos irnos lejos de aquí, piensa el hombre, teniendo un mal presentimiento. Dejarlo todo y huir lo más lejos posible de esta tierra maldita, como tantos otros han hecho… pero éste es mi hogar, el único que conozco ¿Qué destino puede esperarnos si abandonamos este lugar, además de la miseria y el hambre?
La mujer, sintiendo como los pensamientos de su esposo se tornan oscuros, acude junto a él, lo abraza amorosamente y besa sus labios, disipando las preocupaciones y limpiando con el agua pura de sus contagiosas risas el intenso temor que atosiga oculto en la profundidad de los ojos de su amado.
Todos a dormir, ahora ordena la esposa, tomando la mano de su marido y levantando al niño en brazos. Así, entrelazados, conduce a ambos cariñosamente hasta sus lechos para que descansen durante las largas horas de la noche.
El pequeño se despierta, sobresaltado, arrancado de golpe de un mal sueño que no puede recordar. Respira agitadamente como si hubiera estado un buen rato corriendo por la pradera detrás del puerco; perlas de sudor frío bañan su frente y humedecen sus cabellos castaños; siente la piel, bajo la camisola,  empapada y caliente, como si estuviera siendo acosado por los dedos viscosos de una enfermedad febril. Alza la mirada en busca de sus padres como hace cada vez que una pesadilla quebranta, inoportuna, su descanso. Sus progenitores duermen pesadamente en el jergón. Los ronquidos de su padre por lo general  son tan potentes, que podrían competir con los estallidos de los  truenos en una noche de tormenta, pero esta noche un extraño silencio envuelve sus sueños. Su madre, que normalmente tiene un dormitar tan ligero que cualquier movimiento del niño durante la noche la encuentra despierta y dispuesta a consolarlo, se agita y murmura como si una plomiza pesadilla se hubiera posado sobre sus ojos, llenando sus sueños de extraños terrores nocturnos que la mantienen atada a su jergón.
El pesado silencio se escucha en la noche, tan claro como si hubiera un tremendo bullicio a las puertas de la cabaña. Se siente la misma tensión en el ambiente que la que hay durante los angustiosos momentos de calma que preceden al desencadenamiento de una brutal tormenta. Algo está a punto de suceder. El niño, asustado, corre al jergón de sus padres intentando despertarlos de su sopor, pero es inútil. El pesado sueño que los embarga es antinatural, y no se puede quebrar por mucho que el pequeño lo intente.
Hay un violento golpe de viento, los postigos de las ventanas ceden ante la fuerza del vendaval, abriéndose de par en par, y las ristras de ajos caen esparciéndose por el suelo. Una fina capa de lluvia baña la repisa de la ventana. La niebla, que cubre todo en el exterior, se introduce en la cabaña, dibujando extrañas figuras con formas difusamente humanas, portadoras de ojos oscuros y extremidades terminadas en manos de dedos largos y afilados. Los entes de niebla  parecen danzar sobre los cuerpos durmientes de sus padres.
Fuera de la cabaña, oculto entre las sombras del bosque, protegido por la bruma, aguarda algo más oscuro que la propia noche. Un lobo aúlla muy cerca con una aullido tan poderoso que el niño siente como su mundo tiembla, pero sus padres siguen durmiendo, ajenos a ruidos, aullidos, sucesos extraños y, sobre todo, a la poderosa y magnética presencia que se oculta entre un muro de sombras, atrayendo a su hijo con palabras inaudibles, que atan la inocente mente del niño al oscuro corazón de la presencia, hasta que el pequeño le pertenece por completo. Embaucado, hipnotizado, hechizado, absorto en el extraño que espera fuera de la cabaña, siendo abrazado amorosamente por las sombras, el pequeño se aleja del jergón de sus padres y camina, anadeando con sus piernecitas, hasta la ventana. Acerca una de las sillas de madera, que su abuelo regaló a sus padres el día de su boda, al vacío de la noche y trepa con dificultad para asomar la cabeza al exterior. Las manos de niebla parecen acariciar su inocente rostro con dedos juguetones. Escucha susurros pronunciados por voces maravillosas de aliento dulce, como el azúcar quemada que baña el postre preferido del niño que su madre le cocina todos los domingos. Los acogedores susurros le incitan a avanzar, a dar un paso más, un paso hacia las tinieblas. Un paso sin retorno.
El niño salta al exterior con una alegre sonrisa iluminando su rostro. Es la misma sonrisa que el pequeño había mostrado la semana anterior, durante la visita de su abuelo, cuando el anciano le había regalado un caballito de madera, tallado con sus propias manos, que desde ese momento se había convertido en el juguete preferido del pequeño, no apartándose de ese pedazo de madera ni a sol ni a sombra. El juguete yace en ese instante olvidado junto a su lecho, sin saber que nunca nadie más va jugar con él.
Una vez el niño cruza al otro lado de la ventana, las tenebrosas sombras acuden a recibirlo, envolviéndose a su alrededor como una manta tejida de lana helada. El dulce olor a azúcar quemada se transforma de pronto en un hedor insoportable a humedad y a viejo. A osario y a tierra seca y estéril. Una mano surge de la oscuridad atravesando el muro de sombras que oculta al visitante nocturno. Es una extremidad delgada, arrugada y marchita; la mano de un anciano con largas y afiladas uñas terrosas y quebradizas. La palma está cubierta de vello oscuro y rizado como el de una bestia. Esa mano agarra al niño del hombro y lo atrae de un tirón dentro de la oscuridad, que lo oculta por completo, haciéndolo desaparecer entre sus sombras.
En ese mismo instante, los padres se despiertan agitados de unos sueños que les son ajenos, y que les han mantenido sometidos e inofensivos, mientras la presencia se llevaba a su vástago.
El padre, ahora bien despierto, completamente desesperado, toma el hacha de la pared, donde se encuentra colgada sobre dos gruesos clavos oxidados, y corre en ayuda de su hijo, saliendo de la cabaña, persiguiendo inútilmente a las tinieblas que han secuestrado al niño.
 Un lobo de pelaje gris ceniza y ojos rojos como la sangre, cae sobre el hombre antes que dé dos pasos fuera de la cabaña. La manada al completo,  formada por una docena de bestias rabiosas, se reúne alrededor de los despojos del esforzado labrador para despedazarlo. Las bestias se mueven en torno de los restos, lanzando cabriolas, gruñidos y salvajes dentelladas, como si estuvieran practicando una antigua danza que sólo ellos pudieran comprender.
 La madre, aterrorizada, aprovecha que las alimañas se encuentran distraídas, dándose un banquete con los restos de su esposo para escapar, internándose en la espesura.  Gritando enajenada, llorando lágrimas oscuras de dolor y rabia, de desesperación y locura. Atraviesa el bosque desgarrando sus ropas y su piel en la frenética carrera, agredida por las zarzas y las ramas de los árboles que parecen intentar atraparla con garras de sombra. Finalmente cae de bruces, despellejándose las rodillas y las palmas de las manos con las piedras afiladas que se encuentran en la orilla de un arroyo. Después de un buen rato sollozando, tirada en el suelo, empapada y dolorida, victima de incontrolables ataques de llanto, la mujer se levanta. Ha dejado de llorar y en los ojos se puede discernir que tiene un claro destino grabado a fuego en su mente
Sigue el curso del estrecho arroyo hasta la aldea. Llega a la plaza, donde tantas veces ha acudido junto a su familia a comprar en el pequeño mercado, que una vez por semana se instala allí. Le cuesta tomar aliento cuando se da cuenta de que ya no podrá acudir con ellos a ese lugar nunca más.
Se encuentra en un pueblo en el que es conocida y querida. Tiene muchos amigos viviendo en el interior de las casas de adobe y piedra, con techados de ramas y paja, que la rodean. Está segura de que alguno de los vecinos le ayudará. Alguno se pondrá de su parte. Quizá, incluso, puedan formar una partida de hombres fuertes que se encarguen de buscar a su niño hasta el lugar donde se lo han llevado.
La desesperada mujer se apoya en la fuente de piedra que provee de agua a las gentes asentadas en ese poblado, llamando a voz en grito a los vecinos por sus nombres. Pide ayuda. Suplica de rodillas. Ruega por su niño hasta quedarse sin voz y sin fuerzas, pero las puertas permanecen cerradas y mudas. Finalmente, algunos postigos se abren y las gentes que se asoman en silencio, pálidas como fantasmas, observan con ojos inexpresivos durante un instante, para después de santiguarse y cerrar las ventanas, dejando a la mujer sola en la noche. Algunos, de malos modos, le gritan para que vuelva a su casa y espere la llegada de la luz del día, como siempre se ha hecho cuando ocurren sucesos semejantes. Lo cual sucede una media docena de veces al año, repartidas entre todas las aldeas que se encuentran a la sombra del castillo.
Los maldice. A todos. A ellos y a sus descendientes, pero ella conoce la verdad, sabe que ya se encuentran malditos. Todos ellos.
 Algunos vecinos con los que le ha unido una amistad más estrecha, llaman a la mujer para ofrecerle su hogar, pero ella no piensa buscar refugio; otros la ven pasar con un silencio culpable, mientras camina fuera del pueblo, arrastrando los pies, la mirada baja,  los cabellos negros cubriendo su rostro.
 Al cruzar por delante del último edificio se encuentra con el sacerdote del pueblo, que la observa desde la puerta de la pequeña capilla.
¡Ayúdeme, padre! pide con los últimos vestigios de su deshilachada esperanza. Su fe es lo único que puede derrotar al monstruo y devolverme a mi hijo.
El viejo sacerdote, parece muy avergonzado mientras baja los ojos fijándolos en el suelo para evitar cruzar su mirada con la de la mujer.
Mi fe no es tan fuerte como para enfrentarme a ese mal dice el hombre de Dios con voz temblorosa, tendiéndole a la mujer una mano arrugada. Ven aquí, hija mía. Acógete a sagrado y recemos por el alma de tus seres queridos. ¡No vayas allí! Sólo la muerte te aguarda si te enfrentas a Él. La muerte… o algo peor que la muerte. ¡Ven! ¡Ora conmigo!
Ella se ríe con desprecio y escupe a los pies del sacerdote.
—¡No temo a la muerte! exclama furibunda y continua con su camino, dejando a sus espaldas a un vencido clérigo, que cae de rodillas a las puertas de la capilla, sollozando, torturado por su debilidad y por el terrible miedo que ha derrotado por completo a su fe. El cura termina acurrucado en el suelo, sollozando, hecho un ovillo, como un niño perdido e indefenso que espera el consuelo de su madre.
Una vez fuera de la aldea, la mujer toma el camino del norte que conduce a las montañas. Tiene la mente llena de los bellos recuerdos compartidos con sus seres amados, pero también de un exacerbado odio por el ser que se los ha arrebatado.
Un par de horas después llega, tambaleándose de dolor y cansancio, a su destino. Las huellas de sus pies ensangrentados siguen a la mujer, marcando el doloroso sendero de sus pasos.
El castillo vigila el sombrío valle desde lo alto como un pájaro de mal agüero posado sobre la  rama de un ciprés. Las puertas, que están abiertas de par, puede que esperando su visita, parecen las fauces de una aterradora bestia devoradora de hombres. La desdichada mujer camina, como un espectro pálido y amortajado, adentrándose en las fauces de la bestia sin mirar atrás.
En el patio del castillo la mujer ve a unos hombres de raza gitana, que pareciera que acabaran de ponerse en pie para comenzar su jornada de trabajo antes de que la luz del amanecer iluminara las montañas con su delatora claridad. Unos pocos gitanos observan a la mujer con ojos vacíos, mientras otros zíngaros no le prestan siquiera atención, porque se encuentran muy atareados, cargando en un carro unos cajones de madera alargados y estrechos como ataúdes, que parecen muy pesados. Escucha algunas risas y también algunas burlas provenientes de los gitanos, pero una zíngara que prepara el desayuno para los hombres en una pequeña hoguera, los hace callar con una furiosa mirada de sus enormes y preciosos ojos negros, para después escrutar con una profunda pena a la madre desesperada. La hermosa mujer gitana trata de hacer que regrese sobre sus pasos, pero ella no puede, ya no tiene nada por lo que regresar. Hace caso omiso de la piedad de la gitana de cabello rizado y aros dorados en las orejas, cruzando el patio hasta quedar ante las gastadas escaleras que dan acceso al recinto interior del castillo.
Con decisión, avanza y golpea la puerta cerrada, quedando apoyada, después de un rato de golpear sin que nadie atienda a su llamada, agotada, postrada sobre la puerta con las manos apretadas en el corazón, cargando con un pesar y un dolor tan grandes que han quebrado su pecho. Desde el lugar donde se encuentra puede discernir un rostro asomado a una de las ventanas de los pisos superiores. La mujer toma a esa figura por el ser que le ha arrebatado a su niño, y se lanza hacia delante con furia, gritando con voz amenazante:
¡Monstruo, devuélveme a mi hijo!
Pero al ver la sorpresa y el miedo que hay en esos ojos que la observan confusos, se da cuenta de que el hombre de la ventana, de aspecto extranjero, no es más que otra víctima que en nada puede ayudarla. Otra presa indefensa en manos del señor del castillo.
Cae de rodillas y alzando las manos al cielo, vuelve a exclamar las mismas furibundas palabras, quizá dirigidas a Dios o puede que al mismo diablo. Al no recibir respuesta, se tira desesperada de los cabellos, golpeándose el pecho con una emoción incontenible. Después reúne toda la escasa fuerza de voluntad que le queda para volver a golpear las puertas. Entonces, desde una de las altas torres del castillo que parecen arañar el firmamento nocturno como uñas de una garra esquelética, se escucha una voz, una llamada susurrante, metálica y áspera, lanzada a la oscuridad como un canto fúnebre. Esa llamada parece ser contestada en la lejanía por los aullidos de los lobos, que reconocen en ella la voz de su amo y corren raudos a cumplir su mandato.
La mujer se deja caer, sollozando, abrazándose al recuerdo de su hogar feliz y al llanto por sus seres queridos. Sabe con certeza que el final se encuentra próximo. Se acerca veloz hacia ella con ágiles patas de lobo. Las bestias no se demoran en llegar al castillo. La manada se adentra en el patio, cubriéndolo como la marea cubre la arena de la playa al atardecer. Los animales ignoran a los gitanos como si no se encontraran allí. Los zíngaros observan pasar la manada por delante de ellos con temor y superstición, pero las alimañas parecen no tener ojos más que para la mujer. Se dirigen directamente, sin preámbulos, hasta las puertas del castillo, donde ella espera.
La mujer se alza, irguiéndose todo lo alta que es, mientras observa a los lobos con una entereza y una fortaleza dignas de alabanza. No grita ni se humilla, simplemente espera la embestida de las bestias y el roce mortal de sus fauces sangrientas para que la lleven muy lejos del dolor y de la desesperación, hacia un lugar mejor, en donde quizás pueda reunirse con sus seres queridos.
Los lobos se marchan del patio, alejándose del castillo, una vez cumplido el mandato que los ha traído hasta el lugar, relamiéndose la sangre de los hocicos. Los zíngaros, por su parte, encogiéndose de hombros, continúan con su ardua labor de cargar las pesadas cajas de tierra en los carros. La bella mujer gitana alza la vista hacia la torre con temor y reverencia. Una figura sombría, alta y delgada, aunque un tanto encogida de hombros, se recorta sobre el cielo nocturno. Un único relámpago ilumina el firmamento nocturno, remarcando su silueta en la noche.

10 comentarios:

  1. Pues deseando tenerla y disfrutarla, y por supuesto la mejor de las suertes para ti, compañero. Duro con ello.

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    1. Gracias, José. Espero que la disfrutes cuando salga.

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  2. Hacía que no pasaba a visitarte y no trataré de poner excusas porque no las tengo así que nada más que darte mi más sincera enhorabuena y desearte muchísima suerte en la ardua tarea de hacer llegar una obra fantástica a los lectores. Un abrazo.

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    1. El tiempo nos devora Carlota, pero ya sabes que no tienes que poner ningún excusa. Un placer tenerte de nuevo por aquí. Un abrazo.

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  3. Lo único que puedo decir, es que espero leerla pronto, con ese prólogo es imposible no desear conocer toda la historia. Enhorabuena Esteban.

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  4. Muchas Gracias, Thelma. Me alegra un montón que hayas disfrutado del prólogo y desees conocer más de la historia. Un abrazo.

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  5. No entiendo cómo no dejé ningún comentario por aquí en la primera vez que la leí, así que lo hago ahora, en la segunda.
    Que sepas que me sigue gustando en segunda lectura y que me acordaba tanto de todo que lo he podido leer en diagonal, jajajajaja...
    Estoy deseando leerla entera.

    Un abrazo, Esteban.

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  6. Ahora, eso sí, como la forma sea la misma que la del blog no le auguro mucho porvenir: eso de las separaciones entre párrafos y líneas, unas veces sí y otras no, más vale que lo pongas mejor. Todos igualitos y con el mismo tamaño de letra.

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  7. No entiendo porque sale así Ricardo. Es copiado de un Word, sin más, no hay separaciones entre párrafos, y todo tiene la misma letra pero al ponerlo en el blog se desconfigura todo y se vuelve loco. Intentaré arreglarlo ;)

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  8. Lamento no poder ayudarte en eso, Esteban. Seguro que nuestro común amigo Frank sí podrá. Yo sé poco de blogs.

    Un abrazo.
    PD. Tampoco vayas a romperte la cabeza por esto. Prefiero que sigas escribiendo.

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